CRONICA CULTURETA

Cuando morir de amor es mejor que vivir sin él

Matteo Nucci viaja a la Grecia remota para llevarnos al abismo de Eros y a la vigencia contemporánea de los dioses arcaicos y héroes remotos

Foto: 'Eros y Psique' (François Gérard, 1798)
'Eros y Psique' (François Gérard, 1798)

El título del ensayo de Matteo Nucci es inequívoco -'El abismo de Eros'-, pero el subtítulo -'El amor y la seducción en la antigua Grecia'- puede llevar a engaño. Porque Nucci no localiza el desgarro amoroso en un tiempo y en un lugar, más bien recorre los pasos de Homero, de Hesiodo, de Safo y de Sócrates para demostrarnos que las pasiones afrodisiacas contemporáneas permanecen expuestas al arbitrio de los dioses arcaicos y de los mitos remotos.

Se trata de hacer un viaje. No ya visitando la Esparta donde nació Helena o la Chipre donde recaló Afrodita, sino despojando de la pátina del tiempo y del tópico a los libros primigenios que osaron a tratar sobre la incandescencia del amor. Ninguno más elocuente que la 'Teogonía' de Hesiodo. Y la intuición estética con que el poeta griego atribuyó a Eros no tanto la simiente del mundo en el vientre de la tierra (Gea) como el principio de agitación y estrépito de los humanos. Eros es una fuerza líquida, irresistible e ingobernable, “la misma que hace temblar las piernas, somete el raciocinio, empuja al apareamiento y la reproducción”, escribe Nucci evocando un pasaje de Hesiodo y ubicando a los congéneres en el extremo del abismo.

'El abismo de Eros'
'El abismo de Eros'

Puede que no exista una materia ensayística ni literaria más difícil que el amor. El peligro de incurrir en la cursilería es tan grande como el de conducirse por las divagaciones pretenciosas. Matteo Nucci ha preferido acudir a los orígenes. Sabiendo que los hombres somos efímeros, pero que los dioses son inmortales a fuerza de repetir una y otra vez sus prodigios y sus engaños. Pongamos por ejemplo el mito de Prometeo. La audacia con que el héroe griego robó el fuego a los dioses. Y el castigo que estos decidieron para escarmentar la fechoría. Pandora y la caja de las desgracias -el abismo erótico, entre ellas- habrían de vengar osadía de los humanos, pero Nucci interpreta el mito desde una perspectiva diferente. Sostiene que los dioses se dejaron engañar por Prometeo como los hombres se dejaron engañar con las artes seductoras de Pandora. La caja tenía sus ventajas, no era cuestión de desperdiciarla. Porque el amor hiere, lacera, envenena y describe una patología, pero también proporciona a la existencia la mayor y mejor experiencia posible, la más extrema, la más intensa, la más estupefaciente.

Así está escrito en los primeros textos de Homero y de Hesiodo. Y en los poemas eróticos de Safo: “Y cuando te miro la voz ya no es nada, la lengua se rompe, un sutil fuego de repente se extiende bajo la piel, con los ojos ya no veo más, retumban los oídos, me inunda un sudor gélido y un temblor me aprisiona toda y más verde que la hierba soy y sin duda casi muero”.

Navegar hasta Lesbos

Ha viajado Nucci hasta Lesbos con la mirada del primer viajero, del mismo modo que ha escrutado los versos de Safo hasta reconocer en ellos la dialéctica del erotismo y la muerte, la plenitud y el vacío, la dicha y la desdicha. “Cualquiera en la gran Hélade se aprendió de memoria estos versos en los que Eros, a través de Afrodita, se muestra como dominador absoluto del alma. Poder invencible, oscuro, primigenio. Poder que vacía y llena, mata y da vida”.

El viaje era necesario para despojar la retórica amorosa de su estilización y de su amaneramiento. Cupido (Eros) no es un angelote caprichoso. Y las flechas que dispara no producen un encantamiento azucarado, sino una profunda laceración, cuando no un rapto. Lo menciona Nucci -el rapto- para recordarnos que la guerra de todas las guerras, Troya, adquiere su origen en el adulterio de Helena y Paris, a expensas de la cornamenta de Menelao, el esposo de aquella.

Cupido (Eros) no es un angelote caprichoso y las flechas que dispara no producen un encantamiento azucarado, sino una profunda laceración

La pasión amorosa -el abismo- supone en cierto sentido un secuestro, pero un secuestro consentido. Ya se ocupa el escritor italiano de plantearnos la ambigüedad del seductor y el seducido. La confusión de los papeles. Y la importancia del recíproco engaño, deudores, como somos, del comportamiento persuasivo de los primeros dioses y de los primeros héroes.

“Odiseo”, escribe Nucci, “se convierte en el paradigma que siempre debemos tener en mente para recordar como se desarrolla la ley de la seducción y de la persuasión: para convencer se dede seducir y para hacerlo es imposible exponer la verdad como es. En ninguna situación, en efecto, la realidad tal como se presenta puede toca el corazón de quien no ha atendido a ella; por consiguiente es necesario mezclar mentira y verdad si se quiere conmover el corazón de quien queremos de nuestra parte (...) Engañar para decir la verdad”.

No hay manera de alejarse ni de prevenirse del abismo, pero Matteo Nucci introduce en su ensayo la sabiduría de Sócrates y de Platón para serenarnos con las cualidades éticas y estéticas que reviste la convalecencia flechazo. La pasión amorosa puede malograrse en los instintos y en las vísceras o pueden convertirse en un camino de perfección. El amor tanto puede tiranizarnos como despertar al filósofo que llevamos dentro: el eros recorre el alma, la une y la fortalece. Lo explica Platón en “La República”, pero la lucha es tan compleja y aguerrida como la de los aqueos en Troya. Puede que haya demasiado calor en el abismo de Eros, pero el frío es insoportable lejos de él.

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