De Ana Rosa a Arrimadas: qué significa que a todo el mundo le guste Extremoduro
  1. Cultura
PARADOJAS RETROMANIACAS

De Ana Rosa a Arrimadas: qué significa que a todo el mundo le guste Extremoduro

Que el gran grupo del rock transgresivo tenga aficionados de todas clases sociales y orientaciones políticas dice mucho de lo que hoy significa culturalmente el rock

placeholder Foto: Robe recoge la Medalla de Extremadura en 2014 de manos del presidente extremeño, José Antonio Monago. (EFE/Jero Morales)
Robe recoge la Medalla de Extremadura en 2014 de manos del presidente extremeño, José Antonio Monago. (EFE/Jero Morales)

El espectador que contemplase el pasado lunes el programa de Ana Rosa Quintana se encontraría con un dato impactante, y no se trataba ni del aumento en el número de contagios ni ninguna de las observaciones políticas de la popular presentadora. “Qué suerte que tienes entradas de Extremoduro”, le interrumpió el doctor César Carballo al final de su conexión. “Sí, pero al final parece que no se a a celebrar”, respondió desde su casa AR, aludiendo a la polémica entre Robe y Live Nation.

Puede ser que alguien asistiese con consternación al diálogo, aunque la respuesta generalizada fue de una elocuente indiferencia. Solo puede sorprenderle a quien no haya estado al tanto de los debates musicales de los últimos 20 años. Al menos, desde que David Beckham comenzó a llevar camisetas de los Ramones o desde que la reina Letizia se declarase'fan' de Los Planetas. Ni es un caso excepcional. Inés Arrimadas, presidenta de Ciudadanos y constitucionalista, también es seguidora del grupo que cantó “¿Quién va a meterse por el culo mi libertad de expresión cuando diga que me cago en la Constitución?”

"Hace décadas que el carácter virulento del rock fue asimilado"

La paradoja es menos clara de lo que parece y dice mucho más del rock que de sus seguidores. Vayamos primero al caso Extremoduro, representante del rock transgresivo. Argumento número 1: la banda de Plasencia siempre tuvo un público transversal. “Era una época, alrededor de 1996, en la que el rollo 'bakala' era todavía fuerte y gustaba a 'bakalas', 'bakalas' fachas, a 'heavys', a rockeritos, siempre han sido un grupo bastante variopinto”, recuerda el sociólogo Fernán del Val, profesor de la UNED y seguidor del grupo desde hace décadas. Cuando un grupo alcanza cierto nivel de reconocimiento, aparecen 'fans' hasta en el infierno.

Argumento número 2: Extremoduro siempre fueron rebeldes, pero convenientemente antitodo. En su tesis doctoral, Del Val recoge las siguientes declaraciones de Sabino Méndez, guitarrista de Los Trogloditas de Loquillo: “Si te fijas en la evolución de Leño y lo que ha venido después, el Viña Rock, Extremoduro no es militante, es también antipolítico. Tienen un punto ácrata, pero muy difuso”. Una actitud que casa bien con el desprecio transversal a la clase política. Es una tesis semejante a la que proponía Antonio Flores Ledesma en un artículo sobre el grupo en ‘Canino’: “Extremoduro ha sido el gran domesticador de la juventud ‘alternativa’ de los noventa y principio de milenio en España”.

Foto: Robe Iniesta e Iñaki Antón en la rueda de prensa en la que anunciaron, en 2019, la gira de despedida (EFE)

Por eso hoy son ‘Extremo’ los que agotan las entradas y no otros grupos como Reincidentes que, como recuerda Del Val, “tenían un discurso más activista, con críticas claras a la Junta de Andalucía o a Carrascal, mientras que Extremoduro eran más genéricos”. Siguiendo el razonamiento del sociólogo y de Ledesma, el grupo de Plasencia pasó de ser crítico con la cultura de la Transición a convertirse involuntariamente en uno de sus pilares. Cuando Robe canta “de pequeño me impusieron las costumbres, me educaron para hombre adinerado, pero ahora prefiero ser un indio que un importante abogado”, es más fácil que se identifique con él un pijo rebelde que un obrero en paro.

¿Qué significa? “No significa absolutamente nada, salvo quizás confirmar que los extremos se tocan. Hace ya décadas que el carácter virulento del rock fue asimilado y que señoras como las citadas, digamos que empleadas en nómina del sistema en sus aspectos más conservadores y alienantes, rostros amables del conformismo más idiota y exasperante, se sientan interpeladas por la convulsa, recalcitrante poesía de Roberto Iniesta parece digno de estudio”, añade Ignacio Julià, veterano periodista musical desde los años 70 en revistas como ‘Star’ o ‘Tentaciones’ y fundador de ‘Ruta 66’.

“Aunque sospecho que se trata más de atracción por el evento en sí mismo que de perversión antitética de sus gustos musicales. En cualquier caso, ambas están por supuesto en su derecho de escuchar lo que deseen. O no. ¿Y si lo calificamos como síndrome de Andrea Levy/Nacho Vegas?”.

Morir para resucitar en el museo

Hay otra lectura de la paradoja Extremoduro que interpela a toda la cultura rock. Es la historia de un pacto fáustico: el rock, que tradicionalmente fue despreciado como expresión menor, tuvo que admitir su suicidio social para poder elevarse a los altares de la cultura. Como dijo el guitarrista de los Sex Pistols Steve Jones cuando el grupo rechazó entrar en el Rock’n’Roll Hall of Fame, ese salón de la fama creado por la industria para darse lustre durante los años 80, “cuando quieres estar en un museo, el rock ‘n’ roll se ha acabado”. Al mismo tiempo, los Pistols no le hicieron ascos a una de esas alimenticias giras de reunificación. Paradojas.

El rock pasó de resistir ante la cultura hegemónica a buscar su legitimización

“Hasta los años 90, en sociología el rock se estudia como resistencia frente a la cultura hegemónica, gramsciana”, explica Del Val. “A partir de los años 90, la forma de entender el rock gira a la corriente de Pierre Bourdieu y se plantea que lo que quiere es estar institucionalizado y legimitado: entrar en la academia, en los museos, que le den un Nobel a Bob Dylan...”. Un proceso de reconocimiento y taxidermización semejante al que experimentaron otras músicas como el jazz y que coincide con su pérdida de relevancia social.

“El rock fue, además de música, un fenómeno que transformó la sociedad y funcionó como impulso central de cambios sustanciales en cómo nos postulamos ante la vida y nos relacionamos con nuestro entorno”, recuerda Julià, que a lo largo de más de 40 años de carrera ha entrevistado a prácticamente todas las grandes figuras del rock, desde Bruce Springsteen a Lou Reed. “Las nuevas generaciones crecidas entre 1955 y 1975 tuvieron en el rock un arma de futuro, un espejo identitario, un entretenimiento que basculaba entre lo genital y lo espiritual, una actitud vital, una liberación. Fue nuestro internet antes de Internet; un lenguaje indescifrable para el mundo adulto, un argot de pertenencia a una comunidad alternativa”.

placeholder El líder de Extremoduro, Roberto Iniesta (3i), tras recibir el Premio Picota 2014. (EFE)
El líder de Extremoduro, Roberto Iniesta (3i), tras recibir el Premio Picota 2014. (EFE)

En su libro ‘Promesas rotas’, Julià explica el sentimiento liberador que fue comprar ‘Born to Run’ el 20 de noviembre de 1975 para celebrar la muerte del dictador. El rock y el futuro estaban íntimamente ligados. “Hoy es tan solo otra faceta más del multiverso mutante, entre la información y el espectáculo, que mantiene al 'Homo erectus' encorvado y embobado ante un móvil o una tablet”, recuerda. “No veo Woody Guthries en el horizonte”, añade a propósito de la asimilación por parte del sistema. “Serían rápidamente carne de festival y patrocinio comercial. El rock, como todo lo demás, es cada vez menos cultura y más negocio”.

Pocos han diagnosticado mejor esta situación que Simon Reynolds en ‘Retromania’, en el que explica la obsesión de la música popular por su propio pasado, lo que ha provocado que termine convirtiéndose en un producto de consumo nostálgico, pieza de museo y fetiche al mismo tiempo. “El crítico/músico Momus ha atacado la ‘museificación’ del rock, equiparándolo al repertorio de ‘obras maestras veneradas’ de la música clásica que se interpretan una y otra vez sin fin”, escribe Reynolds. En ese sentido, ‘Iros todos a tomar por culo’ y la novena de Beethoven tienen mucho más que ver de lo que parece a simple vista.

"En lugares como el WiZink hay una zona noble muy claramente diferenciada"

La propia industria ha contribuido a esa museificación. El crítico británico recuerda que, durante mucho tiempo, la industria impulsó un canon que resulta económicamente atractivo para una industria en crisis y que apela culturalmente a un público ‘boomer’ de creciente poder adquisitivo. La mayor expresión son las giras de reunión, como las de The Eagles, The Police, Pixies… o los propios Extremoduro, cuyo grueso de 'fans' se sitúa en la generación que tiene entre 35 y 45 años.

La música de los viejos ¿ricos?

Norman Mailer acuñó el término ‘white negro’ para definir a todos esos blancos ‘hipsters’ de clase media y media-alta aficionados a la música negra y que a la larga terminarían provocando que el jazz o el blues se convirtiesen en parte del canon. ¿Es el rock cosa de ricos? “Cualquiera puede acceder gratuitamente al rock si tiene contrato telefónico”, valora Julià. “Estoy seguro de que entre las capas menos favorecidas de nuestra sociedad sigue resonando el rock más contestatario y furioso, mezclado con otras muchas cosas de actualidad como el reguetón, el trap y similares”.

placeholder Concierto de Raphael en el WiZink. (EFE/Kiko Huesca)
Concierto de Raphael en el WiZink. (EFE/Kiko Huesca)

A Del Val tampoco le convence la cuestión del poder adquisitivo. “La gente que se ha criado escuchando rock en su adolescencia y son camareros o ñapas lo siguen escuchando con gusto”, valora. “Vas a barrios trabajadores y sigues viendo a gente de 50 o 60 con camisetas de Leño”. La diferencia, una vez más, se encuentra cuando no se habla de consumo sino de creación, y ahí los jóvenes están a otra cosa. En el trap, el hip-hop o el reguetón. El rock ni siquiera tiene el arrastre que tuvo hace una década, durante la era de las Grandes Giras de Reunión.

Por último, nada de esto habría sido posible sin la cultura del evento. Es cada vez más común encontrar personalidades famosas en los grandes conciertos, a veces con sus propios palcos VIP. No hace falta ni siquiera que sean grandes seguidores del grupo: es suficiente con conocer alguna de sus canciones, y eso no es tan difícil si a quien vas a ver es a Paul McCartney, Bruce Springsteen o Extremoduro. “Cuando tocaron Fito y Calamaro en Getafe, estaban Kiko Matamoros, Guti… En ese momento me descuadró mucho”, recuerda Del Val. “Cuando un grupo trasciende sus aficionados naturales, aparece la sensación de que hay que estar ahí. En lugares como el WiZink hay una zona noble muy claramente diferenciada”. Cada vez son más frecuentes los ‘rings’ de entradas supercaras frente al escenario que pueden llegar a venderse por 400 euros. “Ahí sí que hay un estatus de clase brutal”.

"Los primeros 'fans' de Extremoduro lo tienen crudo para costearse hoy sus conciertos"

“Que la burguesía catalana o la de cualquier otra parte acuda en masa a un espectáculo de Springsteen y cante himnos sobre la clase trabajadora del otro lado del charco es un absurdo más de la sociedad del espectáculo”, añade Julià. “En cualquier caso, los personajes más lumpen o marginales sobre los que canta Springsteen no podrían pagar el centenar de euros que vale una entrada barata de sus conciertos, así que estamos ante un fenómeno de ida y vuelta. El huevo y la gallina. Y de igual manera, quienes acudían a los primeros conciertos de Extremoduro hoy lo tienen crudo para costearse uno de sus conciertos en grandes recintos”. ¿Dónde están mis amigos? ¿Encerrados sin motivo o en la zona VIP del Mad Cool?

Música Extremoduro Ana Rosa Quintana Inés Arrimadas Rock and roll
El redactor recomienda