AHORA SE CONVIERTE EN UN DOCUMENTAL

Cuando Herzog viajo de Múnich a París a pie para salvar a una amiga de la muerte

Este fin de semana el madrileño Pablo Maqueda estrena 'Dear Werner', un documental que sigue los pasos de Werner Herzog en el viaje a pie que hizo desde Múnich a París en 1974

Foto: Werner Herzog en una foto que aparece en 'Dear Werner'. (Llanero)
Werner Herzog en una foto que aparece en 'Dear Werner'. (Llanero)

Fue un mes como hoy, hace 46 años. El 23 de noviembre de 1974, Werner Herzog, que contaba con 32 años y un mes, se calzó unas botas "sólidas y nuevas", se abrigó con una chaqueta, se echó a la espalda una bolsa de lona con lo imprescindible —es decir, un cuaderno y una brújula—, y echó a andar pasando el Hospital de Pasing, en la zona oeste de Múnich. Y empezó a caminar en dirección a París. Más de 770 kilómetros en línea recta. "A finales de noviembre de 1974, un amigo de París me llamó y me dijo que Lotte Eisner estaba gravemente enferma y probablemente moriría; no puede ser, dije yo, ahora no, el cine alemán no puede prescindir de ella aún, no podemos permitir su muerte", escribió Herzog al comiento de 'Del caminar sobre el hielo', el cuaderno que se convirtió en libro en ese viaje invernal a pie a través de Francia y Alemania para visitar a su amiga, la crítica de cine alemana, autora de 'La pantalla demoníaca'. "Tomé el camino más directo a París, firmemente convencido de que si iba a verla a pie, ella seguiría con vida. Además, quería estar a solas conmigo mismo".

22 días de caminata. Herzog atravesó bosques, montañas y ríos sólo con lo puesto. Se coló en casas para pasar la noche. Durmió lo que pudo. Comió lo que le dejaron. Dos años atrás había estrenado 'Aguirre, la cólera de Dios'. Si había sobrevivido a las lluvias torrenciales peruanas, a las alturas del Huayna Picchu y a la cólera de Klaus Kinski, cruzar la Selva Negra con un pie detrás del otro no parecía una odisea más lacerante que aquella. Durante aquellas tres semanas, el alemán rodó una película sin imágenes, con palabras, y casi cinco décadas después el cineasta madrileño Pablo Maqueda ha tomado aquel viaje como punto de partida de su documental 'Dear Werner', una carta de amor al cineasta en particular y al cine —a la creación— en general, que se estrena este fin de semana en salas. Una película, seleccionada en la sección Nuevas Olas de No Ficción del Festival de Sevilla, para la que el propio Herzog interpreta algunos pasajes de su libro, la brújula de Maqueda en esta travesía por una Europa muy diferente a la de entonces.

"Querido Werner: desde que me bajé del autobús decidí que caminaría. Por los bosques. Por la niebla. Por mis sueños", comienza su misiva Maqueda, que con sus dos pequeñas cámaras de vídeo recorre el trazado exacto, los mismos kilómetros, las mismas paradas, que trazó Herzog en 1974, cuando salió de una Alemania dividida en dos. El paisaje urbano de Múnich da paso a los pastos verdes de la Baviera rural, las cordilleras graníticas de la Selva Negra, los bosques de abetos, las aguas del Rin, las rocas cristalinas de Los Vosgos y el pavés mojado de París. "Me arde el rostro por el frío", se quejó Herzog en 1974. "Me arde el rostro por el frío", se queja Maqueda en 2020.

Una empresa tan demencial sólo puede nacer de una crisis, y si la de Herzog fue la noticia de la enfermedad de Eisner, la de Maqueda fue la muerte de un proyecto personal en el que había invertido seis años. "Recibí un golpe muy duro con la financiación de mi próxima película, ‘La desconocida’, un golpe que nos obligaba a volver a la casilla de salida y estaba hundido, en la mierda", reconoce Maqueda. "Después de seis años de trabajo, estaba muy tocado y mi confianza a la hora de contar historias se estaba viendo afectada. Entonces me acordé de ‘De caminar sobre el hielo’, que es un libro motivador en su afán por lo desconocido y la conquista de la aventura. Entonces decidí hacer esta película mía y decidí darme yo el permiso de hacerla: nadie me iba a dar el permiso. Ningún comité de selección, ninguna distribuidora, ningún agente de ventas: iban a ser sólo mis pies. La experiencia de hacerla fue lo que me empujó a hacerla, independientemente de que después se hubiese quedado en un cajón"

Una imagen de 'Dear Werner'. (Llanero)
Una imagen de 'Dear Werner'. (Llanero)

El día que decidió seguir los pasos de Herzog, literalmente, Maqueda se propuso caminar 25 kilómetros diarios para preparar sus pies. “A veces me levantaba a las cuatro de la mañana y me iba a caminar por la Casa de Campo en mitad de la noche. Y, entonces, descubrí que la ciudad de Pozuelo está repleta de conejos en la madrugada. Te hablo de miles de conejos, como si fueran ‘Los pájaros’ de Hitchcock. Pero eso no lo sabe la gente, porque, ¿quién va a caminar a las cuatro de la madrugada?”. Con el libro en una mano y Google Maps en la otra, Maqueda preparó la ruta, una ventaja tecnológica sobre el viaje de Herzog cuarenta años atrás. "Aun así fueron muchos días andando y estuve muchas veces en mitad de la nada, de la Selva Negra alemana sin cobertura, acojonado", admite. "Fue una locura, porque en invierno, en la Selva Negra, hay un tipo de garrapata cuya picadura puede ser hasta mortal. Tenía que ir con tres capas de ropa, completamente acojonado. Un urbanita como yo tuve que aprender muchas cosas sobre la vida en la naturaleza. Siempre soñé con intentar subir una montaña en mitad de la noche, bajo el frío, y esperar a que amaneciera".

En su diario, Herzog recoge su agotamiento físico, su sorpresa por descubrir parajes desconocidos, sus conversaciones con quienes van saliendo a su paso. Maqueda, de la misma manera, lo registra en imágenes."He perdido muchísimos miedos, sobre todo el miedo a lo desconocido, pero también el miedo a la oscuridad. Atravesé el bosque andando solo, rodeado de animales que salen a tu acecho. Eres casi como un búho y los ojos se van acostumbrando a la oscuridad. También he perdido el miedo a lo físico: Herzog, en una de las etapas, camina 70 kilómetros. Hice la misma ruta, las mismas paradas, los mismos kilómetros que hizo Herzog en los años 70, para ver cómo respondían mi cuerpo, mis piernas, para tener las mismas sensaciones que tuvo él. Él cuenta cómo sus piernas se iban a quebrar en cuanto tocasen el suelo, como si fuese un saltador de esquí. Y, en efecto, eso sentí. Tenía los músculos completamente agarrotados y las plantas de los pies llenas de ampollas".

Portada de 'Del caminar sobre hielo'
Portada de 'Del caminar sobre hielo'

Sin llegar a allanar casas ajenas para pasar la noche, Maqueda sí que se ha colado hasta donde le ha permitido quienes se han cruzado en su camino. Incluso ha tenido la oportunidad de conocer y filmar otro hito de su viaje-homenaje: las nieves de Scharang, el pueblecito de los Alpes bávaron en el que se crió Herzog y donde el alemán vio su primera película a los 14 años. "Al haber emprendido el viaje en pleno invierno me ha permitido encontrar esos parajes anclados en el tiempo, como algo totalmente fantasmagórico. Cuando yo llego a Domrémy-La-Pucelle, el pueblo de Juana de Arco, me encuentro un lugar fantasma, donde no hay absolutamente nadie, un sitio dominado por colores muy medieval, casi me sentía viajando al pasado. Me encontré un carromato en mitad de la hierba".

'Dear Werner' nació como una carta sin ambición de respuesta, pero la misiva llegó a manos de Herzog una vez rodada y montada. "Al terminar la película, Haizea, la productora, ve que hay una película que puede incluso llegar a salas y decide enviarla a su destinatario", explica. "Yo todas las preguntas que me hago en la película es como quien reza a un dios, sin esperar respuesta, pero fue muy bonita su generosidad cuando recibió la película, porque se ofreció a aparecer en ella. Íbamos a caminar juntos, como un maestro y un aprendiz del pasado. Teníamos todo listo para grabar, pero llegó la pandemia y tuvimos que cancelar todo. Pero eso fomentó una relación más estrecha, me daba apuntes de guión y, como guinda, se ofreció a interpretar y narrar pasajes de la película".

Cuatro pies que han recorrido el mismo suelo, transformado por la pátina del tiempo. Cuatro pies que acaban sentados en una butaca, con una última reflexión: "Sabía que estaba solo, que había venido a pie, y que estaba indefenso: me comprendió.Durante un espléndido y breve momento, algo apacible fluyó por mi cuerpo cansado de muerte.Le dije: abre la ventana, ya hace unos días que sé volar".

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