¿Hongos nucleares nazis? 80 años de una sospecha explosiva
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¿Hongos nucleares nazis? 80 años de una sospecha explosiva

Ochenta años después es hora de plantearse la pregunta crucial: ¿estuvieron realmente los nazis a punto de desarrollar la bomba atómica?

placeholder Foto: Hitler en un desfile en Polonia en octubre de 1939 (EFE)
Hitler en un desfile en Polonia en octubre de 1939 (EFE)

En 1941, el presidente de los Estados Unidos recibió una carta de Albert Einstein. Estaba firmada también por el físico Leo Szilard y se la entregó en mano el banquero Alexander Sachs, asesor del presidente. La carta le advertía de un peligro de ciencia-ficción. Según algunos genios judíos huidos de Europa, el régimen nazi estaba llevando a cabo avances muy peligrosos en torno a la fisión de los átomos de uranio. Se sabía además que Alemania había bloqueado las exportaciones de este metal de las minas de la Checoslovaquia recién anexionada, y que Werner von Heisenberg había puesto en marcha el primer reactor nuclear experimental para producir reacciones en cadena controladas. Sólo había que sumar 2 + 2.

Un par de años antes, el matrimonio Curie había demostrado la reacción en cadena en un artículo de la revista Nature, y el camino abierto por esta caja de Pandora hacia la creación de un arma estaba esperando al corredor más veloz y determinado. La fisión del uranio y la reacción en cadena habían pasado a toda velocidad de la teoría a la práctica, y sólo quedaba idear un mecanismo capaz de controlar la inmensa energía liberada para obtener un arma capaz de ganar la partida de ajedrez mundial en un movimiento. Era urgente lograrlo antes que los alemanes, explicaba Einstein, quien más tarde tendría que arrepentirse de haber firmado esa carta. Porque ¿estaban realmente los nazis desarrollando esa bomba?

placeholder Icónica fotografía de Albert Einstein sacando la lengua de 1951 obra del fotógrafo reportero estadounidense Arthur Sasse (EFE)
Icónica fotografía de Albert Einstein sacando la lengua de 1951 obra del fotógrafo reportero estadounidense Arthur Sasse (EFE)

En un primer momento, Roosevelt despachó la carta de Einstein sin quedar convencido de emprender una carrera tan cara, pero el banquero Sachs, hábil con las analogías, le recordó que Napoleón había cometido el mismo error cuando le presentaron la máquina de vapor. Con ella, le dijo, los franceses hubieran podido tomar Inglaterra por sorpresa cruzando el Canal de la Mancha en un día sin viento, pero Napoleón no supo aprovechar su oportunidad y despreció el invento con displicencia. Roosevelt le dijo: “¿Me estás diciendo que tratas de impedir que los alemanes nos hagan saltar en pedazos?” “Precisamente”, respondió Sachs. Y Roosevelt llamó al general “Pa” Wilson y le ordenó ponerse en acción.

¿Podría existir la red de centrales eléctricas sin Hiroshima y Nagasaki?

La era atómica había comenzado. Hay cierto consenso entre los historiadores sobre lo ineludible de la era esto debido al impulso tecnológico, que apuntaba en esta dirección desde los laboratorios de Estados Unidos, la Unión Soviética y Europa. Sin embargo, ¿podría haberse abierto un camino para la energía nuclear civil evitando la carrera armamentística? ¿Hubiéramos podido beneficiarnos de los reactores sin temor a los hongos nucleares? ¿Podría existir la red de centrales eléctricas sin Hiroshima y Nagasaki, es decir, sin el Proyecto Manhattan? Esta es la historia de cómo el pavor estadounidense a un FatBoy con bigote hitleriano marcó el inicio de una carrera... contra un fantasma.

La bomba atómica nazi que nunca fue

Las sospechas sobre la bomba atómica nazi habían empezado dos años antes, en 1939, cuando el científico Siegfried Flugge, quien tenía poca confianza en la capacidad del gobierno de Hitler para tomar cualquier decisión responsable, publicó un artículo que buscaba producir el efecto contrario al que desencadenó. Se trataba de un texto abierto en una revista científica donde Flugge informaba con pelos y señales de los avances alemanes en la investigación de la fisión del átomo. Le movía, por una parte, la tradicional inclinación a la colaboración internacional de los científicos, y por otra, la necesidad de que el mundo supiera hasta dónde habían investigado.

Por desgracia, los efectos excedieron por completo sus cálculos. En Estados Unidos se interpretó que, si los alemanes aireaban de esta forma despreocupada descubrimientos tan graves e importantes en un momento de tensión como aquel, era porque, sin duda, estaban mucho más avanzados en la construcción de la bomba. Si eso era lo que publicaban, ¿adónde demonios podían haber llegado ya? Fue Teller, exiliado húngaro y futuro padre de la bomba de hidrógeno estadounidense, quien dio la voz de alarma sobre este asunto. Pero más paradójico todavía es lo que ocurrió con Heisenberg.

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11 SEPTEMBER 1963

Si bien era cierto que los avances de Heisenberg con las reacciones en cadena estaban yendo por muy buen camino y que el Tercer Reich tenía capacidad para producir más de una tonelada de uranio al mes con que alimentar ese reactor experimental, la tecnología necesaria para refinar el combustible y traducir la fisión nuclear en una explosión estaba muy lejos de convertirse en un proyecto serio y bien financiado.

No había nada parecido a un Proyecto Manhattan al otro lado, sino unos cuantos centros experimentales mal financiados y, en los años siguientes, dejados de la mano de Dios ante la necesidad de fortalecer la fuerza aérea y motorizada. De hecho, en 1941, mientras Roosevelt daba el pistoletazo de salida al Proyecto Manhattan, la batalla de Stalingrado se hallaba en su apogeo, con lo que las preocupaciones de Hitler se centraban en la inmensidad helada del Este y no en el ardiente interior de la materia.

A Hitler todo ese galimatías abstracto le sonaba demasiado deprimente y judío

Pese a que, en teoría, Alemania había recorrido un trecho mucho más importante que los Estados Unidos en el largo camino hacia la bomba, la voluntad de conseguirla no existía, ni siquiera para sus responsables. Heisenberg tenía dudas morales sobre el proyecto, y a Hitler todo ese galimatías abstracto le sonaba, según explica Albert Speer en sus memorias, demasiado deprimente y judío. Sin embargo, también las dudas morales de Heisenberg tendrían un efecto adverso, como el artículo de Flugge: otra reacción en cadena inesperada.

Cuenta Peter Goodchild en su biografía de Oppenheimer que, en 1941, un atormentado Heisenberg viajó a Dinamarca para hablar con Niels Bohr, autoridad mundial de la física del momento. El científico alemán tenía el deseo secreto de que la eminencia le animase a abandonar la construcción de la bomba, así que le contó todo lo que tenía, todo lo que se había avanzado en la teoría y cuáles eran las escasas ideas sobre aplicaciones prácticas. Le habló de sus miedos y preocupaciones, a los que Bohr respondió con evasivas.

Nuevamente, efecto contrario. Bohr no disuadió a Heisenberg de culminar la bomba, sino que le animó a hablar. Quería recopilar la máxima información que el otro pudiera darle, y le dijo que, de una forma u otra, alguien terminaría construyendo esa bomba. Heisenberg regresó, por tanto, con tantas dudas como había ido. Y Bohr se quedó convencido de que la bomba alemana se encontraba en un punto mucho más avanzado de lo que estaba en realidad.

Una vez en los Estados Unidos, adonde llegó dos años después, Bohr informó tan apasionadamente de sus sospechas, que el proyecto Manhattan pisó definitivamente el acelerador. Para entonces, el proyecto de Heisenberg había sido casi totalmente desmantelado, Alemania perdía palmo a palmo toda Europa, y el espionaje ruso tomaba buena nota de lo que ocurría dentro de la ciudad secreta de Los Álamos en lo que era la verdadera amenaza de un adversario nuclear.

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