CRóNICA CULTURETA

El cementerio de las estatuas malditas

En pleno furor de vandalismo y revisionismo, el parque moscovita Muzeon aloja 'tranquilamente' los monumentos y esculturas destronados de la era soviética

Foto: Estatuas de Lenin y de otros jerarcas soviéticos en el Parque Muzeón de Moscú (Reuters)
Estatuas de Lenin y de otros jerarcas soviéticos en el Parque Muzeón de Moscú (Reuters)

Pervive en la periferia de Moscú un parque no demasiado transitado. Es apacible, como apacibles acostumbran a ser los cementerios en las obligaciones del silencio y de la sugestión mortuoria. No hay otra cosa en el parque del que hablamos que estatuas desfiguradas, vestigios moribundos de piedra, símbolos de la propaganda soviética desarraigados y descontextualizados, como meteoritos de otras galaxias.

El parque se parece a un desguace de la memoria, a una regresión desordenada, pero reviste mucho interés recorrerlo. Porque redime de la destrucción a los antiguos dioses. Incluido Stalin, cuya grotesca estatua de mármol rosa llama la atención porque le falta la nariz. Se la partió o se la partieron cuando arrojaron la escultura al pavimento y la destronaron de la plaza de Tiflis (Georgia).

Es sencillo reconocer al tirano en su grotesca sonrisa y ademán paternal, pero hay otros personajes cuya identificación requiere mayor esfuerzo. Y no por falta de poder ni de reconocimiento urbanístico. La estatua de Félix Dzerzhinski, fundador del KGB, era el “obelisco” que el régimen de la URSS había levantado en la plaza Lubianka de Moscú.

Es uno de los ángeles caídos del comunismo soviético. Y uno de los monumentos más estrafalarios del Muzeon. Un parque temático deslabazado y des-ideologizado que amontona los souvenirs de la Unión Soviética entre el patetismo, la excentricidad y la curiosidad.

Estatuas de Vladimir Lenin y Leonid Brezhnev en el Parque Muzeón de Moscú (Reuters)
Estatuas de Vladimir Lenin y Leonid Brezhnev en el Parque Muzeón de Moscú (Reuters)

Y no solo en cuanto concierne a las grandes personalidades. También impresionan los monumentos retóricos a la campesina, al minero, al soldado, a la enfermera. Aquí puede y suele padecerse lo contrario al síndrome de Stendhal, pero el mármol, el bronce y otros materiales más pobres han ido elaborando una especie de meta-museo.

Que tiene su atractivo. Un museo al aire libre kitsch y des-sovietizado. Un camposanto de estatuas que vagan desorientadas entre fuentes precarias y praderas irregulares. Las hay que parecen haberse salvado de la erupción de un volcán, como las esculturas humanas de Pompeya. Y predominan los homenajes en piedra a Lenin, aunque Lenin no ha terminado de morir.

Se le puede observar en el tanatorio de la Plaza Roja, expuesto como una momia. Una especie de Blancanieves a punto de despertar. Y objeto de la devoción, del fetichismo o de la necrofilia. Las estatuas de Lenin han sido destronadas. Y se amontonan en el parque Muzeon, pero nadie se atreve a evacuarlo del lecho donde permanece crionizado, digámoslo así.

Las estatuas de Lenin destronadas se amontonan en Muzeon, pero nadie se atreve a evacuarlo del lecho donde sigue crionizado

El tratamiento cuesta unos 180.000 euros anuales, de tal manera que las autoridades rusas, o sea, Vladimir Putin, estudian la posibilidad de sepultarlo. No ya por el desarreglo presupuestario, sino porque el culto a Lenin contraviene la correlación del propio Putin con el imperio zarista. Putin mismo se ha hecho construir enormes estatuas.

Las hay explícitas, que llegan a mostrarlo como un emperador romano, pero es aún más sorprendente la implícita. O sea, el coloso de once metros que identifica al príncipe Vladimir. Fue el misionero que convirtió Rusia al cristianismo en el siglo X, aunque el nombre y las connotaciones mesiánicas del pionero, del apóstol, sobrentienden, en realidad, las intenciones de un monumento erigido a sí mismo.

Cadáveres monumentales

Puede que la escultura, con el tiempo, termine ocupando una pradera en el museo de las esculturas muertas. Y quizá sea ya el momento de convertir el Muzeon en una gran atracción internacional, en un receptáculo de “cadáveres” monumentales, aunque haría falta expropiar centenares de hectáreas para alojar las estatuas de Colón, de Churchill, de Washington, de Curro Romero, de Fray Junípero Serra y hasta de Indro Montanelli, cuyo monumento ejemplar de Milán también ha sido profanado con pinturas rojas y epítetos degradantes.

Estamos en los tiempos de la inconoclasia o de la iconoclastia, si es que alguna vez hemos salido de ellos. Pero es cierto que se han radicalizado los abatimientos de estatuas, no ya despreciando su valor artístico ni despojando las ciudades de los deberes con la memoria -la buena y la mala-, sino utilizándolas como muñecos de vudú y como una desconcertante expresión de la ignorancia o del oscurantismo. El revisionismo está siendo un atajo para propagar el vandalismo de manera impune.

El revisionismo está siendo un atajo para propagar el vandalismo de manera impune

Conviene tener en cuenta a los budas de Bamiyan. O evocar la ferocidad que los occidentales atribuimos a los yihadistas cuando precipitaron la destrucción de aquellas estatuas, como si derribarlas supusiera exterminar la cultura y la religión de las que proceden.

Las antiguas disputas de la iconoclastia concernían antaño a si era blasfemo representar a Dios o a Cristo. El concilio de Hieria, celebrado como todo en el año 754, llegó a conclusiones inequívocas: “Satán confundió a los hombres, de manera que veneraron a la criatura en lugar de al Creador. La Ley de Moisés y los Profetas cooperaron para eliminar esta ruina... Pero el anteriormente mencionado demiurgo del mal... gradualmente trajo de nuevo la idolatría bajo la apariencia de Cristianismo”.

Las cacerías de imágenes contemporáneas más bien parecen responder a un calentón justiciero y arbitrario. Está en peligro un patrimonio artístico. Y está en juego un revisionismo desaforado que vuelve a confundir el significado con el significante. Qué ilusorios aquellos vecinos de Bagdad que tumbaron la escultura colosal de Sadam.

Pensaron que la caída del ídolo resucitaría la democracia, un espejismo justiciero que describe igualmente la cacería supersticiosa de las estatuas. No va a dar de sí el Muzeon para alojarlas o recogerlas a todas, pero la deportación de mármoles y bronces es al mismo tiempo una poderosa imagen distópica que convertiría Moscú en la última estación de las esculturas de Woody Allen, de Plácido Domingo, del toricida Juan Belmonte y quién sabe si de la Sirenita o del Manneken pis, no vaya a resultar que un niño meando con la chorra a la vista suscite pensamientos pederastas.

Rubén Amón
Rubén Amón

Cultura

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
3 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios

Lo más leído