La verdad sobre el genocidio armenio: ríos de sangre, huesos y pedazos de carne
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La verdad sobre el genocidio armenio: ríos de sangre, huesos y pedazos de carne

La matanza de 1915 acabaría con la vida de un millón y medio de personas que serían olvidadas para no molestar a Turquía hasta que Joe Biden se atrevió a recordarlas

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Mujer armenia arrodillada junto a un niño muerto en el campo de Alepo, Siria

Fueron asesinados en terribles marchas fúnebres, muertos de hambre, acribillados, transportados en barcas para ser ahogados, pateados, enterrados entre basura, desfigurados, quemados u obligados a elevar sus propias piras de cardos y espinos. Otros testimonios escalofriantaes relatan cómo podían vislumbrarse des las colinas ríos de sangre, huesos y carne despedazada de los cuerpos.

El pasado sábado 24 de abril Joe Biden, presidente de Estados Unidos, reconoció como genocidio el exterminio de más de millón y medio de armenios a manos del Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial. Con estas palabras se erigía en claro defensor de los Derechos Humanos. La inédita afirmación -en 1981 Ronald Reagan uso los mismos términos y debió rectificar para no agriar las relaciones con Turquía- se hizo en coincidencia con el aniversario simbólico de la tragedia, iniciada desde esa perspectiva el 24 de abril de 1915, en realidad el preludio de una acción sistemática contra una comunidad tradicional, arraigada como comunidad religiosa propia pese a no tener casi prerrogativas civiles en los designios de la Sublime Puerta.

Aquella noche centenares de intelectuales armenios de Constantinopla, incluso algunos amigos y compañeros de lucha de los Jóvenes Turcos, fueron detenidos, arrestados y aniquilados. Este método puede recordar a más de uno la operación realizada en Polonia tanto por soviéticos como por nazis tras la invasión de 1939. Liquidar la base intelectual es la mejor plataforma para allanar los planes hacia asesinatos masivos y anular atisbos de resistencia.

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Mapa del genocido armenio

La cuestión del genocidio armenio levanta ampollas cíclicamente en el panorama internacional. El parlamento uruguayo fue el primero en reconocerlo en 1965. En 2011 la Asamblea Nacional Francesa aprobó una ley que penalizaba negarlo, refutada poco después por el Consejo Constitucional al violar la libertad de expresión y comunicación. España no está entre la treintena de Estados, entre ellos el Vaticano, con declaraciones de reconocimiento y condena a ese episodio, antesala del Holocausto al no servir durante entreguerras su efecto como advertencia, algo asimismo aupado por la manipulación de la nueva Turquía de Ataturk, artífice de un relato amnésico donde se intentaba dar la vuelta a la tortilla con la acusación de crímenes armenios contra turcos.

Desde Ankara nunca se negó la pérdida de unos trescientos mil cristianos de esa nacionalidad, justificándola por las precarias condiciones de los desplazamientos debidas a la contienda y la existencia de una guerra civil, imposible si se considera cómo los Jóvenes Turcos controlaban todos los resortes del poder desde la ley marcial, válida para vigilar más aun todos los movimientos, potenciar la censura para aislar una provincia de otra, dominar sin paliativos la comunicación y tener todos los ases para precipitar el infierno mediante castigos militares a los rebeldes.

Los Jóvenes Turcos tenían todos los ases para precipitar el infierno a los rebeldes

La negación, afianzada durante el longevo mandato de Recep Tayyip Erdogan, es una de las grandes pugnas retóricas con la Unión Europea, cuya cámara ha urgido a su espinoso aliado a reconocer los hechos cómo fueron, presentes tanto en la prensa de 1915 como en la declaración conjunta de Rusia, Gran Bretaña y Francia el 28 de mayo de ese mismo año. El texto, además de inaugurar la expresión crímenes contra la Humanidad y la Civilización, pedía la asunción de responsabilidades de todo el gobierno otomano y los agentes implicados en las masacres. De este modo se señalaba con el dedo a líderes por atentar contra sus propios conciudadanos.

Los antecedentes

Los Aliados intuían una premeditación y disponían de suficientes fuentes, entre diplomáticos y periodistas, como para confirmar un exterminio planificado, similar al nazi, casi idéntico desde dos premisas. En ambos casos un Estado de partido único disponía de prerrogativas dictatoriales para llevar a término la destrucción organizada de un grupo humano. En ambos casos este era minoritario, aunque no el único demonizado por un grupo hegemónico mientras acontecía una conflagración mundial.

En 1832 Rusia introdujo, durante la visita del zar Nicolás I a Inglaterra, el concepto 'enfermo de Europa' para referirse al decadente Imperio Otomano. Desde la revuelta griega de 1821 este reculó en el Viejo Mundo, con la consecuencia de interiorizar, poco a poco, la exacerbación de un nacionalismo turco y el éxodo de muchos habitantes de los antiguos dominios a la vasta región de Anatolia. En seis de sus provincias residía un núcleo armenio bien asentado. La llegada de nuevas nacionalidades en la zona quería resquebrajar la unión de la comunidad, debilitada más tarde por reformas territoriales auspiciadas por el sultán Abdul Hamid II, quien desde 1876 se mostró reacio a cualquier concesión de igualdad para el pueblo armenio con la excusa de las sempiternas disputas otomanas con Rusia.

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Abdul-Hamir

San Petersburgo, consciente del valor de elevarse en valedora de los armenios censados en Rusia, incluyó en el Tratado de Santo Stefano de 1878, rúbrica para terminar una nueva tanda de hostilidades con Constantinopla, una cláusula donde garantizaba los derechos de los armenios en las posesiones de la Sublime Puerta. El Imperio Británico y el Austrohúngaro discreparon de Santo Stefano. Para equilibrar las rencillas, el canciller Bismarck convocó una cumbre en Berlín. Celebrada en Berlín durante el verano de 1878, su artículo 61 reconoció, sin exigirlas con puño de hierro, la necesidad de reformas en las provincias armenias y asegurar la vigilancia de sus pobladores contra las agresiones de kurdos y circasianos.

Abdul Hamid II dio carta blanca a los caciques kurdos, concediéndoles cargos militares. Sus tribus fueron alistadas como escuadrones de la caballería territorial, se les brindaron insignias regimentales, fusiles modernos y la libertad de usar sin trabas su estatus contra sus vecinos armenios. Estos regimientos azuzaban el odio de los musulmanes frente a los cristianos, más comprometidos al crear distintas formaciones políticas, sin por ello renegar de su fidelidad al Estado Otomano.

Ya en las masacres 'harmidianas' de 1894 murieron más de trescientos mil armenios

En 1894 una revuelta en Sasun, sita en la actual provincia de Batman, contra el pago de un doble impuesto a Constantinopla y al señor feudal kurdo provocó el estallido de las masacres hamidianas, sólo apagadas en 1896. A diferencia del genocidio sus estudiosos las sintetizan con unas características comunes, tales como la prevalencia en centros urbanos, una mayoría masculina en el conjunto de víctimas, su localización en pocos días y la ausencia de deportaciones, porque estos pogromos eran selectivos y de cercanía.

Murieron más de trescientos mil armenios y nadie en la comunidad internacional, la misma que en 1878 prometió vigilar al Sultán, abrió la boca para cumplir con sus responsabilidades solidarias. Las masacres hamidianas comportaron una pequeña diáspora armenia durante la primera década del siglo XX. Cien mil de ellos recalaron en los Estados Unidos mientras en la capital del Bósforo Abdul Hamid era derrocado en 1908 por los Jóvenes Turcos, a priori engalanados con los principios de la Revolución Francesa.

placeholder Una litografía de 1908 que celebra la revolución de los Jóvenes Turcos con el eslogan “libertad, igualdad y fraternidad“
Una litografía de 1908 que celebra la revolución de los Jóvenes Turcos con el eslogan “libertad, igualdad y fraternidad“

El último autócrata recuperó el trono durante un leve suspiro de 1909. La esperanza armenia de igualarse legalmente con los musulmanes desató otro salvaje pogromo en Adana, con más de treinta mil muertos. En 1914, con el Imperio Otomano en la nada europea tras las guerras balcánicas, una delegación especial de líderes armenios en diálogo con las potencias del Viejo Mundo arrancó un acuerdo de reforma con los Jóvenes Turcos. Dos inspectores generales europeos, elegidos por el gobierno turco a partir de una lista externa, procurarían durante un decenio normalizar la lengua armenia en los procedimientos judiciales y administrativos, el reclutamiento de funcionarios civiles se efectuaría sobre el principio de igual trato para musulmanes y cristianos, respetándose la proporcionalidad demográfica en los consejos municipales.

El acuerdo, con Rusia presionando entre bambalinas, era una imposición. Quedaban pocos meses para Sarajevo y la pólvora lo convirtió en papel mojado.

La masacre

El adiós a Europa significó apuntalar más si cabe el panturquismo. Según los informes del vicecónsul alemán Erwin Scheubner-Richter, el objetivo era reconstruir el imperio sobre una base estrictamente islámica y panturca. Los habitantes no musulmanes debían ser islamizados y turquificados. En caso de no ser posible la solución era destruirlos, siendo la Gran Guerra la ocasión propicia para aniquilarlos.

El reclutamiento de cuatrocientos mil armenios era una trampa envenenada

Aún en 2021 muchos historiadores prefieren articular el desencadenamiento de los engranajes del genocidio a través de dos capítulos aislados: la autodefensa de la ciudad de Van, chispa armenia para prender la llama turca, y la derrota del ejército en la batalla de Sarikamis durante la campaña invernal del Cáucaso. Según el discurso oficial la debacle se aceleró por la colaboración armenia. Antes de esta ignominiosa retirada los dados ya volaban en el aire. La Primera Guerra Mundial vio a soldados armenios en las filas otomanas. El reclutamiento de cuatrocientos mil hombres, antes sólo habían vestido el uniforme para ser mulos de carga, era una trampa envenenada. Los encerraron en batallones de trabajo, proemio de la ejecución, fusilados a sangre fría por sus propios compañeros.

placeholder Una columna de armenios es llevada a un campo de prisioneros por soldados otomanos, abril de 1915
Una columna de armenios es llevada a un campo de prisioneros por soldados otomanos, abril de 1915

La escabechina de intelectuales del 24 al 25 de abril en Constantinopla fue el segundo engranaje para reducir a una absoluta esterilidad a niños, ancianos y mujeres, el eslabón más frágil. Con el pretexto de la sospecha de tenerlos como quinta columna rusa recibieron el deber civil de trasladarse hacia destinos no especificados. Entre abril y septiembre un millón de armenios fueron asesinados. El punto y final previsto era el desierto sirio. Como las autoridades, pese a toda su sádica y calculada crueldad, no pudieron con quinientas mil personas las reenviaron hasta el desierto de Deir Zor, donde bandas de delincuentes entrenadas por los otomanos se cobraron la vida de trescientos mil armenios más.

La condena y el silencio

El urdidor del genocidio fue el triunvirato conformado por Ismail Enver, Cemal Bajá y Talat Bajá. Los dos últimos fueron asesinados por activistas armenios. Talat fue tiroteado la mañana de los idus de marzo de 1921 en Berlín por Soghomon Tehlirian, absuelto por un tribunal alemán. El juicio fue seguido con mucha pasión por el joven estudiante Rafael Lemkin, a la postre acuñador en 1944 del término "genocidio". Le preguntó a su profesor si existía alguna ley internacional para juzgar a Talat Bajá. Su inexistencia era un absurdo, porque para Tehlirian era un crimen matar a un hombre, pero, en cambio, no lo era para su opresor, responsable de asesinar a más de un millón.

placeholder Titulares en prensa sobre el genocidio armenio
Titulares en prensa sobre el genocidio armenio

Esta inconsistencia se acompañó de otra más. Enver, Cemal y Talat habían sido condenados in absentia por las cortes marciales de Constantinopla, establecidas entre 1919 y 1922, cuando la antigua urbe bizantina dependía de tropas franco-británicas. La sentencia declaró que algunos dirigentes del CUP, los Jóvenes Turcos de Unión y Progreso, fueron culpables de organizar un plan de exterminio en contra de la población armenia. El Estado no era culpable, sólo los Jóvenes Turcos. Dieciocho cabecillas recibieron la pena capital, librándose la mayoría. En otros procesos se verificó el uso de morfina en niños, el empleo de gas tóxico y la inoculación de la fiebre tifoidea en bebés.

Se verificó el uso de morfina en niños, el empleo de gas tóxico y la inoculación de la fiebre tifoidea en bebés

El tratado de Sèvres del 10 de agosto de 1920, paz entre los Aliados y la ruina del Imperio Otomano, aceptaba a la República Democrática de Armenia, fruto del colapso turco y la revolución bolchevique, e instauraba, según los preceptos de los catorce puntos wilsonianos, una región autónoma para los kurdos. Tres años después la segunda Conferencia de Lausana, una vez Mustafa Kemal Ataturk se encumbró como héroe del renacer tras la hecatombe, no sin una carnicería de tintes afines con los griegos de Asia Menor, omitió la cuestión armenia en sus conclusiones.

El giro de Biden podría ser un acicate para más reconocimientos del genocidio, definido por Rafael Lemkin, uno de los protagonistas de la fabulosa 'Calle Este-Oeste' (Anagrama) de Philippe Sands, como “La puesta en práctica de acciones coordinadas que tienden a la destrucción de elementos decisivos de los grupos nacionales, con la finalidad de su aniquilamiento.” El caso armenio, emulado en la URSS con el Holodomor y por el Tercer Reich durante la Segunda Guerra Mundial, es un paradigma de cinismo desde la diplomacia y un manual de cómo un relato hegemónico puede alterar en la población de un país cualquier rasgo de verdad objetiva.

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