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Salzburgo desafía al coronavirus

El Festival austriaco celebra cien años en una edición restringida y esterilizada que tiene como protagonistas a Mozart, Strauss y Peter Handke

Foto: Tobias Moretti y Mavie Hoerbiger durante el ensayo de 'Jerdermann' este miércoles. (Efe)
Tobias Moretti y Mavie Hoerbiger durante el ensayo de 'Jerdermann' este miércoles. (Efe)

La emergencia del coronavirus ha provocado la suspensión de los grandes festivales europeos. No habrá teatro en Edimburgo ni cine en Cannes. La 'secta' wagneriana no podrá reunirse en la colina sagrada de Bayreuth ni habrá picnic en las praderas de Glyndebourne, pero este sábado, en cambio, se inaugura el festival más importante y carismático de todos: Salzburgo.

El motivo no es solo el rigor de la disciplina austriaca frente a la pandemia. Ocurre, más bien, que la ciudad de Mozart, de Paracelso, de Thomas Bernhard y de Stefan Zweig, celebra este verano el primer centenario del festival. Malograrlo o abortarlo hubiera supuesto un desplante a sus fundadores -Max Reinhardt, Richard Strauss, Hugo von Hofmannsthal-, de tal manera que el Festival de Salzburgo reacciona con una versión restringida de 90 espectáculos entre medidas extremas de seguridad.

Las últimas trascendieron la semana pasada, cuando las autoridades austriacas decidieron que los foráneos debían presentarse en la frontera con un PCR homologado tres días antes del “aterrizaje”. Se trata de cribar a los visitantes y de minimizar los peligros del contagio, aunque a los melómanos con entrada para los acontecimientos del festival se les permite asistir a las funciones desprovistos de mascarilla en el respectivo asiento.

Gregor Bloeb como el demonio en 'Jerdermann', de Hugo von Hofmannsthal. (Efe)
Gregor Bloeb como el demonio en 'Jerdermann', de Hugo von Hofmannsthal. (Efe)

Lo que no habrá serán intervalos ni ágapes. Prevalecerá un estricto régimen de disciplina y de control que resulta particularmente leonino para los artistas y técnicos contratados en el hito del centenario. Lo demuestra la catalogación en tres categorías cromáticas: la roja, la naranja y la amarilla.

Los cantantes y los actores, expuestos al mayor contacto de la tarima, pertenecen a la primera clasificación y deberán hacerse pruebas regulares; los naranjas -técnicos, músicos de orquesta- deberán llegar convenientemente testados y se hallan obligados a mantener las distancias de seguridad, mientras los amarillos están constreñidos a convivir con la mascarilla y el gel desinfectante en todo momento y circunstancia.

No cabe un contexto de sugestión y de psicosis más elocuente, entre otras razones porque se producen cien contagios diarios en Austria y porque la medida extrema de la suspensión amenaza incluso la cancelación del centenariazo. Markus Hinterhäuser, director del Festival, es consciente de la provisionalidad, pero también interpreta que esta clase de incomodidades y de novedades asépticas suscita al mismo tiempo un clímax especial.

'La Traviata' en el Teatro Real
'La Traviata' en el Teatro Real

“Creo que va a ser una edición de más reflexión y recogimiento”, explica Hinterhäuser. “Y pienso que se va a producir una atmósfera especial en cada una de las funciones, precisamente por el valor catártico del arte en tiempos difíciles. Me parece muy interesante que un festival como Salzburgo haya podido reaccionar a la pandemia y haya logrado demostrar que la cultura puede seguir funcionando en situaciones adversas o extremas”.

El mayor antecedente de la valentía salzburguesa, más allá de las funciones de 'La Traviata' programadas en el Teatro Real, ha sido el Festival de Granada. Su director, Antonio Moral, tuvo que reorganizar el calendario, la programación y las condiciones logísticas, pero la apuesta se ha demostrado un éxito, tanto por el comportamiento modélico del público como por la envergadura de los acontecimientos musicales. Figuraron entre ellos los recitales de Sokolov y de Igor Levitt, protagonistas ambos de la semana inaugural del Festival de Salzburgo y artífices de una edición que se recrea en las dos grandes referencias patrimoniales de su historia y de su idiosincrasia: Wolfgang Amadeus Mozart y Richard Strauss.

Al primero se le evoca con un montaje de 'Così fan tutte' con dirección musical de Chrisof Loy y bajo la batuta de Joanna Mallwitz, mientras que Strauss reaparece en Salzburgo con una nueva producción de 'Elektra'. La firma el polémico dramaturgo polaco Krzysztof Warlikowski y la dirige musicalmente Welser-Möst al frente de la Filarmónica de Viena.

Ensayo de 'Cosí fan tutte' en Salzburgo. (Efe)
Ensayo de 'Cosí fan tutte' en Salzburgo. (Efe)

Es la orquesta residente del Festival y la protagonista de muchos otros conciertos sinfónicos a las órdenes de Muti, Thielemann y Dudamel, aunque la edición del centenario también refleja y respeta su vocación teatral. De hecho, corresponde al premio Nobel Peter Handke la responsabilidad de estrenar mundialmente este mismo domingo la obra 'Zdenec Adamec'.

Es el nombre y el apellido de un estudiante checo que se inmoló en Praga prendiéndose fuego públicamente en 2003. Tenía 18 años y aspiraba a denunciar las injusticias del mundo. Handke ha decidido resucitarlo con una trama político-social que augura la tradicional controversia del dramaturgo y que conecta el centenario de Salzburgo con su misión vanguardista.

No cabía mejores padrinos para garantizarla que sus padres fundadores, Max Reinhardt y Richard Strauss. Representaron ambos el espíritu transgresor de entreguerras. Y otorgaron al Festival una idiosincrasia de excelencia que ha sobrevivido cien años y que ha sobrepasado experiencias tan extremas como la propaganda nazi y la tiranía artística de Karajan.

Salzburgo es la ciudad provinciana e hipócrita que denunciaba Thomas Bernhard y que edulcoran los niños de 'Sonrisas y lágirmas', pero también el milagro cosmopolita de un acontecimiento cultural cuya inercia e historia ya han vencido al coronavirus.

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