La leyenda negra y la verdad: 150 años de la Comuna de París
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La leyenda negra y la verdad: 150 años de la Comuna de París

En 1871 París se declaró independiente con un Gobierno que aprobó leyes progresistas como la educación laica y gratuita o la separación entre Iglesia y Estado. Solo duró setenta días

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El establecimiento de la Comuna de París en 1871.

En nuestra época los episodios legendarios se desdibujan hasta amoldarse al gusto del consumidor desde los extremos. La tendencia a soslayar el término medio conduce a omitir los antecedentes de los hechos, como si estos sucedieran por ciencia infusa. La Comuna de París de 1871 es consecuencia de un largo proceso histórico, si se quiere aún visible en nuestro siglo desde una perspectiva bien distinta a la de entonces: París fue una ciudad independiente, como bien dice Jacques Rouget en su 'La Commune et les Communards' (Folio), durante setenta días, casi como si esa chispa hubiera comprendido las lógicas diferencias de desarrollo y gobierno entre lo urbano y lo rural.

En julio de 1830 la burguesía triunfó, imponiéndose con cierto gatopardismo. Un Orleans reemplazó a un Borbón e inauguró un liberalismo insuficiente. 1848 hizo pagar esos platos rotos y situó un precedente entre febrero y junio, cuando los Talleres Nacionales parecieron resolver el problema del incipiente proletariado. Los acontecimientos posteriores devolvieron el camino a su kilómetro cero. Las elecciones presidenciales dieron la victoria a Luis Napoleón, quien el 2 de diciembre de 1851 reformuló el autogolpe de Estado y masacró a cinco mil oponentes de la capital sin piedad alguna. Sus cuerpos quedaron amontonados en carretas a la vera del cementerio.

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'El viejo músico', de Edouard Manet

Ahora vamos a un lienzo. 'El viejo músico', de Édouard Manet, partidario de la Comuna desde la distancia, data de 1862 y su factura artística, con guiños a Velázquez y Watteau, engaña porque en realidad es una de las más elegantes denuncias de exclusión social de la Modernidad. El grupo del cuadro representa a los excluidos por la reforma urbanística de Georges-Eugène Haussmann, prefecto del Sena entre 1853 y 1870. La piqueta demolió el 60% de la antigua París para higienizarla mediante grandes avenidas, idóneas para controlar rebeliones desde excusas para remediar la insalubridad de tanta calle estrecha. Las medidas aplicadas, además de despilfarrar un sinfín de dinero público, expulsaron a los residentes tradicionales del centro hacia una desolada periferia, y esos desterrados de su origen serían los primeros en acudir hacia el Hotel de Ville el 18 de marzo de 1871, cuando el sueño de los humildes, herederos de los Sans-culotte de la Revolución, pudo tomar forma durante un levísimo suspiro. La bandera roja sembró el terror; si bien algunos, como Hippolyte Taine, manifestaron, como recoge John Merriman en su imprescindible 'Masacre' (Akal), haber contemplado ese viraje sin preocupaciones: los guardias nacionales jugaban a la petanca mientras se pasaban el gorro para comprar vino y embutido. Poco más.

Hacia la Comuna

El Segundo Imperio de Luis Napoleón Bonaparte fue una etapa demasiado desdeñada, exitosa en lo económico, preludio de muchos avances y desastrosa por querer imitar el legado del primer Bonaparte, sobre todo por el sonoro fiasco de la instalación en México de un soberano europeo, Maximiliano de Austria, fusilado en 1867 en su reino de la nada. El tío, como versificó Alejandro Dumas, conquistaba capitales mientras el sobrino las tomaba, un matiz nada desdeñable, signo de un cambio de época y de otro paradigma político.

A mediados de los años sesenta, tras el apogeo de la Exposición Universal de 1867, Luis Napoleón quiso abrir el melón democrático. Las legislativas de mayo y junio de 1869 confirieron la mayoría de escaños a rostros previsibles, pero en París el republicanismo cosechó más del 70% de los votos en liza, y en este indicio hallamos otra senda hacia la revuelta, fraguada, entre muchos otros factores, por el telegrama de Ems, argucia de Bismarck para conducir a Francia a la guerra contra Prusia, en pleno apogeo hacia la unificación alemana tras sus victoriosos conflictos contra daneses y austriacos entre 1864 y 1866.

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El Hotel de Ville de París, en la época de la comuna

El duelo entre las dos grandes potencias continentales evidenció la superioridad teutona en el campo de batalla. En Sedán quedó sellada la suerte del imperio. Luis Napoleón, enfermo y deprimido, se entregó como prisionero. El 4 de septiembre de 1870 se proclamó la Tercera República.

Esta no levantaba ningún tipo de confianza en el pueblo de la capital gala, algo más afianzado si cabe con la evolución del avance de las huestes germanas a las puertas de una París exhausta, abocada a un futuro de más hambre y penurias, hasta el punto de recurrir a los animales del zoo para alimentar a los más privilegiados.

Ante el avance de las huestes germanas, París estaba exhausta, abocada a un futuro de más hambre y penurias

El 28 de enero de 1871 el Gobierno de Defensa Nacional presidido por Jules Trochu firmó entre lágrimas el armisticio. El 8 de febrero los franceses fueron convocados, a instancias de Bismarck, para la elección de la Asamblea Nacional. En todo el Estado se impuso la candidatura de Thiers, mientras en París se repitió con más fuerza el relato de 1869. Los republicanos, indignados con el mundo rural y favorables a proseguir las hostilidades, arrasaron.

Aún quedaban dos balas antes del golpe crucial. El primero de marzo la Asamblea Nacional aceptó las humillantes condiciones impuestas para la paz: pérdida de Alsacia y del norte de Lorena y una cuantiosa indemnización; piensen en la revancha de 1919, de cinco mil millones de francos. Por si fuera poco, la 'ville lumière' quedó en manos de dos generales execrables para la población: Vinoy, un bonapartista eficaz en la represión de 1851 en los Bajos Alpes, devino gobernador militar, mientras Aurelle des Paladines asumió la comandancia de la Guardia Nacional.

placeholder Ilustración de la comuna de París
Ilustración de la comuna de París

Tantos nombramientos olían, no sin razón, a pánico en las autoridades. En las barriadas más modestas, de Belleville a Les Batignolles, los comités populares reinaban incontestados o bien apoyados por la Guardia Nacional, ajena a su supuesto jefe, ciento ochenta mil hombres armados, aún con los cañones a buen recaudo. El 18 de marzo la Administración Thiers, cobarde al instalarse en Versalles, envió al ejército a apoderarse de los mismos en Montmartre y otras colinas. Descuidaban una salvedad: las armas pertenecían a la Guardia Nacional porque las había pagado. Esa mañana las mujeres, como bien narra Lissagaray en su 'Historia de la Comuna de París' (Capitán Swing), fueron las primeras en reaccionar. Los oficiales las conminaron a irse; y el general Lecomte, a la postre ejecutado junto a su homólogo Thomas, uno de los carniceros de 1848, ordenó disparar tres veces. Sus hombres se negaron, con sus fusiles apoyados en el suelo. La multitud avanzó para fraternizar con ellos. Al cabo de pocas horas París quedó desierta de oficialistas.

Las urnas municipales, con una abstención cercana al 50%, encomendaron gestionar el vacío a ochenta candidatos

Una semana más tarde las urnas municipales, con una abstención cercana al 50%, encomendaron gestionar el vacío a ochenta candidatos, crisol de la extrema izquierda entre jacobinos, blanquistas, socialistas, miembros de la Primera Internacional, de cámaras sindicales obreras y componentes del Comité Central de los veinte barrios, transformado el 28 de marzo de 1871 en la Comuna de París. Fue proclamada en el ayuntamiento ante cien mil personas eufóricas entonando 'La Marsellesa' y el 'Chant du Depart'. Una página en blanco se abría, aunque opiniones como las de Edmond Goncourt, quien tildó a esos compatriotas de agentes del caos y la destrucción, hacían intuir cómo mancharía la tinta.

La leyenda negra y la verdad

La Comuna cometió muchos errores estratégicos desde su fundación, y es lícito relacionarlos con un clásico del progresismo en lucha. Para aplicar un programa, conviene derrotar al enemigo antes. Un edificio se construye desde la base. Lo más sencillo hubiera sido avanzar hacia Versalles 'ipso facto' para absorber tanta energía. Legislar era precioso y varios textos de esos meses dan cuenta de la ambición de esos pocos adalides de tantas dignas metamorfosis. Abolición de las deudas del alquiler, educación laica y gratuita para ambos géneros, separación de Iglesia y Estado, un impuesto único anual en función de los ingresos, supresión del presupuesto al culto religioso, derecho libre de asociación, reunión y asociación, libertad de prensa, supresión de la Prefectura de Policía, respeto al individuo e inviolabilidad de su pensamiento, sufragio universal soberano, capacidad del elector para revocar a los electos si no cumplían su cometido, anulación del Ejército permanente, organización de un sistema de seguridad comunal contra cualquier riesgo social, apertura de una encuesta para determinar responsabilidades de la hecatombe franco-prusiana y buscar por todos los medios —el Banco de Francia prestó dinero— la manera de asegurar al productor el capital para desarrollar sus actividades.

La Comuna aprobó leyes sobre la educación laica y gratuita para ambos géneros, separación de Iglesia y Estado, libertad de prensa

El resto de Francia, donde en muchas ciudades se intentó imitar la experiencia parisina, permaneció atento a ese proyecto de autonomía republicana de un faro amado y odiado. Los comuneros, en un preludio del aún incipiente anarquismo, creían en una república desde su meollo, punto de partida hacia su ampliación a toda la nación desde lo federal, y de ahí una auténtica abolición de fronteras por puro amor a la humanidad, a todo el orbe terráqueo.

¿De dónde surge la mala fama? La Historia la escriben los vencedores. El derrumbe de la columna napoleónica de la place Vendôme y el incendio agónico en mayo del Hotel de Ville y las Tullerías pasó factura. El odio era entre dos universos. Cuando el 22 de abril se demolió la casa de Thiers, corrió como la pólvora la preferencia del viejo político —omnipresente en la vida nacional desde 1830— por los objetos, más valiosos que sus súbditos, carne a emplear en función de las circunstancias.

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La violencia estalló durante la comuna

Su idea era otra, pues al fin y al cabo el fuego estaba de su parte y la preferencia por retomar París con un golpe de fuerza estaba en su ánimo desde el inicio. El 21 de mayo las tropas accedieron sin oposición por el desguarnecido saliente del Point-du-Jour, cerca de la puerta de Saint-Cloud. Los alemanes apostados en las inmediaciones actuaron como los soviéticos en Varsovia durante el verano de 1944, aunque en esta tesitura el triste espectáculo era la culminación de una guerra civil.

No hubo ningún tipo de clemencia. Los comuneros habían ejecutado, pese a voces discrepantes, a sesenta y cinco prisioneros. El castigo por ello fue una prueba de inquina y sobredosis gubernamental del uso de la tan cacareada violencia legítima. En 'Paris Libre 1871' (Points), el experto Jacques Rougerie comenta no sin espanto la disminución de parisinos de mayo de 1871 al mismo mes de 1872: doscientos mil habitantes desaparecieron del censo. Este dato nos guía hacia el horrible estrépito de treinta mil obreros ejecutados, veinte mil deportados y una cifra imprecisa en un limbo de exterminio ideológico.

El Estado, como acaeció en España tras la Semana Trágica, terminó por asumir muchas de las ideas de los demonizados de 1871

El Muro de los Federados del Père-Lachaise sirvió para amontonar cadáveres. Las barricadas de las fotografías eran más bien baldías por la reforma Haussmann. El 28 de mayo Belleville clausuró la Semana Sangrienta y quiere la leyenda situar en ese apacible lugar, gentrificado en nuestra centuria, a un último héroe, quizá Lissagaray, anónimo para la belleza de tantas ilusiones truncadas.

Más tarde la Tercera República, superado su primer quinquenio de tentaciones monárquicas, desplegó una paulatina amnistía, solo completa el 11 de julio de 1880, disipado el temor de perder las provincias rurales para el nuevo régimen. Muchos de los comuneros ocuparon cargos de relieve. Otros se posicionaron, como si lo llevaran en la sangre, a favor del general Boulanger, un protofascista reacio al desgobierno finisecular. El Estado, como acaeció en España tras la Semana Trágica, terminó por asumir muchas de las ideas de los demonizados de 1871, pero el tiempo de las cerezas ya no volvería y París nunca jamás, ni siquiera en 1968, resfriaría a Europa con sus estornudos.

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