La generación de centro que quiso cambiar España y acabó enfrentada por el poder
  1. Cultura
'LA RUPTURA'

La generación de centro que quiso cambiar España y acabó enfrentada por el poder

Fue un colectivo que quiso dar forma a una opción política liberal, dialogante y centrada que mezclase socialdemocracia y liberalismo. González Férriz narra su historia en un libro

placeholder Foto: Ramón González Férriz, autor de 'La ruptura'.
Ramón González Férriz, autor de 'La ruptura'.

La historia que narra Ramón González Férriz en ‘La ruptura’ (Random House, ebook) quizá sea menor, pero no deja de resultar fascinante. Trata acerca de una generación joven que quería cambiar España, que se veía con la preparación, la perspectiva y las ideas adecuadas para dar un empujón a su país y dirigirlo hacia el futuro. Es la historia también de lo que ocurre cuando las ideas se encuentran con la política real, y de cómo ese desencuentro afecta a las relaciones personales y a las posiciones ideológicas.

En realidad, en la década pasada, coincidieron dos generaciones con el mismo deseo de transformar España. Ambas fueron producto de la sacudida que supusieron la crisis económica y la irrupción del 15-M, lo que generó un escenario político favorable a los cambios. La primera generación es bien conocida, porque dio lugar a Podemos y a sus diferentes secesiones y prolongaciones, y también porque su aparición dio el empujón a transformaciones diversas en la sociedad y en las instituciones. Por más que su recorrido sea bien conocido, hay un aspecto que, en retrospectiva, resulta relevante. Iglesias, Errejón y demás eran aspirantes a los que los suyos miraban con desdén. Intentaron participar muy activamente en su espacio de referencia, Izquierda Unida y el PCE, sin ninguna suerte. Pero tenían fe en sí mismos, venían de Latinoamérica, habían conocido el cambio operado allí y vieron en el 15-M una oportunidad inaplazable. Si los suyos no querían verlo, ellos se encargarían de poner la izquierda a la altura de los tiempos. Su éxito electoral fue tanto una suerte de venganza respecto de quienes les habían despreciado como la constatación de que la razón estaba de su lado.

Éramos una especie común en Madrid y en las capitales: aspirantes a ocupar lugares relevantes en el debate público y a ganarse la vida con ello

La generación de la que trata Férriz partió de una posición muy diferente. No traían una concepción de la política que exigiera cambiar lo establecido, ni tampoco pretendían crear nuevos partidos; más bien deseaban transformar España desde dentro del sistema. Querían formar parte de la vida política e intelectual aportando lo que tenían, su conocimiento y su visión ideológica, la de una posición liberal que permitía llegar a consensos y gracias a la cual España podría convertirse en un país mucho más centrado, experto, eficiente y razonable.

Pertenecían, asegura Férriz, a “una especie bastante común en Madrid y en todas las capitales: aspirantes a ocupar lugares relevantes en el debate público, a impulsar sus ideas y a ganarse la vida con ello”, y aunque sus ilusiones al respecto “no eran excesivas”, compartían algo más que el deseo de mejorar profesionalmente: se percibían como una nueva clase intelectual bien conectada con su época. Eran gentes entre 25 y 40 años, que, aunque entonces estaban muy lejos del poder y de los puestos de decisión en universidades, periódicos o empresas, “creían que podían aportar una especie de base intelectual a esa modernización”.

Si la política reflejase la realidad, las ideas que defendían ambas generaciones deberían haber sido las dominantes en los partidos mayoritarios

La crisis había dejado al descubierto las deficiencias de las estructuras españolas. Más allá de la corrupción, percibían la ausencia de una visión clara y técnica. La política nacional había envejecido rápido, en gran medida por defectos propios, y había que dar un nuevo impulso a las instituciones. Su conocimiento de las prácticas y de las tendencias en el ámbito anglosajón, que era su referencia, y de las mismas orientaciones dominantes en la UE, así como su posición ideológica, la de un liberalismo poco dogmático, les hacía pensar que podrían trasladar esas perspectivas a España. Pero, por esas mismas razones, su lugar estaba en el interior de los partidos y de las instituciones existentes, donde podrían actuar como fuerza interna.

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En realidad, si la política reflejase la realidad de una manera ajustada, las ideas que defendían ambas generaciones deberían haber sido las dominantes en los partidos mayoritarios; deberían haber sido las dos grandes opciones políticas españolas, las que de verdad se hubieran enfrentado en las elecciones. Una anclada en prácticas populistas y con una evidente intención transformadora de las instituciones, y otra, la de un liberalismo centrista y meritocrático y experto. No fue así. Unos y otros tuvieron que aprender muchas cosas de lo que la política significa de verdad; o, por decirlo con alguna referencia académica, se encontraron con aquella diferencia que Julien Freund establecía entre “la política” y “lo político”.

1. Los protagonistas

González Férriz cifra el inicio de esta generación espontánea en 2014, a partir de las cenas que organizaba en restaurantes asturianos Pedro Herrero (conocido en redes como @aparachiqui), entonces asesor de UPyD y más tarde de Ciudadanos, y en las que llegaban a reunirse hasta 30 personas. Las conversaciones se prolongaban en un grupo de WhatsApp multitudinario llamado ‘cachopos’, “en el que se discutía, a veces con dureza, sobre política, y en esencia sobre política catalana”. En el grupo estaban, entre muchos otros, Kiko Llaneras, Jorge Galindo, Daniel Gascón, Aurora Nacarino-Brabo, Jorge San Miguel, algunos editores, como Miguel Aguilar o Roger Domingo, así como otros miembros de Agenda Pública, Politikon o Piedras de Papel.

La mayoría de los socios del club de los cachopos estaba en fase de tránsito profesional. Algunos habían dado el salto desde los blogs a la prensa nacional, otros eran profesores universitarios en puestos precarios, y también formaban parte de él asesores parlamentarios o diputados, editores y periodistas. Todos ellos percibían que su vida laboral “estaba entrando en una nueva fase”, también porque tenían la sensación de que las piezas estaban terminando de encajar, y que la opción política que ellos defendían, con sus matices, era la que iba a dominar la España oficial en los siguientes años.

Una de las reuniones más celebradas tuvo lugar en casa de María Ramírez y Eduardo Suárez, a pocos meses del lanzamiento de 'El Español'

Más allá de las reuniones en los restaurantes, los encuentros entre integrantes de este grupo eran frecuentes, ya fuese en presentaciones de libros de editoriales como Debate o Deusto, en debates públicos, en las presentaciones de la revista ‘Letras libres’ o en cenas privadas. Por allí pasaron muchos afines, como Jordi Pérez Colomé, Sandra León, Víctor Lapuente, Nacho Torreblanca, Toni Roldán, Máriam Martínez-Bascuñán o Manuel Muñiz. Una de las reuniones más celebradas tuvo lugar en casa de María Ramírez y Eduardo Suárez, “en la celebración del cumpleaños de él, a pocos meses del lanzamiento de 'El Español'. Ahí estuvieron buena parte de los miembros de Politikon, muchos periodistas de 'El Español', pero también de El Confidencial o 'El País', y el recién nombrado director de 'El Mundo', David Jiménez”.

2. La nueva ideología

Al margen de las afinidades personales, les unía fundamentalmente su posición política. Se percibían como la necesaria reunión del centroderecha y del centroizquierda, o “entre liberaldemócratas y socialdemócratas, si lo decimos con los términos de una tradición más que centenaria”, según afirmaba Santos Juliá en un artículo publicado en ‘Ahora’, el semanario que dirigía González Férriz, y en el que concluía que “ni los socialdemócratas a estas alturas de su historia pueden dejar de ser también liberales, ni los liberaldemócratas pueden dejar de ser sociales. Es cuestión de énfasis o de acentos en políticas sobre las que siempre es posible alcanzar pactos de investidura, de legislatura o de coalición”. Esa capacidad de unir fuerzas similares, pero siempre reacias al pacto, era algo que ellos encarnaban. Eran el reflejo dialogante de una España posible; eran una mezcla de lo mejor de ambas ideologías, lo que resultaba especialmente conveniente para una España atravesada por el auge de Podemos, la amenaza secesionista y la tensión entre bloques.

En la política nacional, además, esa unión tenía muchas posibilidades de producirse. Y estuvo a punto de alcanzarse: el Gobierno de los 180 diputados entre el PSOE y Cs era la concreción en el Gobierno de la tendencia ideológica que ellos promovían, el sueño de un centro liberal con ribetes socialdemócratas. Estabilidad para España, adaptación a las tendencias internacionales, gestión por expertos, todo lo que propugnaban. Muchos de ellos, además, estaban esperando esa alianza, ya que les permitiría dar un alto en sus carreras profesionales.

Que unos tuvieran el poder y otros no, provocó un tribalismo que nadie habría creído posible solo unos meses antes. Todo se volvió posicional

Poco después, la política real hizo acto de presencia, cuando el PSOE llegó al poder en la moción de censura de la primavera de 2018, sin la ayuda de Ciudadanos. El destino del grupo se rompió, ya que algunos de sus integrantes se incorporaron al Gobierno con cargos en la Moncloa o en distintos ministerios, como fue el caso de Sandra León, Amparo González, Pau Marí-Klose, David Lizoain, Álvaro Imbernón, María Ramos, Borja Lasheras, Antonio García Maldonado, Daniel Fuentes Castro, Nacho Corredor, Áurea Moltó, Borja Barragué o José Fernández-Albertos.

Otra parte del grupo sintió la llegada del PSOE al poder como una doble traición, por los socios en los que se apoyó, Podemos y partidos nacionalistas e independentistas vascos y catalanes, y porque “estaba convencida de que esos puestos podrían haber sido suyos”. El resultado para el grupo fue el esperable: “Que unos tuvieran el poder y otros no o, en general, que unos estuvieran cerca de él y otros no, provocó un tribalismo general que nadie habría creído posible solo unos meses antes. Todo se volvió posicional”.

Foto:  El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (d), y el vicepresidente segundo, Pablo Iglesias. (EFE) Opinión

No contiene la narración de Férriz una descripción detallada de los momentos agrios vividos tras la ruptura, solo la constatación de las disensiones y de cómo los caminos ideológicos se fueron separando en el instante en que una parte de ellos se situó en el Gobierno y otros se vieron relegados en su ascenso. Unos llegaron, otros no, y los caminos se rompieron.

3. La pelea por el centro

Lo llamativo de esta ruptura, como bien explica Férriz, es que gran parte de sus protagonistas apenas se movieron ideológicamente: seguían estando “más cerca del centro, fuera por la izquierda o por la derecha, que de los extremos. Algo parecido podríamos decir si esa línea reflejara distintas posiciones sobre otros temas, como las cuestiones morales o sexuales, o de simpatía por la Unión Europea, o la percepción del nacionalismo vasco y catalán: también en esos aspectos todo el mundo siguió, más o menos, en el mismo lugar en el que estaba antes de la ruptura. Al menos al principio”.

Es un reflejo evidente a pequeña escala de lo que ha ocurrido en la política española, porque la ruptura del grupo fue también ideológica, pero a partir de la utilización del mismo concepto. Todos eran de centro, solo que este comenzó a significar cosas muy distintas. Una parte decía de sí misma que encarnaba la sensatez, el diálogo y la racionalidad, y que eran los otros quienes se estaban radicalizando; la otra utilizaba los mismos argumentos. Unos les reprochaban haberse echado al monte por aceptar las alianzas con Podemos y los nacionalistas, los otros por justificar la foto de la plaza de Colón. Ese ha sido y es el juego político, en el que unos acusan a los otros de salirse de la normalidad, de no respetar las instituciones, de radicalizarse; y eso era lo que le decía Ciudadanos al PSOE y viceversa. En este sentido, las diferencias en el grupo no eran más que reflejo de los discursos típicos de sus ámbitos de pertenencia.

Querían constituir un espacio objetivo, científico y centrado, pero en la política hay que tomar partido, y eso fue lo que acabó ocurriendo

Era un giro esperable. Se trataba de un grupo de expertos y de intelectuales cuyas ideas dependían, para hacerse realidad, de los partidos, instituciones y medios en los que militaban o trabajaban. Dado que carecían de fuerza exterior (Podemos apostó por lo contrario, por ejemplo), dependían del éxito de aquellos. Y cuando sus partidos viraron, ellos también lo hicieron. Tenían la aspiración de constituir un espacio objetivo, científico y centrado, pero en la política hay que tomar partido, y eso fue lo que acabó ocurriendo.

Una buena descripción la realizó Jorge Bustos en un artículo, citado en ‘La ruptura’, en el que describe la salida de Toni Roldán de Ciudadanos: fue un choque entre un “académico de la London School [la universidad de élite que Roldán había abandonado para sumarse a Ciudadanos] contra el político de raza callejera que es Rivera, cuyo blindado liderazgo es incompatible con veleidades deliberativas de campus”. Entre la política de salón y la del aparato, entre la influencia y el liderazgo, suele ganar el segundo. Quien sigue al líder continúa, el que no, sale de la política. Lo que incide una vez más en esa relación ambigua entre las ideas y el poder, y en cómo las primeras suelen quedar supeditadas al segundo, cuando no tergiversadas por él.

Foto: Felipe VI junto a Pedro Sánchez durante su visita a la fábrica de SEAT. (EFE)

4. La pregunta que queda en el aire

La mayoría de los protagonistas de esta historia cuentan con un buen destino profesional, y más allá de su suerte futura, que será dispar, como ocurre en todas las generaciones, quizá lo más interesante sea alejarse de los nombres propios y reparar en el planteamiento político que se quedó por el camino. ¿Es posible en España una opción política que aúne liberalismo y socialdemocracia? ¿Es posible encontrar un punto de equilibrio ideológico que ofrezca estabilidad sistémica? El escenario político presente ofrece pocas esperanzas, y la brecha abierta en ese mismo grupo es reveladora de las dificultades generales. Nada en la política nacional apunta en esa dirección; más al contrario, parecemos encaminados hacia una tensión creciente, hacia la exageración de las diferencias, hacia la hipérbole; cada matiz parece abrir un nuevo abismo.

Es cierto que existe una demanda social, especialmente presente en las clases intelectuales, de regresar a una cierta normalidad, a los consensos, a la capacidad de dialogar y de ensamblar diferencias, pero también lo es que suele terminar convirtiéndose en arma arrojadiza, como elemento discursivo con el que señalar y atacar a los adversarios políticos ("vosotros no dialogáis, sois radicales", etc.), lo que complica aún más que esa opción ideológica pueda tener algún recorrido. El mismo final de este grupo vendría a servir como ejemplo de tales aspiraciones.

Es fácil entender el final de este sueño político como producto de unos tiempos desatados y del exceso de pasiones, pero sería hacerse trampas

Y si echamos un vistazo a las tendencias políticas internacionales, como hemos visto en las elecciones estadounidenses o en las francesas, con las tensiones en los países del norte (incluso en Alemania el Dexit formará parte de la próxima campaña política, de la mano de AfD), o con el Este dominado por una derecha poco liberal, nada hace pensar que este sueño centrado vuelva a tener recorrido en un tiempo largo.

Desde este punto de vista, es fácil entender el final de este sueño político como producto de unos tiempos desatados, como desgraciadamente inoperante a causa del aumento de las pasiones, de la irracionalidad, del juego sucio político, de esa sociedad que se deja llevar por los sentimientos antes que por la razón. Pero sería hacerse trampas, porque implicaría situar fuera toda responsabilidad; algo así como “tenemos razón, pero la gente no nos escucha”.

No puede haber estabilidad política liberal cuando hay una inestabilidad económica y social

Examinar el asunto desde ese punto de vista significaría dejar pasar la oportunidad para que el liberalismo reflexione sobre sí mismo, para que comprenda sus errores, y sea consciente de por qué esta opción no podía funcionar, ya que no estaba correctamente anclada en la época; o, por decirlo de otra manera, por qué ha fracasado en la medida en que no daba respuesta a los problemas de un tiempo concreto.

Probablemente, la mayor equivocación sea no haber reparado en que no puede haber estabilidad política liberal cuando hay una notable inestabilidad económica y social. En este sentido, la opción liberal, de la que este grupo constituía un buen reflejo, y más cuando contaba con algunas mentes brillantes, se centró en lo institucional, pero se olvidó de aquello que perturbaba en última instancia la convivencia, como era lo económico.

La cuestión es que ese momento en el que se podía ser liberal en lo político y neoliberal en lo económico ha desaparecido ya de escena

El liberalismo posee una característica insoslayable, que es la de estar en contra del poder excesivo y concentrado, y en nuestra época este es mucho más económico que político. Los elementos antitrust, de la competencia entendida como un reparto de poder, estaban extrañamente ausentes de sus debates, aun cuando debían formar parte esencial de su tradición. Eran seguidores de la ortodoxia económica y querían conservar el sistema tal y como estaba, solo que ofreciendo más eficiencia y más racionalidad, cuando el problema era precisamente que esa tendencia volvía más profundos los problemas sociales, comenzando por la desigualdad, y generaba la inestabilidad precisa para que crecieran las opciones extrasistémicas. En el fondo, alimentaban por un lado lo que querían combatir por el otro.

La cuestión es que ese momento en el que se podía ser liberal en lo político y neoliberal en lo económico ha desaparecido ya de escena. No hay lugar para él: si se sigue apostando por la ortodoxia en lo económico, el correlato será el iliberalismo en lo político, y los líderes que están cobrando auge en la derecha apuntan en esa dirección en todo Occidente. La opción para conservar unas instituciones liberales sanas pasa por estabilizar económicamente las sociedades, por reducir la desigualdad de una manera significativa, por eliminar el sustrato material que las opciones iliberales necesitan como condición de posibilidad.

Solo un programa socialdemócrata permitirá sobrevivir al liberalismo

Algunos liberales, también de este grupo, comprendieron el problema de fondo, solo que su marco de pensamiento continuaba siendo ortodoxo. Promovían ajustes en los impuestos como solución, cuando esa medida es una más, no la solución en sí misma. Sorprendentemente, quien mejor parece haber entendido el momento es Joe Biden. Los planes que está intentando poner en marcha pasan por la inversión de gran cantidad de dinero público en la creación de trabajos, en la reactivación de la economía real, en recuperar esa palabra prohibida en Occidente, industrialización; y en conseguir que las grandes empresas (y no el resto de los ciudadanos, como de costumbre) paguen más impuestos. Es consciente de que las brechas de un país roto necesitan, para cerrarse, de la creación de prosperidad, de la recuperación de las clases medias y de las trabajadoras, del impulso industrializador y de la participación del Estado en todo ello. La estabilidad pasa por el aumento del bienestar, de modo que se recupere la confianza en el futuro por parte de unas poblaciones profundamente descreídas en el funcionamiento del sistema. Actuar en otro sentido, seguir anclados en la ortodoxia, es impulsar decididamente el crecimiento del iliberalismo.

De modo que, respondiendo a la pregunta inicial, se deberá decidir si se prefiere el neoliberalismo económico y, por tanto, la debilidad permanente de lo institucional y su conservación como mero espectro, o si se opta por el liberalismo político y, en consecuencia, se aboga por un giro económico que defienda medidas socialdemócratas reales, como las apuntadas por Biden. No es una elección menor, porque el futuro de la UE y de Europa depende en gran medida del resultado de la resolución de este dilema.

5. Un apunte final

El texto de González Férriz, plenamente recomendable, añade un elemento interesante desde el punto de vista comercial. Por su extensión, es mucho más un reportaje largo, al modo de la prensa estadounidense, que un libro. Se vende solo en formato digital y a un precio muy reducido. Es un modelo de negocio inusual, pero quizá funcione. Si lo hiciera, podría abrir nuevas vías. Por estar atentos a eso, que la cultura también es economía.

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