Zátopek, el precio del triunfo y la victoria sobre el dolor
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Zátopek, el precio del triunfo y la victoria sobre el dolor

Un bestiario del cronista checo Ota Pavel evoca el desafío contra sí mismo en que el atleta checo convirtió una trayectoria de grandeza atlética y de persecución política

Foto: Detalle de portada de 'El precio del triunfo'. (Sajalín)
Detalle de portada de 'El precio del triunfo'. (Sajalín)

No fue Jean Echenoz quien definió a Emil Zátopek como la 'Locomotora chec', pero esta vieja designación olímpica no contradice que el novelista francés, autor de 'Correr' y hagiógrafo lírico del atleta, advirtiera en el apellido la onomatopeya, la aliteración, de una poderosa tracción ferroviaria: Zá-to-pek, Zá-to-pek, Zá-to-pek, resuena y retumba en cada zancada.

Es una manera interesante de recrearse en la portada de 'El precio del triunfo', porque la fotografía que la ocupa identifica a Zátopek descarrilando a sus perseguidores en la prueba de 5.000 metros de los JJOO de Helsinki. Y no es una metáfora. El 'recordman' checo se distancia en la última curva del fondista franco-argelino Alain Mimoun y toma distancia respecto al germano Schade, aunque la escena más angustiosa la representa el británico Chataway. Se desmorona, se le observa en el suelo como si la locomotora checa, en efecto, le hubiera descarrilado.

Les sucedió a todos los atletas que rivalizaron con Zátopek en aquella Olimpiada. Y no solo en las pruebas que el 'monstruo' dominaba de manera apabullante —5.000, 10.000 metros—, sino en la categoría reina del maratón. Nunca la había disputado hasta entonces Zátopek profesionalmente, de tal manera que la victoria tanto sirvió para colgarle la tercera medalla de oro como para deslumbrar a los espectadores y periodistas: el argentino Reinaldo Gorno, segundo clasificado, entró a dos minutos y 32 segundos del león Emil, como si fuera un vagón descarriado.

placeholder Jean Echenoz. (EFE)
Jean Echenoz. (EFE)

Tiene sentido evocar la historia porque la editorial Sajalín ha recuperado un estupendo bestiario del cronista checo Ota Pavel. Ya hemos mencionado el título, 'El precio del triunfo', pero también tiene sentido recordar el prólogo que escribió originalmente la esposa del atleta, Dana Zátopková, en 1967, también ella medallista olímpica. No ya porque retrata de forma entrañable la amistad entre el cronista y el corredor de fondo, sino porque redunda en la categoría humana que los deportistas atribuyen a la locomotora. Y porque predispone una fascinación que Ota Pavel destaca en el retrato de muchos otros deportistas. Desgraciados como el ciclista Lada. Aterrados, como la gimnasta Eva Bosáková en el trance de un salto mortal invertido. Y reventados, como el rostro del portero de hockey Josef Mikólas.

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Ota Pavel.

No es que sean la comparsa de Zátopek, pero Ota Pavel, judío superviviente entre las hoces del nazismo y del comunismo, se implica más que nadie en su compadre. Y recuerda todas las proezas que hubo de superar antes de dedicarse al atletismo. Niño débil. Operario precoz y estajanovista. Militar abnegado. Y corredor no ya individualista, sino autodidacta. Ni tuvo entrenador ni aceptó las tutelas del régimen checo, motivo por el cual terminó represaliado y hubo de resignarse al oficio de barrendero. Era la manera con que se le hizo expiar su adhesión a la euforia truncada de la Primavera de Praga. Zátopek ofreció sus medallas y su carisma de héroe nacional a la sublevación. Transcurrió siete años en el ostracismo. Y se le hizo firmar un documento de rectificación en 1975 que terminó indigestando a las dos partes.

Esta historia no la cuenta Pavel en su galería de hermosos retratos. La cuenta Jean Echenoz entre las páginas de 'Correr' (Anagrama). Que son breves e intensas, como las que dedicó a Ravel y a Tesla. Y que se 'resienten' del ritmo trepidante que Zátopek imponía a sus zancadas.

'El precio del triunfo' relativiza el dramatismo con que Zátopek se observaba

Lo hacía con un estilo desencajado, angustioso, desmadejado, pero 'El precio del triunfo' relativiza el dramatismo con que el propio Emil se observaba a sí mismo. “El dolor es misericorde”, decía. “Cuando dura mucho tiempo sin interrupción y es muy intenso, acaba por no sentirse”. Pongamos como ejemplo el maratón de Helsinki. El calor de aquella mañana. La hostilidad del recorrido. La competencia de los rivales. Y la soledad en que termina quedándose Zátopek como única referencia puntera de la carrera. Teme desmoronarse.

Y es entonces cuando Ota Pavel trasciende la mera competición para trasladarnos el tormento físico. Retumban las sienes del atleta. El latido del corazón recuerda la combustión de una locomotora desbocada. Zátopek no siente las piernas. Y no se trata de una frase hecha: no siente las piernas de verdad, hasta el extremo de que es incapaz de detenerlas cuando ya ha cruzado la meta y cuando los espectadores de Helsinki lo vitorean a semejanza de un héroe homérico.

Tenía un pastor alemán Zátopek. Paseaban juntos. O lo hicieron hasta que el animalillo decidió esconderse en su caseta el día después de un gran escarmiento. El atleta y el perro corrieron juntos unos cuantos kilómetros en el campo. Una escena lúdica, excitante, si no fuera porque el pastor alemán, pletórico de facultades, fue incapaz de seguir el ritmo del amo. O del puto amo. Porque Zátopek representó la plenitud del atletismo, haciendo sangrar las zapatillas y convirtiendo el dolor en el camino místico para superarlo y para trascenderlo.

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