¿El fin de los macrofestivales? "Si juntas 20.000 ya hay mil que pueden contagiar"

Las previsibles restricciones de aforo y el batacazo del turismo ponen contra las cuerdas un modelo de consumo de música en vivo cuyos beneficios son altamente cuestionables

Foto: Festival Rototom Sunsplash en Benicàssim (EFE)
Festival Rototom Sunsplash en Benicàssim (EFE)

El presente de los festivales de música, su edición de 2020, pinta negro. Pero frente a una pandemia global, el modelo mismo de macrofestival puede haber quedado tocado de muerte. La sola idea de reunir en un recinto a decenas de miles de personas venidas de todos los rincones del planeta parece hoy un riesgo inasumible no ya a corto sino a medio plazo. Y los festivales más encarados al turismo son los que tienen un futuro más complicado. La urgencia inmediata es sobrevivir al verano de 2020, sí, pero la pregunta inmediatamente posterior es si habrá festivales en 2021, 2022 o 2023. Y en qué condiciones. Lo que cabe cuestionarse ya es si este modelo de consumo de música en vivo sigue siendo viable.

El turismo es uno de los sectores que más tocado va a quedar en esta crisis. Y el turismo festivalero tiene todos los números para recibir un impacto proporcional. Hace tres años, el gremio de los festivales de música entró con fuerza en la feria de turismo Fitur de la mano de la Asociación de Promotores Musicales y mediante la prometedora sección Fitur Festivales: con estands propios para promocionar marcas como Mediterranew Fest y Festivales Rias Baixas y organizando charlas sobre estrategias para exprimir más el turismo fetivalero. La crisis de 2008 no parecía haber afectado lo más mínimo a un negocio en imparable expansión. Cuatro de los diez festivales con más público del momento llegaron tras la crisis: Arenal Sound, Rototom Sunsplash, AlRumbo y Mad Cool.

Asistentes al Arenal Sound Festival celebrado en la localidad castellonense de Burriana (EFE)
Asistentes al Arenal Sound Festival celebrado en la localidad castellonense de Burriana (EFE)

A finales de los años 90, cuando el Festival Internacional de Benicàssim y el Doctor Music Festival empezaron a atraer miles de jóvenes a la costa castellonense y al Pirineo de Lleida, quedó claro que el turismo festivalero había llegado para quedarse. Pero esto viene de más lejos. “La apuesta pública por los festivales ha sido una estrategia turística. En el primer Pla Estratègic de la Cultura, de 1990, ya se hablaba justo de eso: la cultura y el turismo tienen que ir de la mano”, recuerda Rubén Martínez, investigador sobre la relación entre prácticas comunitarias y políticas públicas desde el colectivo barcelonés La Hidra.

Pesadilla en tres fases

Jordi Herreruela es uno de los cientos de promotores musicales que estos días apenas puede pegar ojo. Dirige el festival barcelonés Cruïlla, que debería celebrarse el primer fin de semana de julio con Residente, Die Antwoord, Txarango, Placebo, Gwen Stefani y Kase O, entre otros. Pero ya tiene la mirada puesta en el futuro. Porque tras la fase actual de estado de emergencia, vendrá una segunda en la que se podrán celebrar actos públicos, aunque en condiciones restringidas mientras no se encuentra una vacuna para curar el coronavirus. Y, al final, nadie sabe cuándo, una tercera en la que todo volverá a cierta normalidad. Es en esa segunda fase donde hay que centrar las hipótesis y estrategias.

La tecnología actual para hacer tests no aguanta la masificación porque tiene una fiabilidad de un 90%

“La tecnología actual para hacer tests no aguanta la masificación porque tiene una fiabilidad de un 90%”, asume Herreruela. “Pongamos que la mitad de ese 10% de margen de error son contagiosos. Si juntas 20.000 personas, ya tienes a mil con capacidad de contagio”, calcula. Mil personas en paseando de escenario en escenario durante horas. Ahora mismo es impensable juntar tanta gente en un concierto. Y cuando lo sea, las restricciones de aforo serán drásticas. “Donde antes cabían 50.000 personas, cabrán 20.000. Y en los espacios de 20.000, cabrán ocho mil”, pone como ejemplo. Piensa incluso en zonas donde se garantizase más distancia entre personas. Y en que haya “mucha actividad al mismo tiempo y no se concentre toda la gente ante el mismo escenario”.

La viabilidad económica de montar un festival en el que la ley marca aforos tan limitados es toda una incógnita. Pero, antes incluso de llegar a este punto, aparecen otras dudas. ¿En qué momento dejaría de ser una temeridad reunir en un mismo recinto a decenas de miles de personas venidas de 50 países? La primera cancelación ante la amenaza de la pandemia fue la de un macroevento con predominio de público extranjero: el Mobile World Congress. Tomó la decisión el propio evento, ante la retirada de las empresas más interesadas en exhibir sus productos: LG, Intel, Facebook, Sony, Nokia… Y lo hizo un mes antes de que el gobierno español asumiera la situación y decretase el estado de alarma. Hoy, el gobierno sigue en la misma línea: eludiendo asumir la realidad.

Público en el Mad Cool de Madrid (EFE)
Público en el Mad Cool de Madrid (EFE)

En opinión de Herreruela, el sector tiene que tomar la iniciativa. Y eso pasa, sobre todo, por “revisar el modelo de festival”. En concreto, el de los festivales que existen por y para el público extranjero. Primavera Sound, Sónar y FIB, son macroeventos concebidos para satisfacer la demanda de un público internacional que cubre el 50% del aforo o más. Herreruela no los da por muertos, pero opina que “hay que empezar a poner en duda” y “repensar esos grandes eventos diseñados para que decenas de miles de personas se muevan. Ahora con el coronavirus, ya lo tenemos claro, pero ya se empezaba a hablar que no era un modelo sostenible para el planeta que miles de personas cojan un avión para ir a un festival”. A un festival, a congreso o a una feria, aclara.

Vampirizar recursos públicos

Otro asunto, ya que estamos, es preguntarse si vale la pena insistir en defender un modelo de consumo musical basado en una oferta desmedida de conciertos en pocas horas, en la aglomeración de gente que a menudo sale con una sensación insatisfactoria, en la precarización extrema de los trabajadores de base (técnicos de base, montadores de escenarios, camareros de barras…) y en la reproducción de lógicas extractivistas. “Por mucho capital simbólico colectivo que tenga una ciudad, quien se lo lleva calentito son los grandes propietarios, los promotores inmobiliarios y las grandes agencias turísticas. Se socializa la inversión necesaria para construir grandes infraestructuras culturales, grandes solares para montar festivales, grandes redes de movilidad, y se privatizan los beneficios” resume Rubén Martínez. Es innegable que los festivales generan riqueza. De ahí tanto estudio de impacto económico. Faltaría concretar dónde va.

Quien se lo lleva calentito son los grandes propietarios, los promotores inmobiliarios y las grandes agencias turísticas

“Los macrofestivales”, continúa Martínez, “son parte de esa estrategia de las ciudades-empresa para colocarse en el mapa. Los megaeventos, se supone, deben ayudar a revalorizar la ciudad, a resignificarla, a mostrar sus nuevas apuestas. Se promete que esas apuestas son redistributivas, que van a beneficiar a toda la ciudad, que crearán empleo, inversiones futuras, flujos de consumo que revierten en el pequeño comercio y, a la vez, colocan a la ciudad en los circuitos globales. La realidad es más bien la contraria”, lamenta. Pocas veces se analiza a fondo en qué medida impactan en la creación de empleo. En Barcelona, ciudad festivalera por excelencia y tan enfocada a la cultura, un estudio de 2014 señaló que un 52% de las personas que trabajaban en cultura ingresaba menos de 12.000 euros al año. Y de esas, un 25% no llegaba ni a seis mil. “No sé para qué sirve producir un capital simbólico tan singular y exquisito si no hay mecanismos para redistribuir las ganancias que genera”, critica Martínez.

Y, ¿un macrofestival beneficia el tejido cultural de una ciudad? Mar Rojo, programadora madrileña antes en Moby Dick y ahora en El Sol, tiene serias dudas. “Los macrofestivales se imponen en una escena. Las salas forman parte de este tejido musical y lo macro, de alguna manera, lo arrasa”. Habla de cómo el aumento de los cachés por la competencia entre festivales deja fuera de juego a las salas. “Las exclusividades, cada vez más habituales hasta en grupos medianos y casi del underground” , también reduce el número de grupos a los que programar. Y, por otro lado, está la estacionalidad. El verano ya era una época floja para la salas, pero ahora que el verano festivalero empieza en mayo y acaba en septiembre, la temporada baja dura casi medio año. “El consistorio dirá una cosa, el sector de hostelería dirá otra, pero como programadora de salas, creo que los macrofestivales no suponen un beneficio para las salas”, concluye.

“Los festivales, especialmente los más grandes, pueden generar y de hecho generan efectos negativos, tanto sociales como culturales, económicos o medioambientales. Desde contaminación, ruido y expulsión de otros tipos de turismo, hasta daños medioambientales, banalización de la cultura o imposición de una oferta musical comercial y estrecha”, enumeraba hace dos años la profesora de Economía Aplicada en la Universidad de Valladolid María Devesa.

Una alternativa ilegal e incontrolada

Pese a todo, Herreruela insiste en que hay que reivindicar el valor de los festivales, su función más allá de la atracción de turistas. “Se habla mucho de la tensión entre salud y economía. Desde la salud hay la teoría de que deberíamos estar más confinados y desde la economía hay la necesidad de desconfinar porque sino el estado no aguantará. Habría que incluir una tercera fuerza: la de la estabilidad social. No podemos prohibir que la gente se encuentre, se divierta, se abrace, baile y se enamore. Si lo prohibimos, la gente se buscará una alternativa ilegal e incontrolada. El papel de los festivales tiene que ver con la necesidad de los humanos de hacer celebraciones colectivas: de relacionarnos, compartir y descubrir gente que no es de nuestro núcleo cercano de amigos”.

Tal vez la nueva normalidad pase por un regreso al pasado en el que los festivales vuelvan a ser una excepción

Volver a la antigua normalidad ya no es una opción. A finales de los años 90, los festivales de música en España solo eran una llamativa excepción. Una década después, ya se habían asentado como una forma más de consumir música en vivo. Hasta la expansión del coronavirus eran la única forma de ver en directo a infinidad de artistas nacionales e internacionales gustosamente atrapados esta telaraña de inflación, holgazanería, verbeneo y empacho de conciertos. Tal vez la nueva normalidad pase por un regreso al pasado en el que los festivales vuelvan a ser una excepción. Tal vez ahora los grupos se instalen una semana en cada gran ciudad para ofrecer seis conciertos en espacios de tamaño razonable en lugar de llenar descampados con miles de personas que solo los ven de lejos. Tal vez se monten giras españolas de 15 y 30 fechas para ingresar lo que hasta hoy ganaban en dos fines de semana. No suena mal, eh.

Al final resultará que la tan cacareada burbuja de festivales habrá explotado por algo que nadie pudo jamás imaginar: un virus de alcance mundial.

Cultura

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
3 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios

Lo más leído