La mejor película de la historia es un final. ¿'Casablanca' o 'El tercer hombre'?
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La mejor película de la historia es un final. ¿'Casablanca' o 'El tercer hombre'?

El ideal de la lucha antifascista en el Marruecos francés o el reverso del resultado en la Viena ocupada. La pregunta no es por qué Holly Martins espera a Anna Schmidt en el cementerio, sino por qué lo hacemos nosotros

placeholder Foto: Orson Welles, en un fotograma de 'El tercer hombre' (1942).
Orson Welles, en un fotograma de 'El tercer hombre' (1942).

Enamorarse es lo que ocurre entre decir “siempre nos quedará París” y la incertidumbre de la respuesta mientras se espera de pie en un cementerio de Viena. Inmediatamente después, si todo sale mal, acaba en matrimonio.

Otra posibilidad es 'Casablanca' (1942), la pasión de un mundo en llamas, o 'El tercer hombre' (1949), las cenizas de su destrucción. Guerra y posguerra, lo que media entre la maldita pandemia del covid y lo que viene después. "Siguieron juntos para siempre" no es necesariamente un buen final. Terrorismo sentimental. Lo plasmó de otra forma Nick Hornby en su novela 'Alta fidelidad': el incalculable daño que habían hecho las canciones pop de amor.

Ambas películas estrenadas en los cuarenta, la mejor década del cine, se disputan el podio absoluto porque nadie ha dirigido un imperio mediático como ocurría en ‘Ciudadano Kane’ (1941) y en cambio todo el mundo cree haberse enamorado. Dos producciones que se han fijado para siempre en la cultura popular, más de 80 años después, a pesar de carecer de la pretensión que tuvo desde un principio ‘Lo que el viento se llevó’ (1939), un fenómeno antes siquiera de rodarse y absurdamente cuestionada ahora.

Si Robert Louis Stevenson interpretó que la clave del 'El tonel del amontillado' de Edgar Allan Poe, estaba en haber vestido de bufón en medio del carnaval de Venecia a Fortunato, la víctima del macabro desenlace, 'Casablanca' (1942) de Michael Curtiz y 'El tercer hombre' (1949) de Carol Reed, son también inseparables de su momento y lugar. Una buena historia no siempre funciona igual en cualquier época.

Música callejera

Los dos primeros minutos de 'Casablanca', aunque no lo parezca, son la llave de la película, como lo es también la voz en off escrita por el novelista Graham Greene en 'El tercer hombre', que nos volvería a amargar la vida después con el ‘Factor humano’ (1978). En realidad, los protagonistas de ambas están atrapados sin remedio desde el comienzo. Habría que ver una pulsión parecida en torno al Black Lives Matter.

'El tercer hombre', que no gozó de la misma popularidad que 'Casablanca', aunque con los años haya encabezado las listas, surgió en la mente del productor húngaro afincado en Reino Unido, Alex Korda, cuando después de cenar con Carol Reed en la Viena de posguerra encontraron en la calle a Anton Karas, un músico callejero que ejecutaba la imposible melodía hipnótica de su cítara.

Una ciudad donde el barón Kurtz, venido a menos, toca el violín en un garito de mala muerte

Con solo dos compases se evoca toda la película. La estrofa de "A kiss it's just a kiss" que interpreta Sam en el Café de Rick es un doble golpe bajo. Casi a la vez que 'Alemania año cero' (1948), de Rossellini, Korda —una institución en el cine británico con su hermano Zoltan— acertó cuando quiso mostrar que la destrucción de Europa no había terminado.

placeholder Fotograma de 'Casablanca'.
Fotograma de 'Casablanca'.

Aunque el barón Kurtz, Popescu y el Dr Wink, parecen sacados de su Budapest natal, solo podía transcurrir en una Viena divida en cuatro zonas repartidas entre la URSS, EEUU, Francia y Gran Bretaña y en donde cualquier moral que quedara tras la guerra se había diluido en la mera supervivencia.

Un continente salvaje, como describió el historiador Keith Lowe, de difusas fronteras, millares de apátridas, y en donde los alimentos y los medicamentos escaseaban. Viena, una ciudad en ruinas donde el barón Kurtz toca el violín en un garito de mala muerte. Lo que quedó después de la lucha heroica de los personajes de 'Casablanca'.

Siete años antes, el director Michael Curtiz, se encomendaba a un guion que se ideó como musical durante la misma guerra —hasta el punto de que debido a los temas que abordaba la película hubo que retrasar su estreno— y que originalmente situaba la historia en la Lisboa neutral.

Francia libre

Afortunadamente acabó en la Casablanca del Marruecos francés, otra línea gris oscuro: la Francia libre, es decir, la colaboracionista del mariscal Pétain, esa historia que a falta de libros de una editorial de París que la explicaran en la posguerra estaba el capitán Renault. Aun así, fascina cómo Curtiz pudo saltar del trío mágico de aventuras que formaba con Errol Flynn y Olivia de Havilland para filmar otro mito después de 'Capitán Blood' o 'Murieron con las botas puestas'.

La ciudad de Casablanca era el telón de fondo sin el cual no hubiera existido el capitán Renault —Claude Rains antes de 'Encadenados', la favorita de Hitchcock consideraba—, esa doblez moral nada ambigua, que nos devuelve a la realidad con los mejores diálogos de toda la película, eclipsando al virtuoso trío protagonista, porque Victor Laszlo, Ingrid Bergman y Rick Blaine, “tres personas insignificantes atrapadas en un mundo al que no le importa lo que sea de ellas”, son de una altura moral intachable.

placeholder Alida Valli, en 'El tercer hombre'.
Alida Valli, en 'El tercer hombre'.

Sin Renaud habría sido un bodrio al igual que el deambular de Holly Martins en una Viena derruida y gris sin un desalmado y despreciable Harry Lime que sin embargo encandila a todo el plantel incluido al gato, que solo se deja acariciar por él. La única excepción es el insoportable Trevor Howard, que no se llama Callahan sino Calloway porque no es irlandés.

'Casablanca' es redicha porque se escribió como un alegato antifascista, que es su verdadera esencia: nada está por encima de los ideales de esa lucha que tiene la extraña virtud de provocar las lágrimas a unos y otros en la escena patriótica de 'La Marsellesa' en el Café de Rick.

Sus personajes exhiben una falsa sutileza para que no haya dudas: una idea repetida hasta los detalles más íntimos, como cuando Viktor Lazslo, el héroe de la lucha antinazi, se despide de la mujer que ama, Ilse —Bergman— con un beso en la mejilla, para que Rick, que no es el Bogart de 'El halcón maltés' (1936), la bese en cambio apasionadamente. Lo mismo ocurre con la Anna Schmidt de Alida Valli, que en una escena de una ternura desbordante nos muestra su devoción hacia Lime al ordenar el cajón de la ropa en su piso cuando cree que ha muerto.

El novelista Graham Greene reconoció que no sabía escribir un guion y ofreció un relato corto

Alex Korda y Carol Reed le confiaron a Graham Greene la historia sobre Viena. Fue tan honesto que reconoció que sencillamente no sabía escribir un guion. Ofreció a cambio un relato corto novelado en el cual no estaba la frase de la película: "En Italia, en 30 años de dominación de los Borgia no hubo más que terror, guerras y matanzas, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron 500 años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? El reloj de cuco".

Orson Welles

Puño y letra de Orson Welles para su personaje de Harry Lime en la escena de la noria del Prater. El niño prodigio de 'Ciudadano Kane' (1941) jamás repetiría una interpretación igual sin su propia batuta —como en 'Sed de mal' (1958)—. Su magnetismo no eclipsó a Joseph Cotten, pero casi lo hace con el director Carol Reed: se le atribuirían después la dirección al menos de las escenas de la persecución por las cloacas de Viena, lo cual desmintió en varias ocasiones.

placeholder Orson Welles en 'El tercer hombre'.
Orson Welles en 'El tercer hombre'.

Lime le marcó hasta el punto de trataría de reescribirlo una y otra vez. Volvería a él en una serie de relatos cortos radiofónicos hasta su 'Mr Arkadin' (1955), una caótica joya rodada en España en la que repite una fórmula 'Ciudadano Kane', sobre una historia de Lime, cuando ningún estudio de Hollywood se arriesgaba ya a financiarle.

Graham Greene exprimió el planteamiento de Korda cuando decidió que su protagonista, el hombre corriente, no lo fuera. Joseph Cotten en la piel de Holly Martins es un escritor de novelas baratas del oeste que se ve envuelto en un thriller cuyo suspense, que se adelantó a 'Vértigo' (1958) de Alfred Hitchcock 10 años, se resuelve a mitad de película: no importa la identidad del hombre misterioso, sino cuándo se dará cuenta el protagonista que tendrá que traicionar a su amigo.

Casablanca es tan compleja que para avanzar se ventilan la trama en los primeros 10 minutos

Entremedias, se ve arrastrado a una soporífera conferencia del agregado cultural británico sobre la nueva novela de James Joyce y John Dos Passos para el particular ajuste de cuentas de Greene, que pasaba entonces por un autor de entretenimiento.

placeholder Joseph Cotten con Trevor Howard en 'El tercer hombre'.
Joseph Cotten con Trevor Howard en 'El tercer hombre'.

Aunque el misterio inicial y el breve nudo detectivesco de Carol Reed parezca enrevesado, en realidad, los hilos de 'Casablanca' son más complejos, tanto, que para hacer avanzar la película se ventilan la trama en los primeros 10 minutos: esos salvoconductos que trae Peter Lorre y que Rick mete en el piano más famoso de la historia del cine antes de que suene 'As times goes by'. Es imposible saber cuántos locales han querido imitar al Café de Rick: un sitio elegante poblado por gentes honestas que nunca parecen truhanes. Al final, Humprey Bogart es más irresistible que Ingrid Bergman, porque es un hombre vulnerable y destrozado que hasta se tiene que emborrachar para ser mezquino.

El mejor broche

Nadie en su sano juicio sería capaz de emular a Rick, que es la razón por la que nos fascina. 'Casablanca' está tan bien escrita que hasta lo cursi no da demasiado pudor y no hay una sola línea que no esté redactada, como cuando Rick apunta con un arma en el aeropuerto a Renaud, que le responde: "Supongo que sabes lo que haces, pero no lo que significa". Un halo de irrealidad que se plasmó en 'Tócala otra vez Sam' (1972) en España, 'Sueños de un seductor', Herbert Ross—, escrita por Woody Allen con la reverencia de la caricatura. "Tócala otra vez Sam" es una creación suya, porque jamás se dice en la original. La fascinación cinéfila convertida en icono pop.

Foto: Fotograma de 'Cecil B. Demente' (2000), de John Waters. (Vértigo)

La frase que define Casablanca sin embargo es "Presiento que es el comienzo de una provechosa amistad", que solo es equiparable al "Nadie es perfecto" de 'Con faldas y a lo loco' del mejor cineasta de la década, Billy Wilder. Así, Rick, el hombre que luchó en la Guerra Civil española a favor de la República que ha dejado marchar al último amor de su vida en aras de un bien mayor, el arquetipo de la virtud del caballero andante, casi monacal.

Si los diálogos de Casablanca son memorables, la fotografía de 'El tercer hombre' es tan abrumadora que puede cansar por la exageración, pero después de la exhibición de Reed de ángulos expresionistas, contrapicados, sombras y claroscuros, después de la obra de arte que es la persecución en las cloacas de Viena, -uno de cuyos fotogramas copio Jacques Becker para 'La evasión' (1960)-, logró el mejor final inimaginable del cine con solo un trípode, que es el mayor exceso de todos. La pregunta no es por qué Holly Martins espera a Anna Schmidt en la escena de plano fijo, si no por qué es tan irresistible para que lo hagamos siempre nosotros.

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