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Desafío: por qué el virus puede ser el menor de los peligros futuros

Adelantamos un fragmento del nuevo libro de la doctora Arantxa Tirado Sánchez, un original proyecto editorial que se irá actualizando digitalmente ya una vez publicado

Foto: Pancarta en Madrid durante la crisis del coronavirus. (EFE)
Pancarta en Madrid durante la crisis del coronavirus. (EFE)

[Este fragmento forma parte del libro 'Desafío. El virus no es el único peligro', publicado por Akal. Este texto es de Arantxa Tirado Sánchez, politóloga, doctora en Relaciones Internacionales por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y doctora en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)]

'Desafío' (Akal)
'Desafío' (Akal)

El mundo que resultará después del coronavirus no aparecerá de inmediato, está claro. Estamos hablando de movimientos en al ámbito internacional que a veces requieren años, décadas o siglos para cristalizar. Pero son movimientos que están ahí, como placas tectónicas, aunque imperceptibles a lo largo de una sola vida humana y que están trastocando el orden existente. No pretendemos caer en la ingenuidad ni en el optimismo desmedido, tampoco confundir deseos con realidad. Por eso, conviene no olvidar que la creación de un nuevo orden mundial significa un nuevo reparto de poder, no necesariamente un nuevo orden económico que supere al capitalismo, aunque no hay que desdeñar cómo la erosión de la hegemonía política y económica de la principal potencia mundial, que se erige en puntal del capitalismo existente, puede coadyuvar a socavar la legitimidad y hasta la continuidad de este sistema económico. ¿Supondrá entonces el eventual fin del imperio estadounidense la desaparición del capitalismo? Esta es una pregunta que ya se hicieron autores como Elmar Altvater y tantos otros. En reflexiones anteriores nos preguntábamos, en términos más globales, si el coronavirus iba a suponer el fin del capitalismo, y la conclusión era que nos encontramos ante un horizonte abierto que dependerá, en última instancia, de la lucha de las fuerzas sociales para empujar hacia su extinción y sustitución.

¿Supondrá entonces el eventual fin del imperio estadounidense la desaparición del capitalismo?

Lo mismo sucede con el actual sistema internacional: depende del conjunto de países opuestos a la acción imperialista de EEUU en el mundo la posibilidad de que se haga un contrapeso de poder suficientemente fuerte como para desplazar a esta potencia de su lugar de dominación. Pero no es fácil. El poder en el sistema internacional se mide, al fin y al cabo, en ojivas nucleares y capacidad tecnológica militar. Por supuesto, hay otros instrumentos de poder duro –y hasta de poder blando– que se contraponen a ese poder, pero, a la hora de la verdad, lo que permite que un país abuse del resto es su capacidad de intimidación y ataque. Un debilitamiento de la economía estadounidense, profundizado por esta crisis, con una población insatisfecha con su propio bloque de poder, con unos pobres más conscientes de su lugar marginado en el escalafón social, con un descrédito del establishment y una apuesta renovada por soluciones rupturistas, puede actuar como elemento catalizador del declive hegemónico que se viene produciendo desde hace décadas. Ello repercutiría también en la posibilidad del ejercicio de la fuerza por parte del establishment estadounidense, tanto hacia fuera, por falta tal vez de presupuesto, como hacia dentro, por la incapacidad de sofocar todas las protestas que se pueden desencadenar ante una crisis económica y política de consecuencias ignoradas, pero previsiblemente explosivas en un país con un buen porcentaje de población armada.

Estos días hemos tenido ejemplos elocuentes de cómo pueden resolverse los conflictos, incluso institucionales, en la sociedad estadounidense, con la irrupción en dependencias públicas de manifestantes pro-Trump armados que exigían la reapertura de las actividades económicas a los gobernadores de algunos estados. No hay que infravalorar, sin embargo, la capacidad de la mayor potencia mundial para inventar nuevas guerras e invasiones con las que distraer a sus ciudadanos de sus propios problemas y reactivar a la vez su economía. Ya lo estamos viendo con las amenazas a Venezuela o las declaraciones acusatorias contra China, y lo seguiremos viendo en los meses por venir.

En conclusión, el coronavirus, pese a la tragedia colectiva, nos sirve para aprender muchas cosas. En el ámbito internacional, nos muestra que la mayor potencia mundial es un gigante que se sostiene en pilares débiles, todavía más frágiles tras el paso de la pandemia, que, de manera paradójica, abre una brecha de oportunidad para el resto del mundo al acelerar su decadencia anunciada. Esa transición hegemónica de la que nos hablaron Arrighi y Silver hace años, puede encontrar en un virus microscópico el equivalente a los efectos de la guerra para dirimir el paso de una hegemonía global a otra. La correlación de fuerzas en el tablero internacional puede verse alterada en los años por venir, fruto de la combinación explosiva de pandemia y crisis económica, a la que añadir una gestión política dirigida al bien común o no. La humanidad puede pedir cuentas a sus respectivos gobiernos y desechar a aquellos que hayan demostrado no tener ningún atisbo de respeto por sus vidas. Si los consensos previos se erosionan, si las sociedades se transforman y adoptan, desde otros valores, nuevos ordenamientos políticos y económicos, es de lógica pensar que esto afectará a las instituciones no sólo internas sino también internacionales.

Estamos ante un nuevo tiempo que requerirá de nuevas instituciones internacionales que representen la nueva jerarquía de poder

La política exterior no deja de ser, en buena medida, una proyección de la política interna de los países. Quizá esto nos lleve a nuevos consensos, también en el ámbito internacional, por la obsolescencia de una arquitectura internacional emanada de los acuerdos de Bretton Woods. Estamos ante un nuevo tiempo que requerirá de nuevas instituciones internacionales que representen, a cabalidad, la nueva jerarquía de poder que nos dejará sin duda el coronavirus, pero que preexiste a esta pandemia. Un mundo crecientemente multipolar o, cuando menos, multilateral, con el que EEUU se niega a negociar. La postergada reforma de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la supresión de su desfasado Consejo de Seguridad son sólo uno de los ejemplos. Se podría continuar con los mal llamados organismos financieros internacionales, como el Banco Mundial (BM) o el Fondo Monetario Internacional (FMI), que sólo representan los intereses de la oligarquía plutócrata estadounidense.

El Sur, entendido en términos no sólo geográficos sino también simbólicos, se tiene que abrir paso. Esta transición geopolítica la deben liderar ellos, es decir, nosotros, los desposeídos y marginados por el poder hegemónico imperial, y los Estados que nos representan, hayamos nacido en ellos o no. Estos Estados, con una visión antiimperialista más avanzada, son los que han de realizar las alianzas tácticas necesarias para derrotar al imperialismo, incluso con países con los que no comparten proyectos políticos o económicos en una lógica estratégica anticapitalista. Está en juego el destino de la humanidad y no es sólo un bonito discurso sino la necesidad impostergable de acabar con la hegemonía estadounidense, que ha hecho de la guerra sin fin su razón de ser, imprescindible para su lucro capitalista, pero dejando un reguero de muerte y destrucción a su paso que, a estas alturas de la evolución humana, ya no deberíamos permitir.

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