Historia

Pemán, el poeta y depurador franquista que resiste en las calles de España

Es quien mejor ha sobrevivido a la purga de las calles de España que ordenó la Ley de Memoria Histórica —89 calles llevan aún su nombre—, pero la gran pregunta es por qué lo honraron entonces

Foto: José María Pemán
José María Pemán

"Con pensar que la perspectiva del re­surgir de una España mejor de la que hemos venido contem­plando estos años está en razón directa de la justicia y escrupu­losidad que pongan en la depu­ración del Magisterio en todos sus grados, está dicho todo". La circular de 10 de diciembre de 1936, publicada por el Boletín Oficial de Burgos, el cuartel general de Franco durante la Guerra Civil, está firmada por José María Pemán, la única razón de peso para haberle incluido en otra depuración: la eliminación de los nombres de las personalidades del régimen —según los más variados criterios de la memoria histórica— del callejero español.

La purga de maestros que proponía el dramaturgo y político y denominado desde algunos sectores como el "poeta del franquismo" se llevaría a cabo con la victoria. Fue él quien decidió tres condiciones muy precisas para actuar contra los profesores de la escuela pública. Aun así, terminada la guerra, nunca llegó a aplicarlas. Protestó de hecho contra su propia inquina de la que se encargó Enrique Suñer.

¿Era entonces Pemán uno de ellos, un franquista? Elevado como uno de los intelectuales del régimen, ha sido quien mejor ha sobrevivido después de muerto a la purga de las calles de los pueblos y ciudades de España que ordenó la Ley de Memoria Histórica. No es casual. La gran pregunta no es tanto por qué su nombre, que aún designa 89 calles, ha permanecido en las esquinas —a pesar de haber sido borrado de otras tantas—, si no más bien por qué se las dieron entonces.

Mantiene una calle en Madrid otorgada en 1960 para sustituir a Julián Besteiro, que en 2017 recibió en cambio la que ostentaba el general Varela

No deja de ser irónico que una de las calles que conserva se encuentre en Madrid, campo de batalla política durante una década al hilo del cambio de placas callejeras, ya que la que aún lleva su nombre se la concedieron en 1960 sustituyendo, nada menos, que a Julián Besteiro, el líder histórico del PSOE denostado en gran medida por la izquierda. Besteiro, como Pemán, era de los suyos sin serlo: odiado por los republicanos ya que rindió Madrid a los nacionales, fue de los pocos dirigentes que se quedaron para entregar los restos de la España de la república en vez de huir.

Moriría en la cárcel tras ser condenado a cadena perpetua por los franquistas. Ya en 2017, se le otorgó una nueva calle, pero no recuperó su antiguo tramo de asfalto —que siguió denominándose Calle de José María de Pemán—. Sustituyó en cambio a la del general Enrique Varela, con quien Pemán, como con tantos otros generales, tuvo relación.

Caza de brujas

El escritor, adherido sin fisuras a la causa nacional en la guerra, especialmente en labores de propaganda, recibió el encargo de Burgos de coordinar la enseñanza. No había medrado para ello y acepó a regañadientes, pero fue más que eficaz con sus nuevos valedores: promovió una caza de brujas del profesorado español perfectamente orquestada y fiel a su odio cerval de entonces a la república, el liberalismo, la propia democracia y cualquier idea que no encajara con su concepción monárquica, casi feudal, unitaria e imperial de la España de los Reyes Católicos. No se encargó en cambio, ni mucho menos, de ejecutarla: en realidad, después pondría trabas y pediría una y otra vez que no tuvieran en cuenta a este o aquel intelectual como en el caso del poeta Gerardo Diego.

Pemán con Don Juan de Borbón
Pemán con Don Juan de Borbón

Acabó siendo un ideólogo accidental del franquismo en tanto que Franco supo explotarlo hábilmente, como hizo con el resto de los enemigos de la república en el batiburrillo de posiciones a la derecha: monárquicos, tradicionalistas, falangistas… incluyendo renombrados compañeros de armas que morderían el polvo después de la victoria como el general Aranda o Kindelán. Casi nadie se escapó y la mayoría aceptarían la docilidad, como explicaría más adelante Gil Robles, el que fuera líder de la CEDA, una vez que todas las conspiraciones monárquicas para restaurar la corona en la figura de Don Juan de Borbón, fracasaron.

Monárquico y católico, modificó su impresión sobre Francisco Franco, que le utilizó, y al que en sus comienzos no supo interpretar correctamente

Pemán no participó en la conjura 'donjuanista', como tampoco lo hizo en la del 18 de julio de 1936, a diferencia de afines políticos como José Calvo Sotelo, de Renovación Española, asesinado en Madrid unos días antes. Lo dejó claro: "Los adversarios fuera le hicieron también buena tarea barriendo el camino de adversarios posibles dentro; pues a los que como políticos habían colaborado en el Alzamiento (...) Señalo a José Calvo Sotelo o a José Antonio Primo de Rivera", —J. M. Pemán, 'Mis encuentros con franco' (Dopal)—.

Dramaturgo de éxito

Su adscripción a los sublevados se nutría de la ignorancia. Baste la ingenuidad de la descripción que hizo el dramaturgo de su primer encuentro con el ya jefe del Estado del bando nacional, Francisco Franco: "no se da cuenta de su enorme fuerza actual y de la unanimidad con que le siguen". No hace falta ahondar demasiado en la puerilidad de su impresión: tal y como señalaron sus biógrafos, Javier Tusell y Gonzalo Álvarez Chillida, se equivocaba, y mucho —'Pemán. Un trayecto desde la extrema derecha hasta la democracia' (Planeta)—. Tendría tiempo de rectificar, aunque fuera a la muerte del dictador, con la publicación en 1976 de 'Mis encuentros con Franco' (Dopesa). Recoge unas cuantas perlas.

José María Pemán con el rey Juan Carlos ya jefe del Estado
José María Pemán con el rey Juan Carlos ya jefe del Estado

Antes siquiera de poder ser tildado como poeta del franquismo, a partir de su poema 'El ángel y la bestia', Pemán ya era un autor de mucho éxito. Como católico adepto a la orden de los jesuitas y a los retiros de San Ignacio de Loyola, en 1933, durante la II República, cosechó un reconocimiento sin parangón con 'El divino impaciente', obra teatral sobre la vida de San Francisco Javier que cautivó literalmente a media España y que durante más de medio siglo ha seguido siendo una pieza relevante en los colegios de los jesuitas.

Pemán: "Es excesivo hablar de un sistema o una doctrina 'joseantoniana'. El mismo dijo que la verdad política no tiene un programa rígido"

Respecto a Falange, advirtió prácticamente las mismas incongruencias en José Antonio que en su momento hiciera Miguel de Unamuno. Sabía de lo que hablaba porque estuvo presente el célebre día del Paraninfo en Salamanca, codo con codo con Millán Astray y en calidad ya de propagandista del bando nacional. Su percepción de José Antonio merece un capítulo aparte: "Es excesivo hablar de un sistema o una doctrina joseantoniana. El mismo dijo que la verdad política no tiene un programa rígido, como el amor no tiene un planteamiento reglamentado de los besos", —J. M. Pemán, 'Mis almuerzos con gente importante' (Dopesa)—.

El clan Primo de Rivera

Pemán no solo estaba emparentado con los Primo de Rivera, —el hermano de José Antonio, Miguel, era su cuñado—, sino que le unía una estrecha adscripción personal e ideológica. Es más, si algo defendió en política con pasión fue el 'primorriverismo' del dictador, con el sustento de la corona que portaba Alfonso XIII y desde las filas del partido del padre de José Antonio. Durante la II República se limitó a cosechar éxitos teatrales y por supuesto, a criticar el sistema de gobierno del que formaba parte al ser diputado en las cortes.

Sin embargo, no era un conspirador, ni participó en trama alguna, lo que no le impidió erigirse tras el alzamiento como uno de los pilares fundamentales de la propaganda nacional. Según Tusell, Franco le proporcionó permiso para circular libremente por todo el territorio controlado por su ejército, incluyendo los frentes. Más aún, le encargó en vísperas de la ofensiva sobre Madrid, tras la liberación del Alcázar, que entrara con las primeras tropas para anunciar al mundo la conquista de la capital.

La longevidad del dictador que había deshecho los partidos de derechas de la Segunda República hizo que virara a posiciones más moderadas

En esencia, su apasionamiento se produjo durante la guerra, confiando en la misión "salvadora" de los generales sublevados y especialmente en Francisco Franco, que le deslumbró. Cuando el nuevo estado dejó patente que no habría una restauración del orden anterior, se amoldó como muchos monárquicos y católicos. Incluso justificó intelectualmente el giro radical de la historia de España.

El intelectual reaccionario

Pemán nunca fue una pieza política del engranaje del régimen, pero sí un exponente que bebía del conservadurismo de la España anterior a la Segunda República. Con el tiempo y también con la longevidad del dictador, que había secuestrado a toda la derecha existente antes del alzamiento, viró hacia posiciones más moderadas. Es notoria la divergencia de sus impresiones sobre Franco cuando publica en 1970, 'Mis almuerzos con gente importante' frente a 'Mis encuentros con Franco', seis años después, una vez muerto el dictador.

Genio y figura del sector más reaccionario y católico de la tradición española, supo evolucionar, adaptarse y triunfar como poeta y dramaturgo. Fue sin duda uno de los exponentes, un ideólogo circunstancial, de los valores básicos del nacionalcatolicismo que impuso Franco sobre la amalgama de falangistas, monárquicos, tradicionalistas y católicos, y a su vez supo distanciarse lo necesario en la Transición, amparado en sus avales monárquicos. No es por tanto excepcional que sus muchas capas hayan servido para burlar las disposiciones de la Ley de Memoria Histórica: tuvo un papel relevante y al mismo tiempo secundario y sus éxitos literarios no fueron obra del franquismo.

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