El enigma: ¿por qué el nazi Rudolf Hess saltó en paracaídas sobre Inglaterra en 1941?
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El enigma: ¿por qué el nazi Rudolf Hess saltó en paracaídas sobre Inglaterra en 1941?

Se cumplen 80 años de uno de los hechos más misteriosos de la Segunda Guerra Mundial

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Británicos posan cerca de Glasgow junto a los restos del avión de Rudolf Hess en 1941

El piloto saltó en paracaídas hacia las once de la noche del sábado 10 de mayo de 1941. Cayó no lejos de Glasgow, lesionándose una pierna al tomar contacto con el suelo. Poco después llegó a la zona, con el avión en llamas a no mucha distancia, el peón agrícola Donald McLean. Al preguntar al herido cómo se llamaba supo de hallarse ante un tal Hauptmann Alfred Horn, alemán encargado de entregar un mensaje vital al duque de Hamilton. McLean llevó al extraño personaje a su casa y luego arrastró al nazi, junto a otros miembros de la milicia local, a la Home guard, donde Graham Donald calmó los encendidos ánimos, interrogó al nazi y empezó a sospechar su verdadera identidad.

Donald, oficial del grupo auxiliar del Royal Observer Corps, consiguió hablar con el duque de Hamilton, a la sazón teniente coronel de la RAF, y este acudió a esa cárcel improvisada a las once de la mañana del domingo 11. Departió con el prisionero y voló al sur para informar al primer ministro. Winston Churchill reposaba, si eso era posible dadas las circunstancias, en Dichtley Park, su 10 de Downing Street el fin de semana. El líder del gobierno de coalición no deseaba interrupciones a la velada. Tras la cena quería ver junto al resto de comensales 'Los hermanos Marx en el Oeste', y nada ni nadie podrían impedirlo. Conversó en privado unos minutos con Hamilton, despidiéndose con un hilarante “sea o no sea Hess, yo a ver a los hermanos Marx.”

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Adolf Hitler y Rudolf Hess

Ese mismo día, casi en simultaneidad con el interrogatorio de Hamilton al mensajero germánico, Karl-Heinz Pintch libró una carta de Rudolf Hess a Adolf Hitler, feliz en el Berghof pese a su frenética actividad en todas las latitudes, del presente yugoslavo al mañana soviético. Cuando recibió al ayudante de Hess escuchaba con atención las disquisiciones arquitectónicas de Albert Speer, quizá su mayor hombre de confianza en lo intelectual. De repente, la armonía de las formas se desvaneció y el Führer lanzó un bestial alarido mientras requería la presencia de Martin Bormann, sucesor nada disimulado del autor de la letra, donde confesaba haber volado a Escocia para tratar los aspectos de un plan de paz entre el Reich e Inglaterra. Era su cuarta tentativa. En las tres anteriores fracasó por problemas mecánicos en su Messerschmitt 110. Si Hitler no estaba de acuerdo con su acción podía, como así hizo, declararlo loco.

Gestión de daños

Las fuentes dibujan distintas escenas de esos segundos de conmoción. Los testigos, de Keitel a Rosenberg, concuerdan en no haber visto nunca tan afectado al todopoderoso Canciller. Este albergó durante años la esperanza de un tratado específico con el Reino Unido, pero durante esa primavera de 1941 la estrategia iba definiéndose hacia un golpe insólito en el Este para forzar la rendición británica ante el fenomenal empuje bélico de su único enemigo.

Por lo demás, tanto Washington como Londres sabían con bastante detalle de Barbarroja desde enero, cuando Sam Woods, agregado comercial de la embajada de Estados Unidos en Moscú, había remitido a sus superiores un largo informe sobre las previsiones de atacar Rusia y estrujarla hasta la saciedad una vez conquistada. En abril, el laborista Sir Stanfford Cripps, embajador de Su majestad en la Unión Soviética, conoció la fecha exacta de la ofensiva: 22 de junio de 1941.

La estrella de Hess, tan brillante durante la larga travesía del desierto, se había apagado

Hess sabía de la operación, aunque en mucho menor grado. Su rol en la órbita nazi había disminuido con el tiempo hasta una irrelevancia decorativa. Podía ser el mandamás del partido Nacionalsocialista y figurar en el segundo escalafón sucesorio, pero su estrella, tan brillante durante la larga travesía del desierto, se había apagado porque la Segunda Guerra Mundial elevó a unos altares exclusivos al ejército y por supuesto a Hitler, exacerbadísimo en su megalomanía.

Pese a ello Hess contaba con un apoyo de peso: el pueblo alemán, sumiso y harto de la arrogancia de otros gerifaltes como Hermann Göring o Joseph Goebbels, pujante en su constante ascenso hacia la cúspide. El compañero de Hitler de los primeros años, complacido transcriptor del 'Mein Kampf' durante su estancia compartida en la prisión de Lansdsberg, era visto por la ciudadanía como un hombre normal, casi enternecedor por su ausencia de ambición e ingenuidad a raudales, no tan cretina como la leyenda quiere perpetuar. Hess ocupó múltiples responsabilidades de gestión, elaboró junto a su equipo las leyes raciales de Nüremberg en 1935 y organizaba en la misma ciudad la manifestación anual del nazismo, con la prerrogativa de pronunciar el discurso inaugural.

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Portada de prensa sobre el increíble vuelo de Rudolf Hess

Sin embargo, Hess carecía de conocimientos en política exterior y sobre todo era útil al ser el arquetipo por excelencia del servidor a la causa suprema, sin camarillas ni tejemanejes, demostrándolo mediante la modestia de sus hábitos, sin apego al lujo, residente en una modesta finca en la Múnich de sus inicios. Según Brendan Simms, autor de 'Hitler, solo el mundo bastaba' (Galaxia Gutenberg), la locura del viejo lugarteniente implicaba tres riesgos cruciales. El primero, menor, se vinculaba a la revelación de Barbarroja; el segundo era el temor a la indignación de los aliados del Eje, con mucho a perder si el Reich se reconciliaba con el Imperio Británico. El tercero no penalizaba tanto el gesto, sino la ausencia de disciplina, algo intolerable en los mandamientos canónicos, siempre más marciales y determinados, en su favor al acaparar más atribuciones, por aquel antiguo caporal austríaco, ahora encaramado en la cúspide de una frágil y ciega cima.

La noche del 12 de mayo la radio alemana anunció a su audiencia el sufrimiento de Hess, víctima de una enfermedad degenerativa, extraviado

La cuestión central para el Führer, cuyo cerebro tenía en el punto de mira cómo paralizar y doblegar a Estados Unidos con la ayuda japonesa, era el mensaje a comunicar. La noche del 12 de mayo la radio alemana anunció a su audiencia el sufrimiento de Hess, víctima de una enfermedad degenerativa, extraviado mientras pilotaba su avión en medio de alucinaciones.

Como hemos esbozado con anterioridad, la población del Reich se divirtió con la noticia, tomándola como una oportunidad para mofarse de los Nebengötter, los dioses de pacotilla, con Heinrich Himmler y Robert Ley fugados al extranjero, el Gauletier Adolf Wagner detenido en la frontera con veintidós millones de marcos sustraídos a monasterios y otros como Julius Streicher o Wolf Heinrich von Helldorf, jefe de la policía berlinesa, partícipes de la traición de Hess. Por supuesto todos estos rumores eran falsos. La BBC notificó la detención del nazi con una escueta locución. A miles de quilómetros de distancia estas lacónicas palabras incrementaron los nervios de Stalin, dudoso sobre si tanto mutismo significaba el debut de negociaciones entre teutones y británicos.

Excusas para la incertidumbre

Ivone Kirkpatrick, con un cursus honorum jalonado por su experiencia en la embajada de Berlín, fue el principal interlocutor de Rudolf Hess, agradecido por dialogar con un diplomático avezado en su mundo, treta magnífica para abrir la rendija y sonsacarle esas cartas tan escondidas entre la palabrería del mensajero. Si Inglaterra no ponía término inmediato a la guerra sería derrotada sin remisión. Las propuestas no eran originales, más bien asemejaban a un refrito de lo rechazado por Chamberlain en vísperas de la agresión a Polonia: carta blanca a Alemania en Europa a cambio de libertad de acción de Gran Bretaña en sus posesiones, devolución de las colonias germánicas al Reich, paz tripartita con Italia, contra las cuerdas en África, e indemnizaciones recíprocas a los súbditos de ambas naciones sancionados como consecuencia del conflicto bélico. Por último, Hess advirtió a Kirkpatrick que este acuerdo sólo podría concretarse con un nuevo gobierno porque, para Hitler, Churchill y los parlamentarios eran culpables de haber trabajado para la guerra desde 1936.

Esto no era siquiera papel mojado, sólo delirios de una razón al borde del abismo, sin locura, si bien con tendencia a la hipocondría y la paranoia, como dictaminaron varios psiquiatras durante su largo cautiverio en castillos, la torre de Londres y el Maindiff Court Hospital.

Para el Foreign Office la inestabilidad mental de su ilustre prisionero fue una treta perfecta para armar un doble juego de confusión al Kremlin

Para el Foreign Office la inestabilidad mental de su ilustre prisionero fue una treta perfecta para armar un doble juego de confusión al Kremlin. Anthony Eden, Alexander Cadogan y lord Beaverbrook explotaron la captura para sembrar de incerteza el tablero de Stalin. Por un lado no desmintieron la hipótesis de un acercamiento. Al fin y al cabo Ribbentrop y Molotov habían pactado en agosto de 1939, y esas uniones de antípodas entraban en el arte de lo imposible, y poco importaba si Churchill había declarado su alianza con el diablo si Hitler se atrevía a invadir el infierno. El miedo a este improbable dueto sacudió los cimientos moscovitas. Londres, en una apuesta más bien descabellada, pretendía reforzar el aislamiento comunista por si, ante esa tesitura, el Ejército Rojo realizaba un ataque preventivo contra la Wehrmacht.

La otra vertiente de la maniobra británica consistió en suministrar información sobre Barbarroja. El georgiano, sin sorprender las previsiones del servicio secreto inglés, abrazó la cautela. El vuelo de Hess y el silencio británico eran una indudable prueba de negociaciones promovidas por Hitler, según su némesis lo suficiente cuerdo como para no comprometerse en dos frentes tan distantes el uno del otro. En cambio, los soplos sobre la invasión indicaban disensiones en el gobierno de concentración nacional. Lo más probable era una postergación de esa moderna réplica napoleónica, como si la concentración de tropas en el limes soviético o las redundantes violaciones del espacio aéreo fueron un pasatiempo de mentirijilla.

Hitler tardó en relevar a Hess de sus cargos. Algunos generales lo creyeron implicado en la expedición de su amigo. La mente del dictador estaba enfrascada en otras prioridades más acuciantes, como terminar el asunto griego en Creta y cortar una cinta imaginaria para la cuenta atrás de su supremo sueño. Rusia debía quedar aniquilada en otoño. El envite era colosal y aspiraba a cancelar el pasado para fundar un presente descarnado de Lebensraum y limpieza racial. Antes estas perspectivas el borrón de un hombre en un universo donde los sentimientos sólo eran funcionales apenas supuso la conmoción de un levísimo derrape. Las tesis hitlerianas prohibían mirar atrás. La Historia sólo podía avanzar y los débiles debían sepultarse en la nada inexistente.

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