ENTREVISTA

Almudena Grandes: "Quería contar los 50 desde el margen, desde un manicomio"

La escritora ha presentado la quinta entrega de sus Episodios de una guerra interminable, 'La madre de Frankenstein', inspirada en el asesinato de Hildegart Rodríguez en 1933

Foto: Almudena Grandes en la presentación de 'La madre de Frankenstein'. (Efe)
Almudena Grandes en la presentación de 'La madre de Frankenstein'. (Efe)

"Verás, Andrés, el hombre hablaba con una hebra de voz ronca, ahogada, hemos venido porque esta mañana, doña Aurora, ha matado a su hija. Así empezó todo". El 9 de junio de 1933, Aurora Rodríguez Carballeira le pegó cuatro tiros en la cabeza a su hija Hildegart, de 18 años. "Me contó que aquella chica era un ser extraordinario, una niña prodigio que había aprendido a leer y a escribir siendo casi un bebé, que obtuvo un diploma de mecanografía a los cuatro años, que a mi edad ya daba discursos, escribía artículos y hasta libros, que estudiaba en la universidad, y daba conferencias y era una líder para muchos jóvenes. Todo eso y más había hecho cuando su madre la mató". Así cuenta Almudena Grandes uno de los crímenes que conmovieron a la España de la República en 'La madre de Frankenstein', la quinta y penúltima entrega de sus Episodios de una Guerra Interminable, que nacieron en 2010 con 'Inés y la alegría'.

Portada de 'La madre de Frankenstein'
Portada de 'La madre de Frankenstein'

La concepción de Hildegart no fue al uso. Defensora de los derechos de la mujer, intelectual de izquierdas y seguidora de las teorías eugenésicas, su madre buscó al hombre con las características físicas e intelectuales ideales para engendrar a "la mujer del futuro". Hildegart se convirtió en una referente del progresismo socialista y sus teorías llamaron la atención de H.G. Wells, Gregorio Marañón y José Ortega y Gasset, entre otros. La habían invitado a impartir una serie de conferencias, a las que quería asistir sola, sin su madre, cuando Aurora cogió un revólver y le descargó cuatro balas en la cabeza. Una historia a la que Grandes llegó a finales de los ochenta, gracias a la publicación de Guillermo Rendueles, 'El manuscrito encontrado en Ciempozuelos', donde el psiquiatra diseccionó la historia clínica de Aurora Rodríguez, que pasó sus últimos años encerrada en el manicomio de la localidad madrileña. Después de casi tres décadas con Hildegart incrustada en el subconsciente, Grandes por fin ha conseguido integrar el recuerdo de este crimen en su anatomía de la España de la posguerra.

PREGUNTA. Después de tres décadas con la historia de Hildegart y Aurora en el disco duro de la memoria, ¿cuándo decidiste que era el momento de sacarla y utilizarla en tus Episodios de una Guerra Interminable?

RESPUESTA. Esta historia forma parte de mis torpes ensayos antes de escribir los episodios, porque cuando acabé ‘El corazón helado’ acabé muy exhausta, porque cuando acabas de escribir una novela de mil páginas, ¿qué más te queda por hacer? Y, cuando no sé qué hacer, suelo meter la pata. Y esta vez la metí de una forma tradicional y de una forma novedosa: la primera fue escribir el guión de cine de ‘Inés y la alegría’, que no se rodó, y luego decidí intentar escribir teatro, que es mi mayor frustración y mi fracaso más repetido. Me encantaría escribir teatro, pero no he sabido nunca escribir teatro. Yo soy narradora y en el teatro no tienes que contar cosas, tienen que pasar cosas. Hubo un año, hace muchísimo, que estuve ocho meses seguidos leyendo teatro. Todo el que pude. Y el teatro de Chéjov me cambió la vida y me hizo mejor escritora. Yo estaba corrigiendo esa obra de teatro sobre Aurora Rodríguez y, de repente, vi la luz, y me di cuenta de que tenía que dejar de hacer tonterías y volver a escribir novelas, que es lo que sé hacer. Estos dos fracasos los incorporé en los episodios. Yo a Aurora ya la tenía dentro, la tenía asumida, por eso la he escrito tan rápido. Los fracasos en la vida no son estériles.

P. ¿Por qué el crimen de Hildegart impactó tanto en la sociedad del momento?

R. Hildegart era superdotada, pero estoy convencida de que Aurora también lo era. Aurora fue autodidacta y se formó sola leyendo libros de la biblioteca de su padre. Y antes de formar a Hildegart, convirtió en un superdotado, en un concertista precoz, a su sobrino Pepe, que empezó a dar conciertos a los cuatro años. Cuando llegó su madre a convertirse en representante del niño y se lo llevó, Aurora se llevó un disgusto terrible y decidió tener a Hildegart.

Las dos eran muy conocidas en los círculos progresistas del Madrid de la época: en el Ateneo, en Lyceum Club que fundó María de Maeztu… Hildegart era una líder juvenil, una esperanza blanca de la mujer española. El crimen tuvo una repercusión brutal. En la capilla ardiente, que estuvo en la calle Echegaray, en el Círculo Federal, las colas eran inmensas. Al cortejo fue muchísima gente. Y el juicio de Aurora fue un choque de trenes, primero porque el perito de la acusación era Antonio Vallejo Nájera, una vez más, porque estaba hasta en la sopa, y el perito de la defensa era Rodríguez Lafora, el patriarca de la Psiquiatría progresista española. Vallejo Nájera dijo que Aurora estaba cuerda, una opinión que ella misma apoyó entusiasta, porque no podía aceptar que dijeran que estaba loca, porque entonces su obra sobre la reforma de toda la sociedad podría ponerse en cuestión, mientras que Lafora argumentó que era una paranoica, una enferma, y que tenía que estar en un manicomio. Todos los periódicos mandaron a gente a cubrir el juicio, que además coincidió con el de Casas Viejas [una treintena de sacerdotes fueron asesinados por guardias de asalto republicanos], con la esperanza de que se hablara más de lo de Casas Viejas. Pero el enorme interés que suscitó desapareció al entrar en la cárcel.

Almudena Grandes. (Efe)
Almudena Grandes. (Efe)

P. 'La madre de Frankenstein' está protagonizada por un psiquiatra reformista que se enfrenta a una España en la que la Psiquiatría se utilizó como arma ideológica del régimen, con teorías biologicistas que condenaban la homosexualidad, el sexo femenino e, incluso, la ideología de izquierdas. Vallejo Nájera, uno de los psiquiatras más afines al régimen, incluso propuso la existencia del 'gen rojo', que estaba relacionado con la debilidad mental.

R. Las ideas de Vallejo Nájera no están tan lejos de los eugenesistas nazis. Hay una diferencia fundamental, que es que Vallejo Nájera es muy católico y está en contra de las esterilizaciones. Pero para extirpar el ‘gen rojo’, que él piensa que está intrínsecamente relacionado con la debilidad mental, propone la eliminación de los sujetos o el robo de sus hijos. Pero claro, la dictadura de Franco fue la última superviviente junto a Portugal, y aquí se podían seguir poniendo en práctica estas teorías. Y Vallejo Nájera consigue influir mucho en el nacionalcatolicismo porque la Psiquiatría es Medicina, pero no se ocupa del cuerpo.

P. ¿El régimen utilizó entonces la Psiquiatría para regir la vida privada de los ciudadanos?

R. El nacionalcatolicismo tiene dos pilares: el Estado nacionalsindicalista y la doctrina católica extrema, que se unen en santo matrimonio. Entonces, Vallejo-Nájera es coronel del Ejército y, por otro lado, psiquiatra católico. Y López Ibor es del Opus. Entonces, la Psiquiatría, que tiene que ver mucho con la intimidad de las personas, se convierte en una colaboradora muy eficaz en la implantación de una ideología y coarta la libertad de la gente. Coarta las expresiones de afectividad públicas. Coarta la sexualidad de las mujeres, que ven en sus cuerpos sus mayores enemigos. Todo era pecado. Las mujeres que se atrevían a seguir sus impulsos tenían todas las papeletas para acabar como desechos sociales en un psiquiátrico. O metidas a monjas. Por eso me apetecía contar los años 50 desde un manicomio de mujeres, que era el margen del margen.

Las mujeres que se atrevían a seguir sus impulsos tenían todas las papeletas para acabar como desechos sociales en un psiquiátrico

P. ¿Cómo ha sido dedicar casi 20 años de tu trayectoria a escribir sobre la Guerra Civil?

R. Yo era como casi todos los españoles —la especialidad nacional es decir que lo sabes todo sobre la Guerra Civil y no saber nada—, hasta que acabé ‘El corazón helado’. Yo había estudiado Historia en la facultad y pensaba que sabía de historia. En ‘El corazón helado’ se hablaba de la División Azul, que es un tema sobre lo que no hay mucho escrito, y del que yo no sabía nada; implicaba también la segunda generación del exilio, porque el exilio en España es como un vacío entre dos imágenes, la de los Pirineos nevados en 1939 y la del avión de Iberia en el 75. Parecía que en medio no había pasado nada. Jorge Semprún si lo trató en unos libros que me impresionaron mucho. Me puse a leer muchos libros para refrescar la memoria, pero me di cuenta de que no podía refrescarla, porque yo en realidad no sabía nada. Y entonces me enganché a la Historia de la España Contemporánea como se engancha un niño a un videojuego.Durante más de diez años, porque empecé a leer para ‘El corazón helado’, he estado metida en una burbuja en la que sólo he visto cine español, sólo he escuchado música española y sólo he leído libros de República, guerra y dictadura, de ficción o no ficción.

P. Han pasado 10 años desde la publicación de 'Inés y la alegría'. En este tiempo, ¿has percibido algún cambio en la recepción o la polémica que suscita hablar de la Guerra Civil? ¿Crees que ahora, con la nueva realidad política, es un tema que levanta más ampollas que entonces?

R. Cuando escribí ‘El corazón helado’, dije unas cosas a las que la gente reaccionó como si yo llevara un cinturón de explosivos. Parecía una terrorista peligrosa. A partir de ‘Inés y la alegría’, quizás porque se han acostumbrado a mi proyecto —espero que no— o porque la gente ha entendido de la necesidad de respetar y comprender la memoria para mirar a la realidad, cada vez van cayendo más tabús de la Transición. No podemos seguir anclados hace 40 años.

P. Pero, precisamente, el discurso político está cada vez más anclado en hace 40 años. Hemos vuelto a los bandos y a la legitimidad o no de los Gobiernos.

R. Cuando la izquierda llega al poder, la derecha no se comporta como si hubiese perdido, sino como si le hubiesen robado el poder. Una cosa es perder en buena lid y otra un robo. Y eso ocurre porque la derecha española tiene la sensación de que este país le pertenece y de que lo han heredado de sus abuelos. En cierta medida es verdad, porque los descendientes de quienes ganaron la Guerra Civil han seguido formando parte de los estamentos del poder. Cuando la izquierda llega al poder reacciona como si les hubiesen robado el poder. ¿Cuál es el problema? Que a veces parece que la izquierda también lo cree porque llega al poder y se acompleja, les sale un complejo de realquilados, “toco pero no rompo”. Y yo creo que en una coyuntura como esta, con la derecha armada hasta los dientes y dispuesta a alterar cada día de la legislatura que nos espera por todos los medios posibles, sería fundamental que este Gobierno sea valiente y se sacuda este complejo. No hay otra supervivencia posible para el Gobierno.

Sería fundamental que este Gobierno sea valiente y se sacuda este complejo. No hay otra supervivencia posible para el Gobierno

P. ¿Crees que ahora se está produciendo un movimiento revisionista sobre la historia de la España contemporánea? Recientemente se anunció un congreso en el que los ponentes eran César vidal e Isabel San Sebastián, entre otros.

R. En realidad nunca han estado mezclados. Isabel San Sebastián y César Vidal no son historiadores. Son periodistas que han decidido escribir libros. En la Historia académica también hay disidentes o representantes de otras versiones sobre la Historia. Sin embargo, el neofranquismo, o como lo quieras llamar, tiene existencia real en la sociedad española gracias a estos propagandistas, porque no son historiadores. Los historiadores que han investigado la historia reciente sin un propósito político determinado porque no pertenecen a ningún partido ni necesitan ninguna herramienta para medrar en sus circunstancias políticas son mucho menos populares. Y son fundamentales, pero no salen en los telediarios. A algunos les hacéis entrevistas, pero a muchos otros no. Sin embargo, yo no podría haber dado un paso sin los historiadores de mi generación. Se reconoce poco lo que representó que en los 80 hubiera historiadores que cogieran por los cuernos la historia contemporánea, porque cuando yo la estudiaba era un territorio francés y anglosajón, porque los españoles trabajaban para los Felipes para no contaminarse. Pero las grandes aportaciones recientes a la Historiografía de la Guerra Civil la han hecho historiadores como Ángel Viñas, Julián Casanova y otra gente. El problema fundamental es que los historiadores académicos no tienen en cuenta a estos propagandistas, cosa que es un error, como ya dijo Julián Casanova hace tiempo. Despreciarles no es suficiente; habría que combatirlos.

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