Que va, que va, que va, así era Kierkegaard: el filósofo de la ansiedad... y el amor roto
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Que va, que va, que va, así era Kierkegaard: el filósofo de la ansiedad... y el amor roto

El precursor del existencialismo y de la angustia vital dejó a su prometida pocas semanas antes de casarse. Una biografía ahonda ahora en el amor como base de su sistema filosófico

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Detalle de portada de 'El filósofo del corazón'

Hace algunas décadas la coletilla “qué va, qué va, qué va, yo leo a Kierkegaard” arrasaba en todos los espectáculos de Faemino y Cansado. Nadie conocía al filósofo danés que servía al surrealismo de aquellos cómicos pero quizá al propio Soren Kierkegaard le hubiera hecho gracia. Primero, porque lo que más le gustaba era que le leyeran y, segundo, porque detestaba la ironía nihilista y cínica de su época, el Romanticismo. Odiaba a los exaltados que se pegaban un tiro en la cabeza cuando las cosas no les salían como querían. Al contrario, él lo apostó todo a la pasión, al coraje, al deseo. A una vida de experiencia total, aunque muriera a los 42 años.

Al menos así lo dibuja la profesora de Filosofía Clare Carlisle en ‘El filósofo del corazón’ (Taurus), una nueva biografía sobre el danés que se adentra más en su vida personal y que abandona un tanto su imagen del hombre presa de la angustia y precursor del existencialismo para centrarse más en el carisma de este pensador que lo dejó todo por amor... a Dios y a la filosofía.

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'El filósofo del corazón'

“El corazón representa algunos de los temas más profundos de la vida y el trabajo de Kierkegaard. Por supuesto, el corazón humano es frágil. Se puede romper y toma su tiempo coserlo. Kierkegaard no niega esa fragilidad: su escritura la explora y la ilumina. El corazón también es el símbolo de su subjetividad, su vida interior, que fue el foco de su filosofía”, explica Carlisle de este filósofo cuyos libros hablan de la existencia del hombre en tres esferas, la estética -la superficial, la del donjuanismo-, la ética -cuando el hombre, gracias a la desesperación, da sentido a su vida y deja atrás el narcisismo- y la religiosa -el último estadio, la comunión con Dios.

A la filosofía por una ruptura amorosa

El danés ahondó en estos temas precisamente por una relación amorosa. La que tuvo con Regine Olsen, una amiga de las hermanas de un amigo, a la que conoció en Copenhague cuando él tenía 24 años y ella 16. De hecho, en gran parte, como recalca Carlisle, “si nunca hubiera conocido a Regine, se hubiera convertido en filósofo, pero su filosofía hubiera sido diferente”. La historia da para una telenovela con un final muy triste. La pasión entre el filósofo y Regine fue inmediata y no pasó mucho tiempo hasta que se comprometieron. Pero la mente de Kierkegaard iba por otro sendero. No era un matrimonio lo que buscaba. Ni siquiera pasar la vida junto a una mujer. Poco antes de casarse la dejó. La abandonó y se marchó a Berlín. Era el año 1841. Él quería ahondar en la búsqueda de la Verdad filosófica y dar el salto a la fe: pasar de la estética a la ética y después a la religiosidad. Ahí su prometida no entraba. Se tomó varios libros, como ‘O lo uno o lo otro’ -queda bastante claro- y, sobre todo ‘Temor y temblor’ para explicarle a Regine -con argumentos filosóficos- por qué la había dejado. De hecho, de ahí sale prácticamente toda su tesis filosófica. Un poco enrevesado, pero quizá siga siendo mejor que un email o un whatsapp. Por supuesto, ella comenzó otra vida con otro hombre.

"Si nunca hubiera conocido a Regine, se hubiera convertido en filósofo, pero su filosofía hubiera sido diferente”

“La ruptura con Regine y, sobre todo, la ruptura del compromiso matrimonial, fue decisivo en su vida, y por eso volvió a la cuestión del matrimonio en sus libros. Kierkegaard escribió que si no hubiera roto con Regine no se hubiera encontrado a sí mismo”, manifiesta Carlisle. Es bastante tentador reducir un pensamiento a quizá una falta de valentía con el compromiso -lo cual sería una lectura muy 2021- y por eso su biógrafa advierte: “Cuando conoció a Regine ya estaba estudiando filosofía y teología y en sus textos abordaba siglos de pensamiento filosófico y religioso, desde Sócrates a la Biblia y el Romanticismo. Supongo que si Kierkegaard se hubiera casado con Regine no hubiera escrito tantos libros porque él hubiera pasado más tiempo con su familia”.

Contra la ironía posmoderna

Kierkegaard, no obstante, nunca dejó de querer a Regine. En la primera mitad del siglo XIX Copenhague no era tan grande y era fácil encontrarse y así sucedió en varias ocasiones. El filósofo escribió sobre su sufrimiento -y padeció problemas digestivos y habituales dolores de estómago- que le llevó a abordar la pregunta ¿Qué es ser humano? Lo hizo mediante el sistema socrático de preguntas no tanto con el fin de hallar respuestas sino para crear confusión. El solo sé que no sé nada llevado al XIX como principio de la sabiduría.

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Clare Carlisle

En este sentido, echó mano de la ironía socrática, que estaba en las antípodas de la ironía de su tiempo y, como dice Carlisle, también de la de nuestra época. “Hoy sería muy crítico con la ironía posmoderna. Su tesis doctoral fue una crítica a la ironía romántica que es muy similar a la ironía posmoderna. Él insistió en la pasión, el compromiso y la seriedad, cosas que la ironía posmoderna tiende a socavar”, afirma la biógrafa. El mal de su época era la soberbia y un exceso de crítica que, según el filósofo, lo único que hace es proporcionar falsas certezas, pero cómodas. Esto no está tan lejos de lo que vemos hoy en día.

"Él insistió en la pasión, el compromiso y la seriedad, cosas que la ironía posmoderna tiende a socavar”

El filósofo tenía un carácter indomable (porque decir “caer mal” suena muy prosaico). Eso lo supieron también sus contemporáneos y eso le llevó a tener varios enfrentamientos, como ocurrió con los hegelianos Heiberg y Martensen, a quienes consideraba pseudofilósofos, aunque eran entonces los pensadores de moda en Copenhague. Para Kierkegaard eran simples pensadores con muchas campanillas y poco fuste. En definitiva, unos sofistas.

Pero uno de los choques más importante fue con Meir Aaron Goldschmidt, el editor del semanario satírico El Corsario, una especie de Charlie Hebdó o Revista Mongolia de entonces. Todo comenzó cuando en 1845 salió una crítica de su libro ‘Lo uno o lo otro’ que a Kierkegaard no le gustó porque pensaba que banalizaba su obra. La rebatió con otro artículo en el periódico 'La Patria' donde desvelaba la identidad del crítico. Esto se correspondió con una avalancha de artículos y caricaturas del filósofo, en ocasiones bastante crueles. Todo el mundo en Copenhague quería escribir contra Kierkegaard. Escuchaba risas a su paso. Fue un linchamiento en toda regla que combatió con varios artículos. La tormenta al final amainó por sí sola, como suele ocurrir con este tipo de borrascas, también en la actualidad.

Contra la Iglesia

Otra fuerte discusión fue con la Iglesia luterana danesa, fuente de sus angustias. En este caso, la herida era, además, muy profunda, ya que su padre era pastor y su familia era en general muy religiosa. Kierkegaard era creyente, pero no creía en la Iglesia, a la que consideraba superficial y aburguesada. Necesitaba un revulsivo como había hecho Lutero siglos antes. Esto, dice su biógrafa, hoy es fácil decirlo, pero no en la época del filósofo. “Criticar a la Iglesia y renegar de la religión hoy es mucho más común. De hecho, es el punto de vista mayoritario. En este aspecto todo ha cambiado mucho desde que escribió sus libros. Pero quizá si hubiera nacido en 1980 no hubiera escrito sobre la Iglesia sino que sus polémicas energías las hubiera volcado en otras cuestiones como el arte o la política”, señala. Con todo, cuando murió, muy joven y de causas que no se conocen del todo -una parálisis de su cuerpo-, tuvo un funeral religioso por todo lo alto.

"Si hubiera nacido en 1980 no hubiera escrito sobre la Iglesia sino que se hubiera volcado en otras cuestiones como el arte o la política”


Porque, pese a estos enfrentamientos y la rabia que mostraba en algunos de sus textos con las cosas que le disgustaban Carlisle señala que no fue un hombre impulsivo. “Incluso en esos casos fue extremadamente cuidadoso. Él escribía muchos borradores y luego se pasaba semanas y hasta meses decidiendo si publicarlo o no. En ese sentido, era lo opuesto a alguien que escribe precipitadamente algo desconsiderado o hiriente en Twitter u otra red”, sostiene.

placeholder Estatua de Soren Kierkegaard en la entrada de la Biblioteca Nacional de Copenhague
Estatua de Soren Kierkegaard en la entrada de la Biblioteca Nacional de Copenhague

Por eso también tuvo sus adeptos en su propia época. Aquellos que creyeron en sus ideas sobre el conocimiento de uno mismo y la renovación del ser humano, sin necesidad de renunciar del todo al mundo e irse a una cueva como un eremita. Kierkegaard defendió que, ante todo, uno no debía autoengañarse. “No fue entendido del todo en su tiempo, pero quizá hubo más gente que lo entendió de lo que él pensó. Muchos de sus contemporáneos fueron bastante perspicaces con su carácter. Como sus lectores, algunos de los cuales sintieron una conexión profunda con su sufrimiento”, manifiesta Carlisle, quien también avisa: “Sus libros son difíciles, porque son profundos y complejos, filosóficamente y psicológicamente. Yo creo que todavía solo los entiendo parcialmente”. Eso de “yo leo a Kierkegaard” ya sabemos todos que, al fin y al cabo, es una mentirijilla.

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