Jorge Bustos: “Odio la arrogancia del intelectual que anota la decadencia de la patria”
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Entrevista

Jorge Bustos: “Odio la arrogancia del intelectual que anota la decadencia de la patria”

EL periodista publica 'Asombro y desencanto', un libro de viajes por La Mancha y por Francia donde no hay un solo gramo de política ni de polémica

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El periodista Jorge Bustos (JOSÉ AYMÁ)

Quien sólo conozca a Jorge Bustos por sus polémicas, sus tuits, sus columnas o la línea editorial del diario 'El Mundo', sin duda se sorprenderá con ese otro Bustos sensible, dubitativo y algo quijotesco que puebla las páginas de 'Asombro y desencanto' (Libros del Asteroide). Se trata de un libro de viajes por La Mancha y por Francia donde no hay un solo gramo de política ni de polémica, y donde este periodista saca a relucir sus artes más escondidas y, en mi opinión, más valiosas: las de un poeta que le alquila la pluma a los periódicos.

PREGUNTA: Bueno, Bustos, aquí estamos. El jefe de opinión de El Mundo entrevistado en la competencia por su libro. ¿Qué piensas de la competición mediática? ¿Qué tal te están tratando los medios, interfiere tu posición profesional con que se hable de tu libro?

RESPUESTA: Ser jefe de Opinión de 'El Mundo' es un privilegio pero acarrea una cierta condena: que esa condición opaque mi faceta literaria. Que medios como El Confidencial entre otros me entrevisten por mi faceta como escritor revela una cultura liberal de fondo que El Mundo comparte y ejercita, y que debiera estar por encima del sano ejercicio de la competencia. Como lamentablemente muchas veces no es así, solo puedo sentirme agradecido en este caso a El Confidencial por su valentía.

P: Tu libro se podría titular 'Intento de escapada', porque me parece justamente eso: un intento tuyo de escapada de ese mundo laboral de alta presión del jefe de opinión, y casi te diría de tu propio enfoque como periodista de batalla.

R: Un enfoque perseguido, debo decirte. Creo que estoy dotado para este cargo. Lo que pasa es que este trabajo, cuando lo ejerces 24 horas y 7 días a la semana, por internet, por prensa, por televisión y radio, al final acaba cargándote a ti mismo de tu propio personaje. No es que imposte un personaje cuando opino, pero acabo cansado de la necesidad de generar certezas en la audiencia. Lo digo en algún momento del libro. El trabajo de un escritor que se tome la literatura en serio es generar dudas, dudar de los propios juicios y prejuicios, de los dogmas, de lo establecido... Angustiar y deleitar al lector. Así entendí la literatura siempre. Pero mi trabajo como periodista de opinión es justo lo contrario.

"No es que imposte un personaje cuando opino, pero acabo cansado de la necesidad de generar certezas en la audiencia"

P: ¿Sientes que debes dar certezas?

R: Sí, a mí lo que se me pide es que dé certezas al personal. Tengo que estar en posición de ayudar a mi lector, en un ambiente informativo sobrecargado, con campañas políticas permanentes, ofreciéndole ciertos posicionamientos y convicciones, certezas. Y no puedo fallar ahí. Esta posición a veces a uno le hace sentir extraño y casi asqueado. Y es curioso, porque me siento un privilegiado por estar donde estoy, al mismo tiempo. Hace años habría matado por conquistar la posición que tengo en el oficio. Estoy muy agradecido.

P: Sin embargo, hay un Bustos sensible que duda, literario, y huye de ese otro Bustos en este libro. Aunque son viajes contentos y apacibles, he tenido la sensación de que el libro es una huída. Una persecución, casi.

R: El libro tiene dos partes, el viaje a La Mancha y el viaje a Francia. El primer texto es de un periodista más bisoño, menos cargado de responsabilidad, y tiene un propósito definido. A mí me piden en El Mundo que vaya a hacer el viaje de Azorín en 1915 por la ruta del Quijote cien años después, en 2015. Tenía 32 años, era mi primer contrato en un periódico importante, y tenía muchas ganas de comerme el mundo. La segunda parte es distinta. Cuatro años después, hay ya algunos desengaños políticos por medio, un hartazgo de la tensión del oficio, del mundo mediático tal y como está montado... Al final ¿estamos contando la verdad o el tinglado mediático separa a los lectores de la realidad?

"La actualidad política está más cerca de la ficción, porque los políticos son profesionales de la mentira"

P: Parece que la actualidad y la realidad no sean la misma cosa, ¿verdad?

R: La actualidad política está más cerca de la ficción, porque los políticos son profesionales de la mentira. Esto quizás hay que explicarlo bien para que no...

P: Bien, luego volveremos a eso. Déjame preguntarte, de nuevo, por la huída. El primer viaje está escrito como crónica en primera persona. El segundo viaje, en segunda persona. Veo ahí una interpelación a ti mismo.

R: Lo es. Y me alegra que lo hayas entendido así. Hay lectores que han sentido que me dirijo a ellos con la segunda persona, y en cierto modo así funciona ese recurso narrativo, identificando al lector conmigo. Pero realmente, la escritura en segunda persona es, como dices, una interpelación a mí mismo. Interpelo al tipo que sale de Madrid en el verano del 19 con todo su hartazgo a cuestas, y con sus propios prejuicios, y tomando el viaje a Francia como un viaje interior. Me voy a Francia a mirar España desde ahí, y a mirar mi propia idea de Francia. Francia es un país muy connotado para un español criado en un ambiente conservador, como yo. Ahora estamos viendo también cómo la francofobia se atiza también desde la izquierda, con argumentos distintos a los que Vox usó para meterse con Manuel Valls “el afrancesado”, pero que beben de la misma fuente.

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'Asombro y desencanto'


P: Luego iremos a eso. Pero no te escapes. Me hablabas de por qué usas la segunda persona.

R: La segunda persona es una forma de examen público. Me enfrento a mí mismo en Francia, empezando por la idea que tenía de Francia. Me digo: a ti esto te lo han enseñado así, y esto que estás viendo te demuestra que no es así.

P: Como lector, he tenido una experiencia curiosa con tus recursos literarios. A veces, en las columnas, tus metáforas me parecen adornos. En cambio, en el libro, creo que la literatura fluye. Es como si la forma conectase aquí mejor con el fondo que en las páginas de un periódico.

R: Yo creo que el columnismo político bien hecho, desde Larra hasta hoy, está dentro de la literatura. Es un subgénero del ensayo. Tal y como yo lo practico lo entiendo así. Pero es cierto que el tema sobre el que uno escribe condiciona la escritura. Este libro no tiene una sola gota de ficción, porque no tiene una sola gota de política. Y yo creo, como te decía antes, que la política es ficción. Está escrito desde la postura de un tipo hastiado de las mentiras, de eso que los políticos llaman “el relato”, que es más bien “el cuento”. Cuando un político te dice “aquí tenemos relato” hay que entender “aquí tenemos excusa”. Entonces, todo esto con lo que trabajo en las columnas, no deja de ser un combate contra molinos de viento.

Lo que los políticos llaman “el relato”, que es más bien “el cuento”. Cuando un político dice "tenemos relato” hay que entender “tenemos excusa”

P: Sigues en el primer viaje a Don Quijote, que es una ficción más real que la ficción política. ¿Dirías que a los periodistas de opinión se les seca el seso de tanto leer argumentarios?

R: (Ríe) Totalmente. Cuando uno se acerca mucho a los políticos debe saber muy bien que se acerca a un generador de mentiras. ¡Te estás metiendo en Chernóbil! Seguramente me he acercado demasiado a algunos políticos. Quiero pensar que con los años y la experiencia uno puede situarse en el sitio que mejor puede servir a su lector, que no es ni demasiado cerca ni demasiado lejos. La última semana me he reunido con tres o cuatro. No hay que estar ni demasiado cerca, que llegues al activismo, ni demasiado lejos, que caigas en la pereza.

P: Si a ti te agarraran el cura y el bachiller, en vez de quemarte la biblioteca, ¿qué te quemarían?

R: Los libros de ensayo político. Los leo mucho porque me sirven para estructurar las ideas. En mi biblioteca tengo muchos, pero ya digo, es que me son muy útiles.

P: Hombre, pero don Quijote diría también que son muy útiles las novelas de caballería...

R. Ya... No sé. Igual los libros de ciencia política.

P: Leyendo '2017', el libro interesantísimo de David Jiménez Torres, me fui quedando con la impresión de que desde aquel año, con lo de Cataluña, hay una renovada pasión noventayochista. Un interés por España, que parece que sólo nos importa cuando está muy mal gobernada o a punto de quebrarse. ¿Dirías que es así?

R: Diría que sí, y añadiría: por desgracia. Durante mucho tiempo me resistí a esto, que es una postura muy cómoda para escribir columnas, como una pose de Jovellanos, en la que te preguntas: “ay, adónde vas España, por qué no sigues mis consejos, te estás perdiendo”, y tal. Odio esa arrogancia del intelectual que anota la decadencia de la patria. Lo que pasa es que la realidad sí que impide ser demasiado optimista respecto a España. Siempre hubo gobernantes ladrones, mezquinos, a los que sólo les importa el puesto, etc. Pero sinceramente, pienso que este bajo nivel de la clase política es inaudito. La espiral de la polarización parece imparable. Hay muchas razones para darse cuenta de que, por desgracia, después de la ruptura de los consensos del 78 estamos embarrancados. Es una evidencia. Así que soy noventayochista ahora, por desgracia, y habiéndome intentado resistir a esa mirada. Lo que veo es desmoralizador.

placeholder Jorge Bustos (CARMELO JODRÁ)
Jorge Bustos (CARMELO JODRÁ)


P: De cualquier forma, eso parece bueno para escribir sobre España, que es a lo que iba. Parece que España es un tema literario cuando está muy mal gobernada y se cae a pedazos, como en el Barroco o el 98, y que cuando la cosa va bien nos da a los escritores paletos por escribir de Nueva York y de Moscú.

R: Es cierto, pero creo que esa cosa es universal. La literatura y la poesía brotan del malestar, como decía Freud en “El malestar de la cultura”. La cultura palía el dolor que el animal humano, rousseauniano, siente por vivir en sociedad y por la represión de sus instintos. Las artes tienen su apogeo en momentos de declive político. Es posible que este momento vaya a ser bueno para la literatura. Desde luego, desde Francia, en la segunda parte de mi libro, miro a España con mucho interés, y encuentro digamos recursos literarios para traducir este interés.

P: Hablas de Francia de una forma en el libro que alguno todavía te va a llamar afrancesado.

R: Sorprendido, más bien. Como te decía, yo en Francia me quito muchos prejuicios. Viajo, anoto lo que veo, lo que siento, y en un momento dado tengo que admitir que Francia es mejor que España en algunas cosas. ¡No todas, eh! Pero no debería costarnos tanto trabajo admitir que la educación pública en Francia, la lucha por el laicismo y contra el islamismo radical, la educación para la ciudadanía cívica, la defensa de la lengua de Flaubert, etcétera... son mejores en Francia que en España. O el urbanismo, ¿cómo no admitir que Francia ha cuidado el aspecto de sus pueblos, mientras aquí los malvendíamos a ladrillazos? O la industria literaria, o la selección de las élites políticas... Es evidente. Lo que no quita que yo ame profundamente mi país, y que piense que seguro que Francia tiene algunas cosas que aprender de España. Si alguien tiene problemas para admitir esto, quizás es que su identidad española es mucho más frágil que la mía. Es lo que le pasa a la derecha esencialista.

P: Es que el odio a Francia es muy hispánico, lo menos desde la guerra de independencia. Ahora la izquierda también estaba alimentando la francofobia, con esos franceses borrachos que dicen que importa Ayuso.

R: Desde luego. Es divertido ver a la izquierda quejándose de que los franceses traen el libertinaje, paradójico, al menos. Ahí tenemos una muestra de ese puritanismo de izquierdas que tú has estudiado mejor que yo. Quién nos iba a decir que sería la izquierda de la movida, de Tierno Galván, la que años después se iba a hacer cruces por franceses borrachos. Creo que hay algo atávico y transversal con la nación vecina.

P: Claro, es esa mirada por encima del hombro a Portugal, y resentida, de vecino pobre, a los del ático francés.

R: Cosa absurda, porque como cuento en el viaje, en Francia fui tratado con exquisitez como español en todas partes. Salvo París, pero más por capital que por Francia. Francia es civilización: cortesía, educación, amabilidad. La civilización burguesa. Supongo que eso es lo que, a veces, nos jode.

"Francia es civilización: cortesía, educación, amabilidad. La civilización burguesa. Supongo que eso es lo que, a veces, nos jode"

P: Dices en el libro que España bebe de Castilla. A mí se me ocurrió pensar leyéndote que, de la misma forma que el desierto de Oriente ha sido la cuna de las religiones monoteístas, el desierto mesetario de La Mancha ha sido la cuna de nuestra religión bufa, que es el quijotismo.

R: Es que es así. Me mandaron allí en verano, a 42 grados. Tú vas por allí caminando, y piensas que eso forja carácter a lo largo de los siglos. Es gente que tiene unos inviernos atroces y unos veranos infernales. Ante esto, uno advierte que la teoría de Madariaga de los caracteres colectivos tiene algo de verdad. Todavía es posible encontrar en La Mancha un temperamento manchego que pervive desde los tiempos de Cervantes. Gente que habla en sentencias sanchopancescas. Tipos humanos que podría haber recogido Azorín. Gente senequista, fatalista, con un ramalazo de humor absurdo que nada tiene que ver con el andaluz o el gallego. Es una tierra que, o te tomas con humor, o te vuelve loco. La Mancha es una tierra que favorece la imaginación, así que no extraña que naciera allí gente que luego se embarcaba a Indias.

"La Mancha es una tierra que favorece la imaginación, así que no extraña que naciera allí gente que luego se embarcaba a Indias"

P: Es bonito cómo cuentas que los lugares que aparecen en El Quijote, de los que Cervantes se mofa sin piedad, han convertido hoy la burla en religión, y visten todo esto con solemnidad.

R: Todas ventas, los hoteles, los bares tienen nombres de lugares y personajes de El Quijote. No vi ningún puticlub que se llamase Mari Tormes, pero seguro que lo hay. Han cogido El Quijote y es su vida y su industria. La Mancha no tenía ninguna identidad, y por eso Cervantes hace salir de allí a su caballero andante. Y con esto crea una identidad, que efectivamente es paródica y burlona, y con el paso de los años invierte el adagio marxista, y pasa de la farsa a lo solemne. Así que hoy hay gente que presume de ser heredera directa de los personajes a los que Cervantes ridiculizaba. O gente que considera que El Quijote es más real que el propio Cervantes. Lo cual es, después de todo, absolutamente cervantino.

P: Es que, quizás, Don Quijote es más real que Felipe III.

R: Exacto. Los pilares de un mito vertebrador español son una ficción. ¿Cómo extrañarnos de que nuestros políticos hagan ficción hoy? Después de todo, cuando pasan unos cuantos siglos, cuesta encontrar la diferencia.

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