Un viaje por el mundo a través de 50 grafitis, la última libertad de expresión
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Un viaje por el mundo a través de 50 grafitis, la última libertad de expresión

José Félix Valdivieso, un apasionado de los viajes y los idiomas, reúne en un libro la historia de cincuenta grafitis a lo largo de todo el planeta

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'Made in god', del artista Combo

A José Félix Valdivieso siempre le han entusiasmado los viajes y los idiomas. De lo primero dan cuenta sus andanzas por los cuatro continentes; de lo segundo sus conocimientos de varias lenguas y sus intereses por el griego antiguo y moderno, el ruso, chino y japonés. De hecho, es el presidente del IE China Center IE University y está graduado en Estudios de Asia Oriental, especializado en chino. De esta amalgama y de su interés por otro tipo de lenguaje, el de la calle, surgió el libro ‘Grafitis del mundo’, publicado por Anaquel de Pensamiento y que acaba de obtener el I Premio Internacional Cuadernos del Laberinto de Pensamiento. En total reúne la historia de cincuenta grafitis a lo largo de todo el planeta.

“Los empecé a recopilar porque había escrito otros libros como ‘Dibugrafías’ con textos sobre las obras que me enviaba el pintor Miguel Panadero. En 2015 salí de una clase de chino y vi un grafiti. Pensé en fijarme en los grafitis que hubiera en las ciudades a las que viajara y a partir de ahí hacer un libro en el que mezclara los grafitis con la literatura. Este libro son ambas cosas, el grafiti y la explicación verbal de algo visual”, comenta Valdivieso a El Confidencial.

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José Félix Valdivieso

De Sidney a Moscú, Tokio pasando por ciudades de sudamérica, de EEUU y de Europa, este viajero impenitente se fue encontrando con multitud de expresiones artísticas en las paredes. Y si todas ellas parten del concepto genérico del grafiti como firma/dibujo en una pared -como hacía el reconocido Muelle en España-, también se dio cuenta de que había “una nacionalización del concepto. Es decir, cada grafiti refleja el sentir de la gente de ese lugar”, señala.

Por ejemplo, algunos de ellos le llamaron la atención por el lugar en el que los encontró. Como uno en el que se podía leer la palabra ‘Snowden’ con letras moradas en Brooklyn, en EEUU, porque “hacerlo allí es bastante disruptivo”, afirma al mismo tiempo que, como curiosidad, recuerda que Edward Snowden, el informático que destapó ciertas prácticas maliciosas de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) estadounidense, “es un tio que tiene más de dos millones de seguidores en Twitter y solo sigue a uno, la NSA. Debe ser un tipo gracioso”.

placeholder Nunca más 1933
Nunca más 1933

En Alemania también halló otro con mensaje: ‘“Nie Wieder 1933” (Nunca más 1933). “Era en referencia a cuando Hitler llegó al poder. Quien lo hiciera podía haber puesto 1939 como inicio de la II Guerra Mundial, pero seguramente pensaba que fue en 1933 cuando ya empezó todo”, sostiene Valdivieso.

Otros han tenido peores consecuencias. Como le pasó al grafitero Combo cuando en 2015 fue señalado por "dañar la imagen de Dios" con un grafiti en París en el que escribió 'made in China'. Por sus pinturas ha sufrido alguna paliza callejera, según contó en Le Monde.

Libertad de expresión

Este amante de los grafitis entiende que estas representaciones son “el fenómeno artístico más extendido que hay, ya que está presente en todas las ciudades del mundo, pero también fuera de ellas”. Y ante las voces que hablan de que hay que limpiarlos y no pueden estar en todas partes, defiende que “hay que tener un cierto equilibrio entre la limpieza y la manifestación artística, pero esa tensión es lo que te da la pulsión de lo que hay en la ciudad”. En estas cuestiones, además, en ocasiones se dan situaciones contradictorias e irónicas como la de Luis Gordon, un empresario cuya empresa se dedica a limpiar grafitis, “pero también crea otros espacios para que se pueda pintar”.

placeholder No soy una princesa
No soy una princesa

Al fin y al cabo, Valdivieso indica que un grafiti “es una muestra de libertad de expresión, aunque también nos debemos preguntar si es lícito expresar todo lo que uno quiere. Yo no establezco diferencia entre la cueva de altamira y quien pintó allí los bisontes y la pulsión que alguien tiene para ir a pintar algo que no necesariamente lo va a ver mucha gente”.

"Es una muestra de libertad de expresión, aunque también nos debemos preguntar si es lícito expresar todo lo que uno quiere"


En todo este periplo conoció a algunos autores de los grafitis aunque no a la mayoría, puesto que como sucede con el archifamoso Banksy, “uno de los kit de los grafiteros es el anonimato. Algunos te dan pistas de quiénes son, pero eso entra en contradicción con que es un yo, una firma, pero no siempre se tiene que identificar con la persona”. Sí conoció a una grafitera panameña que le explicó el mural que había creado en una pared de Panamá. Era el dibujo de una niña que decía “soy una pantera, no una princesa”. Había salido de una conversación que escuchó al vuelo entre una madre y una hija. La primera quería comprarle un disfraz de princesa, pero la niña se negó en redondo.

Estos son solo algunos apuntes de los 50 grafitis a los que Valdivieso también homenajea en este libro con la palabra.

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