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Manuel Astur: "Este es el libro más reaccionario que he sido capaz de escribir"

La nueva novela del escritor asturiano ha cosechado ya suficiente entusiasmo entre la crítica en estos meses de confinamiento como para permitirnos esta conversación en voz alta

Foto: Manuel Astur (Foto: Luis Díaz)
Manuel Astur (Foto: Luis Díaz)

Es odioso hacer una entrevista a tu mejor amigo: ¿quién me va a creer si digo que su novela 'San, el libro de los milagros' (Acantilado) roza la obra maestra? Nuestro plan era salir de juega una noche juntos y que yo hiciera la crónica de nuestra conversación y nuestra decadencia, con la excusa de su último libro. La pandemia lo ha hecho imposible, como tantas otras cosas agradables. Sin embargo, había que hablar de su libro y celebrarlo. No voy a engañar a nadie: Manuel Astur (1980) ha sido mi iniciador en muchas cosas y yo he sido su iniciador en otras. Nos conocimos cuando ambos aspirábamos a ser escritores y buena parte de nuestra amistad se ha construido en torno a la danza de las aspiraciones literarias.

Los dos sabemos que hubiéramos odiado, en aquellos primeros tiempos, antes de convertirnos en autores publicados, encontrarnos con una entrevista como esta. Nos hubiera parecido deprimente y ridículo el espectáculo de dos amigos hablando del libro de uno de ellos, "chupándose las pollas", hubiéramos dicho antes de ridiculizarlos con toda nuestra mordacidad. En parte, me complace pensar que escritores inéditos, jóvenes frustrados y aspirantes de gran talento incomprendido podrán jugar hoy a la mordacidad con nosotros, hacernos blanco de sus dardos justificados.

'San, el libro de los milagros', de Manuel Astur
'San, el libro de los milagros', de Manuel Astur

Sin embargo, la novela de Manuel Astur ha cosechado ya suficiente entusiasmo entre la crítica en estos meses de confinamiento como para permitirnos esta conversación en voz alta. Adivinar que Astur escribiría un día algo tan maravilloso como 'San, el libro de los milagros' hubiera sido un motivo más que suficiente para intentar hacerme amigo suyo. La amistad entre escritores es impensable sin admiración.

PREGUNTA. ¿Tú cómo has hecho para domar la envidia y los celos en los años en los que me iba a mí mejor que a ti, antes de que te publicasen?

RESPUESTA. Supongo que será una vanidad inversa, pero nunca he podido ser amigo de nadie a quien no admire. Me he alegrado siempre de todos tus éxitos. Si he sentido algo parecido a la envidia ha sido porque en algún periodo yo estaba en la mierda y no entendía por qué había tanta diferencia. Me enfadaba con el destino o con Dios o con el guionista de esta película, pero no contigo. En general, pienso que los éxitos de los guerreros de mi tribu son los éxitos de toda la tribu.

P. Yo sí he sentido envidia algunas veces, pero sobre todo hastío cuando todavía estabas furioso por no ser publicado y despotricabas del mundo de la literatura. Creo que 'Oficio' de Dovlátov, 'Ávidas pretensiones' de Aramburu y 'Los viernes en Enrico's' de Don Carpenter son buenos libros sobre la amistad y la tensión entre escritores. Es un tema sobre el que sorprendentemente escribimos poco, aunque en tu 'Seré un anciano hermoso en un gran país' algo dejabas caer.

R. Es normal, es un proceso por el que pasan todos los nuevos escritores. Llegas muerto de miedo a un mundo desconocido, únicamente armado con tus sueños y tus prejuicios y quieres que alguien te diga que vales, pero nadie parece tener intención de hacerlo. Así que tienes dos opciones: pensar que igual no eres tan genial como crees o pensar que el resto del mundo está equivocado. Y en ocasiones la amistad con otros escritores que están igual que tú se convierte en un pacto de conjurados. Los años, como en cualquier otra ámbito demuestran quién era amigo de verdad o simplemente era un compañero de naufragio.

Manuel Astur (Foto: Luis Díaz)
Manuel Astur (Foto: Luis Díaz)

P. He bebido contigo, me he drogado contigo, te he visto cometer todos los pecados imaginables. Le has dado a todo lo malo... Y ahora publicas un libro religioso.

R. Creo que para poder volver primero hay que haberse ido. También creo, y en esto estoy con los vanguardistas del pasado siglo, que para instaurar algo nuevo, primero hay que crear un vacío. Yo me dediqué a destruirme a mí mismo y todos mis prejuicios a conciencia. Desde luego no fue una cosa premeditada, sino más bien intuitiva, pero el resultado fue el mismo. Además, la vida me ayudó con unas cuantas tragedias que rompieron mi mundo. Cuando ya no sabía ni quién era ni qué esperar de mí, y fui como un niño, pude comenzar a aprender de nuevo. Y todo lo que vi y aprendí fue milagroso. En ese aspecto, entre otros, me parezco al protagonista de mi novela.

P. Una cosa que te he envidiado siempre y te sigo envidiando es que sepas ponerte a escribir como un gurú, sin importarte nada fuera de ti, el qué dirán... Actuabas igual cuando te dedicabas a la música, o a salir de fiesta.

R. Para mí, escribir es como fundar una religión casi desde cero. Necesito creer en lo que escribo, si no, no soy capaz de hacerlo. Para que mi novela llegue a algún sitio primero tengo que llegar yo. Salgo de una novela como de una ermita en el monte donde he estado recluido, solo, enfrentándome a mis demonios e inaugurando la existencia. Es algo doloroso en ocasiones, pero no sé vivir ni hacerlo de otro modo.

Salgo de una novela como de una ermita en el monte donde he estado recluido, solo, enfrentándome a mis demonios

P. ¿Es tu protagonista, Marcelino, un santo?

R. Los santos, ya sean campesinos analfabetos de hace mil quinientos años llenos de llagas, mártires de cualquier ideología o estrellas del rock, no existen nada más que en la mente de los que los ven y en la sociedad que los utiliza como protagonistas de su relato. Así que sí, Marcelino es un santo.

P. ¿Por qué has sentido la necesidad de poner de protagonista a un santo en pleno siglo XXI?

R. Los santos, los bufones, los locos, son chivos expiatorios de la sociedad. En ellos se pone nuestras esperanzas o se les hace cargar con todos nuestros pecados. Son auténticos espejos de nosotros mismos. Hasta hace poco este papel lo desempeñaron las estrellas de rock y de cine. Kurt Cobain, Amy Winehouse o James Dean no fueron otra cosa que santos que pagaron por nuestros pecados. Pero ya no hay estrellas, porque existe un individualismo tan atroz que todo el mundo se cree la estrella de su universo, somos reporteros de nuestro ego y hemos perdido la capacidad de admirar. Así que pensé cómo sería hoy en día un santo, y se me ocurrió que tendría que ser un ser inocente, totalmente falto de vanidad, que no supiera nada ni quisiera saberlo, ante el que la actualidad o cualquier opinión se redujera a lo que son todas las opiniones: nada, algo ridículo, un alarido de miedo ante una existencia que jamás podremos comprender.

P. La novela se divide en cantos, y es verdaderamente musical lo que nos encontramos en cada uno de ellos. A mí la voz me suena, a ratos, un poco como la de María Arnal.

R. De hecho la novela se divide en tres “cantares”, que es como en Asturias se llama a las canciones populares de tradición oral. Es curioso, porque la primera vez que escuché “Tú que vienes a rondarme” iba en coche con Raquel (su pareja) camino de la aldea donde vivíamos. Era verano y oscurecía después de un día pleno de luz, y me pareció maravillosa. Al terminar, Raquel, que había leído el primer borrador, dijo que si hicieran una película de mi novela, esa tendría que ser la banda sonora. Me lo tomé como un halago tremendo.

Manuel Astur. (Foto: Luis Díaz)
Manuel Astur. (Foto: Luis Díaz)

P. Te lo pregunto porque, tanto esta novela como las canciones de Arnal, parecen responder a alguna cosa que nos ha faltado a los urbanitas del siglo XXI. Y no es ese "campo" de los turistas rurales, ni la búsqueda de lo "auténtico". ¿Qué es?

R. No sé, quiero creer que es lo que queda cuando se acalla la voz ruidosa de la actualidad y de la historia. El otro cuento. El que está fuera del tiempo. El cuento que cuenta la voz de la poesía, el del paso de las estaciones, el de la siembra y el invierno, el de las frutas maduras, el de las estrellas y lo cotidiano.

P. Has escrito una novela rural, pero a la manera de "La bendición de la tierra" de Hamsun o los cantos de Whitman. Una cosa pastoril que no encaja ni con la novela social de campo ni con la búsqueda de lo auténtico. Tu campo es un insulto al progreso. En este sentido, ¿podríamos decir que es una novela de espíritu reaccionario?

R. Hace casi una década una editora me dijo como un insulto que yo era un renegado. No me lo tomé a mal, pero lo cierto es que de aquella no lo era. A ver, creo que, si la humanidad sigue existiendo, dentro de mil años estudiarán esta época y nuestro culto al dios Progreso como ahora miramos a los que en el siglo IX creían que el reinado de Cristo iba a llegar. Les parecerá una locura que estuvo a punto de destruir nuestro mundo y por el que sí que corrieron ríos de sangre. Cosa que por otro lado también creía Hamsun, aunque se equivocó terriblemente en sus apoyos.

P. De modo que ¿dirías que es un libro reaccionario?

R. Sí, de alguna forma es el libro más reaccionario que he sido capaz de escribir. Pero es que creo que todo el arte auténtico es reaccionario de algún modo, porque es libre y no aplaude el cuento imperante. Si no, se convierte en panfleto, propaganda o publicidad, aunque nos lo vendan como otra cosa.

Creo que la ideología es nefasta para los artistas, con la ideología nos quitamos la libertad de pensar que la base del arte

P. Parece que el mundo de la cultura tiene miedo a ser reaccionario, salvo muchas excepciones como Houellebecq, Juan Manuel de Prada y gente así: tipos raros. ¿Dirías que uno de los problemas de la cultura esa la necesidad de participar en la idolatría del progreso, de estar siempre buscando lo original dentro de unos márgenes estrechos?

R. Bueno, no soy muy fan de los que convierten el ser tipos raros y llevar la contraria en su profesión, pero comprendo lo que quieres decir. Y hace 60 años la tensión hubiera sido por parecer buen cristiano. Da igual. Creo que la ideología es nefasta para los artistas. La ideología es como el dogma de fe. Con la ideología nos quitamos la libertad de pensar e imaginar lo que queramos, que la base del arte. Dicho esto, comprendo que cada uno hace lo que puede con tal de que le dejen en paz. Siempre he creído eso que decía Ezra Pound de que llegaría un día que alguien preguntaría: ¿quién es ese Stalin del que habla Pound en este poema?.

P. Hablando de escritores reaccionarios, entreleo a Wenceslao Fernández Flórez en “San”. ¿Hay un homenaje consciente a “El bosque animado”?

R. Madre mía, cómo me gusta esa novela —y esa película de Cuerda—. Wenceslao es uno de los mejores escritores españoles de todos los tiempos, creador de una cosmovisión maravillosa, y cuando se le perdone el terrible pecado de haber estado vivo y tenido éxito durante unos años horribles, se le pondrá en el lugar que se merece.

P. De Wenceslao te he visto también tirar por cierta sátira. Te burlas de los camperos advenedizos: los que van al medio rural en busca de lo auténtico. Los que atribuyen a la gente de campo una adorable rusticidad pintoresca.

R. A ver, ya sabes que soy de aldea y crecí en muchas aldeas diminutas porque mi padre era profesor rural. Amo a los aldeanos, y me gusta considerarme uno de ellos, pero si algo puedo decir de ellos es que no son adorables. Es como suponer que todo el que vive en la ciudad es exquisito, educado y cosmopolita. El aldeano vive más enfrentado con la realidad y es menos afectado, y precisamente por eso no es políticamente correcto y no aparenta ser lo que no es, para bien y para mal. Cuando es generoso es el más generoso, pero cuando es bruto es increíblemente bruto.

El aldeano vive más enfrentado con la realidad y es menos afectado, y precisamente por eso no es políticamente correcto

P. En tu novela hay un festival que recuerda al Gran Carnaval. Una invasión de curiosos que no son capaces de mirar lo que tienen delante. He querido ver ahí una visión amarga sobre la juventud.

R. ¿Amarga? Tampoco creo que sea amarga. Muchas veces pienso que lo que mueve el mundo no es la lucha de clases, si no la lucha de generaciones. Es normal. Los jóvenes desprecian y quieren diferenciarse de los jóvenes anteriores que están dejando de ser jóvenes, y buscan sus héroes en los mayores a los que los anteriores despreciaron. Como ser viejo, ser joven no tiene ningún mérito, es solo cuestión de tiempo.

P. Ahí es donde sale el adanismo de creer que la gente antigua, de otras épocas, era más tonta y más simple. Uno de tus narradores contesta: ¡estáis equivocados, sois iguales!

R. Sin duda. Eso tiene que ver con cómo utilizamos a los muertos. Los muertos, nuestros antepasados, son personajes planos, figurantes de esa gran película llamada historia y Progreso de la cual nosotros somos los indudables protagonistas. Incluso los grandes personajes son tratados de un modo plano: Napoleón, un enano ególatra, símbolo de la ambición humana; Picasso, un genio que pintaba cuadros raros y se enamoraba de muchas mujeres; Frida Calho, tenía bigote y no se depilaba el entrecejo porque era muy independiente, y vestía con ropa de colores y se hacía selfies pero en retrato, etc. No nos interesa saber nada más de ellos. Ese es su papel. Y si esto pasa con ellos, con el pueblo ni te cuento. Pero lo cierto es que llevamos unas cuantas decenas de miles de años siendo iguales. Muchas de esas personas que se creen tan modernas, si hubieran nacido hace dos mil años irían al Coliseo a ver cómo los leones despedazaban a un mártir cristiano. Y es normal, no las juzgo. Nuestras ideas no son nuestras ideas. Las hemos aprendido desde niños. Nos moldeamos los unos a los otros. Contamos un cuento junto al fuego y nos lo creemos.

P. Muestras una España vacía, por usar la fórmula de Sergio del Molino, pero muy satisfecha de estar vacía. Una España vacía "pero no vengáis a tocarnos aquí los cojones, ho".

R. Un poco es así. El niño ese que decía hacer poco que estaba muy contento siendo el único niño de su pueblo y que no quería que nadie viniera a “tocarle los cojones” es de un pueblo cercano al mío. A ver, es que la gente de pueblo lleva tanto tiempo sola que ha convertido la soledad en su forma de vida. Así que es lógico que sean un poco huraños. Primero los dejáis solos y, ahora que se han acostumbrado, queréis regresar y que comiencen a hacer las cosas a vuestro modo de ciudad, a vuestro ritmo. Se ve todo el tiempo. Por ejemplo, algo que llama mucho la atención es que muchas de las decisiones políticas que afectan al mundo rural las toman unos supuestos profesionales desde la ciudad sin consultar a la gente de pueblo sobre qué es lo que necesitan realmente. Y se montan unos desaguisados tremendos. Por lo que en muchas ocasiones es mejor estar solo que mal acompañado. El neorruralismo muchas veces tiene una actitud muy colonial.

Me he tenido que convencer de que rechazar el culto al progreso no me convertía en un paleto

P. Tengo la impresión de que esta novela es la que más hubiera disfrutado tu padre. Hay, de hecho, algún pasaje en el que me ha parecido adivinar a los niños de su libro "Éramos río".

R: Seguramente. Mi padre vivió un proceso vital en dirección contraria a la mía. Nació en un pueblo y tuvo la osadía de amar el arte y la literatura en un tiempo en que eso estaba reservado para los burgueses de ciudad. Tuvo que luchar para ser libre. Tuvo que luchar contra los prejucios, contra todos los que le decían que por nacer donde había nacido su vida tenía que ser de tal modo. Yo he tenido que luchar porque amar el pueblo y una estilo de vida más pausado. Me he tenido que convencer de que rechazar el culto al progreso no me convertía en un paleto, o mejor dicho, de que ser aldeano no era un insulto. Quiero creer que este libro hace las paces entre esos dos caminos. En “Éramos río” mi padre recuerda con amor su infancia de niño de posguerra, esa inocencia que de algún modo perdió con el conocimiento y la cultura. Ahí, en ese niño que fue él y en ese niño que es Marcelino, coincidimos. Me habría encantado que mi padre hubiera llegado a leer este libro. Por cierto, hoy es el aniversario de su muerte. No hay un día que no piense en él.

P. Lo tuyo con Asturias es bien curioso: creo que eres el tipo más nacionalista del mundo con tu patria chica, que prácticamente idolatras, pero al mismo tiempo detestas a los nacionalistas asturianos. ¿No deberías dejarte llevar de una vez y ponerte a hablar la llingua?

R. Es que estoy en contra de cualquier persona que se crea mejor que otra por algo en lo que no ha tenido nada que ver. Es pura suerte haber nacido asturiano. Es puro azar ser catalán. No hay ningún mérito en ello. El nacionalismo es estúpido. Otra cosa es que ame profundamente mi tierra porque está unida a mi forma de ser y a mi modo de entender el mundo y porque realmente crea que es muy bella. Pero si hubiera nacido, por ejemplo, en Nueva Zelanda, seguramente sentiría parecido. Amar a Asturias es como amar a mi madre. Pero jamás creería que alguien es peor por no ser asturiano ni lo utilizaría como bandera de nada. Bastante mala suerte tenéis los que nacéis en Murcia como para encima criticaros por ello. En cuanto a la Llingua: mis antepasados hablaban un asturiano no reglado, mis padres hablan muy buen castellano. Si el asturiano fuera mi lengua materna escribiría en asturiano sin mayor problema, pero no lo es, y hacerlo sería afectado.

P. Marcelino es un tonto del pueblo que comete un crimen de sangre. Pero no se parece en nada a Pascual Duarte, puesto que es un hombre que no trata de justificarse. En este sentido, no se parece en nada a ti: has liberado a tu protagonista del sentimiento de culpa que te caracteriza, a cambio de arrebatarle la inteligencia.

R. Qué cabrón eres. Pero también sabes que mi mayor lucha durante muchos años fue liberarme de ese constante sentimiento de culpa, que por otro lado es muy cristiano. No podemos evitar ser cristianos: disfrutar de la existencia es pecado. Pero el sentimiento de culpa creo que también es una vanidad retorcida: consideras que tus actos tienen la menor importancia en el devenir del mundo. A este respecto hace años que pienso eso que decía Rilke de que nunca habría que hacer nada que no le pudiéramos contar al oído a un moribundo. El resto sí es pecado. De todo modos, no eres el primero que me saca a colación a Pascual Duarte. Y siempre contento que, precisamente, Marcelino escapa al monte huyendo de los pascuales duartes del mundo.

P. De tu sentimiento de culpa he detectado otra escena, el diablo que se le aparece a Salustiano, por borracho.

R. Tengo dos antepasados a los que se les apareció el diablo: a mi bisabuelo y a un tío abuelo. A uno en forma de mastín que destrozaba la cocina, y a otro en la forma más clásica de un carnero. Y los dos eran bastante borrachines y cambiaron de vida. Así que es normal que siempre haya tenido miedo de que se repitiera la historia. Aunque, ahora que lo pienso, tal vez a mí también se me apareció, solo que lo hizo en otra forma más moderna y no me di cuenta.

P. Otra cosa llamativa de Marcelino es que no comprende qué es el dinero. Está más cerca de los ángeles o de los monos que de su hermano, un tipo del que solo sabemos que es ambicioso y mezquino.

R. Claro, Marcelino es un poco como Abel, que ofrece sus miserables ofrendas a Dios. Y su hermano es Caín, que le ofrece lo mejor de lo mejor, pero Dios no lo aprecia, y no comprende por qué. Este es un crimen cainita al revés, es un crimen abelita.

P. En la novela se cuentan otras historias, al margen de la trama, que se van colando en el relato. He notado que se oponen en su estilo: las que vienen de la transmisión oral son completas y serenas, y las que vienen de la actualidad o los medios de comunicación, que muchas veces son la trama policíaca del libro, son fragmentarias y desapacibles.

R. Porque las última aún son torpes, todavía han sido moldeadas por pocas voces y se creen importantes. Mientras que las primeras ya pertenecen a todos y casi han alcanzado la condición de míticas. Han sido despojadas de lo particular y pertenecen a la humanidad. He tratado reflejar ese proceso de cómo los hechos se terminan convirtiendo en leyenda, como una piedra que va perdiendo las aristas hasta convertirse en un canto rodado en el gran río de las voces y las opiniones.

P. Ahí parece otro contraste, porque trazas una línea entre un mundo en extinción, que atraviesa el protagonista y del que él mismo forma parte, y otro mundo en apogeo. Paradójicamente, el segundo parece mucho más decadente que el primero.

R. No es tan paradójico. Desde que la humanidad es humanidad el viejo mundo ha sido la norma y este mundo nuevo que creemos la norma ha sido la excepción. Hay que ser muy vanidoso y tener muy poca visión histórica para creer que este teatrito es permanente. Desde el campo, desde la perspectiva del paso de las estaciones, lo moderno parece muy viejo. Como desde el punto de vista de la literatura auténtica. La actualidad es siempre decadente.

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