Adelantamos 'La anomalía', la novela más salvaje del año
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Adelantamos 'La anomalía', la novela más salvaje del año

Ganó el premio Gouncourt 2020 y ahora llega por fin a nuestro país la inclasificable y vertiginosa novela de Hervé Le Tellier

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'La anomalía' (Seix Barral)

Jueves, 24 de junio de 2021, McGuire Air Force Base, Trenton, Nueva Jersey

Un Boeing 787 con el fuselaje dañado permanece detenido al final de la pista 2, no lejos de los helicópteros Black Hawk y de los imponentes bimotores grises con hélices de la US Air Force. Tres vehículos blindados se encuentran junto al avión de largo alcance, mientras la noche cálida cae entre efluvios marinos sobre un descampado invadido por la hiniesta y la salvia.

Cerca de los hangares, un baile de camiones militares se sucede sin interrupción. Con una mezcla de urgencia y disciplina, cientos de soldados acondicionan sin saber para qué un enorme almacén del que acaba de salir el impresionante avión de carga Lockheed C-5 Galaxy que estaba siendo revisado. Junto a las inmensas puertas correderas se recortan, minúsculas, tres siluetas. El aspecto de la mujer, con su conjunto Chanel de imitación, y de uno de los hombres, con su traje oscuro a lo Men in Black, deja pocas dudas: forman parte de los servicios de inteligencia. El tercer individuo es más atípico: lleva el pelo largo y algo grasiento, gafas redondas de acero que se le escurren nariz abajo y una camiseta agujereada con la frase «I ♡ cero, uno, y Fibonacci». Huele un poco a sudor y bastante a cerveza.

La anomalía... más loca

Ha ganado el Goncourt, el premio literario más importante de Francia, lleva ya más de ejemplares vendidos y ha sido saludada por la crítica y los lectores cómo la novela más salvaje, extraña y divertida del año. Adelantamos aquí uno de los capítulos centrales de 'La anomalía', de Hervé Le Tellier, en Seix Barral, el impactante thriller que fusiona géneros y rompe barreras, de la ciencia ficción a la indagación filosófica, del futurismo más disruptor, al clásico de aventuras más impactante. ¿Cómo reaccionaría la sociedad ante lo inexplicable?

Por mucho que Adrian Miller se haya bebido dos botellas de agua, la cabeza sigue dándole vueltas. Nada más bajar del coche, los dos agentes se han acercado para presentarse, pero Miller no ha prestado atención a sus nombres, ni al del tipo de la CIA ni al de la mujer del FBI. Se ha limitado a tenderles una mano fofa, sin la menor energía.

El oficial le estrecha la punta de los dedos con reticencia, visiblemente incómodo, como si fuera la aleta viscosa de un pez que agoniza en el fango.

—Debo confesarle, profesor Miller, que no lo imaginaba tan... tan joven.

La mujer del FBI, una latina de rasgos delicados y mirada penetrante, de unos treinta años, examina al matemático sin decir nada. Al principio le recuerda a John Cusack, digamos a un John Cusack de medio pelo, más flácido; pero pronto cambia de opinión: qué va, ni de lejos. Cuando se decide a hablar, lo hace con una mezcla de extrañeza y de respeto:

—Conocemos su informe de memoria, profesor Miller. Un trabajo formidable. Confiamos mucho en su experiencia. Supongo que tanto usted como la doctora Brewster-Wang se han enfrentado ya al protocolo 42.

Pero el protocolo 42... No es posible enfrentarse al protocolo 42

Adrian Miller masculla un «no» apenas audible. Tiene tan poca relación con Tina Wang que ni siquiera sabía que hay un Brewster en su vida, y no, no se ha enfrentado nunca al protocolo 42. Ni siquiera le consta que alguno de los acontecimientos previstos por los protocolos «de probabilidad limitada» haya perturbado el tráfico aéreo hasta la fecha: ni la llegada de extraterrestres, contemplada en tres protocolos —«Encuentros en la tercera fase», «Guerra de los mundos» e «Intención desconocida»—, en cada caso con una docena de variantes, una de las cuales protagonizada por Godzilla por expreso deseo de Tina; ni la propagación a través de aerosoles de zombis y otros vampiros —o de cualquier epidemia fulgurante de tipo aeróbico, desde una fiebre hemorrágica como el ébola hasta un coronavirus—, contemplada en otros cinco; ni la hipótesis de una inteligencia artificial maléfica que hubiese tomado el control del tráfico —ya sea de manera autónoma, protocolo 29, o teledirigida por una potencia extranjera, protocolo 30—, aunque cada vez resulte más plausible.

Pero el protocolo 42... No es posible enfrentarse al protocolo 42. Miller bebe un trago de agua y dice:

—En realidad, señora... Lo siento, he olvidado sus nombres.

—Agente superior Gloria Lopez. Y mi homólogo de la CIA, Marcus Cox.

—Pues bien, agente superior Gloria Lopez, para serle sincero, el protocolo 42 es..., cómo decirlo...

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'La anomalía' (Seix Barral)

Adrian Miller bebe otro trago de agua, las palabras no acuden en su ayuda. De todos modos, no puede confesarles que se trata tan solo de un mal chiste de geniecillos que ya le ha costado al contribuyente la friolera de medio millón de dólares, contando solo los veinte años que las arcas públicas han estado remunerando a dos bromistas por llevar en todo momento sendos móviles blindados que nunca deberían haber sonado. Miller observa el Boeing y le parece un enorme puro de aluminio iluminado por potentes proyectores.

—¿Saben exactamente por qué estamos aquí? ¿Qué tiene de especial ese avión? Más allá del parabrisas picado y el morro abollado...

—El radomo —lo corrige el agente especial—. El morro del avión. Se llama radomo.

La mujer los interrumpe.

—No sabemos demasiado, profesor Miller. Y el helicóptero que trae a la profesora Brewster-Wang está al llegar. Es aquel punto negro de allí, ese que se acerca por el norte.

—Por cierto, profesor Miller —añade el agente Cox sacando un papel de un sobre—, hágame el favor de firmar aquí abajo. Es un compromiso de confidencialidad: toda información que reciba a partir de ahora será considerada información clasificada. Si se niega a firmarlo, quedará bajo la jurisdicción de un tribunal militar, acusado de atentar contra la seguridad nacional. E incumplirlo tras haberlo firmado será considerado, en virtud del párrafo 79 del título 18 del Código de Estados Unidos, un crimen de alta traición. Gracias por su colaboración.

La mesa redonda

Desde —por lo menos— el rey Arturo y sus caballeros, a la gente de la milicia le gusta reunirse en redondo, sin duda porque el círculo proclama la igualdad de sus méritos sin ocultar las verdaderas jerarquías. De modo que la base McGuire posee su gran mesa redonda en el centro de la sala de mando subterránea, crudamente iluminada y con las paredes tapizadas de enormes pantallas, muchas de las cuales muestran la imagen del 787, inmóvil, filmado desde todos los ángulos por una legión de cámaras.

Tina y Adrian han preferido sentarse juntos para enfrentarse a la docena larga de generales de pecheras estrelladas, mujeres y hombres de todas las agencias imaginables, con sus nombres y cargos escritos en pequeños caballetes de plexiglás. Además del FBI y del Departamento de Defensa, están los de Asuntos Exteriores, la US Air Force, la CIA, la NSA, el NORAD, la FAA y otras cuantas siglas más de las que Miller nunca ha oído hablar. Tanto él como Tina tienen también derecho a sus títulos, nombres y apellidos, bajo un «Massachusetts Institute of Technology» donde ya no trabaja ninguno de los dos.

Una voz poderosa se impone al alboroto general. Proviene de un hombre alto y delgado

Tina Wang no ha cambiado demasiado, por mucho que ahora se vista de un modo más comedido que en su época de doctoranda gótica. Ha tenido tiempo de susurrarle a Adrian que ya no da clases, que es cierto que se ha casado con un físico al que conoció en la cafetería de Columbia llamado Georg Brewster y que le habría costado reconocerlo, observación que ha acompañado con una sonrisita pérfida, pues ya no se parece en nada al Christian Slater de 'El nombre de la rosa'. Ahora le recuerda más bien a un Keanu Reeves con alopecia, pero se guarda para sí el comentario.

Una voz poderosa se impone al alboroto general. Proviene de un hombre alto y delgado que no necesita hacer gala de sus resultados en West Point, Colorado Springs, ni de sus actos de servicio en Homs y en Mogadiscio: su pelo blanco cortado a cepillo, su aspecto firme y musculoso, por no hablar de las tres estrellas negras que lleva bordadas en las hombreras, son su mejor carta de presentación. Y es que en esta sala revestida de ebanistería fina, el uniforme de camuflaje gris y verde no va a servirle de nada.

—Señoras, señores, soy el general Patrick Silveria, del National Military Command Center, y tengo plena autoridad para representar al secretario de Defensa. La situación debe permanecer bajo estricto secreto, por lo que el presidente ha preferido no cambiar su agenda y quedarse en Río, pero deben saber que estará permanentemente informado. Déjenme hacer una ronda de presentaciones: a mi izquierda, el general Buchanan, que dirige la base McGuire y nos acogerá estos días. Imagino que nadie conoce a los profesores Miller y Brewster-Wang, a mi derecha: son los dos matemáticos a quienes debemos los protocolos de crisis que seguimos desde el 11-S.

Los aludidos saludan torpemente, bajo un murmullo de aprobación, y Silveria continúa:

—El profesor Miller da clases en Princeton y la profesora Brewster-Wang es asesora de la NASA y de Google Corp. Tendrán plena libertad para aplicar el protocolo 42, y yo coordinaré la operación. Antes de que alguien me diga que la CIA no está autorizada a operar en territorio nacional, déjenme aclarar que el protocolo exige la cooperación de todas las agencias.

Todos están implicados, de un modo u otro, en la gestión del protocolo 42

Mientras un oficial distribuye a cada participante una tableta y un grueso dosier con la etiqueta «Classified Information», Silveria va presentando uno a uno al agente superior del FBI y a todos los demás, desde el agente especial de la CIA responsable de la vigilancia digital en la NSA, que a sus treinta años tiene una pinta insufrible de friki fundador de alguna red social, hasta una mujer bajita de voz dulce y clara, de pelo corto y cano a pesar de sus escasos cuarenta años: Jamy Pudlowski, del Special Operation Command, PSYOP, especialista en Operaciones Psicológicas. Todos están implicados, de un modo u otro, en la gestión del protocolo 42. Miller empieza a recordarlo todo: las agencias gubernamentales implicadas, el grado de cada uno de los presentes y hasta el orden del día de la reunión... Nada que Tina Wang y él mismo no hubieran especificado en su informe.

—Nuestro equipo se verá reforzado considerablemente en las próximas horas —continúa Silveria—. En estos instantes, numerosas personas de diferentes ámbitos están viniendo a la base y nos ayudarán a afrontar la situación. ¿Cuántos agentes nos envían las PSYOP del FBI, agente especial Pudlowski?

—Más de cien. También estamos operativos desde una de nuestras oficinas de Nueva York.

—Gracias. Tienen ante ustedes el estado actual de lo que sabemos sobre la situación. El 787 que han visto en la pista es el motivo de que estemos aquí reunidos: se ha comunicado con el aeropuerto JFK hoy, 24 de junio, a las 19.03 horas exactamente, identificándose como el vuelo Air France 006, que cubre la ruta París-Nueva York. Al parecer, el aparato había sufrido daños importantes y ha sido redirigido a esta base a los pocos minutos. El comandante de a bordo dice ser David Markle, el copiloto afirma llamarse Gideon Favereaux; encontrarán en el dosier la lista completa del resto de la tripulación y de los pasajeros. Cedo la palabra a Brian Mitnick, de la NSA. ¿Alguna cosa en relación con las tabletas, Brian?

El hombre de la National Security Agency se levanta. De pie, su aspecto es aún más aniñado, reforzado por el entusiasmo adolescente con el que enarbola un delgado
aparato rectangular de color negro.

—Buenas noches a todos, la tableta que tienen ante ustedes es de uso personal y no necesita ninguna clave. En la página de inicio encontrarán el plano del Boeing 787. Si clican sobre los asientos verán aparecer una ventana emergente con el nombre de cada uno de los pasajeros, así como de la tripulación. La NSA actualiza las tabletas en tiempo real a medida que vamos teniendo más datos sobre cada persona que ha subido a ese vuelo. En cuanto haya un enlace a otra página, se mostrará en azul, ya sea una imagen o un fragmento de texto. Basta con clicar encima para acceder a la nueva página. Si desean volver a la anterior, cliquen en la flecha de vuelta. Es así de sencillo. Ahora presten atención a los monitores de control.

Con un solo dedo, Mitnick va haciendo desfilar las fotos de Markle y de Favereaux, luego las de las azafatas y los auxiliares de vuelo. Mientras Mitnick se divierte con
su juguete, Silveria retoma la palabra:

—Si hemos activado el protocolo 42 es porque otro vuelo Air France 006 ha aterrizado hace poco más de cuatro horas en el aeropuerto JFK, según el horario previsto, a las 16.35 horas. Un avión distinto, manejado por un piloto y un copiloto distintos. No obstante, un Boeing 787 de Air France, con la misma referencia Air France 006, igual de dañado y pilotado por el mismo comandante Markle, asistido por el mismo Favereaux, con el mismo personal de a bordo y los mismos pasajeros, en resumidas cuentas, no un aparato igual, sino el mismo aparato que ven ahí fuera, aterrizó en el aeropuerto John F. Kennedy el pasado 10 de marzo a las 17.17. Hace ciento seis días exactamente.

Se produce una algarabía general, que interrumpe el agente de la CIA levantando la mano:

—No lo entiendo. ¿El mismo avión ha aterrizado dos veces?

—Correcto. Insisto: es el mismo aparato. Uno de los técnicos de mantenimiento nos lo ha confirmado: es el mismo 787 que revisó hace ahora casi cuatro meses: según dice, los daños son menores, como si el avión hubiese pasado la mitad del tiempo bajo el granizo, pero ha reconocido sin asomo de duda determinados impactos en el parabrisas, determinados desperfectos en el radomo, etcétera. Estamos en conexión directa con el piloto.

El sonido se acopla y un ligero silbido recorre la salade mando.

—Buenas noches, comandante Markle. Le habla de nuevo el general Patrick Silveria. Estoy reunido con el comité de crisis del Estado Mayor. ¿Puedo pedirle una vez más que se presente? Díganos su fecha de nacimiento, si es tan amable.

La voz de Markle resuena en la sala. Parece cansada.

—David Markle, nacido el 12 de enero de 1973. General, los pasajeros están al borde de un ataque de nervios, quieren desembarcar ya.

—Los evacuaremos en unos minutos. Una última pregunta, comandante Markle: ¿a qué día estamos y qué
hora es?

—Los instrumentos de vuelo no funcionan. Pero hoy es 10 de marzo y mi reloj señala las 20.45 horas.

Silveria corta la comunicación. El reloj de pared luminoso señala como fecha el 24 de junio y como hora las 22.34 horas. En el monitor principal aparece de pronto la imagen de un enfermo intubado en una cama de hospital.

—Esta fotografía ha sido tomada hace diez minutos por un agente del FBI en la habitación 344 del Mount Sinai Hospital. El hombre que ven también se llama David Markle. Es el piloto del vuelo Air France 006 del pasado 10 de marzo y se está muriendo de un cáncer de páncreas que le diagnosticaron hace cosa de un mes.

Silveria se vuelve hacia Adrian Miller y Tina Brewster-Wang, que se han quedado mudos.

—¿Entienden por qué hemos activado el protocolo 42? Y ¿cuál es el procedimiento que vamos a seguir a partir de ahora?

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