Hablar, hablar, hablar..., en la muerte de Marino Gómez-Santos
  1. Cultura
obituario

Hablar, hablar, hablar..., en la muerte de Marino Gómez-Santos

Nos ha dejado huérfanos… pero con sus libros

placeholder Foto: Un joven Marino Gómez-Santos junto a Fernández Ruano
Un joven Marino Gómez-Santos junto a Fernández Ruano

Aquello fue un reencuentro que bien podría calificarse de apasionado. Aunque amigos de juventud y, sobre todo, con amigos comunes que eran íntimos de uno (César González Ruano o Camilo José Cela, de Marino Gómez-Santos) o de otro (Ignacio Aldecoa o Francisco García Pavón, de mi padre, Fernando-Guillermo de Castro), en 1996 se reencontraron, después de décadas de poco trato. “

"Marino está muy ocupado con Severo Ochoa”, me dijo mi padre cuando recibimos una tarjeta manuscrita de Gómez-Santos, con remite de la Fundación Carmen y Severo Ochoa, excusándose por no haber podido responder a la invitación que mi padre le había cursado expresamente para la celebración del centenario del nacimiento de mi abuelo, el Dr. Fernando de Castro Rodríguez, que organizó la Fundación Ramón Areces justo antes del verano.

Mi padre se quedó muy chafado con aquella ausencia de Marino. Al final de aquel verano comencé yo mi estancia postdoctoral en París, junto a Constantino Sotelo. No recuerdo ahora si fue por teléfono o en alguna de mis vueltas a Madrid, mi padre me comentó que había hablado con Marino y se habían visto: incluso le había dado un ejemplar dedicado para mí de uno de sus libros sobre Severo Ochoa.

Desde entonces, Marino Gómez-Santos pasó a ser un fijo en casa de mis padres los domingos por la tarde durante más de quince años.

placeholder Marino Gómez-Santos
Marino Gómez-Santos

Mi padre llevaba operado de su cáncer de laringe desde 1986: aquella operación le había cambiado la vida y le había obligado a modificar sus hábitos de gran conversador reduciendo el número de participantes en las tertulias. Además, Marino galopaba hacia la sordera, lo que fue obligando a mayor intervención por parte de los asistentes a aquellas tertulias: mi madre, mis primas Pupi y Sonia (hijas de mi tío Francisco García Pavón: “Las Pupis”, como las bautizó Marino, o “Las hermanas coloradas”, como lo hizo mi padre sirviéndose del título más premiado de las novelas de Plinio que encumbraron a su padre) o yo, sobre todo desde que regresé a España el año 2000, dispuesto a trabajar por el sistema español de investigación científica desde aquí.

Angelines, la mujer de Marino, vino pocas veces a casa, y quien pasase por aquel número 51 de la madrileña calle de Ortega y Gasset un domingo por la tarde, tertulió con Marino como otro más de la familia. El tema de conversación predilecto era, obviamente, “su mundo”, esa corte de literatos y diversos milagros que fue Madrid en las décadas de 1950 y 1960.

Mil historias

Marino, con aquella voz declamante color azul astur, inconfundible, ofrecía mil historias entretejidas para las que parecía haber estudiado con fe de opositor los adjetivos calificativos: aquellas anécdotas eran discurso y, cuando he ido leyendo algunos de los volúmenes de Marino, me he dado cuenta de que eran libros… No sé hasta qué punto aquellas tertulias en casa de mis padres le servían para probar el interés de cara al lector, como de entrenamiento casi profesional.

Mi padre intervenía activamente y en no pocas ocasiones puntualizaba las opiniones de Marino o bien aclaraba algunas dudas expresadas por este. Ese mundo se componía de letras, de alcohol, de historias de amor, de dinero, de ambiciones, de otros actores que aparecían en él de forma transitoria o para quedarse…: lo uno llevaba a lo otro, de forma casi imperceptible, y arrancando de un buen libro, pasando de un personaje a otro, terminábamos llegando a las andaduras de lodazal más inesperadas para, poco después, remontar hasta los más exóticos lugares imaginables. Aunque, es verdad, el escenario preferente de aquellas tertulias (a veces debates) de Marino Gómez-Santos y Fernando-Guillermo de Castro era ese Madrid en el que se acrisolaba España entera, con epicentro en el Café Gijón. Todos los que asistíamos éramos meros figurantes, aquellas tardes de domingo, aunque bien sabe Dios que poníamos asombro y risas a raudales: no era para menos.

Todos los que asistíamos éramos meros figurantes, aquellas tardes de domingo

Es verdad que Marino se había dedicado en cuerpo y alma a los Ochoa cuando volvieron a Madrid, y especialmente a Severo Ochoa cuando éste enviudó: factótum y sobre todo amigo de confianza del Nobel de Luarca, esa actividad, y la Fundación Carmen y Severo Ochoa, absorbieron mucho de su tiempo y energías, aunque mantuvo una vibrante carrera periodística.

Mi padre, por su parte, se había alejado de aquel mundo en 1956 para vivir en Ibiza unos años, volver para casarse (¡y le salió tan bien al tío…!), enterrar a un gigante como su padre (el último discípulo directo de Santiago Ramón y Cajal, con una carrera científica que en cualquier país serio sería pasto de películas y televisión, como la de cada uno de los más destacados miembros de la Escuela Neurológica Española) y ocuparse decimonónicamente de negocios del siglo XX que él mismo había creado con visión casi futurista, mientras se preocupaba mucho de mi enseñanza, lo que no pasa día que no le agradezca.

De aquel mundo literario mantenía vínculos con García Pavón (a fin de cuentas, su “casi suegro”, como lo refería casi siempre y preferentemente a otro término -más “del Régimen”-, “cuñadísimo”, que también utilizaba), con los Aldecoa y con Azcona, que habían sido, todos ellos, íntimos-íntimos-íntimos amigos. Pero cuando has vivido tiempos, lugares y personajes comunes, basta tener un rato para poder hablar y hablar y hablar durante horas: el ser humano es así. Además, mi padre era tres años mayor y se inmiscuyó antes en ese mundo, lo que a Marino le servía para profundizar algo más atrás en el tiempo, como un historiador.

Mi padre había publicado el año 2000 sus memorias de Ibiza, 'La isla perdida', que la Editorial Mediterrània-Eivissa tuvo a bien reeditar en 2003 en versión corregida y aumentada (ambas ediciones están agotadas). Es un libro que llena un agujero en la Historia pre-hippy de la isla. Aunque trataba, sobre todo, de los personajes que conoció y trató en Las Pitiusas (pintores, escritores, indígenas, náufragos y derrilictos varios), su mundo previo en Madrid aparecía, cómo no, y engarzaba directamente en las personas de Ignacio Aldecoa y Rafael Azcona, a quienes mi padre arrastró hasta aquella paradisíaca gota de tierra de la que, abierta o secretamente, se enamoraron. Y ese mundo conectaba con el que describe Marino en tantos de sus libros. Con elegancia extrema, mi padre supo callar algunos de los secretos a los que la amistad obliga: los calló antes, también en ese libro y se los llevó al otro mundo.

Contar, sugerir, callar

Quien quiera saber y esté dotado para ello, puede intuir: no está hecha la miel para la boca del asno, reza un viejo refrán castellano que sin duda refrasea la tradición latino-romana. Eso mismo se puede decir de los libros de Marino Gómez-Santos: cuenta con elegancia, sugiere como delicadeza y calla con gusto y distinción. Eran caballeros, lo más alejado a la telebasura que uno pueda imaginar. Hablaban de todo y de todos sin sectarismo de ningún tipo, algo tristemente inconcebible en nuestra querida España de hoy. Los textos del otro le servían al uno y viceversa. Se criticaban, se complementaban: se querían. Sí, también eran conocedores de que en esa amistad recobrada había un componente nada desdeñable de supervivientes: poco a poco, iban quedando menos.

Cuenta con elegancia, sugiere como delicadeza y calla con gusto y distinción

Marino decía que a veces parecía un recolector de necrológicas; mi padre trufaba los libros de las esquelas de ABC, el almanaque no perdona y él vio morir a conocidos y amigos en espiral acelerada. Por cierto: fueron Josefina Aldecoa y Marino Gómez-Santos quien presentaron esa segunda edición de las memorias de Fernando-Guillermo de Castro, a finales de febrero de 2004, cerrando una especie de círculo borgiano en el Café Gijón.

Poco después, Marino Gómez-Santos concibió escribir una biografía de mi abuelo, el neurocientífico Fernando de Castro. Marino le había entrevistado poco antes de su muerte, en 1966, si no recuerdo mal, y lo había escogido entre los 'Cinco grandes de la Ciencia española' que publicó Taurus en 1968. Los Profs. Antonio Gallego y Agustín Bullón habían escrito interesantísimos retratos científico-humanos de mi abuelo para el libro en el que mi padre reunió todos los artículos de mi abuelo sobre Cajal y diferentes miembros de su escuela –Achúcarro, Tello, Río-Hortega- y publicó en 1981 la Universidad Complutense bajo el título inmejorable de “Cajal y la Escuela Neurológica Española”: pero no eran biografías, realmente, algo que faltaba, y el olfato de biógrafo de Marino lo detectó.

Una parte considerable de aquellas tertulias a partir del 2006 versaron entonces sobre el proyecto: mi padre preparaba documentos para que Marino los recogiese el domingo en casa. Marino, siempre encorbatado y luciendo su discreta elegancia que le hizo ganarse el apodo de “Marinín Monroe” en el Oviedo de su juventud, se sentaba en uno de los sofacitos de flores del salón de casa, a la izquierda de mi padre quien, desde su sillón verde de terciopelo y con las antiparras colgando de la boca, explicaba aquellas fotografías, aquellas notas. Marino prestaba la máxima atención porque, tocado ya de la coquetería del sordo, se negó siempre a ponerse un audífono.

Las limitaciones de uno y otro y su afán de perfección respectivo, cada uno a su estilo y por necesidades diferentes, dio lugar a escenas desopilantes que los presentes recordaremos de por vida: porque la risa es energía vital y ellos se unían a nuestras carcajadas cuando estas les sacaban de su minucioso diálogo sobre Cajal, Río-Hortega o mi abuelo. Una de aquellas tardes Marino, radiante, entregó un sobre a mi padre: nos regaló una foto que no teníamos, en la que mi abuelo encabezaba la delegación oficial de España en le entrega del Premio Nobel a Severo Ochoa, en Estocolmo. Obviamente, dada mi condición de modesto científico, Marino me endilgó con la responsabilidad de explicarle en lenguaje accesible algunos términos o contenidos de aquellos documentos o de otros que él consultaba en su trabajo.

Mediocres con ínfulas

Aprendí mucho y fue en esa época, ya, cuando mi padre definitivamente entendió que podía confiar en mí para proseguir con la tarea de reivindicar para las figuras de Cajal, de su padre y del conjunto de la Escuela el lugar que merecen en nuestra cainita geografía, sembrada de tanto mediocre con ínfulas: mejor le iría, no ya a la Historia de la Ciencia española, sino al sistema español de I+D actual y a la sociedad española en su conjunto si todos esos mediocres (y envidiosos), que ocupan puestos fundamentales para el correcto funcionamiento de la investigación científica patria, se fueran a su casa y dejaran de enmerdar patológicamente, de ser nocivos para todo y sólo preocuparse por hacer perenne su nocividad.

Marino estaba muy dolido, ya entonces, con el devenir de la Fundación Carmen y Severo Ochoa. Sin ser poseedor de la absoluta razón (nadie lo es, señor vicepresidente…), Marino tenía las suyas para quejarse y los tribunales así lo reconocieron. Aquella biografía de mi abuelo salió, por fin, publicada gracias a la generosidad de la Fundación Mutua Madrileña y se presentó en la Real Academia Nacional de Medicina de España en abril de 2010: 'Fernando de Castro. Su vida. Su obra'. Desde entonces, Marino me convirtió en una especie de su asesor áulico para temas científico-médicos y, aparte de en las tertulias de casa, me llamaba o escribía por muchos otros motivos que ya no danzaban alrededor de mi abuelo.

Papá empezó en marzo de 2011 con ingresos periódicos en el hospital que resultaban en nuevas altas, pero que, poco a poco, iba viendo cómo se deterioraba su estado general. Marino seguía viniendo a verle cuando estaba en casa. Seguía comentándole sus proyectos, contando historias y mi padre sonreía, pero ya participaba menos.

Marino me convirtió en una especie de su asesor áulico para temas científico-médicos

El día de nuestra boda, Marino y Angelines entraron en la pequeña Iglesia de San Nicolás de los Servitas y se sentaron en uno de los primeros bancos, dejando, educadamente, espacio para la familia en los muy delanteros. Cayeron al lado de mis tíos Alicia y Ricardo de la Santa (éste gran admirador de Marino y el único de mis tíos manchegos -un día tengo que escribir sobre ese repóquer de mis ases…- que pudo asistir a la boda en persona). Esperábamos la llegada de Cristina, el ambiente era tenso y apenas se percibía el runrún de fondo que corresponde a un acto así, en el que se encuentran personas que se quieren y que se ven poco.

Recuerdo cómo ver a mi tío Ricardo inclinar la cabeza junto a Marino y éste, de pronto, soltar un exabrupto, dar un golpe sobre el reclinatorio del banco de madera que acalló toda la iglesia y mirarme muy serio, con esa mirada grave, los labios apretados y el inferior sobresaliendo un poco a lo Habsburgo: acababa de saber que apenas dos horas atrás, su amigo, mi padre, había muerto en casa, con los pantalones del chaqué puestos para asistir a la boda. En ese preciso momento sonó el dúo de músicos para anunciando la entrada de Cristina y el abrazo de Marino se pospuso al final de la ceremonia, cuando fray Javier Badillo me permitió dirigirme a los invitados y aclararles que seguro que mi padre quería que siguiésemos con los planes, porque me veía, por fin, ilusionado con formar una familia. Tras abrazar a Angelines, Marino me susurró al oído: “Así se habla”. Tras la celebración, tan especial dadas las circunstancias, Marino Gómez-Santos y Angelines eran de los últimos que estaban en casa acompañando a mi madre en esa suerte de velatorio que organizamos a mi padre entre sus muebles, sus libros, las cosas que él tanto quería, junto al tresillo de las tertulias a las que me he referido. Marino y Angelines fueron de los primeros en llegar a la casa de Ortega y Gasset el domingo 9 de marzo de 2014, por la mañana, para acompañar a la familia camino de la Sacramental de San Isidro para enterrar a mi padre junto a mis abuelos paternos.

Recuerdo especialmente dolidos aquella mañana a mi tía Carmen, a Marino y a una de las personas que más quiero y admiro de este mundo, Liset Menéndez de la Prida. Cada uno por motivos diferentes. La emoción del momento no me permitió grabar más rostros de forma tan fidedigna, pues la emoción era mucha y, además, tenía que ocuparme especialmente de mamá, en ese momento. Marino escribió una inmejorable necrológica de mi padre en ABC, lo que contribuyó a su multitudinario funeral.

Rotundo e inconfundible

Muerto papá, las tertulias en casa continuaron, pero se fueron espaciando algo. Por el contrario, las charlas telefónicas aumentaron. Marino me consultaba bastantes cosas y comentábamos noticias, artículos de unos y otros que iban saliendo y sus nuevos libros, desde sus conversaciones con Santiago Bernabéu a 'Ochoa no era de este mundo', en el que Marino no contó todo de algunos por elegancia y por no humillar sacrosantos…

Su voz rotunda e inconfundible solía reírse con mis comentarios y yo, al otro lado del teléfono, imaginaba su inconfundible sonrisa mostrando los dientes superiores que enfatizaba la carnosidad de sus labios. Durante el confinamiento por el Covid19, me atreví a escribir a Marino un correo electrónico con una serie de preguntas concretas que me intrigan sobre la figura y obra de Gregorio Marañón desde hace años: Marino las contestó por escrito, aunque me pareció entrever que algo más sólo podría decírmelo a la cara, ni siquiera por teléfono. Apenas dos semanas antes de su muerte, Marino y yo estuvimos una hora al teléfono comentando mil cosas a partir de su extraordinario libro sobre César González Ruano, que había publicado la Editorial Renacimiento muy poco antes. “Es un libro difícil, en el que callo muchas cosas porque no puedo contarlas… Pero era un libro que tenía que escribir”, me dijo.

Tenía muchos proyectos sobre la mesa tras Ruano y Castroviejo

Creo que sólo él podía haberlo escrito y esa mixtura de columnista inmejorable y persona execrable, sólo alguien muy cercano al personaje, agradecido pero voluntariamente alejado de él, enemigo de la hagiografía, como Marino Gómez Santos podía escribirlo. Quedamos, como siempre en este año terrible, en vernos cuanto antes fuera posible, siempre me preguntaba por mi madre, por Cristina y por mis hijos, de cuyas proezas estaba muy reído y al tanto de la calle. También hablamos de la biografía del gran oftalmólogo Ramón Castroviejo, que estaba terminada y en espera de imprenta, para la que eligió como portada un soberbio retrato dedicado por el biografiado a mi abuelo, que le mandé tras una conversación meses atrás.

Tenía muchos proyectos sobre la mesa y haber terminado con Ruano y con Castroviejo le despejaba el horizonte. Las piernas le estaban fastidiando mucho, pero no parecían poder parar sus noventa años en carrera. Cuando Marino hijo me escribió que su padre se había caído en casa, que se había astillado medio fémur desde la rodilla y se había golpeado fuertemente la cabeza, temí lo peor. Hablamos y la mañana del nueve de diciembre, tras dejar a mi mujer en su Universidad, le llamé: no me contestó. Una hora después me escribió un mensaje: “Fernando, ha fallecido papá”. Marino Gómez-Santos murió en la Fundación Jiménez-Díaz, no lejos de la habitación 616 en la que lo hizo Severo Ochoa: otro círculo borgiano.

Marino nos ha dejado huérfanos… pero con sus libros. Y, como me escribió el Dr. José Antonio Gutiérrez-Fuentes cuando le comuniqué la muerte del amigo común, Marino Gómez-Santos “homenajeó a muchos y merece serlo él”. Y el mejor homenaje que podremos hacernos todos es leerle.

*Fernando de Castro Soubriet es doctor en Neurociencias y científico titular del CSIC.

Obituario