CRóNICA CULTURETA

No es una guerra: el coronavirus y la advertencia de Susan Sontag

La desaparecida escritora estadounidense escribió 'La enfermedad y sus metáforas' cuando el cáncer era un tabú absoluto, y sus enseñanzas siguen siendo útiles en estos tiempos de pandemia

Foto: Susan Sontag. (Anagrama)
Susan Sontag. (Anagrama)

La primera vez que las enfermedades se convirtieron en metáfora militar fue en 1880, precisamente cuando se observaron las bacterias como agentes patógenos y cuando se las relacionó con la invasión y la infiltración en el cuerpo humano. Había que combatirlas. Y transformarlas en un enemigo de connotaciones bélicas cuyo valor alegórico ha terminado generalizándose. La guerra contra el cáncer es ahora la guerra contra el coronavirus.

Explica el fenómeno Susan Sontag en un ensayo de 1978 cuya vigencia se entiende en la propia repercusión epidemiológica y sanitaria del Covid-19. “La enfermedad se convierte en el enemigo contra el que la sociedad entera debe alzarse en pie de guerra”, señala la escritora neoyorquina en alusión al cáncer, pero también advierte del efecto contraproducente que implica la analogía castrense, no ya porque se desvirtúa el rigor científico y se degrada a los enfermos, sino porque la retórica militar o la épica suscitan el desasosiego y el desánimo de quienes la padecen o la combaten.

Una guerra es devastadora, independientemente de que se termine ganando. Y es un mal enfoque cultural en el que se está volviendo a incurrir cada vez que cogen el megáfono los coroneles laicos. Habla Sánchez de economía de guerra. Y de guerra al coronavirus. Se recrudecen las crónicas belicistas tanto como se descuida el efecto psicológico que conlleva luchar desde el frente, atrincherarse, derrotar a un virus hipercontagioso e invisible.

'La enfermedad y sus metáforas'. (Debolsillo)
'La enfermedad y sus metáforas'. (Debolsillo)

Susan Sontag escribió 'La enfermedad y sus metáforas' cuando el cáncer era un tabú absoluto y cuando la tuberculosis estaba casi erradicada, pero el ensayo también aludía a la buena fama literaria de esta última enfermedad. Por los mártires que la padecieron —Chejov, las Brönte, Chopin, Modigliani, Novalis— y por la reputación del padecimiento entre los románticos, más o menos como si un cuerpo frágil y lánguido predispusiera la visita de las musas, antes de que aparecieran las parcas. La enfermedad de los poetas, se llamaba a la tuberculosis, mientras que el cáncer se clasificaba como una enfermedad siniestra y oculta que solo tenía sentido exponerse en el campo de batalla. El tumor avanzaba silencioso. E intentaba derrotarse con el acopio de química y radiaciones devastadoras.

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La propia Sontag padeció cáncer y tuvo que prolongar sus consideraciones metafóricas cuando apareció la epidemia aniquiladora del sida. Una suerte de maldición bíblica que condenaba a los homosexuales y a los libertinos. Y que luego extendía su ferocidad a los promiscuos y a los drogadictos, de tal manera que los más exacerbados militantes religiosos observaron en el acrónimo del VIH al Dios justiciero y vengador del Antiguo Testamento.

Guerra y estigma

El sida era una enfermedad más vergonzosa aún que el cáncer. Porque escarmentaba el desorden de la vida sexual. Porque maldecía a los sodomitas. Y porque convertía al enfermo en culpable, amén de prisionero de guerra en el lenguaje social. “Las metáforas militares”, escribe Sontag, “contribuyen a estigmatizar ciertas enfermedades y, por ende, a quienes están enfermos (...) Todas las enfermedades metaforizadas que rondan la imaginación colectiva tienen muertes duras, o así se cree. Que una enfermedad sea mortal no basta para provocar terror —el infarto es un claro ejemplo de patología mortal prestigiosa—. Las enfermedades más aterradoras son las que parecen no solo letales sino deshumanizadoras, en sentido literal”.

Las enfermedades más aterradoras son las que parecen no solo letales sino deshumanizadoras, en sentido literal

Tienen un valor premonitorio las palabras de Sontag. Las escribió en 1989, pero tanto sirven para definir la situación de psicosis en que nos encontramos. Y la clasificación de la sociedad entre infectados y no infectados. El coronavirus es una pandemia cuyo valor simbólico es más letal incluso que su ferocidad biológica. Lo demuestra, evocando a Sontag, la naturalidad y familiaridad con que ha reaparecido el lenguaje militar entre los cronistas, los políticos y hasta los enfermos que padecen el brote.

Le decepcionaría a Sontag la ineficacia de sus ensayos. Los había escrito para liberarnos de las “metáforas siniestras”. Y para sustituirlas acaso por metáforas de connotaciones científicas, incluidas las “defensas naturales” (sistema inmunológico) y las alegorías terapéuticas no culpabilizadoras. Era y es una tarea imposible. El coronavirus se nutre de la mixtificación y de la sobrecarga fantasiosa que tanto preocupaban a Sontag cuando exponía ante la sociedad el tabú del cáncer.

“Las metáforas que hemos impuesto”, razona Sontag, “denotan las vastas deficiencias de nuestra cultura, la falta de profundidad en nuestro modo de encarar la muerte, nuestras angustias en materia sentimental, nuestra negligencia y nuestros problemas de crecimiento”.

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