CINE

Mur Oti, el cineasta que resucitó del olvido

Flixolé restaura la obra cumbre del director gallego, 'Cielo negro', un melodrama que no ha tenido el reconocimiento merecido

Foto: Susana Canales es Emilia, la protagonista de 'cielo negro' (1951) de Manuel Mur Oti. (Flixolé)
Susana Canales es Emilia, la protagonista de 'cielo negro' (1951) de Manuel Mur Oti. (Flixolé)

El tiempo no siempre es justo con la memoria y hay obras, nombres y carreras que desaparecen bajo la tiranía del conocimiento wikipédico y superficial de los saberes básicos. El caso de Manuel Mur Oti (1911-2003) es uno de ellos. Ni en las escuelas de cine ni en los medios generalistas se ha prestado atención a la obra de un cineasta contemporáneo de directores críticos de referencia como José Antonio Nieves Conde o afines al régimen como José Luis Sáenz de Heredia o Rafael Gil, cuyo recuerdo ha corrido mejor suerte. En una entrevista con la revista especializada 'Vértigo', el cineasta hablaba ya de "la maldición de Mur Oti".

Quizás porque se distanció del grupo de 'renovadores' del cine español de los cincuenta o, porque, salvo contadas excepciones el melodrama de la época arrastra el sambenito de la ranciedad, las películas de Mur Oti no han contado con el favor de los programadores de televisión o de filmotecas y no ha vivido la revisión de otros nombres resucitados. Por ello, como pequeña gran reparación Flixolé ha restaurado en alta definición una copia original de su obra más reconocida, 'Cielo negro' (1951), que ya está disponible en la plataforma de Enrique Cerezo.

Dijo Mur Oti que con su primera película como director, 'Un hombre va por el camino' (1949) –antes ya se había estrenado como guionista–, él mismo encontró el suyo propio. Con ella "me di cuenta de que sí que había escogido mí camino. Un hombre iba por su camino, que era el cine. Al cine no se va por afición. Yo nunca tuve, antes de ser profesional del cine, afición al cine. Yo descubrí el cine y lo amé exactamente igual que se ama a una mujer. Yo no sirvo al cine, le amo. Yo no busco el dinero que he ganado y puedo ganar en el cine y gano. Yo hago cine porque amo al cine como a una mujer, porque me doy a ese cine como a una pasión".

Manuel Mur Oti en uno de sus rodajes.
Manuel Mur Oti en uno de sus rodajes.

A pesar de su predilección por 'Un hombre va por el camino', 'Cielo negro' (1951) es la obra clave por la que se recuerda –aunque poco– a Mur Oti. Un melodrama intenso y desolador en el que una mujer, Emilia (Susana Canales, que la rodó cuando apenas tenía 17 años) siente sobre ella todo el peso de la tradición y la represión. Dentro del clasicismo de la propuesta, el gallego se atreve con un travelling que rompe con el conservadurismo del cine español de los cincuenta (no olvidemos que, un poco más al norte, en esa misma década se cocían los mimbres de la Nouvelle Vague) y que, en su momento fue muy criticado y tildado de "efectista".

"Como usted vuelva a repetir, siquiera comentándolo, el "efectismo del travelling" le mato a usted. ¿Qué imbécil escribió, sea quién sea, esa crítica respecto a mí?", dijo en aquella entrevista de 1993. "Crítica que no me sorprende porque hay un dicho andaluz que yo podría haberme aplicado cuando empezaron a hacer ésto: tan hecho estoy a perder que cuando gano me enfado. Tan hecho estaba a críticas absurdas de críticos que no sabían que criticaban porque no sabían cine que un plano continuado, a la misma dimensión, a la misma distancia, sin acercarme a las expresiones dramáticas que hubiéramos obtenido llegando con un primer plano".

El melodrama es para mi más que el drama. Es hijo del drama y nieto de la tragedia

Con 'Cielo negro', 'Fedra' (1956), 'El batallón de las sombras' (1957), Mur Oti se entregó al drama y al melodrama, el género que acabó definiendo su carrera. "El melodrama es para mi más que el drama. Es hijo del drama y nieto de la tragedia. El melodrama asciende lentamente, céntimo a céntimo en el pobre, millón a millón en el rico, pero dolor a dolor. Es una escalera en la que cada peldaño es uno de esos dolores y, entonces, al llegar arriba, al último peldaño, Susana Canales se encuentra sola y casi ciega, colgada del viaducto. Y cuando se encuentra ya con una pierna fuera, suena la primera campanada, la primera campanada de una iglesia, porque nadie la ha calmado, nadie ha arreglado su dolor, el médico no le ha devuelto la vista, la madre no vive. Hay una mujer que está en un drama, de tragedia griega, pero en tomo a ella la vida sigue. Ella pensará seguramente que Dios se ha quedado dormido esa noche. Pero Dios no duerme, estaba equivocada".

Hoy es difícil encontrar un director de carrera larga que pasase de vender puerta a puerta a rodar películas una vez sobrepasada la treintena. Porque el primer contacto de Mur Oti con el cine, gracias a Antonio del Amo, que lo inició como guionista. La biografía de Mur Oti es, cuanto menos, pintoresca. Nació en la España periférica, en Vigo, en una época en la que Madrid, como bien representa 'Surcos' de su compatriota Nieves Conde, prometía las mieles si uno conseguía sobrevivir al viacrucis del éxodo rural. Sin aparente vocación, siguió los pasos de un padre que fue funcionario de prisiones y, después, de vendedor de licores. Los negocios familiares lo llevaron a Cuba en los años 20, donde vivió alrededor de una década hasta volver a España e instalarse en Madrid. En su época caribeña escribió, más por afición que por oficio, poesía y teatro. Y continuó haciéndolo en Madrid mientras seguía vendiendo espirituosos y antes de combatir en la Guerra Civil en el bando republicano.

Otro fotograma de 'Cielo negro'. (Flixolé)
Otro fotograma de 'Cielo negro'. (Flixolé)

Finalista del Premio Nadal con su novela 'Destino Negro', Mur Oti decide dejarlo todo por el cine. "Yo no considero ni bello ni práctico el plano casual, tampoco creo interesante el plano capricho, el plano perfeccionista, el plano sorprendente. Yo tomo la película como una gran sinfonía –exactamente igual que la Quinta, que la Sexta, que la Octava de Beethoven, la que ustedes quieran– y mi orquesta, todos los valores, están exactamente sujetos a mi mano, a mi oído, a mis ojos ... y tienen que responder armónicamente, desde el primer día de rodaje, en una continuidad absoluta hasta lograr casi que ningún espectador pueda percibir la mecánica del cambio de un plano por otro, el cambio del plano al contraplano o cualquier cosa de estas, está casi eludido por mí, y será más, naturalmente, en estas películas que haga si Dios y mi vida me hacen continuar".

Una forma de trabajar que siguió defendiendo incluso cuando el olvido le impidió seguir rodando: los últimos treinta años de su vida los pasó lejos del set de rodaje y en un ostracismo apenas roto por el reconocimiento de la Academia de Cine con el Goya de honor en 1993. Ahora, casi 20 años después de su muerte, su nombre vuelve a los periódicos y, por fin, su travelling se ha despojado del descrédito del efectismo y ya está considerado como uno de los más innovadores y emotivos de la historia del cine español.

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