Cuando los vampiros eran una preocupación científica

Históricos, literarios, ¿de dónde nace el mito del vampiro?

Foto: Gary Oldman en una escena de 'drácula' de Bram Stocker.
Gary Oldman en una escena de 'drácula' de Bram Stocker.

En 1725 se produjeron varios asesinatos en la aldea serbia de Kisolova. No era la primera vez que una historia como esta llegaba a la corte desde los límites orientales del imperio de los Habsburgo. El oficial médico imperial Frombald contó en su informe cómo en esta aldea, según testimonios dignos del mayor crédito, retiraron una lápida y encontraron el cadáver de Peter Plogojowitz, un campesino, empapado en sangre. Tenía los ojos abiertos y fijos, las mejillas sonrosadas, y no había rigor mortis en sus extremidades. Según la lápida llevaba muerto diez días. Según el pueblo, había asesinado a nueve personas desde entonces.

Los médicos militares recabaron testimonios, leyeron manuales de demonología y anatomía, y se convencieron de que la historia era cierta. Personas del máximo crédito, como estudiantes y militares, decían haber visto con sus propios ojos cómo, tras clavar una estaca en el corazón del vampiro, un chorro de sangre brotó de la herida y de los ojos, las orejas y la boca del muerto “La sangre salía por todos sus poros como si estuviera hinchado y saciado”. El informe que regresó a la corte afirmaba que el vampiro era real, y explicaba cómo se despedazó el cadáver y se quemó su corazón para evitar que volviera a atacar a la gente.

Cubierta de 'El vampiro', de Nick Groom
Cubierta de 'El vampiro', de Nick Groom

La fascinación por los poderes de la sangre no era nueva cuando los vampiros hicieron su aparición en los informes militares del imperio Habsburgo. Los antropólogos habían recogido casos de reverencia y horror ante la sangre, vertida mediante la violencia o derramada con la menstruación, en pueblos antiguos de todos los rincones del mapa. Pero el descubrimiento de la circulación sanguínea despertó una fascinación ilustrada por este fluido vital y dio un vuelco a nuestra forma de entender el mundo. También creó nuevos mitos a su medida.

El conde de Cabreras, capitán del regimiento de la infantería de Alandetti, se enfrentó a un caso similar al de Plogojowitz en 1730 y terminó convirtiéndose en un cazavampiros experto. Todo empezó cuando el padre muerto de un campesino apareció en casa de un terrateniente, y éste murió. Cuando la noticia llegó a Cabreras, marchó allí con varios oficiales, un cirujano y un notario, con los que exhumó el cuerpo del sospechoso. Nuevamente, estaba fresco y su sangre era líquida, como la de una persona viva. Ordenó decapitar el cadáver, y el emperador Carlos VI de Habsburgo envió oficiales, abogados, médicos y teólogos para confirmar el caso. Con lo que los actos del capitán recibieron la legitimidad estatal.

Un retrato de Vlad Tepes, hijo de Vlad Dracul.
Un retrato de Vlad Tepes, hijo de Vlad Dracul.

Estos son los dos primeros episodios registrados de la existencia de vampiros según leo en 'El vampiro: una nueva historia', de Nick Groom, publicado por la editorial Desperta Ferro, cuyo catálogo es un pozo sin fondo para el disfrute y la curiosidad de los aficionados a los libros de historia. La obra de Groom es minuciosa: está repleta hasta la tapa de sangre, escenas macabras, monstruosidad e interpretaciones eruditas. Groom (quien por cierto tiene apellido de vampiro) nos ofrece un recorrido tras las huellas de un monstruo que durante años se creyó real y que más tarde alimentó la fosa de la literatura, el teatro, el arte, el cine y la política.

Híbridos del mito y la ciencia empírica

Los vampiros nacieron en el estrecho callejón sombrío entre dos mundos: la superstición folclórica y la ciencia médica de la Ilustración. A diferencia de otras sombras monstruosas capaces de aterrorizar a la gente y convertir a inocentes en chivos expiatorios, como la bruja, el endemoniado o el espectro, el vampiro era un engendro propio del pensamiento racionalista y la sociedad industrial. Una fantasía tenebrosa que brotaba en las fronteras del Este, y que se convirtió en un misterio científico y en motivo de controversia, sobre el que acabarían pronunciándose pensadores de la talla de Voltaire o Rousseau.

Los síntomas del vampirismo estaban recogidos en tratados médicos. “Temblores, náuseas persistentes, dolor en el estómago e intestinos, (…) ojos vidriosos, sordera y problemas del habla. (…) El paroxismo se manifiesta en terrores nocturnos extremos, asociados a alaridos, fuertes sacudidas, una contracción espasmódica de los músculos de la parte superior del cuerpo. (…) Por último, aparecen pesadillas (incubus), que con frecuencia evocan la imagen del regreso de los muertos”.

De Erzsebeth Bathory también se dijo que era vampira.
De Erzsebeth Bathory también se dijo que era vampira.

Entre 1732 y 1733 se publicaron doce libros y cuatro disertaciones acerca del vampirismo. En los tres años siguientes, veintidós tratados académicos más, en centros intelectuales europeos como Ámsterdam, Halle, Jena, Leipzig y Viena. Durante los años siguientes, famosos médicos, filósofos y teólogos debatieron acaloradamente a favor o en contra de estos regresados de la tumba. Católicos y protestantes encajaron de formas diferentes la posibilidad de que hubiera “revinientes” diabólicos que volvían del cementerio, mientras la opinión pública bebía litros de sangre en los periódicos y en las novelitas de ficción de un penique.

Con el tiempo, la existencia de vampiros reales se refutó, pero siempre hubo conspiranoicos que encontraban pruebas en todas partes: la estela de tumbas saqueadas, acusaciones y extrañas epidemias achacadas a la presencia de los “nosferatus” es larga y se pierde en el siglo XIX. El vampiro pasó también a ser una idea política que se intensificó en el siglo XX tras el éxito apoteósico de la novela de Bram Stoker. Marx llenó sus textos de vampiros capitalistas y los nazis de vampiros judíos: el chupasangre siniestro y poderoso llega, de formas parecidas, hasta los casos de corrupción españoles.

Marx llenó sus textos de vampiros capitalistas y los nazis de vampiros judíos

El libro de Groom es una lectura fascinante y nutritiva también por motivos intelectuales y morbosos. Entretiene con su profusión sanguinolenta de escenas sublimes y repulsivas, pero además demuestra que el vampiro ha sido, por encima de todo, una figura-palanca que ha ayudado a pensar. Y también da qué pensar ahora, en momentos como este, cuando el vampiro invisible del virus vuelve a rondar nuestras casas.

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