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¿Y si el Papa fuera un dandi inglés?

La segunda temporada de 'The Young Pope' ('The New Pope') es un sublime ejercicio de plasticidad, sensualidad y ritmo que reivindica el misterio de la fe por el camino de la estética

Foto: 'The New Pope'. (HBO)
'The New Pope'. (HBO)

No era sencillo concebir una segunda temporada de 'The Young Pope' después del hito que supuso la primera, pero Paolo Sorrentino ha obrado un nuevo milagro. Y ha perfeccionado aún más el camino de la estética y del ritmo como argumentos de credibilidad absolutos.

La trama de 'The New Pope' sería un disparate si no fuera porque el cineasta italiano la domestica y la anestesia con plasticidad. Ya dice el nuevo protagonista, John Malkovich, que una religión revelada como la cristiana no solo puede inculcarse desde la poesía.

Es la razón implícita que pulveriza la mediocridad de Francisco como el pastor de la Iglesia católica. Tanto ha trivializado Jorge Mario Bergoglio la liturgia, la poética, tanto el misterio de la fe se degrada al prosaísmo de una ONG o al prosaísmo de una misión desmitificada.

Semejante vulgarización acaso explica que Sorrentino parodie y hasta asesine al epígono de Francisco. Viene a llamarse Francisco II. Y establece entre los purpurados el voto de pobreza, de tal manera que los cardenales deben deshacerse de los bienes materiales, predicar con el ejemplo una renuncia a la riqueza que el nuevo Papa extiende a la liquidación de los bienes del Vaticano.

La irrupción de la ética franciscana precipita una conspiración que liquida a Francisco II, sucesor en el trono de Pedro de Pío XIII. Era el Papa implacable e idolatrado que interpretaba Jude Law en la primera temporada. Y que no ha desaparecido de la segunda porque convalece de un estado de coma en espera de encontrar un transplante de corazón compatible con las heridas místicas.

Quiere decirse que Sorrentino organiza un jaleo sucesorio, hasta el extremo de que 'The New Pope' compagina un Papa comatoso, uno fallecido y un aspirante al que el secretario de Estado vaticano —memorable Silvio Orlando en el papel del lobo-recluta en la mansión de la campiña inglesa donde reside. Se trata de John Malkovich. Un 'sir', un 'gentleman', un aristócrata de exquisitas maneras y de modales refinadísimos que aconseja el vestuario de Megan Markle, que desea conocer a Marilyn Manson y que accede a las llaves de Pedro por el camino de la vanidad.

La idea de Sorrentino es una provocación al Brexit y una reprimenda al protestantismo, pero funciona

¿Recae el porvenir de la Iglesia de Roma en la providencia de un Papa británico? La idea de Sorrentino es una provocación al Brexit y una reprimenda conceptual al protestantismo, pero funciona. Lo hace por el magnetismo de Malkovich/Juan Pablo III. Y porque el actor responde de manera inefable a los requisitos de estupor estético y de pulsión erótica que requiere la obra maestra de Sorrentino. Podría sospecharse que el cineasta italiano ataca el cinismo y la perversión de la Iglesia, pero podría sostenerse exactamente lo contrario. La narración del cónclave, el estrépito litúrgico, los funerales de un pontífice, predisponen una devoción y una fascinación que contribuyen a la expectativa de la fe. Y que entroncan con el concilio de Trento.

La estética del misterio

Fue allí, mediado el siglo XVI, donde la Iglesia católica emprendió la “reconquista” de la contrarreforma. Se adoptaron acuerdos tan relevantes como el pecado original, el purgatorio y la excelencia del celibato, pero también sobrevino un principio de acción propagandística que consistía en valerse de las artes como vehículo de excepción para conmover a la feligresía. Llegar a Dios por los sentidos. Elevarse al cielo por el camino de la creatividad. Capturar las almas desde los sentidos. Escrutar el misterio desde la estética. Llegar a la revelación por la poesía.

El concilio de Trento precipitó, desencadenó el barroco. Un movimiento que dislocó, retorció el Renacimiento, y que permitió al cristianismo asombrar a los fieles. Con la dialéctica de Bernini y de Borromini (que es la de Santa Teresa y la de San Juan de la Cruz); con la pintura sanguinolenta de Caravaggio. Y con las trompetas de Gabrieli en la bóveda veneciana de San Marcos.

Paolo Sorrentino es un apóstol del concilio trentino, quiera o no admitirlo. Traslada a los espectadores la fascinación hacia el Vaticano

Paolo Sorrentino es un apóstol del concilio trentino, quiera o no admitirlo. Traslada a los espectadores la fascinación hacia el Vaticano. Y se adhiere a un manierismo y una afectación que ejercen una poderosa capacidad seductora. Nadie mejor para ejercerla que el dandismo de John Malkovich. O el corazón herido de Jude Law, cuyas apariciones metafísicas en la segunda temporada demuestran que acaso fue víctima no de un infarto sino de la transverberación.

La conoció Santa Teresa. O la experimentó en sus viajes místicos. Un dolor placentero. Una experiencia erótica. Sentir las flechas de Dios en la víscera sagrada. Y manar de la herida como les sucede a las monjas de clausura de Sorrentino en la alegoría del misterio eucarístico.

¿Resucitará Pío XIII de su letargo? ¿Convivirán el Papa inglés y el americano en Vaticano del Sorrentino? ¿Caben Jude Law y John Malkovich no ya en el mismo trono de San Pedro sino en la misma pantalla?

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