Sin daños personales ni apenas materiales

Más humo que llamas en el 'incendio' del Teatro Real

El leve siniestro, sin daños personales ni materiales, se produjo por la explosión de una bateria de un dispositivo electrónico de uso personal.

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El despliegue de los bomberos, la sirenas de la policía, las espectacular humareda y el desalojo del personal, presuponían que el incendio del Teatro Real declarado hacia las 14 horas era más grave de cuanto finalmente ha resultado.

No ha habido ni daños personales ni apenas daños materiales, pero el revuelo de los vecinos y la circulación trepidante de vídeos e imágenes han provocado una mañana de psicosis en el centro de Madrid.

El Real ha sido protagonista de una leyenda negra de bancarrotas y desgracias, que paradójicamente se ha convertido en su mejores anticuerpos

La más elocuente de todas consistió en la escena de un bombero alcanzando el piso doce mediante una de las escalas-grúa que se utilizan para las misiones exteriores. Fue allí donde se localizó una explosión de una batería de un dispositivo electrónico de uso personal, según fuentes del coliseo madrileño.

La planta en cuestión corresponde al taller de mecánica escénica. El peritaje ha demostrado que el humo fue provocado por el cortocircuito de una batería de uso personal, aunque la “sensibilidad” del edificio explica que se desplazaran ocho dotaciones de bomberos tanto para acceder a la zona siniestrada, como para acordonar el coliseo operístico y las calles aledañas.

El plan de emergencia permitió evacuar el Teatro Real en tres minutos. Había en el interior unos cuarenta trabajadores. Y pudieron regresar al trabajo apenas una hora y media después.

Isabel II permanece custodiándolo en la plaza que lleva su nombre, más o menos como si fuera un talismán que vela por un teatro superviviente

La historia del Teatro Real es abundante en situaciones de alarma, amenazas de demolición e incendios, ninguno tan grave entre estos últimos com el que consumió el antiguo Salón de Baile el 20 de abril de 1866. Allí se alojaba el teatro del Conservatorio y se produjo una pira que consumió decenas y decenas de decorados. No quedaron claras las razones de aquel siniestro, aunque las investigaciones señalaron a una fuga de gas.

Los daños económicos fueron tan graves como los daños materiales, hasta el extremo de que el incendio precipitó la clausura de toda la temporada operística. También se quemó el órgano, se consumieron varios pianos y se deterioró la estatua de la reina Isabel II, aunque no hasta el extremo de destruirla.

Fue ella quien promovió la construcción e inauguración del templo madrileño en 1850. Y quien permanece custodiándolo en la plaza que lleva su nombre, más o menos como si fuera un talismán que vela por un teatro superviviente. Un modesto incendio, como el declarado esta mañana, ni iba a poder comprometerlo.

El Teatro Real en 1860
El Teatro Real en 1860

El accidente, más que el incendio, ni siquiera ha alterado los trabajos cotidianos, menos todavía cuando el Teatro Real está cerrado al público desde el pasado 28 de febrero, cuando se llevó a cabo la última representación operística de La Valquiria (Wagner). No puede pronosticarse una fecha para la apertura del Teatro Real, pero los avatares de la historia lo han ido convirtiendo en un teatro inmunizado y hasta invulnerable.

Necesitó 32 años para nacer y estuvo muy cerca de demolerse en dos ocasiones. Lo apuntalaron Primo de Rivera y Franco por razones tan diferentes como extravagantes. Amenazaba ruina el Real. Y resistía en el centro de Madrid con un aspecto fantasmagórico.

En realidad, la principal enfermedad del teatro fue la política y el correspondiente abandono. Tanto es así que el Real, como teatro de ópera, ha estado más tiempo cerrado que abierto.

Y ha sido protagonista de una leyenda negra -bancarrotas, huelgas, desgracias- que paradójicamente se ha convertido en su mejores anticuerpos. Este incendio no ha sido más que un resfriado. Nada que ver con el fuego que consumió a otros teatros míticos del circuito operístico. El Liceo de Barcelona se redujo a cenizas en 1994, mientras que La Fenice de Venecia sufrió un gravísimo incendio en 1996.

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