Un periodista descuartizado, un príncipe saudí, las redes sociales pinchadas: así se fraguó el caso Khashoggi
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'EL DISIDENTE', DOCUMENTAL EN FILMIN

Un periodista descuartizado, un príncipe saudí, las redes sociales pinchadas: así se fraguó el caso Khashoggi

Filmin acaba de estrenar este fin de semana el documental 'El disidente' sobre el asesinato del periodista Jamal Khashoggi ordenado por el príncipe heredero de Arabia Saudí

placeholder Foto: Extracto del cartel de 'El disidente', de Bryan Fogel, con la cara de Mohammed Bin Salman. (Filmin)
Extracto del cartel de 'El disidente', de Bryan Fogel, con la cara de Mohammed Bin Salman. (Filmin)

Los monstruos de la Hammer ya no existen. Ni el hombre lobo ni Frankenstein ni Drácula sobrevivirían a una campaña de imagen, que es la forma de la que se determina hoy quien es el héroe y quién el villano. Por consenso. En una época en la que digerir la información en medio del ruido es tan complicado, el mensaje debe ser rápido, directo y, a ser posible, superficial. Dos o tres grandes titulares para generar un clima de opinión. Hoy la villanía demanda una arquitectura bastante más sofisticada. Atrás quedan los uniformes negros de las SS y las Totenkopf. Ahora el fascismo usa filtros de Instagram.

Sobre las 12:43 del 2 de octubre de 2018, el periodista saudí Jamal Khashoggi, exiliado en Estados Unidos, visitó el consulado de su país en Estambul para arreglar los papeles que necesitaba para casarse con su prometida, la escritora turca Hatice Cengiz, a quien había conocido poco más de un año antes en un foro sobre los derechos civiles en la zona de Oriente Medio y el Norte de África celebrada en la capital turca. Pero más allá de la 1 de la madrugada, Cengiz seguía esperando en la puerta del consulado y los diplomáticos saudíes negaban que su prometido estuviese dentro del edificio. Una opción era pensar que Khasshogi se había volatilizado. La otra era concluir que las autoridades saudíes habían hecho desaparecer a una de las voces más críticas con la familia real, los Saúd, cabeza de una de las últimas monarquías absolutistas que quedan en el mundo y, como todas ellas, poco tolerantes con la disidencia.

Tráiler de 'El disidente'.

La noticia de la desaparición, que podía haber sido una de las tragedias ajenas más que ocupan nanosegundos en nuestros telediarios, sorteó el muro del desinterés de la opinión pública occidental y se convirtió en un escándalo demasiado mayúsculo para que Arabia Saudí pudiese esconderlo bajo las alfombras de palacio. La historia tenía los ingredientes perfectos para alimentar tanto el morbo como la indignación colectiva: un periodista que había huido de su país y que era uno de los fichajes estrella de 'The Washington Post' como analista de Oriente Medio, que había entrado en un edificio oficial fuera de su país y que había desaparecido, probablemente dentro de las bolsas negras que aparecían en unas imágines captadas por las cámaras de seguridad, en las que varios trabajadores del consulado transportaban algo pesado hacia la vivienda del cónsul. Irfan Fidan, fiscal jefe Estambul, quien relata la investigación de la Policía turca, asegura en el documental: "Llevo 20 años ejerciendo de fiscal. Puedo decir sin equivocarme que, según nuestras investigaciones, Jamal Khashoggi no fue asesinado de forma casual".

Pero ¿qué ocurrió exactamente dentro del consulado? ¿Quién está detrás del encargo de hacer desaparecer a Khashoggi? ¿Qué implicaciones podría tener que un Estado mandase ejecutar a un refugiado político fuera de sus fronteras? Todo esto y mucho más es lo que intenta dilucidar el documental 'El disidente', nominado al BAFTA a Mejor documental y recién estrenado en Filmin. En él, el director estadounidense Bryan Fogel, aprovecha el caso Khasshoggi para retratar ya no solo una de las teocracias más opacas, sino también unas relaciones diplomáticas y económicas mundiales que hacen la vista gorda con las violaciones de derechos humanos del régimen saudí por un platillo de calderilla. Porque dos años después del asesinato de Khashoggi, de que las autoridades turcas señalasen a la Casa Real como instigadora del crimen, la cumbre del G-20 de noviembre de 2020 debería haberse celebrado en Riad si una pandemia no hubiese obligado a los estados más poderosos a reunirse por Zoom.

placeholder Mohammed Bin Salman y Donald Trump. (Filmin)
Mohammed Bin Salman y Donald Trump. (Filmin)

Hace menos de tres semanas, la CIA hizo público un informe que concluyó que el príncipe heredero saudí, Mohammed bin Salman, aprobó y probablemente ordenó el asesinato de Khashoggi. Una información que no ha hecho tambalear especialmente las relaciones de los países occidentales con el régimen, más allá de la promesa de sanciones diplomáticas y la prohibición de que "quienes quieran atacar a disidentes políticos no puedan pisar suelo estadounidense". Porque lo que probaron las autoridades turcas, detalles escabrosos aparte —para eso están las grabaciones y las transcripciones que muestra la película—, es que Khasshogi llegó a la sala de reuniones del consulado —en la que una televisión preparada para hacer videoconferencias preside la mesa— y enseguida se le echaron encima varias personas, le colocaron una bolsa en la cabeza, lo asfixiaron, trocearon su cuerpo con "una sierra para huesos", se llevaron los miembros descuartizados en bolsas hasta la casa del cónsul y —todas las pruebas apuntan a ello— incineraron el cuerpo en una especie de horno para barbacoas junto a varios kilos de carne de reses que habían pedido a una carnicería para enmascarar el hedor.

A partir de este suceso, 'El disidente' hace hincapié en la personalidad contradictoria de un país que, al mismo tiempo que mantiene la pena de muerte y se rige por la sharia, es una de las nuevas economías en la que las viejas economías están deseando invertir. Antes de que en 1938 Arabia Saudí descubriese sus reservas de petróleo, la región estaba dominada por varias sociedades tribales que acabaron bajo el mando de Abdulaziz Bin Saúd, como relata la película española 'Nacido rey'. Desde entonces, la familia Saúd ha gobernado con mano de hierro, pero también ha sido consciente de la necesidad de una imagen más moderna en un contexto actual en el que los boicots ciudadanos pueden interferir en acuerdos políticos y empresariales.

placeholder Un cartel con la cara de Khashoggi. (Reuters)
Un cartel con la cara de Khashoggi. (Reuters)

Por eso, el actual rey de Arabia Saudí, Salman Bin Abdulaziz —uno de los alrededor de 37 hijos del creador del Estado moderno—, ha elegido como príncipe heredero a Mohammed Bin Salman, también conocido como MBS, que tiene 35 años y decenas de cuentas de fans en Twitter e Instagram. MBS es actualmente la cara joven y amable de Arabia Saudí, un Estado que en menos de 100 años ha pasado de ser un desierto en el mapa a la decimoctava potencia económica del mundo por PIB, gracias a las reservas de petróleo. Antes del hallazgo, el mundo Occidental consideraba Arabia Saudí como una región inhóspita y atrasada. Ahora la considera un país fértil para los negocios —Jared Kushner, el yernísimo de Trump, es íntimo del príncipe heredero—, a pesar de que se encuentra en la séptima posición en la lista de países con mayores violaciones de las derechos políticos y libertades civiles según la organización no gubernamental Freedom House, que valora la calidad o la falta de democracia de todos los países del planeta.

Bin Salman lidera un proyecto aparentemente reformista bautizado "Visions 2030" bajo el cual ha levantado, por ejemplo, la prohibición de que las mujeres saudís conduzcan. Bajo su tutela también ha permitido la construcción de cines —prohibidos durante 35 años— y la producción de películas rodadas y proyectadas en territorio saudí. También ha impulsado la creación de un "ecocomplejo" turístico llamado The Line, el único lugar en el que las mujeres podrán utilizar bikini en las áreas de baño. Y han organizado conciertos de 'country', festivales de música —en uno de ellos ha participado J. Balvin— y eventos deportivos como la Fórmula 1, las Motos GP y combates de la WWE. Mientras Bin Salman adereza con espectáculos las arenas del desierto, el Gobierno sigue encarcelando y ejecutando a opositores y sus familiares, condenando a penas de cárcel a activistas en favor de los derechos de la mujer y haciendo desaparecer a miles de personas críticas con la situación política del reino. Podríamos decir que, ahora, los Saúd gobiernan con sonrisa de hierro.

placeholder Un policía turco entra en el consulado de Arabia Saudí en Estambul. (EFE)
Un policía turco entra en el consulado de Arabia Saudí en Estambul. (EFE)

Esto mismo es lo que denunciaba Khasshogi, quien había representado durante años el papel de intelectual saudí con el que el Gobierno de los Saúd pretendía limpiarse la cara: un periodista bien relacionado, procedente de una familia afín al régimen, que había estudiado en el extranjero (en la Universidad de Indiana, en Estados Unidos) y que alababa los pasos que estaba dando el país en dirección a la modernidad. Como curiosidad, Khashoggi era primo de Dodi Al-Fayed y sobrino de un traficante de armas muy conocido por ser conseguidor de los estados occidentales y uno de los hombres más ricos del mundo en los años 80: Adnán Khashoggi. Sin embargo, por mucho historial de favores pasados, Jamal Khashoggi no sobrevivió a sus críticas a la monarquía saudí.

Pero una de las ramificaciones más sorprendentes que revela el documental es la relacionada con las redes sociales y la tecnología de espionaje que los Saúd han utilizado para perseguir disidentes y presionar y chantajear a figuras muy relevantes de la política y las finanzas, como Jeff Bezos, a quien Mohammed Bin Salman pinchó el teléfono y espió sus conversaciones de WhatsApp. También muestra cómo Mohammed Bin Salman ha creado, a través de su mano derecha Saud Al-Qahtani, un ejército de trols en Twitter para controlar las corrientes de opinión en favor a la familia real. Arabia Saudí ya en 2012 tenía una población 'online' sin precedentes. "Sabemos que no hay libertad de prensa, así que Twitter se convirtió en el parlamento de los saudíes. En Estados Unidos dos de cada 10 personas utilizan Twitter. En Arabia Saudí lo utilizan ocho de cada 10".

La falsa sensación de libertad, la zanahoria delante del morro, el rostro amable de una dictadura. Los monstruos de la Hammer ya no existen, sino que se han vuelto tan atractivos y sofisticados, que solo por su rastro de cadáveres se les conocerá. Esperemos que, en medio de todo este ruido y toda esta plutocracia, al menos, las muertes como las de Khashoggi nos sigan importando.

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