68 EDICIÓN DEL FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN

Festival de San Sebastián: día cero

La 68 edición del Festival de San Sebastián comienza este viernes con unos protocolos de seguridad estrictos

Foto: Dos fotógrafos trabajan frente al Hotel María Cristina. (EFE)
Dos fotógrafos trabajan frente al Hotel María Cristina. (EFE)

El avión con destino a San Sebastián despega a medio llenar de un aeropuerto de Barajas desértico. Apenas colas para embarcar. Detrás de las mascarillas, algunos agentes de prensa, trabajadores del Ministerio de Cultura y del ICAA y los críticos de cine de 'El País', casi siempre los primeros en llegar. Donosti recibe con un sol agradable en unas calles que otros años ya estarían en ebullición. Ahora, tan solo las vallas publicitarias adelantan que esta semana será diferente. Alguna alfombra roja forrada de plástico todavía —porque aunque este año no haya paseíllo, no hay que perder el glamur—. Y, 'Patria', claro. 'Patria', 'Patria', 'Patria' allá donde uno mire. Me cuentan que donde ahora se extiende el enorme cartel de la serie estrella de HBO España, una vez un director cabreado por una crítica grafiteó "Boyero vas a morir", firmado: ETA.

Será un año sin muchas estrellas, vaticinaron. Nadie quiere viajar por el coronavirus y, sin alfombra roja, tampoco tiene mucho sentido. Algunas entrevistas y ruedas de prensa se harán a través de Zoom desde la comodidad —o incomodidad, depende de lo que se haya conseguido racanear al medio matriz— de la habitación de hotel. La primera en pisar el Hotel María Cristina, Gena Gershon, pasado el mediodía. Irreconocible tras una mascarilla negra, unas gafas de pasta y un sombrero de paja, la protagonista de la última película de Woody Allen, que inaugura este viernes la Sección Oficial, departe alejada de las multitudes de otras ediciones con José Luis Rebordinos, director del festival.

Gena Gershon saluda a José Luis Rebordinos. (EFE)
Gena Gershon saluda a José Luis Rebordinos. (EFE)

Entre entrevista y recepción, Rebordinos descansa en los alrededores del hotel emblema del 'star system' de Zinemaldia, inaugurado en 1912 y con una historia de huéspedes donde caben desde Trotsky hasta Mata Hari. Y próximamente, Johnny Depp. No se había anunciado hasta el jueves, por aquello de una posible cancelación de última hora, pero seguro que la presencia de Depp no disuade al 'fandom' ni a pesar de la pandemia ni del pronóstico del tiempo. El actor llega a Donosti en calidad de productor del documental 'Crock of Gold', dirigido por Julian Temple y que lleva a la pantalla la vida y obra del poeta irlandés Shane McGowan, primer cantante de The Pogues. Otro actor generacional, aunque quizá no para los 'millennials' de a pie, competirá por los 'flashes' con Depp: Matt Dillon también visitará el San Sebastián más extraño, esta vez como director de otro documental musical, centrado en la figura del cantante cubano Francisco Fellove.

Pero ni Dillon ni Depp se pasearán por los soportales del Museo San Telmo en la fiesta de inauguración habitual. Probablemente, nunca lo hubiesen hecho, pero de fantasear vive el fan. No habrá San Telmo, ni Bataplán ni sala Gu. No habrá cábalas nocturnas, cervezas mediante, ni comidas a destiempo en los bares de 'pintxos' atestados de acreditaciones colgantes. La terraza del Londres, vacía. Al igual que el minibar. El festival se ha quedado en lo magro. Ya no habrá que arrastrarse con las rodillas desnudas para mendigar una invitación. Pero nuestros jefes estarán más contentos: las crónicas llegarán a tiempo y sin excusas. Y los relaciones públicas respirarán aliviados. En el Kursaal, mascarilla, gel y distancia. Antes de recoger la acreditación, una firma preventiva, una promesa de papel de que no habrá reuniones clandestinas.

Un hombre pasa en bici este miércoles junto al Kursaal. (EFE)
Un hombre pasa en bici este miércoles junto al Kursaal. (EFE)

En los puestos de información, mascarilla, gel y distancia. En la sala de cine, mascarilla, gel y distancia. Solo al llegar a la habitación una se siente libre, como al desembarazarse del sujetador. La ventaja: con la mitad de la cara cubierta por una tela, todos podemos ser Johhny Depp. Pero no deja de invadirnos una melancolía anticipada al imaginar una edición cuyo recuerdo será un álbum de caras mutiladas.

Cuenta Rebordinos, orgulloso, que a pesar de todo este año hay buena cantidad de joyas, algunas arrebatadas a Cannes, otras que les ha arrebatado Venecia. Pero lo más importante, incluso más que la selección, es la propia existencia. Sentir que no todo es el coronavirus, que habrá un después y que hay un además. Con cuidado, con medidas, pero hay que reivindicar la normalidad más allá del miedo. Sentir que existimos al margen de aquello que lo ha ocupado y lo ha contaminado todo. Que habremos aprendido algo. Que 2020 no será un año vacío.

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