Hijas de Yalta: las tres damas desconocidas que evitaron la Tercera Guerra Mundial
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Hijas de Yalta: las tres damas desconocidas que evitaron la Tercera Guerra Mundial

Sentadas a aquella mesa donde no cabía más poder, una de las noches de la conferencia de paz de Yalta, había tres mujeres que no habían ido a figurar

placeholder Foto: Detalle de la portada del libro de Catherine G. Katz.
Detalle de la portada del libro de Catherine G. Katz.

Después del tercer plato de carne, en el Palacio Yusúpov de Crimea, Stalin miró a los 30 comensales de aquella cena, entre ellos Churchill y Roosevelt, para pedir un brindis; otro más (un asesor contó hasta 45). Bebamos, dijo, por las 'damas' allí presentes. No era una referencia achispada, producto del vodka, a las camareras que traían sin parar bandejas de caviar. Sentadas a aquella mesa donde no cabía más poder, una de las noches de la conferencia de paz de Yalta, había tres mujeres que no habían ido a figurar. Se llamaban Sarah Churchill, Anna Roosevelt y Kathleen Harriman. Su contribución aquel mes de febrero de 1945 es bastante desconocida, pero fueron imprescindibles para ayudar a cerrar una guerra y evitar la siguiente.

Kathy Harriman, la americana que aprendió ruso

Se atribuye al empresario Averell Harriman la instalación del primer telesilla del mundo. Lo hizo en su estación de esquí, la de Sun Valley (Idaho), en 1936. Cuando llegó la Segunda Guerra Mundial, Harriman ya era el cuarto hombre más rico de Estados Unidos, pero su papel en la guerra fue más bien político. Sirvió en Londres como responsable del Programa de Préstamo y Arriendo, con el que EEUU ayudó materialmente al Reino Unido sin romper todavía la neutralidad. Averell se ganó la íntima confianza de Churchill y favoreció su cortejo para que Roosevelt entrara en la guerra.

Pero Harriman no estuvo solo en Europa. En lugar de su segunda esposa, aquejada de un problema de vista, lo acompañó su hija menor, Kathleen, de apenas 23 años y recién licenciada. Solo días después del último gran bombardeo de la Luftwaffe, en mayo de 1941, en el que murieron 3.000 londinenses, Kathy se convirtió en la única mujer americana con visado en Londres que iba a permanecer allí. Un salvoconducto imposible de conseguir sin las influencias de su padre.

placeholder Kathleen Harriman.
Kathleen Harriman.

Allí escribió para el Hearst 's International News Service un serial llamado 'Las mujeres británicas en guerra'. "En ningún caso voy a Londres para ser el ama de casa de mi padre", diría varias veces. Este sí le pidió a su hija que le trajera algunas cosas de América: “Medias de seda y seis barras de labios Guerlain”, cuenta Marie Brenner en 'Vanity Fair', “por las que ella sabía que mejor no preguntar”. Averell era un ligón. “Por favor, la próxima vez que tenga que cubrir una rueda de prensa de tu padre, dile que se ponga una máscara de gas para que yo pueda concentrarme”, le dijo una colega a Kathy. Ella había heredado idéntico encanto.

Se había criado en una mansión de 45 habitaciones en los Apalaches, pero se arremangó

La chica de la aristocracia americana que se había criado en una mansión de 45 habitaciones en las Montañas Apalaches se arremangó cuando nombraron a su padre embajador en la URSS. Fue en 1943. Allí, Kathy “se dio cuenta de que su padre jamás tendría tiempo de aprender ruso mientras atendía sus obligaciones como embajador, así que ella lo aprendió por los dos”, escribe Katherine Grace Katz en su magnífico libro 'The Daughters of Yalta' (2020). Nada más llegar a la URSS, Kathy se procuró un profesor y acudía con frecuencia al Teatro Bolshói para hacer oído. Nunca llegó a perfeccionar el idioma, pero se defendía lo suficiente para ayudar a su padre con sus compromisos diplomáticos, tan importantes en tiempos de guerra. Kathy se hizo una figura indispensable para él e incluso para los soviéticos. El 'New York Herald Tribune' la definió como “la mujer americana más conocida en la URSS con la posible excepción de Eleanor Roosevelt y Deanna Durbin”.

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'The daughters of Yalta'.

En enero de 1945, cuando la derrota del Reich ya era cuestión de tiempo, la sede de la siguiente cumbre aliada tras Teherán (1943) quedó fijada en el mapa. Se eligió la península de Crimea, pues Stalin (cuya posición era más fuerte por cada kilómetro que avanzaba el Ejército Rojo hacia Berlín) se negó a salir de la URSS. Al embajador americano en Moscú, Averell Harriman, correspondió el papel de anfitrión y organizador. Logística. Diplomacia. Coordinación. Su hija iba a ser esencial en todas esas tareas.

Ann Roosevelt, un secreto en silla de ruedas

Por increíble que parezca, muchos americanos jamás supieron que su presidente, Franklin Delano Roosevelt, se movía en silla de ruedas. Así era desde que enfermó de polio en 1921. La prensa del país contribuyó al encubrimiento gracias a la cortesía institucionalizada de no fotografiar nunca así a FDR. Fue reelegido tres veces. Pero las ‘piernas’ de metal de Roosevelt no fueron su secreto más inconfesable, al menos en los últimos meses de su vida. El hombre que viajó a Yalta a jugarse el futuro del mundo libre se estaba muriendo. Una insuficiencia cardiaca le tenía sentenciado desde antes de presentarse a la reelección de 1944, y solo dos personas lo sabían, además de los doctores: su hija Anna y el marido de esta. Ni siquiera el propio FDR era consciente. Jamás quiso preguntar la razón de su apabullante deterioro.

placeholder Anna Roosvelt, con su padre Franklin Delano Rossvelt, en 1945.
Anna Roosvelt, con su padre Franklin Delano Rossvelt, en 1945.

Anna Roosevelt, hermana mayor y de profesión editora, necesitó pocos días para notarlo cuando, en el invierno de 1944, se mudó a la Casa Blanca por petición de su padre. “Tos constante, piel pálida y un agotamiento mucho mayor que el de alguien de 62 años”, describe Grace Katz en su libro. En realidad, la estrella de Anna había crecido reciente e inesperadamente. Desde que regresó a Washington por motivos personales, absorbió funciones de consejera y hasta de primera dama, en ausencia de su madre, la viajera Eleanor Roosevelt. Como dijo el polémico comentarista de radio Drew Pearson: “La persona más influyente para FDR ya no es Harry Hopkins [secretario de Comercio], sino su atractiva y vivaracha hija Anna. Ha llegado a ser no solo su huésped sino también su confidente, amiga y consejera”.

Anna se convirtió en la centinela de su padre, en la que decidía con quién se reunía

Fue políticamente controvertida la decisión de llevarla a Yalta en detrimento de Eleanor (que se enfadó) o del hijo varón, Elliot, que había estado en Teherán. Pero el círculo de confianza de FDR había cambiado y, además, Anna representaba una presencia más sencilla, sin afán de “imponer opiniones e intereses”. Anna se convirtió en la centinela de su padre, en la persona que decidía con quién se reunía y con quién no. Su tiempo se había convertido en un recurso muy escaso. Y su agonía era un secreto de Estado que ella iba a gestionar en solitario en medio de una cumbre llena de compromisos agotadores que podían matarle en cualquier momento.

No obstante, los soviéticos ya sospechaban de esta situación. No dudaron en apostar médicos de paisano desde la misma llegada de la delegación americana al aeródromo de Saki para espiar el estado visible de Roosevelt. Este, además, había expresado su deseo de despachar la cumbre en cinco o seis días como máximo. A Churchill se le llevaban los demonios. “Hasta Dios necesitó siete días”, ironizaba. Los rusos iban a explotar ese factor tiempo. Y la incomodidad del escenario, la remota Crimea. “Si hubiéramos estado 10 años buscando, no habríamos podido encontrar un sitio peor en el mundo”. Otra gran frase de Churchill.

Sarah Churchill y los 543 barcos

No estaba en los planes de la pelirroja Sarah Churchill alistarse. Tercera de la saga, su desigual carrera como actriz (carente de "talento o incluso aptitudes", había dicho cruelmente su madre, aunque acabaría actuando años después junto a Fred Astaire en la película 'Royal Wedding') y su matrimonio fracasado con el también artista Vic Olivier la terminaron empujando a la órbita directa de su padre, de la que siempre quiso ser independiente. En mayo de 1940, cuando este fue nombrado primer ministro, Sarah tuvo un arrebato de patriotismo y aparcó el teatro.

Sirvió como oficial de Análisis de Inteligencia Aérea. Escrutaba fotos cenitales para espiar qué hacía el enemigo y con qué fuerzas visibles contaba. Leer todas aquellas manchas, formas y colores en baja resolución era como escudriñar los posos del café, pero Sarah se hizo una auténtica experta en inteligencia aérea y en geografía costera del Mediterráneo.

placeholder Winston y Sarah Churchill.
Winston y Sarah Churchill.

En noviembre de 1942, cuando la secreta invasión Aliada de África estaba a punto de comenzar, hizo una visita personal a su padre en Chequers. Este la oyó llegar mientras se peinaba y se hizo el interesante: “En este mismo momento, deslizándose por Gibraltar al amparo de la oscuridad, 542 barcos van hacia el norte de África para desembarcar". Sarah le corrigió: “543”. “¿Cómo lo sabes?”, preguntó el primer ministro del país, desconcertado. Sarah llevaba meses estudiando cada pulgada de la costa marroquí y argelina para calcular el tamaño que debía tener la flota.

Sarah llevaba meses estudiando cada pulgada de la costa marroquí y argelina

No por casualidad, la familia la había apodado Mula. Padre e hija se parecían en lo testarudo y en el temperamento guerrero. También en su gusto por la bebida. Después de la guerra, Sarah se hizo asidua de la noche de Marbella. “Solía, en plena borrachera, ponerse a dirigir el tráfico”, leemos en 'La Opinión de Málaga'. “Cuando en octubre de 1963 las autoridades franquistas quisieron expulsarla de España, no fue por rojerío ni por espionaje, sino por liarla corajuda”.

La complicidad con su padre y su ausencia de ambiciones políticas le dieron ventaja respecto a su hermano Randolph. "Al principio de la guerra, Winston y su esposa habían decidido que alguien de la familia debería acompañarle en sus viajes", leemos de nuevo en 'The Daughters of Yalta'. Allí, Sarah iba a integrar la camarilla de Churchill, solo nutrida por su médico, Lord Moran, y Anthony Eden, ministro de Exteriores. "Pero hasta Eden tenía su propia agenda y futuro político del que preocuparse", escribe Katherine Grace Katz. El desinterés de un familiar era medicinal en el frente de batalla de una cumbre mundial. Cuando Churchill se acomodó por primera vez en su habitación del Palacio Vorontsov de Yalta, gruñó descontento. "¿Dónde está Sarah?", se quejó. "Dije que la alojaran conmigo".

Chinches, literas y cuartos de baño

"Si pudieras ver estos pasillos a las siete y media de la mañana", escribió Sarah Churchill a su madre, "¡verías a tres mariscales de campo haciendo cola delante de un cubo!". Era una descripción fiel de la situación. En Vorontsov, solo había cuatro cuartos de baño para más de 100 personas y solo el de Churchill tenía cisterna. "Cada mañana, los oficiales protegían su dignidad mandando a sus subordinados para que les cogieran sitio en la cola, que cada vez parecía formarse más y más temprano", describe Grace Katz.

Ningún palacio de Crimea era lo suficientemente grande para acoger a las tres delegaciones a la vez. Por eso, los Aliados se repartieron en tres sedes distintas a pocos kilómetros de distancia. Los soviéticos se hospedaban en el Palacio Yusúpov, los británicos en el Palacio Vorontsov y los americanos, por cortesía con Roosevelt, en el Palacio de Livadia, donde se iban a celebrar todos los plenos. Antes de que todos llegaran allí, la hija del embajador Harriman trabajó sin descanso para hacer habitable aquel lugar destrozado.

Los nazis, en su huida de Crimea, no habían dejado ni los picaportes de latón

Los nazis, en su huida de Crimea, no habían dejado ni los picaportes de latón de las puertas. Livadia, otrora residencia de verano del último zar, Nicolás II, y luego mansión-balneario de los bolcheviques, construida en imponente piedra blanca, lucía ahora llena mugre y hollín y esquilmada hasta el punto de no conservar en condiciones ni la fontanería. Quedaban dos semanas para la cumbre y no había tiempo que perder.

Cientos de prisioneros de guerra rumanos limpiaron la zona de escombros y chatarra de guerra. Repararon, podaron, pintaron. Se hizo traer desde los principales hoteles de Moscú (a 1.500 kilómetros de distancia) un imponente convoy lleno de camas, sillas, muebles, juegos de mesa y cocina, enseres, herramientas… El personal de servicio también venía de allí, uniforme incluido: eran hombres y mujeres del moscovita Hotel Metropol. Rehabilitaron el palacio y, casi lo más importante, instalaron de nuevo cañerías y sanitarios.

Funcionaron nueve baños en el Palacio de Livadia (para más de 200 residentes), más algunas letrinas en el jardín. Solo a Roosevelt se le concedió un excusado privado. Tampoco hubo habitaciones para todos, por supuesto. Coroneles compartieron literas como si fueran cadetes. En sus camas, pero también en las de los líderes, las chinches hicieron su agosto (a Churchill le picaron en los pies), pese a la intensiva fumigación del Ejército Rojo. Y luego estaba la cuestión del agua. Los soviéticos ofrecieron agua corriente y agua embotellada. Sin duda, la segunda opción parecía la mejor, si no fuera porque… contenía sulfato de magnesio, un laxante natural.

placeholder Cumbre de Yalta: Stalin, Roosevelt, Churchill y una única mujer: Sarah Churchill.
Cumbre de Yalta: Stalin, Roosevelt, Churchill y una única mujer: Sarah Churchill.

Kathy Harriman coordinó buena parte de estos preparativos, con su ruso de andar por casa. También redactó un breve manual de bienvenida (normas locales, advertencias, consejos) para todos los visitantes no soviéticos. Afinó concretando listas de invitados a cenas y comidas, designando asientos y proximidades y protegiendo susceptibilidades culturales y políticas al más alto nivel. "Aunque nadie le hubiera dado ningún título, Kathy trabajó como oficial de Protocolo, un rol frecuentemente despreciado en diplomacia internacional", escribe Grace Katz. "Era un trabajo muy ingrato. Si lo hacía todo bien, nadie lo notaría. Y si fallaba, todo el mundo culparía a su padre, el embajador".

El trabajo de Anna Roosevelt no fue menos frenético ni relevante. Con Harry Hopkins, mano derecha de FDR, postrado en una cama de Livadia por un cáncer de estómago, Anna coordinó buena parte del despliegue americano en Crimea así como muchos asuntos de la Casa Blanca en la distancia. Vecina de alcoba de su padre, ella apenas en un cubículo “espartano”, Anna fue el enlace entre un hombre que pendía de un hilo y el mundo exterior que tanto lo necesitaba.

"De todas las personas a las que estos tres grandes hombres de la Historia pudieron elegir como ayudantes de campo, eligieron a sus hijas”

El papel de Sarah Churchill fue menos lustroso, pero en realidad ejemplifica la importancia íntima de las hijas de Yalta. Conducía a su padre en coche todas las mañanas desde Voronstov hasta Livadia y, sobre todo, le escuchaba. "Actuó como su confidente en un momento en que él necesitaba desesperadamente a alguien a quien confiar sus miedos y ansiedades más profundas", me cuenta Catherine Grace Katz. "De todas las personas a las que estos tres grandes hombres de la Historia pudieron elegir como ayudantes de campo, eligieron a sus hijas".

Al término de la conferencia, Sarah preguntó a su padre si se sentía cansado. "Extrañamente, no", respondió Churchill. "Por mucho que haya sentido como nunca el peso de la responsabilidad".

Los limones de la Guerra Fría

El resultado político de Yalta fue agridulce. En principio, todos cedieron en algo. Roosevelt permitió que una parte de Alemania fuera para los franceses. Inglaterra toleró el deseo soviético de poner cifra a las reparaciones de guerra que reclamaban a Berlín: 20.000 millones de dólares. Los americanos consiguieron que los rusos se implicaran en la fundación de la Sociedad de Naciones y que les ayudaran en el Pacífico contra los japoneses. Y lo más doloroso: Stalin aceptó un Gobierno libre en Polonia, gran patio trasero soviético, pero jamás lo cumplió. Aprovechó el lenguaje deliberadamente vago de esa parte del acuerdo. “Esta vez es lo mejor que he podido hacer por los polacos”, se lamentó Roosevelt, con el equipaje ya hecho para marcharse.

Las tres pequeñas, como se las bautizó en Yalta, tuvieron tiempo también de excursionar a Balaclava (donde cargó la Brigada ligera), Sebastopol y la propia Yalta, todas arrasadas por la guerra. Kathy Harriman y Sarah Churchill ya se conocían desde Londres, no así Anna Roosevelt, que ejerció de acompañante. Las tres asistieron a la exclusiva cena del brindis de Stalin en detrimento de importantísimas personalidades. Roosevelt había insistido en que así fuera para crear “una fiesta familiar”.

Hecha la firma y la foto, todo se desmontó en Yalta. Aunque hubo algo con lo que los subordinados no sabían qué hacer: un árbol limonero. Había acabado allí de la manera más siniestra posible: los micrófonos que los soviéticos escondieron por toda la provincia habían recogido varios comentarios sobre el buen maridaje del limón y el caviar. Al día siguiente, la hospitalidad rusa había hecho aparecer allí un flamante limonero. ¿Pero qué hacer ahora con él? Era una pena abandonarlo. Molotov propuso a sus homólogos Eden y Stettinius que cada uno cortara una rama y se la llevara de recuerdo. Estos aceptaron. Fue un símbolo preciso del fruto amargo de Yalta: la Guerra Fría.

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