Auge y caída de un reportero

Miedo y asco en el oasis catalán: la vida psicópata de Alfons Quintà

Jordi Amat desvela el lado truculento del prestigioso periodista —primer director de TV3 y primera estrella de 'El País' en Cataluña— en uno de los grandes libros de no ficción del año

Foto: El periodista Alfons Quintà. (TVE)
El periodista Alfons Quintà. (TVE)
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El periodista Alfons Quintà (1943-2016) apareció muerto en su domicilio junto a su mujer, Victória, el 19 de febrero de 2016. Quintà fue el primer delegado de ‘El País’ en Cataluña, primer director de TV3 y autor de grandes exclusivas.

Quintà asesinó a su mujer con una escopeta de caza y después se suicidó.

Un final truculento, pero la deriva siniestra del reportero venía de lejos.

Alfons Quintà tenía 16 años (1959) cuando trató de chantajear a un amigo estrecho de su padre, el escritor Josep Pla, para lograr que su familia le dejara salir al extranjero. El joven Quintà sabía cosas sobre los contactos de su padre y Pla con el exilio antifranquista. Cosas que quizás interesarían a la policía franquista. "Quintà tiene información y está dispuesto a usarla para chantajear a Josep Pla. La información es poder. Quintà lo aprende pronto", escribe Jordi Amat en ‘El hijo del chófer’, sensacional biografía sobre Quintà que publica hoy Tusquets.

El chaval Quintà prometía, en efecto, por la red de contactos paternos y por su pericia para moverse entre bambalinas sin grandes escrúpulos; así que acabó llegando a lo más alto de la pirámide profesional, aun a costa de alienar a todos y descarrilar por exceso de maniobras oportunistas y maldades.

Quien tiene poder sabe que personas amorales como él son enemigos temibles y aliados necesarios


El Día D de Alfons Quintà fue una reunión con Jordi Pujol en 1982. Tenía 38 años. Es el punto de inflexión que anticipó la segunda parte de su vida periodística, parodia grotesca de la primera. De titán del cuarto poder a marioneta del Poder, con un confuso final en el que batalló contra los espectros de su pasado disparando en todas las direcciones.

La compra

Quintà fue la oveja negra original del pujolismo. No había tomado aún posesión Pujol como presidente de la Generalitat, tras ganar sus primeras elecciones en 1980, cuando Quintà publicó en ‘El País’ que algo olía a podrido en Banca Catalana, controlada por la familia Pujol. Primero de una serie de artículos que tambalearon a Pujol, cuyo poder aún era precario. No obstante, el 'president' aguantó la embestida y la acabó utilizando a su favor.

Todo se precipitó cuando Juan Luis Cebrián, director de 'El País', dio una patada hacia arriba a Quintà, que, ofendido, abandonó ‘El País’. Pujol olió sangre, citó a Quintà y le hizo una proposición deshonesta y atractiva a partes iguales.

Gracias a ‘El Padrino’, sabemos que bodas y funerales son lugares óptimos para desatascar conflictos. Poco después de reunirse con Quintà, Pujol se encontró en el velatorio de Josep Pla a Narcís de Carreras, expresidente de La Caixa. Carreras, para congraciarse con el 'president', criticó a Quintà por sus artículos sobre Banca Catalana, pero Pujol le dijo: "No te preocupes, el asunto Quintà ya está solucionado", cuenta Jordi Amat en el libro. Solucionado.

Hay muchas maneras de neutralizar a un díscolo. Quintà era muy de enviar cabezas de caballo a sus enemigos, pero Pujol era más sutil… y osado. Aunque Quintà llevaba meses erosionando su reputación, Pujol le ofreció el cargo más estratégico de la nueva Generalitat: la creación de TV3. ¿No sería mejor darle ese cargo sensible a uno de los nuestros en lugar de a este señor que nos ataca todo el rato?, alegaron los perplejos asesores del 'president'. Pero Pujol sabía que Quintà ya era uno de los suyos, como describe Amat en el libro: “Como conoce la complejidad humana para usarla en favor de su afán de poder —Pujol es un animal político—, ahora puede convertir en aliado a quien hasta este momento ha sido un enemigo. Quintà está en una situación de debilidad que puede serle útil. Pujol, que conoce que el comercio de los hombres es la verdad profunda de la política, sabe que puede serle útil… Lo está fichando y al mismo tiempo lo está coaptando… La gente pensará que ha habido un chantaje. Piensa demasiado. No es un misterio. Es la otra cara de la realidad. Son los negocios del poder. Existen unos códigos y ellos dos, sin explicitarlos, los conocen. Pujol los domina. Quintà cree que también. Ni hace falta hablar de Banca Catalana. Forma parte del pacto. Termina la reunión. Fin”.

No es que Quintà no fuera apto para dirigir TV3, al contrario, pero se había convertido en periodista de prestigio cargando contra el hombre que ahora iba a ser… su jefe político. Raro.

Quintà, al teléfono en TV3 durante los primeros días de la cadena. (TV3)
Quintà, al teléfono en TV3 durante los primeros días de la cadena. (TV3)

Quintà puso en marcha con éxito TV3, al crear una estructura profesional y una programación de estándares europeos, pero a cambio, borracho de poder, empezó a perder la cabeza en la oficina. Confundió el poder con la tiranía y el abuso. “El problema no es ideológico. O eso es secundario. Es algo más peligroso. El problema es la conducta y la progresiva instauración de un clima de asedio y terror… Actúa como un tirano… Depende de cómo esté ese día, porque su humor es muy variable, algunos redactores no se levantan de la mesa para no cruzarse con él por el pasillo. Hay mujeres que sienten con asco cómo va acercándose su respiración… Rosa Maria Calaf, que empieza a comprender que el director no es un excéntrico sino una persona dominada por la maldad se atreve a comentar la situación con compañeros y responsables. Pero nadie lo ve ni la cultura del momento exige una relación profesional marcada por el respeto. El director del proyecto sabe que tienen el poder y sabe que puede actuar, sí, como un tirano porque cumple su misión”, escribe Amat.

Tras la segunda victoria electoral de Pujol, el caso Banca Catalana estalló del todo, con la fiscalía anticorrupción señalando a los Pujol por la quiebra del banco y por apropiación indebida. Como director de TV3, Quintà se encargó personalmente de elaborar la pieza televisiva que entronizó a Pujol: el 'president' como víctima de Madrid, aclamado por el bello pueblo, si atacaban a Pujol, atacaban a Cataluña. Quintà había pasado de bestia negra a Leni Riefenstahl del pujolismo.

¿Y el caso Banca Catalana? Anticorrupción acabó sucumbiendo tras no pocas presiones de los poderes madrileños (Pujol ya era 'too big to fail' para el sistema), y el pujolismo se afianzó del todo envuelto en la bandera del victimismo.

La venganza

Meses después, Quintà fue despedido como director de TV3, pero recuperado después por los fontaneros más turbios del pujolismo para dirigir un nuevo periódico, ‘El Observador’, creado para competir con ‘La Vanguardia’, pero que se hundió de manera rápida y deshonrosa (bebió del fondo de reptiles de Javier de la Rosa para engrasar negocios en el triángulo Generalitat, Kuwait, Zarzuela).

En sus pocos meses al frente de ‘El Observador’, Quintà entró en barrena como jefe. Tras su paso por 'El Mundo', llegó la decadencia profesional. Con un pequeño revival final: coincidiendo con el boom independentista, Quintà denunció sin cuartel la hegemonía pujolista, apariciones incluidas en Intereconomía. El Quintà tardío decía haber sido "engañado" para hacerse cargo de TV3.

¿Tenían todos estos bandazos periodísticos coherencia alguna? Para buscarla hay que bucear en la cabeza de Quintà, cargada de ambición y furia. "Mirando lo que nadie quiere ver, Alfons Quintà oscurece la realidad en sus artículos a la vez que se autorretrata mostrando su carácter y sus obsesiones. Está la realidad, donde la vida pasa, y hay otra dimensión de la realidad, que también forma parte de la vida, donde domina la ambición, la lucha por el poder y la supervivencia. Esta otra dimensión es la que ve Quintà. La única. Como si viviera allí o casi siempre estuviera atrapado", escribe Amat.

Además de ambición, poder y supervivencia, hay un hilo secreto que une a todos los Quintà: la venganza.

"Hay quien actúa desde el cuarto poder no para informar mejor sino para traficar con la información y consolidar influencia y cuotas de poder político"

Antes de desvelar el agujero de Banca Catalana y ser captado para TV3, Pujol ya se había cruzado en el camino del periodista. En los años setenta, Quintà fue despedido de uno de sus trabajos (la elaboración de la 'Enciclopedia Catalana') tras cortar Pujol el grifo financiero al proyecto. El periodista tomó nota. Un patrón revanchista habitual.

Cuando buscamos las fisuras a una exclusiva periodística, solemos analizar los intereses ocultos del medio y de la fuente, ya sean económicos o ideológicos. Pocas veces nos fijamos en los estímulos psicológicos del periodista. El problema de Quintà no es que mintiera o dijera la verdad (hubo de todo) es que su motivación solía ser la venganza. Periodismo de investigación como instrumento para saldar cuentas pendientes (reales o imaginarias).

¿El origen remoto de este comportamiento? El abandono paterno, según Amat. El padre de Quintà llevó una triple vida: hizo más caso a Josep Pla, del que era hombre para todo, y a sus aventuras sentimentales, que a su familia. Ahí empezó a fermentarse el resentimiento del joven Quintà, que ya no volvería a aguantar ni media traición en su vida. El caso era vengarse del padre en cualquiera de sus encarnaciones fantasmagóricas: su padre pasó a ser cualquiera que no se plegara a sus deseos. Vivió en un bucle permanente de traición y venganza. Resentimiento total hacia todo aquel que le diera la espalda (empresas, compañeros de trabajo, parejas sentimentales) aun cuando alejarse de él estuviera justificado por sus explosiones lunáticas.

Quintà, como jefe y pareja retorcida hasta la patología. "Pareciera como si la imposibilidad de matar al padre la reconvirtiese en una vivencia brusca con las mujeres, otorgándole al sexo una importancia psicótica. También ese fuego interior le convertía en un obsesivo sin freno, empeñado en conseguir una información al precio que fuese yendo más allá de la moral (...) Dispone de enormes conocimientos y de una memoria envidiable, pero es un ser que en la dimensión privada y social resulta muy difícil de soportar. Así se muestra y así es contemplado y así se normaliza su figura en los medios periodísticos. Los problemas que le van surgiendo, los de la época o alimentados por su personalidad conflictiva, los interioriza como humillaciones. Tiene que vengarlos", escribe Amat.

Todo esto podría ser la historia de una degradación periodística de altos vuelos, en efecto, pero es algo mucho más truculento, dado el abismo psicológico de Quintà.

La entrevista

‘El hijo de chófer’ es, por tanto, más que una biografía. Es el descenso a los infiernos de un periodista que lo fue todo, la intrahistoria de las relaciones entre el pujolismo y la prensa y el trastorno de un hombre como reflejo de las disfunciones del sistema. También es un libro crudo sobre la cara b del periodismo en España; sobre la corrupción del cuarto poder (encantando casi siempre de conocerse).

Amat ensambla la trastienda de la construcción de una vida con la trastienda de la construcción de un país. Vistas desde el patio trasero personal y social. Lo que pasa cuando nadie está mirando. El monstruoso Quintà como espejo deformante de un sistema de poder. Visión analítica, estilo frío y ritmo hipnótico... 'El hijo del chófer' es uno de los grandes libros de no ficción del año. Hablamos con Jordi Amat (Barcelona, 1978).

PREGUNTA. ¿Qué diría un psiquiatra sobre Alfons Quintà?

RESPUESTA. Cuando empecé a imaginar cómo era la personalidad del periodista asesino y suicida, mi idea de partida era que esencialmente se trataba de un hombre malvado. Pero hay conductas diversas —la del chantaje, para empezar— que algún médico me ha comentado que permitirían describirlo como un psicópata. A algunas de sus parejas, retrospectivamente, les parece que actuaba como alguien que sufría un trastorno bipolar. En 1980, Quintà escribió la necrológica de uno de los psiquiatras catalanes más prestigiosos de su tiempo: Joan Obiols. Por el contenido, podía deducirse que habían tenido alguna relación. Y pregunté si se conservaba en su archivo alguna historia clínica de Quintà. Y no.

P. ¿Nos dice algo la trayectoria de Quintà sobre lo que antaño se conocía como el oasis catalán? ¿El oasis era un espejismo?

Bajo ese oasis mítico, lo que había era una charca

R. En el mundo de los hombres del poder, en Cataluña o en cualquier parte, los oasis, como tú sugieres, son espejismos. Presentar la esfera del poder y la influencia como un oasis, como repite el tópico que se originó en la Cataluña republicana, puede encubrir lo que en realidad son relaciones de fuerza e interés. Lo que el libro creo que descubre es que bajo ese oasis mítico, lo que había era una charca. ¿No sería el pujolismo la variante catalana de lo que hemos venido a llamar el Régimen del 78? Yo creo que sí. Y que en la constitución de ese régimen fue clave la respuesta política, en múltiples frentes que se dio al caso Banca Catalana. El poder se sintió impune y en parte la corrupción se incrusto en las instituciones del poder catalán de la democracia.

P. ¿Quintà es más producto del sistema, manzana podrida o reflejo de las disfuncionalidades del sistema?

R. Todo a la vez, diría. Es un caso patológico, lo sabemos, desde su primera juventud. Pero su carrera profesional, que empieza a finales de la década de los sesenta, también desvela las patologías del sistema periodístico y político de un tiempo tan excepcional como es el de la agonía de un régimen, el del tránsito a otro y el de la construcción de un nuevo orden. Quintà, que fue un periodista crítico con buenas fuentes durante su mejor etapa en 'El País', acabó integrado en ese orden porque quien tiene poder sabe que personas amorales como él son enemigos temibles y aliados necesarios.

P. Acabó convirtiendo el periodismo de investigación en un instrumento para la venganza. ¿Es una excepción en la profesión? ¿Era un mal periodista?

El ejercicio histérico de la autoridad, con conatos de violencia, entonces aún era posible

R. Espero que sea una excepción, pero es evidente que hay quien actúa desde el cuarto poder no para informar mejor sino para traficar con la información y consolidar influencia y cuotas de poder político. En el libro creo que he podido reconstruir con cierta precisión cuál fue la gestión política de la información sobre Banca Catalana y cómo hubo vasos comunicantes entre el gobierno, el Banco de España, Pujol y 'El País'. ¿Mal periodista? No respetaba los códigos deontológicos, no consultaba las fuentes que podían cuestionar sus artículos, no contrastaba lo suficiente. Pero él dio la primicia de los contactos entre Tarradellas y el gobierno Suárez, su primer artículo sobre Banca Catalana es una pieza clásica. Incluso en su período de mayor decadencia denunció con buena información la dinámica opaca de privatización del sistema sanitario en Cataluña y, cuando se atrevió, describió con gran precisión la trama del pujolismo. ¿Mal periodista? Un periodista culto, con etapas brillantes, pero dentro del cuerpo de un hombre pérfido.

P. ¿Ha cambiado este libro su visión sobre las relaciones entre periodismo y poder?

Portada.
Portada.

R. Diría que, más que cambiar mi visión, he ido confirmando lo que hasta ahora solo era una sospecha. El poder no quiere ser fiscalizado y eso tensa las relaciones entre periodismo, política y dinero. El poder ha necesitado representarse, incluso para invisibilizarse. Al poder económico, por ejemplo, el cuarto poder sobre todo le interesa para ocultarse tras un velo de respetabilidad. El poder político, por el contrario, quiere controlar cómo es percibido para mantener la autoridad que necesita para mandar en democracia. Por eso Cebrián recibe presiones para desactivar a Quintà y el responde que cada día le llaman varios ministros. Por el mismo motivo, Pujol quiere una televisión.

P. Visto desde 2020, resulta difícil de digerir un jefe tan desagradable y abusador como Quintà, sin embargo, en los ochenta reinó sin grandes sobresaltos. ¿Valía todo entonces?

R. Uno de los periodistas catalanes más influyentes, que trabajó con Quintà en 'El Observador', me contó que el clima de terror que imponía era tan salvaje que entonces leyó a Primo Levi para saber cómo sobrevivir a situaciones de acoso e inmoralidad cotidiana. Creo que ese clima, que en TV3 llegó a momentos caóticos y no sé hasta donde fue capaz de llevar el acoso, entonces parecía anómalo y peligroso, pero no delictivo. Y creo que el ejercicio histérico de la autoridad, con conatos de violencia, entonces aún era posible, pero en los noventa, por suerte, empezó a ser considerado intolerable. Y fue entonces, precisamente, cuando la parábola profesional de Quintà empezó a declinar hasta llegar a la irrelevancia.

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