Cien años del Partido Comunista Italiano, la gran marea roja europea
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Cien años del Partido Comunista Italiano, la gran marea roja europea

En 1921 nacía el PCI, el más longevo de Europa, gracias a una escisión de Amadeo Bordiga y Antonio Gramsci del Partido Socialista

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El funeral de Togliatti

En 2005 el belga Hugues Le Paige presentó en la Casa del Popolo de la localidad toscana de Mercatale su documental 'Il fare politica', una indudable obra maestra con suficiente prestancia como para mostrar la disolución de un mundo. Durante veintidós años, de 1982 a 2004, filmó las vivencias de una pequeña sección del Partido Comunista, centrándose en las opiniones de cuatro amigos, enfrentados por las disensiones internas y la progresiva decadencia del movimiento desde la caída del Muro de Berlín hasta la consolidación del poder berlusconiano tras las elecciones de 2001.

El compromiso en la militancia, los debates y la participación desinteresada sucumbieron al desencanto, la pasividad y el desmorone ideológico. La hegemonía de la hoz y el martillo en el bando izquierdista, única en toda Europa tanto por su longevidad como por su potencia, se desdibujó hasta esfumarse los símbolos con el nacimiento del Partito Democratico di Sinistra en 1991, refundado en Partito Democratico en 2007, ya sin alusiones al pasado, sólo con dos siglas afines en su inspiración a la campaña presidencial de Barack Obama y un acento en la bandera italiana. El paisaje se había transformado hasta hacerse irreconocible, y ese digno “hacer política” parece una anécdota en la actualidad.

La I Guerra Mundial

Esos cuatro jóvenes eran los herederos de una tradición impresionante, forjada en todo el Viejo Mundo justo después de la Primera Guerra Mundial. El país transalpino, como siempre un vencedor deslucido de la contienda, se vio inmerso en una crisis producto de la debilidad del Estado, impotente para controlar distintas revueltas sociales entre la eclosión del Fascismo y las ocupaciones de las fábricas a lo largo y ancho del norte industrial en 1920.

El gobierno no supo gestionar el caos y los socialistas ni quisieron ni pudieron aprovechar el contexto planteado, palpable en otros países europeos por el influjo de la Revolución de Octubre y las vísperas de la Unión Soviética. España, Hungría, Baviera y otras latitudes se vieron aquejadas de protestas y revueltas de gran calibre.

La escisión era natural porque los socialistas nada hicieron por ayudar al proletariado en su lucha del bienio rojo al no conquistar los resortes del Estado

La italiana, culminada con la Marcha sobre Roma a finales de octubre de 1922, tuvo varias fases. El 21 de enero de 1921 el PSI celebró su decimoséptimo congreso en Livorno. Lenin sugirió a la formación adoptar los veintiún puntos de la Tercera Internacional, pero al vencer las tesis de los maximalistas unitarios de Giacinto Menotti Serrati la minoría encabezada por Amadeo Bordiga y Antonio Gramsci se trasladó a un teatro vecino para dar a luz al Partido Comunista. Para el ideólogo temido por el Duce la escisión era natural porque los socialistas nada hicieron por ayudar al proletariado en su lucha del bienio rojo al no conquistar los resortes del Estado. No eran, y cito sus palabras, inmaduras las masas, sino sus dirigentes, y por eso urgía una solución para afrontar las problemáticas.

Gramsci fue neutralizado como el resto de grupos parlamentarios en enero de 1925, cuando el gobierno fascista devino dictadura sin pestañear al asumir la violencia escuadrista, eso sí, sin responsabilizarse del secuestro y asesinato del socialista Giacomo Matteotti. Durante los meses posteriores la Democracia cesó y el PCI fue ilegalizado el 5 de noviembre de 1926.

La ruptura del 68

Mussolini quiso impedir el funcionamiento del cerebro de Gramsci durante veinte años, lográndolo al desterrar esa inteligencia al confín, enfermando hasta morir en Roma el 27 de abril de 1937. Durante el largo período de entreguerras los comunistas penaron en el desierto entre el exilio interior, refugios moscovitas y una tensa espera cargada de contradicciones para sembrar de dudas sus movimientos. El pacto germano-soviético de agosto de 1939 fue el máximo exponente, y sólo el liderazgo de Palmiro Togliatti, Secretario General de 1938 a 1964, sostuvo el barco, a flote con vigor en la Segunda Guerra Mundial, donde los partidarios de la bandera roja fueron el colectivo con mayor número de caídos en combate una vez fue destituido Benito Mussolini el 25 de julio de 1943 y se activó la resistencia partisana, combinada con una cuantiosa implicación política, teledirigida por Stalin, al privilegiar el antifascismo al derrumbe de la monarquía, no en vano Togliatti, con la svolta di Salerno, se avino a entrar el 22 de abril de 1944 en un gobierno configurado por los partidos pertenecientes al Comitato di Liberazione Nazionale, aún bajo el manto de los Saboya.

Los comunistas fueron expulsados del Gobierno en 1947 ante la exigencia de EEUU para imponer sus premisas en la recién inaugurada Guerra Fría


La derrota nazi en el norte, sellada en la histórica jornada del 25 de abril de 1945, mantuvo a los comunistas en las sillas ministeriales, expulsados de las mismas en 1947 ante la exigencia de los Estados Unidos de América para imponer sus premisas en la recién inaugurada Guerra Fría. Si se querían los beneficios del Plan Marshall los aliados de Stalin debían ser apartados del mando, y así fue como las elecciones de 1948 se convirtieron en un pequeño infierno con visos fratricidas, saldado con el triunfo de la Democracia Cristiana, bien secundada por las prédicas de Pío XII; el PCI quedó en segunda posición con el 30% de los sufragios, por delante de los socialistas, algo conservado hasta su disolución.

Esos años suscitaron tensiones inauditas. La nomenclatura se plegaba a las consignas del Kremlin, y ello conllevó rencillas con la intelectualidad, sobre todo cuando la sede de Botteghe Oscure no condenó la entrada de los tanques soviéticos en Budapest durante la rebelión húngara de 1956. Quien escribe tuvo la suerte hace años de entrevistar al director de Cine Carlo Lizzani, quien definió su desafección como un verdadero trauma, indiferente para la cúpula, contenta con su primacía sentimental y callejera, en su paroxismo en agosto de 1964, cuando el fallecimiento en Yalta de Palmiro Togliatti, reunió a dos millones de ciudadanos en Roma para homenajear al cortejo fúnebre, el más numeroso del continente desde las exequias de Víctor Hugo en 1885.

placeholder Manifestación durante el Autunno Caldo
Manifestación durante el Autunno Caldo

Ese evento fue el último suspiro de la vieja guardia. Luigi Longo tomó las riendas e insistió en la fidelidad con Moscú, reafirmada con la primavera de Praga de 1968 mientras en Italia acaecía la batalla de Valle Giulia entre estudiantes y policía, con Pier Paolo Pasolini tildando a los primeros de burgueses por atacar a hijos de obreros obligados a servir al Estado al no poder acceder a la educación superior. La juventud de los sesenta no podía suscribir esa cerrazón, generándose grupos a la izquierda del partido a finales de la década y a principios de los setenta, con el autunno caldo erigiéndose en preludio de los años de plomo.

Del Eurocomunismo al adiós

EL PCI requería nuevos bríos para amoldarse a una sociedad menos católica y más occidentalizada en sus costumbres hasta ratificar mediante referéndum el 12 de mayo de 1974 la ley del Divorcio, aprobada por el Parlamento en 1970, cuando Pablo VI viajaba hacia Australia. Enrico Berlinguer, Secretario General desde 1972, leyó bien las coordenadas del decenio y los comunistas crecieron hasta aspirar al sorpasso en las legislativas de 1976, cuando un 34,4% de los electores amenazó el trono indiscutido de la Democracia Cristiana.

El segundo lustro del decenio fue un vaivén incontrolable. La pujanza atemorizó a Henry Kissinger, dispuesto a intervenir militarmente en la Bota para evitar sobresaltos, paliados por la actitud conciliadora de Berlinguer, sabio para renunciar a la vetusta consigna de asaltar los cielos para aceptar al parlamentarismo y ser el artífice, junto a Santiago Carrillo y Georges Marchais, del Eurocomunismo, además de apostar por una colaboración con el enemigo conocida como compromesso storico, consistente en colaborar con las principales organizaciones políticas a nivel nacional para evitar veleidades autoritarias.

Berlinguer fue sabio para renunciar a la vetusta consigna de asaltar los cielos para aceptar al parlamentarismo y fundar el Eurocomunismo


Esta línea, de la que muchos deberían tomar nota en nuestro siglo, tenía bien apuntado en su calendario el 16 de marzo de 1978. Esa mañana las Brigadas Rojas secuestraron en la romana via Fani al democristiano Aldo Moro. El acuerdo prosiguió en la cámara de Montecitorio y Giulio Andreotti, con el voto comunista, fue elevado a su cuarto presidencia del Consejo de Ministros. El asesinato de Moro, uno de los grandes misterios italianos, tuvo una gran carga simbólica, al dejar los brigadistas su cadáver el 9 de mayo de ese año en via Caetani, equidistante de las sedes del PCI y la DC, como si así amonestaran a los dos por su pasividad durante el cautiverio, en cierto sentido manipulado por la CIA y la logia masónica P2.

Berlinguer, en cuyo mandato se obtuvieron alcaldías como la de Roma en coalición con los socialistas de Craxi, sufrió una hemorragia cerebral el 7 de junio de 1984, cuando daba un mitin en Padua ante las inminentes elecciones europeas, ganadas por los comunistas bajo la conmoción generalizada por su fallecimiento. Su desaparición física era una metáfora en esa Italia en marcha hacia la desindustrialización clásica, penúltimo golpe antes de la Perestroika y el hundimiento del bloque soviético. La desorientación de esa vorágine, las prisas por adaptarse a tantas metamorfosis y la posterior coyuntura a la Guerra Fría, con la nación inmersa en el escándalo de las 'tangentes', tan bien contada en la serie 1992, anuló al gigante. Sus herederos fueron caricaturas de esa envergadura, y en el imaginario de muchos aún resuena la frase de Nani Moretti en Aprile, "D’Alema di una cosa di sinistra", signo inequívoco de una nueva traición de los mandamases a esa ciudadanía entregada y corroída por tantas frustraciones, como si los diagnósticos de Antonio Gramsci en 1921 mantuvieran su vigencia en la contemporaneidad.

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