polémica

Barrera, el racista al que defiende Torra: contra andaluces, negros y débiles mentales

¿Quién fue el dirigente de ERC al que el Ayuntamiento de Barcelona ha retirado una medalla ante las protestas del presidente de la Generalitat?

Foto: El fundador de ERC Heribert Barrera (i), en un acto de Junts per Catalunya en 2008 junto a Jordi Porta (EFE)
El fundador de ERC Heribert Barrera (i), en un acto de Junts per Catalunya en 2008 junto a Jordi Porta (EFE)

En Cataluña, salvo excepciones, la política de los últimos años es un constante vaivén de gestos y polémicas simbólicas, útiles para subir el volumen y nulas en lo concerniente al interés ciudadano. Sin embargo, el debate establecido a partir de la revisión de la memoria histórica puede deparar sorpresas, como la acaecida esta semana en el pleno del Ayuntamiento de Barcelona, rotundo al retirar la medalla de honor de la Ciudad Condal a Heribert Barrera (Barcelona 1917-2011), histórico dirigente de Esquerra Republicana de Catalunya, única formación, junto a JxCAT, reacia a la decisión del resto de formaciones del consistorio. El presidente Quim Torra defendió con un tuit a Barrera

Barrera ingresó en la arena política en 1934, luchó en varios frentes de la Guerra Civil y se destacó durante el Franquismo, primero en el exilio y más tarde en el interior, en su labor de resucitar el partido de Francesc Macià y Lluís Companys. Con la recuperación de la Democracia mantuvo una línea firme basada en la restauración del Estatut de 1932. Elegido diputado a Cortes en 1977, encabezó la lista de ERC a las primeras elecciones del Parlament Catalán en 1980. Esos comicios marcaron un antes y después inesperado, pues la cantada victoria socialista se derrumbó para propiciar el triunfo de Convergència i Unió, capitaneada por Jordi Pujol, quien accedió a la presidencia de la Generalitat gracias a los votos de Esquerra, con Barrera elevado a la presidencia de la cámara de la Ciutadella.

Su presencia nunca levantó unanimidades, y como muestra, pese a su permanencia en la secretaria general de ERC entre 1976 y 1987, los votantes penalizaron la preponderancia de un líder tan controvertido en la cita a las urnas de 1984, donde los republicanos perdieron nueve escaños hasta caer en la irrelevancia por la mayoría absoluta de Jordi Pujol, autoerigido en padre de la patria y hombre providencial, más henchido si cabe durante las primeras sospechas de su comportamiento corrupto a partir del caso Banca Catalana.

Barrera pasó a un segundo plano en la década de los noventa, donde ostentó entre 1991 y 1995 el cargo de presidente de ERC, justo cuando las ilusiones de esta naufragaban en una amarga travesía en el desierto, con pequeños ascensos electorales nada determinantes hasta la eclosión de Josep Lluís Carod Rovira, en 1999 comodín para brindar un último mandato a Jordi Pujol y en 2003 clave para aupar a Pasqual Maragall al anhelado sueño izquierdista de virar el paisaje mediante el tripartito del Tinell entre el PSC, ICV y la misma ERC, deslucida por los contactos de su candidato con ETA justo un mes después del gran y frustrado cambio en el palacio de la plaza Sant Jaume, inesperado giro del guion culminado con la forzada dimisión de Carod, reemplazado en el segundo escalafón del Govern por Josep Bargalló, actual 'conseller' de Ensenyament.

Racismo supremacista

Barrera fue un hombre de gatillo verbal fácil y nunca se mordió la lengua. En 2001, Enric Vila publicó el volumen 'Què pensa Heribert Barrera?', compendio de muchas de sus ominosas sentencias, nada sorprendentes si se atiende a cierto supremacismo nacionalista vigente durante la Segunda República, cuando, como cuenta Chris Ealham en su referencial 'La lucha por Barcelona' (Alianza), la recién instaurada Generalitat quiso deportar a los murcianos, llegados en masa durante el gran alud migratorio de los años veinte, a su región de origen.

Barrera.
Barrera.

Entre las perlas de Barrera, formado en esa escuela más proclive al Estat Català de Macià que al Partido Republicano Catalán de Companys, debemos mencionar algunas de relieve: "Los negros de América tienen un coeficiente inferior a los blancos". "Se debería esterilizar a los débiles mentales de origen genético". "Prefiero una Cataluña como la de la República, sin inmigración". "Podemos haber superado la inmigración andaluza, pero no sé si podremos con la sudamericana y magrebí".

"Los negros de América tienen un coeficiente inferior a los blancos", según Barrera

La Rambla de sus fantasías solo podía brillar sin mestizos y abundancia de blancos. Por lo demás, como si no bastara todo este cúmulo de barbaridades, en la primera década de 2000 se alineó con los postulados del ultra austríaco Georg Haider, pues afirmar que en Austria había demasiados extranjeros no era ninguna proclama racista, algo en sintonía con sus alegatos contra el bilingüismo o la preferencia por Cataluña, siempre por delante de la Democracia.

Referentes y derivas

Ante tal tesitura no está de más retrotraernos a los oportunismos de la memoria. En este periódico escribimos en junio de 2019 sobre Josep Maria Batista i Roca (Barcelona 1895-1978), acérrimo impulsor de un ejército catalán, hasta incidir en el terrorismo de EPOCA durante la Transición española, y adalid de una eugenesia a la catalana. Mientras se retira la medalla de honor a Barrera la estatua de Batista campa, medio escondida, en una calle del opulento distrito barcelonés de les Corts, una contradicción de bulto, como tantas otras en este sentido del Consistorio dirigido por Ada Colau, repleto de promesas en 2015 sobre la retirada de símbolos franquistas y monárquicos, valiente en 2016 al proponer una exposición pedagógica sobre la estatuaria pública de la primera posguerra y ambivalente a la hora de culminar una tarea sin duda difícil, pero necesaria. En la Ciudad Condal el nomenclátor tiene decenas de nombres heredados de la dictadura, algunos desapercibidos, como la avenida Roma, rebautizada así en 1940 tras la visita de Ciano a Barcelona, y otros a la vista de todos, como el pasaje García Cambra, del Guinardó.

El presidente de la Generalitat, Quim Torra (i), acompañado del vicepresidente, Pere Aragonès (d), a su llegada a una reunión del Govern. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Quim Torra (i), acompañado del vicepresidente, Pere Aragonès (d), a su llegada a una reunión del Govern. (EFE)

En el caso de la antigua Convergència la cuestión conlleva un conflicto abierto entre dos formas de entender Cataluña, mucho menos específicas y encuadradas en esa vorágine occidental de lucha entre lo rural, menos poblado, y las áreas metropolitanas. Si en el Reino Unido Londres votó contra el Brexit, si en la Ile de France Macron arrasó contra Le Pen durante las presidenciales de 2017, en Barcelona la mayoría nunca ha sido soberanista, y el ayuntamiento es un bastión socialdemócrata con mucha nostalgia de la etapa maragalliana.

Este ir en contra de la hegemonía no sienta muy bien a Quim Torra, quien maneja desde su posición un discurso donde Barcelona es criminalizada, desde el verano de 2019 por la exagerada oleada de delincuencia veraniega y desde otras coordenadas como un lugar indigno de ser la capital del país. Tras la retirada de la medalla a Barrera el vicario de Puigdemont en la Generalitat declaró que Barcelona se ha vuelto una capital empequeñecida, provinciana y mezquina.

Torra muestra una inquietante afinidad con el defenestrado por el pleno municipal

En estas palabras retumban dos factores. Por un lado la urbe por excelencia de Cataluña debe emprender un proceso, como muchas otras, de reposicionamiento, y no solo por la crisis sanitaria, sino por cómo el 'procés' ha repercutido en su proyección en el escaparate internacional, pero Torra no pone el dedo en la llaga por eso, sino más bien desde la inclusión de Barrera en el pequeño gran santoral de sus referencias, y aquí la ecuación da como resultado una inquietante afinidad con el defenestrado por el pleno municipal.

Cultura

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
51 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios

Lo más leído