Decamerón 20 20

'Hound' (un relato para olvidar el encierro por el coronavirus)

Hemos reclutado a los mejores escritores en español para que nos brinden historias con que resistir al encierro; nuestro invitado de hoy es Eduardo de los Santos. Relájense y disfruten

Foto: Santos
Santos

Hound ha sido durante mucho tiempo el nombre de mi avatar en World of Warcraft, un Caballero de la Muerte de nivel ochenta y cinco con build de Escarcha, es decir, un DPS, que significa “daño por segundo”: el tipo de personaje que se dedica a causar daños, a diferencia de los tankes, que lo soportan y mantienen ocupados a los enemigos mientras los DPS los matan, y de los healers, los sanadores, que se dedican a curar al tanke —si es un buen tanke— o al tanke y a los DPS —si es un buen sanador—. Es un poco más complicado que esto porque luego los DPS pueden especializarse en el daño como tal o en Crowd Control, los tankes pueden ser de aguante o de absorción, los healers de cura-por-segundo o pesada, o híbridos, en fin, es un mundo, pero todo esto no pone ni quita nada a mi historia, así que de momento dejémoslo aquí como digresión y demos el tema por zanjado.

La raza de Hound, y de ahí su nombre, es huargen, un hombre lobo que alterna la forma humana con la forma licantrópica, lo que ofrece cierta versatilidad y una variedad gráfica que a los jugadores con tendencia al hastío nos divierte. A mí me gustaba sobre todo jugar a PVP, competir contra otros jugadores en campos de batalla a los que acudía con mis amigos del barrio, Tyrion y Tyrell —nombres sacados de Juego de Tronos que casaban perfectamente con Hound—, enano paladín tanke o DPS según requirieran las circunstancias y sacerdotisa elfa de la noche healer respectivamente, y con otros amigos de distintas partes de España y Latinoamérica que habíamos ido haciendo a lo largo de los años y con los que habíamos terminado por conformar una hermandad de la que el Gran Maestre era, precisamente, Tyrion. El más ilustre de estos compañeros era Multiolaser o Multi, uno de los mejores luchadores PVP del server, venezolano de Caracas.

Fue en los meses previos a que vendiera mi personaje y dejara para siempre el WoW, cuando se orquestó mi neurastenia

Fue en esa época, en los meses previos a que vendiera mi personaje y dejara para siempre el WoW, cuando se orquestaron de forma definitiva mi neurastenia, manifestada en el juego a través de la crisis identitaria de Hound —porque la elección de un personaje dice mucho de uno y qué clase de persona puede ser quien elige un Caballero de la Muerte, que es una mezcla de guerrero y brujo que usa sus poderes necrománticos para causar daños a los demás y esclavizar sus cuerpos heridos—, y la ludopatía diagnosticada de Tyrion que habría de cambiar nuestras vidas.

Todo empezó la noche que entramos en el Bastión de Baradin, una de las raids más cortas del juego, a la que planeábamos ir con la hermandad para conseguir algunos objetos raros que poner después a subasta en el mercado online. Bastión de Baradin es una mazmorra pequeña con solo unos pocos enemigos, cada cual en un ala de lo que otrora fuera la prisión más grande del Kirin Tor, en la isla de Tol Barad. En la narrativa del juego, los presos Argaloth, Alizabal y Occu’Thar quedan libres y asesinan a todos los guardias, debiendo entonces los jugadores entrar para acabar con el motín. De los tres, Occu’Thar es el peor. Se trata de un demonio voraz que, hechizado por los terribles susurros de los Dioses Antiguos y liberado de sus ataduras arcanas, corre a la sala de guardia de la cárcel y devora a todos los soldados, hinchándose tanto que, después, es incapaz de abandonar el lugar. Es una pelea muy larga y con la dificultad añadida de que de vez en cuando el boss suelta un vómito corrosivo a su alrededor que es capaz de matar de un solo hit incluso al tanke, y que, aunque no te mate, daña tu equipo, obligándote después a ir a un herrero para que te lo arregle, es decir, alargando aún más la raid. Así que cuando vomita los jugadores deben alejarse y esperar.

En estas estábamos esa noche, contemplando el espectáculo bulímico del sabueso gigante, cuando Multi dejó de hablar por el chat. Al principio, nadie se alarmó. En Venezuela eran las siete de la tarde, es decir, la hora de la cena, y era probable que estuviera calentándose algo o aprovechando el descanso para llenarse los carrillos. No era el mejor momento para hacer un AFK, pero era mejor que cualquier otro momento del combate, dado que él era nuestro tanke principal—en las raids se juntan hasta veinticinco o cincuenta jugadores y es normal que haya más de un tanke para apoyar al main, rotarse el aggro de los bosses, o poder contener a otros enemigos en caso de emboscada—. El problema se hizo evidente cuando Occu’Thar dejó de vomitar y se lanzó directo a por Multi que, como uno de los mejores tankes del server, aún conservaba el foco del boss. Cuando el avatar de Multi, un huargen Caballero de la Muerte como yo, pero especializado en la rama de talentos de Sangre, es decir, en tankear, se desenganchó del juego, quedando su personaje lobuno, de pelo negro y armadura puntiaguda, orejas largas de zorro del desierto, un hacha épica en una mano y en la otra el Escudo Qiraji del Cataclismo que solo unos pocos jugadores habían conseguido, parado y como en otro mundo, supimos que habíamos perdido la batalla.

Durante la pelea contra Occu’Thar, una bala perdida había cruzado la calle donde vivía en Caracas, una calle céntrica, y le había acertado en un costado

Una semana más tarde, Multi reapareció y se disculpó, ofreciéndose a pagar la reparación del equipo de los veinticuatro personajes que aquella fatídica noche habían visto sus armas y armaduras derretidas por los vómitos del monstruo diabólico en Tol Barad. Y lo hizo, e incluso él mismo, que tenía la especialización en herrería, se dedicó a reparar con sus materiales y herramientas los equipos de Tyrion, Tyrell, y otros peces gordos de la hermandad. Cuando le preguntamos qué había pasado, nos dijo que se le había caído el wifi y que lo sentía, que había tenido que contratar otra línea y que por eso había tardado tanto en volver. Pero a Tyrion, con quien tenía más relación, le contó la verdad unos días más tarde, mientras se soleaban entre los dos una mazmorra de bajo nivel en Rasganorte. Multi estaba herido. Durante la pelea contra Occu’Thar, una bala perdida había cruzado la calle donde vivía en Caracas, una calle céntrica, y le había acertado en un costado, pues a Multi le gustaba jugar al fresco, cerca del balcón. En ese instante, y como pudo, salió del área de vómito corrosivo, pensando que eso nos daría alguna ventaja al menos durante el tiempo que su personaje conservara el aggro de Occu’Thar, y luego se arrastró por el apartamento pidiendo auxilio, aunque vivía solo y ningún vecino le pudo oír por el estruendo de las protestas que desde hacía meses se sucedían en su barrio.

Tyrion no averiguó si había sido grave o no, si fue al médico o si se cosió a sí mismo como en una película de Rambo, tendido en un charco de sangre en su propio baño, porque no preguntó. Estaban los dos demasiado ocupados matando al boss final de la zona, buscaban materiales para poner en subasta fuera del juego y sacarse un dinero real con el que comprar a su vez otros materiales para el juego. Ahí tuvimos nuestra primera discusión: empezó mi crisis existencial —me dije que yo había elegido ser un personaje brutal, como los que disparaban a los civiles en Caracas— y entre Tyrell y yo convencimos a Tyrion de hacerse una evaluación psicológica que, con el tiempo, se convertiría en terapia, después de que le diagnosticaran ludopatía y le forzaran en casa a dejar el juego.

Azeroth no era lo mismo sin Tyrion. No teníamos Maestro de Hermandad. Asumí el cargo, pero pronto mis propios compañeros me despojaron del puesto y se lo ofrecieron a Multi porque yo no era capaz de organizar raids ni BGs —campos de batalla PvP—, pues la tristeza me había arrastrado a prácticas de juego que los demás consideraban síntomas de locura: hacía capturas de pantalla de puestas de sol en los confines de Kalimdor, entrenaba con armas inútiles para Caballeros de la Muerte experimentados, como bastones y dagas, y pasaba horas ingame mirando a mi personaje leer los Anales de la Guerra de la Plaga en las bibliotecas más variopintas de las ciudades, incluso de las ciudades enemigas.

Quería demostrarme que podía ser algo más que un carnicero de Escarcha y poderes necrománticos. Que podía ayudar a la gente

Pasados unos meses, Tyrell también dejó el WoW. Tenía mucho trabajo, dijo. Y esa misma noche Multi me preguntó por el chat abierto de la hermandad, para que todos lo leyeran, si quería unirme a la raid de Tol Barad. A pesar de todo, esos jugadores le tenían mucho aprecio y respeto a Hound, y querían mostrarme su apoyo. Le dije que sí, pero que quería ser healer. Multi y muchos otros miembros me respondieron, con toda la razón, que un Caballero de la Muerte no puede ser healer, que no tiene hechizos curativos. Eso a mí me daba igual, quería demostrarme a mí mismo que podía ser algo más que un carnicero de Escarcha y poderes necrománticos. Que podía ayudar a la gente. Así que fuimos a por Occu’Thar y traté de curar a mis aliados usando pociones, platos de comida que había estado cocinando todo el día anterior, y otros objetos con esa clase de poder. Cuando hizo falta un DPS, me negué a golpear. Nada más resucitar a las puertas de Bastión de Baradin tras nuestro previsible fracaso, Multi me expulsó de la hermandad.

Antes de que desparecieran de nuevo en las profundidades de la mazmorra, a la que yo ya no podría entrar con ellos, le pregunté cómo se encontraba del disparo. Fue un susurro, es decir, un chat privado de color rosa que se abre en una esquina de la pantalla y que los otros jugadores no pueden ver. Él me dijo que mucho mejor, aunque parecía que se le empezaba a infectar y que eso le preocupaba, pero que no podía irse hasta vengarse de Occu’Thar, al que culpaba de la marcha de Tyrion, de mi locura y de su propia suerte. Hound le dijo adiós con la mano. Mi huargen blanco se quedó mirando al huargen negro de Multi desaparecer en el portal que conducía a la prisión, donde le esperaban los demás para volverlo a intentar. Lo imaginé sentado junto a su balcón, al fresco del anochecer de Caracas, mientras el griterío de las protestas y el fragor de los disparos se intensificaban en la calle y a él le volvía a sangrar la herida mal cerrada del costado. No sabía cuántos años tenía, ni si era, en realidad, hombre o mujer. No sabía nada de Multi y Multi no sabía nada de nosotros: eso fue todo lo que pensé mientras lo miraba por última vez, parado en la entrada de la raid, esperando a que el cambio de escenario cargara del todo. Al poco, se desconectó.

Después de aquello vendí mi cuenta y mi personaje, seguí con mi vida y no me fue mal, pero sé que una parte de mí se quedó para siempre allí, con Hound, solo, frente a las puertas cerradas de Tol Barad.

'Yas'
'Yas'

* Nuestro invitado en esta ocasión es el escritor Eduardo de los Santos (Madrid, 1992), graduado en Filosofía y con estudios de Filología Hispánica. Librero en Madrid desde el año 2014, ha sido ganador de varios premios de narrativa breve y sus cuentos han aparecido en distintas antologías. Además, ha publicado en las revistas Escritura e imagen, Suralia, Ámbito Cultural, Zenda (con un relato premiado) y Eñe, revista para leer (como finalista del «Cosecha Eñe 2018»), y es colaborador en Oculta Lit. y Drugstore Magazine. Durante el curso 2017-2018 fue miembro de la XVI promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores de Córdoba, donde escribió su primera novela, 'Yas', publicada por Alfaguara en 2020.

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En el siglo XIV la peste azotó Italia. Giovanni Boccaccio escribiría años más tarde una obra cumbre de la literatura universal: el Decamerón, donde diez amigos huyen de Florencia a una villa campestre y matan el tiempo contándose historias ligeras, picantes y divertidas. El Decamerón nos recuerda qué importante es la evasión cuando el terror de la enfermedad oprime a los hombres, y en El Confidencial no estamos dispuestos a que las noticias sobre el coronavirus sean todo cuanto tenemos que ofrecerles. Les abrimos en esta sección una puerta abierta a otros paisajes. Hemos reclutado a los mejores escritores para que nos brinden historias que nos sirvan como mascarillas del espíritu, para protegernos del virus de la obsesión. Podrán leerlos miércoles, viernes y domingos.

Si lo desean, pueden enviarnos sus historias a decameron2020@elconfidencial.com

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