Entrevista inédita a Mijaíl Kaláshnikov: "Claro que mi fusil es perfecto, chatarra no sé hacer"
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Entrevista inédita a Mijaíl Kaláshnikov: "Claro que mi fusil es perfecto, chatarra no sé hacer"

Primeras páginas de un libro salvaje, 'En el valle del paraíso. Viaje a las ruinas de la URSS', de Jacek Hugo-Bader (La Caja Books)

placeholder Foto: El inventor del fusil Kaláshnikov, en Moscú. (EFE)
El inventor del fusil Kaláshnikov, en Moscú. (EFE)

No lo encuentro en el 'Libro de los genios soviéticos de la ciencia' del año 1954, ni en la oficina de empadronamiento, ni tampoco en la lista de residentes ni en la de trabajadores modelo que hay en la vitrina de la fábrica. En la última edición de la 'Gran Enciclopedia Soviética' ni siquiera se menciona en qué república vive ni aparece en ninguna foto. «Sin retrato», o, lo que es lo mismo, es un secreto.

Kaláshnikov fue galardonado con el Premio Stalin en 1949. Lo recibió de manos del 'generalissimus' en persona. En 1971 se convirtió en doctor en ciencias técnicas y en miembro de la Academia de Ciencias de Leningrado. Nunca llegó a licenciarse.

Un libro salvaje

Hace 30 años, el reportero Jacek Hugo-Bader recorrió los escombros y despojos de la Unión Soviética para hilvanar una serie de reportajes legendarios que La Caja Books publica ahora en español traducidos por Ernesto Rubio y Agata Orzeszek: 'En el valle del paraíso. Viaje a las ruinas de la URSS'.

Hugo-Bader se sentó y bebió con los hijos de un orden ya antiguo, brindó con héroes de otro siglo, soldados mutilados con el pecho cargado de insignias de un país perdido, diseñadores de bombas atómicas, cosmonautas refractarios al Partido que no rozaron el cielo... Y hasta hizo enfadar a Mijaíl Kaláshnikov (1919-2013) en una entrevista inédita en español que concedió en 1993 el inventor del inmortal AK47 y que ahora adelantamos aquí. 

Ojo, es solo un aperitivo de un libro cargado de historias fabulosas.

Izhevsk es una fea ciudad de los Urales. En el centro hay una gran torre construida con vigas de hierro. Una versión local de la torre Eiffel. Hasta el golpe de Estado del año 1991, Izhevsk era una ciudad cerrada. Una especialidad soviética: una ciudad en medio del país a la que por alguna razón está prohibido el acceso, igual que si la rodease una frontera. En este país todavía existen ciudades así.

placeholder 'En el valle del paraíso'. (La Caja Books)
'En el valle del paraíso'. (La Caja Books)

Izhevsk es la capital de la industria armamentística rusa, aunque por supuesto no hay ninguna fábrica de tanques, fusiles o vehículos acorazados. Otra especialidad soviética. Las piezas de los tanques se ensamblan en una fábrica de agavilladoras; los misiles, en una de coches, y la artillería, en una de telares. En Tula, por ejemplo, los fusiles se producen en fábricas de samovares. En una de esas fábricas de armas que hay en Izhevsk es donde trabaja, pese a estar jubilado y tener setenta y cuatro años, el diseñador Mijaíl Timoféyevich Kaláshnikov.

El traje del diseñador

¿Cómo deberíamos empezar, Mijaíl Timoféyevich? Tal vez así: ¿cuál es la mejor arma automática del mundo?

—Eso es como preguntarle a una madre qué niño es el más listo. Por supuesto, dirá que el suyo.

¿Y cómo será el arma automática del siglo xxi?

—No lo sé. En Estados Unidos dicen que el Kaláshnikov seguirá siendo la mejor hasta el 2025, después ya veremos. Yo sigo trabajando. ¿Y sabe por qué es tan popular mi fusil automático? Porque es el regalo de un soldado a otro soldado. Lo más importante es su sencillez, pero no porque yo fuese torpe. Para un diseñador, lo más difícil es hacer algo que no sea complicado. Diseñar productos complicados es muy fácil.

¿Por qué adaptó su fusil en 1974 para que pudiese funcionar con munición del calibre 5,45?

—Porque los estadounidenses habían empezado a usar esa munición en Vietnam.

Pero hubo protestas por toda la Unión Soviética. Ustedes mismos admitieron que era un arma inhumana y bárbara. Los proyectiles explotaban en el interior del cuerpo de las víctimas y provocaban mutilaciones espantosas...

—¿Entiende ahora por qué no me gusta hablar con periodistas? No escriben ustedes más que tonterías.

Cuando fui a EEUU, escribieron que yo me limpiaba la casa. ¿Es malo no tener criados?

Kaláshnikov se ha cabreado. Es cierto que rara vez habla con periodistas. Hizo una excepción con la revista Ogoniok, y ahora la hacía con la Gazeta Wyborcza.

—Cuando fui a Estados Unidos, escribieron que yo mismo me limpiaba la casa. ¿Acaso es malo no tener criados? ¿O que no tenga un traje decente? Es un gran héroe, ha recibido muchos galardones, pero no tiene un traje. ¿Por qué les da por escribir eso? ¿Se ha comprado usted un traje para venir a verme? Ya veo que no, y ha hecho usted bien.

La mirada del diseñador

¿En qué condiciones trabajaba usted hace años?

—No me llevaban en volandas. He recorrido un camino lleno de espinas. Imagínese: se convoca un concurso para diseñar un arma automática y se inscriben un tipo llamado Degtiariov, que era general; Símonov, otro general, y Shpaguin, un célebre diseñador, y en medio de todos se cuela de pronto un humilde sargentillo.

¿Planificó usted solo el trabajo?

—Sí, no tuve ayudantes. Hice muchos prototipos yo solo, entre ellos el AK-47. Siempre concebí mi trabajo como un trabajo para el pueblo –afirma Kaláshnikov en tono grave.

placeholder Mijaíl Kaláshnikov, en su juventud.
Mijaíl Kaláshnikov, en su juventud.

La patria, el pueblo, el trabajo, esas son las palabras que considera sagradas. Al pronunciarlas, en sus ojos resplandece un brillo proletario. Aunque menudo, con zapatillas de andar por casa y acurrucado en un rincón junto al piano, Kaláshnikov agita orgulloso su cabellera gris peinada hacia atrás y me lanza una mirada como por encima del hombro.

¿Cómo se sentía durante el estalinismo? ¿Como un hombre libre?

—El Premio Stalin era una distinción muy importante. La opinión de aquellos que lo recibían era tenida en cuenta.

¿Podía usted expresar lo que pensaba?

—Hay que entender que solo aquel que fuese capaz de contagiar una idea a todo el colectivo podía llegar a convertirse en diseñador jefe. Y yo lo conseguí.

Por el amor de Dios, Mijaíl Timoféyevich, me refiero a que en esa época los que mandaban eran los politruks, los comisarios políticos. En su trabajo seguramente pasaría lo mismo.

—El Partido servía de guía en todos los ámbitos. Yo no veo nada malo en el papel dirigente de nuestro partido. Nosotros creíamos en él. Así es como fuimos educados, yo sigo siendo comunista hasta hoy.

Así es como fuimos educados, yo sigo siendo comunista hasta hoy

Por lo que veo, usted trabajó en condiciones distintas a las de los diseñadores de aviones durante la Gran Guerra Patria.

—Venga ya, ¡cómo me voy a comparar con los diseñadores de aviones! Kaláshnikov oye muy mal: una dolencia propia de su profesión. Los incesantes disparos lo han dejado sordo. Estamos sentados frente a frente ante la misma mesa, pero nos chillamos como si estuviésemos en habitaciones separadas. A menudo, cuando no entiende algo, o no quiere entender, finge que no oye.

Ellos trabajaban en los gulags insisto. Aunque de lujo, no dejaban de ser gulags. Eran como jaulas doradas. ¿Nunca oyó nada al respecto?

—Nunca frecuenté esos sitios —zanja el tema.

Los ingresos del diseñador

En esta foto le digo señalando con el dedo está usted en compañía de todo un millonario estadounidense.

En el año 1991 Kaláshnikov viajó a Estados Unidos.

—Es Stoner, el diseñador del M16. Fue él quien me invitó. Muchos piensan que yo también soy millonario. Y por supuesto que lo soy, pero todos esos millones no los tengo en ningún banco, sino en el Pacto de Varsovia. Mis millones son todos y cada uno de los Kaláshnikov que constituyen el armamento del Pacto y por los que no he recibido un solo kopek.

placeholder Stoner y Kaláshnikov, en EEUU, en 1991.
Stoner y Kaláshnikov, en EEUU, en 1991.

–Una vez dijo que si por cada Kaláshnikov que se ha fabricado le hubiesen dado un rublo, ahora sería millonario.

–Eso es fácil de calcular, serían por lo menos cincuenta y cinco millones. ¿Y cuánto tengo? Nada. Cuando estuve en Estados Unidos me sentí como un mendigo, ni siquiera me podía permitir un helado. Los responsables de la fábrica me dijeron que era un viaje privado, así que no me dieron nada. Stoner tiene su propio avión, pero yo no me puedo permitir ni un billete de avión de Izhevsk a Moscú. Voy en tren: veinte horas.

–¿Cuánto gana?

–Es difícil de decir. Depende del mes, pero últimamente recibo una pensión de alrededor de cuarenta mil rublos mensuales.

–El sueldo medio en su fábrica –empiezo a calcular en voz alta– es de unos cuarenta mil rublos, así que usted debe de ganar unos sesenta mil; si a eso sumamos su pensión, salen unos cien mil rublos, o sea, cien dólares al mes. ¿Quién gana una cantidad así en Rusia? En Estados Unidos, con ese dinero se podría comprar una carretilla de helados, y aquí podría ir y volver a Moscú en avión tres veces. Ah, y durante un tiempo también tuvo dietas parlamentarias. Hay gente en Rusia que está mucho peor que usted.

–No piense que me quejo. Mi país no se ha olvidado de mí. Me han concedido muchas medallas. He sido Héroe del Trabajo Socialista en dos ocasiones, y esa condecoración solo la conceden por méritos excepcionales. Además, durante seis años fui diputado al Sóviet Supremo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, así que creo que el Estado me ha recompensado como corresponde.

Mi país no se ha olvidado de mí. Me han concedido muchas medallas

–Usted entró a formar parte del Sóviet Supremo aún en vida de Stalin.

–Sí. Luego hubo un paréntesis y después unas cuantas legislaturas más. Pero no cometa el error de pensar que aquello era algo habitual en nuestro país: que los diseñadores exigían privilegios a cambio de su pasión, su compromiso o sus ideas. No solo yo, sino todos los creadores de la técnica soviética somos del mismo parecer.

Las lágrimas del diseñador

–¿Cuál es su sueño, Mijaíl Timoféyevich?

–Se me parte el corazón cuando veo en televisión que mi arma se está convirtiendo en un argumento en los debates. Mi sueño es el fin de la anarquía en esta Rusia nuestra, y creo que toda la nación trabajadora rusa comparte ese mismo sueño.

Al diseñador se le quiebra la voz. Le dejo que se recupere.

–Los pueblos de la Unión Soviética luchan los unos contra los otros usando su arma.

–¿Qué le vamos a hacer? No creo que se pueda decir que si mi fusil no existiese, tampoco habría estas guerras. ¿No es cierto? Después de todo, yo hice ese fusil para defender las fronteras de nuestra patria. Y ahora los antiguos hermanos se disparan los unos a los otros.

–Pero usted sigue trabajando y trabajando y pensando en nuevas armas cada vez más perfectas.

–Chatarra no sé hacer.

No creo que se pueda decir que, si mi fusil no existiese, tampoco habría guerras

–Supongo que usted se considerará un patriota. Pero ¿de qué patria?

–Entiendo lo que quiere decir. Durante toda mi vida he trabajado para la Unión Soviética, o, más exactamente, para el Pacto de Varsovia, así que el derrumbe de nuestro Estado no me deja indiferente. No es algo que me alegre. Yo soy un patriota de mi patria y a mi patria la veo inmensa…

–¿A cuál se refiere? –pregunto en voz baja.

–A la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Una pausa. Muy larga.

–Los políticos lo han destruido todo.

–Otras naciones están contentas con ese derrumbe –comento–: los lituanos, ucranianos, georgianos…

–Deje que le diga una cosa. He recorrido las fronteras de la Unión Soviética en dos ocasiones, todas las provincias militares fronterizas. Quería estar en contacto con los soldados. Estuve en las trincheras. Abracé a kazajos, georgianos, chechenos y al resto de nuestros hijos. Y descubrir lo unidos que estábamos me hizo llorar de alegría. Ahora lloro de nuevo al ver cómo esos mismos muchachos se disparan los unos a los otros.

A Mijaíl Timoféyevich se le escapa un sollozo.

–Juzgue usted mismo si soy o no soy un patriota.

La soledad del diseñador

Mijaíl Timoféyevich despierta sentimientos encontrados. A veces desagrado o rabia, agresividad incluso; otras, simple y llana lástima. Viejo, solo, rodeado por un puñado de predadores avariciosos y codiciosos como Víktor Nikoláyevich Sh., el ingeniero jefe de la fábrica que trató de sacarme unos cuantos cientos de dólares a cambio de la entrevista.

Kaláshnikov vive solo. Su mujer murió hace quince años y no hace mucho su querida hija Natasha se mató en un accidente de tráfico. Tiene otras dos hijas y también un hijo. A su manera es un hombre honrado, digno y orgulloso. Utiliza un vocabulario muy limitado. No entiende muchas palabras que se salen del uso cotidiano, por no hablar de expresiones como 'honoris causa'. Tiende a desviar las conversaciones, o incluso a forzarlas, para poder tratar cuestiones técnicas. Solo quiere hablar de su arma, de las actualizaciones, de las versiones, del retroceso simple, la resistencia del gatillo y la eliminación del cañón de los gases de la pólvora. Al tratar temas de política actual se muestra cobarde y en ningún caso se atrevería a juzgar a ningún pez gordo, a decir lo que piensa de las reformas introducidas por Mijaíl Gorbachov o a decantarse entre Yeltsin y Jasbulátov.

Solo quiere hablar de su arma, de las versiones, del retroceso, del gatillo...

En los años ochenta, Kaláshnikov recibió una carta de Estados Unidos. Un historiador militar estaba escribiendo un libro sobre armas y le pedía cierta información. Mijaíl Timoféyevich llevó la carta a la dirección de la fábrica. Un año después recibió una llamada del Ministerio de Asuntos Exteriores.

–Me preguntan si he recibido una carta de Estados Unidos. Sí, la he recibido. Y que si la he respondido. Como si no lo supiesen. Les contesto que no he recibido permiso para hacerlo. Pues conteste, me dicen. Y contesté.

La lustración del diseñador

El año más dramático de Kaláshnikov fue 1956, cuando Stalin fue condenado por el XX Congreso del Partido.

–Resultó que podía haber algunas quejas contra mi persona. Contra un hombre que nunca se había aprovechado del nombre de Stalin. De repente, en una reunión de la organización del Partido dentro de la fábrica en la que se ajustaban cuentas con el culto a la personalidad, me convirtieron en un saco de boxeo: podía patearme quien quisiera.

Todavía hoy conserva un ejemplar del boletín informativo de aquella reunión:

"El camarada diseñador Drodónov citó unos cuantos ejemplos de cómo ciertos individuos se atribuyen los méritos logrados por todo el colectivo. En particular se refirió a la alta estima en que se tiene el camarada Kaláshnikov, quien no rebatió las acusaciones expuestas por el orador precedente e hizo caso omiso a sus conclusiones".

–A la dirección no le gustaba mi independencia creativa ni que tuviese contacto directo con el ministerio y con la gente que hacía los encargos. Con el pretexto de la lucha contra los restos del culto a la personalidad, comenzaron a atacarme. Allí donde aparecía me trataban como a un perro sarnoso. De manera que interrumpí todos mis trabajos y les dije que no los reanudaría hasta que un comité del Partido me especificase qué proyectos me había atribuido. Al fin y al cabo, había llegado a Izhevsk con un fusil automático ya acabado, lo había construido por mi cuenta. Así que, ¿con quién debía compartir los honores? Pensaban que estaba acabado, pero volví a ganar el concurso al mejor fusil automático universal y en 1961 el Consejo de Ministros aprobó su fabricación. Y otra vez empezaron a decir que era una persona insoportable.

Foto: El funeral de Kalashnikov se celebró el 27 de diciembre en Moscú. (Reuters/Sergei Karpukhin)

–Quizá debería haber pasado por un proceso de desestalinización.

–¿Bromea? Yo no era más que un diseñador. –Sí que era algo más. Seis legislaturas, es decir, veinticuatro años en el Sóviet Supremo. Sobrevivió a todos los secretarios generales.

–¿Y qué?

Está molesto, consulta el reloj.

–Pues, por ejemplo, que el pueblo no podía elegirlo, usted era considerado un secreto. Nadie lo conocía, nadie tenía permiso para pronunciar su nombre. ¿A cuántas reuniones con electores asistió, Mijaíl Timoféyevich? No nos engañemos. A usted no lo elegía el pueblo, sino las autoridades.

Pero Kaláshnikov no entra en el tema: en esas circunstancias prefiere hacerse el ofendido y dejar claro que la conversación lo cansa.

Los souvenirs del diseñador

Kaláshnikov vive en un bonito apartamento de tres habitaciones y setenta metros cuadrados situado en el segundo piso de un pequeño edificio. No es un bloque cualquiera construido con materiales prefabricados al estilo de Leningrado, sino una casa bien sólida, construida con ladrillos.

Foto: Foto: Reuters

Un piso con un piano y una chimenea falsa, con un buen «conjunto» de muebles comprado todavía con las ganancias del Premio Stalin. La cocina es enorme. Cuento las neveras: hay dos. Y una tercera en el recibidor. Son muchas para un país en el que los ciudadanos tienen problemas para llenar siquiera una. Así que miro mejor: dos están apagadas. Su estudio me deja boquiabierto. Es un auténtico museo del comunismo, un mausoleo del marxismo-leninismo, una cámara del internacionalismo proletario. Las paredes están cubiertas de diplomas, Lenin cazando, una bandera de los guardias fronterizos soviéticos. También están Kírov, el Che Guevara. Los americanos le regalaron un tocado de plumas indio; los chinos, un reloj de pared de lo más elegante con un marco hecho con cinta de ametralladora. Cuento hasta veintitrés cabezas, bustos y figuras de Lenin, así como una docena de Dzierżyńskis, fotos enmarcadas del diseñador en compañía de gente famosa, pequeñas maquetas de tanques, acorazados y aviones, medallones de recuerdo, una enorme colección de insignias conmemorativas colocada sobre una gruesa tela negra, una daga ornamental, un puñal de oficial y varias docenas de chismes con el motivo del AK-47: sobre una roca, una peana, dentro de una bola de cristal o en un cristal de bohemia de color verde.

El orgullo del diseñador

–Hablemos de la guerra, Mijaíl Timoféyevich –trato de llevar la conversación a un tema más grato para el oído de un veterano.

–¿La guerra? ¡Por mí se puede ir al infierno!

–Usted fue llamado a filas en 1938. Estuvo en un regimiento acorarzado. ¿En qué frente? ¿Estuvo en Polonia en 1939?

–¿Dónde? ¿En Polonia...? –vuelve a perder oído.

–¡Su ejército entró en Polonia! –me desgañito.

–Un momento... En Polonia hay una ciudad... ¿Cómo se llamaba? Stryi.

–Eso fue antes de la guerra. Ahora pertenece a Ucrania.

–Serví allí.

Foto: Prototipo de AK Alfa

–¿Combatió contra los polacos?

–Yo qué sé quién había. No era más que un simple y joven soldado. Tenía veinte años, me acuerdo de lo guapas que eran las chicas, pero no nos dejaban salir del cuartel.

–Y la consigna «¡Por la patria, por Stalin!», ¿significaba algo para usted? ¿Creía en ese eslogan, lo entendía?

–Yo era un hijo de la Revolución. En aquellos años me parecía un eslogan maravilloso, grandilocuente. Fíjese en las viejas películas documentales, en cómo desfilaba el pueblo bajo esa consigna. Avanzaban secándose las lágrimas y no eran solo simples soldados como nosotros, sino los grandes de este mundo. Kaláshnikov no quiere enseñarme sus medallas, porque no están prendidas de ningún traje. Acaba cediendo. De su estudio trae un envoltorio. Quita la goma y despliega la tela.

–Tres Órdenes Lenin, una de la Revolución de Octubre, dos Órdenes del Trabajo Socialista, la Orden de la Amistad de los Pueblos, la Estrella Roja de primera clase... –la voz se le quiebra, pero consigue sobreponerse–. No crea que las daban porque sí. Para conseguirlas, había que llevar a cabo un gran esfuerzo. Prohíbe fotografiar las medallas. Se indigna, dice que no son para ostentar, que no es algo con lo que mercadear.

–Pero usted también se vende un poco –lo presiono sin compasión–. Fue a la feria de armas de Abu Dabi con todas sus medallas, como si fuesen llaveros promocionales. Usted entregaba personalmente sus Kaláshnikov a los jeques árabes.

Tanta emoción le impide seguir hablando. Envuelve solemnemente las medallas y se retira a su cuarto-museo.

La historia del diseñador

Mijaíl Timoféyevich nació en el krai de Altái en el seno de una numerosa familia campesina. Estudió allí el bachiller. En 1938, cuando tenía diecinueve años, fue llamado a filas.

Foto: Un soldado ucraniano sostiene un kalashnikov en un campamento de Luhanske, en el este de Ucrania, en septiembre de 2014 (Reuters)

–Toda mi experiencia profesional –dice– se reducía a haber diseñado un mecanismo que regulaba un elevador de tanques. Con eso gané un concurso de innovadores de mi regimiento.

Estaba al mando de un tanque T-34 cuando la Unión Soviética fue atacada por Alemania. Pudo ver lo mucho que sufría la infantería, armada con anticuados fusiles de cinco cartuchos. Herido de gravedad, termina en un hospital de campaña donde solo se habla de una cosa: la necesidad de tener un fusil como el de los fascistas. Así que Mijaíl Timoféyevich compra un libro sobre construcción de armas y un cuaderno de papel cuadriculado. Tras abandonar el hospital no se va a casa a convalecer, sino al depósito de locomotoras donde había trabajado antes de la guerra. Allí, basándose en sus dibujos, sus colegas fabrican la primera pistola automática.

Con ese prototipo y una recomendación del subdirector del ferrocarril Turquestán-Siberia para asuntos del Komsomol, viaja a Almá-Atá a reunirse con el Comité Central del Partido Comunista de Kazajistán. Allí le dan una cálida bienvenida y lo envían al Departamento de Invenciones del Comisariado Popular de la Defensa en Moscú.

Le concedieron un permiso de trabajo, una habitación en un hotel, provisiones y un salario. Pese a todo, la pistola automática de Kaláshnikov fue rechazada y sería la famosa pepesha (PPSh-41) la que acabaría entrando a formar parte del arsenal del Ejército Rojo.

Su siguiente obra fue un fusil automático adaptado para disparar cartuchos de tamaño medio. El arma se presentó a un concurso. El AK-47, que pronto ganaría fama internacional, derrotó las propuestas de los grandes diseñadores de armas soviéticos: Degtiariov, Shpaguin y Símonov. Kaláshnikov tenía por aquel entonces veintiocho años.

Buenas noches, diseñador

–Quizá para acabar estaría bien hablar de Stalin. ¿Sabía usted de sus crímenes, Mijaíl Timoféyevich?

–No sabía nada.

Foto: Un visitante se prepara para disparar un rifle de asalto AK-12 en una presentación de nuevos modelos (EFE)

–Ahora todo el mundo dice que nunca oyó hablar de los gulags.

–Le diré algo: aquí es difícil enterarse de las cosas. Todo eso sucedió en algún sitio remoto, allá arriba, nosotros estábamos muy lejos.

–En una entrevista en el Ogoniok dijo que le resultaba difícil borrar de un plumazo setenta años de historia de la Unión Soviética.

–Desde luego…

–Usted preguntaba si alguien era capaz de demostrarle que habían cometido un error. Yo se lo puedo demostrar. Los comunistas son responsables de la muerte de decenas de millones de ciudadanos soviéticos. Un millón y medio de mis compatriotas perdieron la vida en su patria.

–Yo estaba muy alejado de esas cosas. A Piotr, que ha venido conmigo a fotografiar a Kaláshnikov, le sabe mal. Me suplica que no me pase. Pero no me he pasado en absoluto, no le he dicho que en Alemania pasaba igual: que nadie sabía lo que habían hecho los nacionalsocialistas en los campos de concentración. Una semana después estuve en Crimea y vi a unos cuantos comunistas con banderas rojas manifestándose en Simferópol. Que nadie piense que en Rusia los comunistas se han extinguido o se han ido volando a Marte. Nada de eso: siguen ahí.

–¿Sabe usted, Mijaíl Timoféyevich, que a su fusil automático lo llaman el arma de los terroristas? –le pregunto.

Pero Mijaíl Timoféyevich ya no escucha. Está de pie en medio de la habitación, dejando claro que la conversación ha terminado. Enciende la televisión y salen unos armenios. Llevan las manos en la cabeza. Detrás van unos azeríes. En las manos llevan unos Kaláshnikov.

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Un fusil AK de calibre 7,62 puede atravesar: Una plancha blindada de siete milímetros de grosor a una distancia de hasta trescientos metros.

Cualquier casco de la OTAN a una distancia de hasta novecientos metros.

Cualquier chaleco antibalas a una distancia de hasta seiscientos metros.

Un obstáculo de arena de treinta centímetros de grosor a una distancia de hasta quinientos metros.

Una viga de madera de veinticinco centímetros de grosor a una distancia de hasta quinientos metros.

Una pared de ladrillo de quince centímetros de grosor a una distancia de hasta cien metros.

Magazyn n.º 30, suplemento de Gazeta Wyborcza n.º 224, 24/09/199

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