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La última copa: ¿eres alcohólico y no lo sabes?

El periodista Daniel Schreiber publica 'La última copa', libro en el que narra su adicción y proceso de desintoxicación y que se une a novelas y ensayos recientes sobre dejar de beber

Foto: Beber puede ser una enfermedad
Beber puede ser una enfermedad

Todo empezó con una neumonía en el verano de 2011. Varias semanas de baja y después un ímpetu desbordante por volver a salir que enseguida fue satisfecho con varias noches de borrachera. Así, el periodista Daniel Schreiber (Alemania, 1977) se plantó una tarde en el hipódromo de Berlín. Junto a una amiga cayeron varias botellas de champán. No era algo tan ajeno para él, que solía beber una botella de vino casi al día. Siempre había una ocasión para tomar una copa (aunque nunca era solo una). Pero aquella tarde con los caballos Schreiber sintió que ese día era el de la despedida. “El adiós a un gran amor, el amor de mi vida”, afirma. Desde entonces ha permanecido sobrio. “Y uno aprende a divertirse realmente. Aprende a sentir realmente, aunque esto suene un poco esotérico. Se duerme mejor, se comprende mejor a los otros y está más abierto al mundo, con su belleza y sus conflictos”, cuenta a El Confidencial.

'La última copa' (Libros del Asteroide)
'La última copa' (Libros del Asteroide)

Hace seis años escribió el libro ‘La última copa’. Fue un éxito en su país, Alemania, y ahora acaba de ser publicado en español por Libros del Asteroide. En él narra su proceso de desintoxicación del alcohol y todos los prejuicios que hay en torno a los no bebedores. Porque en lo que intenta incidir Schreiber no es tanto en el beber o no hacerlo sino en que la dependencia del alcohol -que era su caso con buena ingesta de alcohol diaria- es, principalmente, una enfermedad sobre la que hay demasiados mitos y clichés. Tantos que la mayoría de las veces nos autoengañamos, según él, con nuestro propio consumo del alcohol.

Daniel Schreiber
Daniel Schreiber

“La imagen de la dependencia todavía es la del bebedor que acaba sentado en el banco de un parque con una botella en la mano, y que ha perdido su trabajo y su familia. Pero este alcohólico es en su mayor parte una ficción”, sostiene Schreiber quien va relatando a lo largo del libro cómo la dependencia suele ser mucho más discreta y normal. Él mismo se pone como ejemplo: sus noches tomando algo al salir del trabajo, ese corrillo de periodistas que suele ser tan dado a la bebida -en Alemania y en buena parte del resto del mundo-. “Y mientras yo tenía muchos amigos y un trabajo exitoso. Me podía decir a mí mismo que todo estaba ok”, abunda (si bien, también es cierto que su consumo “era tan excesivo que por eso hoy estoy sobrio”).

El mito del escritor bebedor

Esta normalización de la dependencia del alcohol, conviene este periodista, se ha representado en numerosas ocasiones con las biografías de un buen puñado de escritores muy reconocidos. Retratos que, además, le han dado siempre un punto glamuroso a la bebida. Y hasta una imagen de independencia en la mujer. Son los casos de autores como Marguerite Duras, William Faulkner, Francis Scott Fitzgerald, Truman Capote o Elizabeth Bishop. En el libro ‘El viaje a Echo Spring: por qué beben los escritores’, la escritora Olivia Laing, que procede de una familia alcohólica, cuenta, precisamente, de dónde viene la adicción en estos autores. Por qué Hemingway se tragaba esas botellas de ron sin parpadear o Scott Fiztgerald cerraba todos los bares de París en los años veinte siempre con una buena curda encima.

Hemingway y el ron
Hemingway y el ron

No sólo hay que acudir a este ensayo para conocer esta interrelación entre literatura y alcohol. Sólo una breve búsqueda en Google revela que es imposible escribir una obra maestra sin antes haber recurrido al vino, el whisky o el vodka. Hay cientos de artículos sobre el tema. Después están todas las novelas que se han escrito con el alcohol como protagonista, desde 'Bajo el volcán', de Malcolm Lowry a 'Trópico de cáncer' y 'Trópico de capricornio', de Henry Miller, 'La espuma de los días', de Boris Vian, 'Última resaca', de Patrick Hamilton o uno mucho más reciente, 'Black out', de María Moreno. Odas a la botella como activo del placer y la creación. La embriaguez como felicidad.

Todos somos iguales cuando vomitamos. Estos escritores no bebían porque eso les volviera más creativos, sino porque estaban enfermos

Para Schreiber todo esto no es más que una ficción. “Estas personas también luchan con sus demonios internos cuando beben. Todos somos iguales cuando vomitamos. Estos escritores no bebían porque eso les volvía más creativos, porque se sentían distanciados del mundo o porque tenían otra moralidad. Bebían porque estaban enfermos, porque su cerebro estaba programado para beber. Y lo que hace sus libros aún más impresionantes es que los escribieron a pesar de su enfermedad”, recalca. Y adiós a esta imagen literaria tan del siglo XX, tan beat y tan moderna. Adiós a Verlaine y Rimbaud y sus violentas borracheras.

La nueva sobriedad, ¿un movimiento moral?

El libro de este periodista alemán, no obstante, no es el único que aborda este cambio de perspectiva en torno a la bebida en los últimos tiempos. Recientemente se han publicado 'Lagunas. Memorias de una alcohólica', de la periodista estadounidense Sarah Hepola (Pepitas de calabaza, 2019), sobre su adicción y cómo dejó la bebida; 'Un gran favor', de la también estadounidense Joyce Maynard (Harper Collins, 2016), una historia sobre una escritora que lucha contra su adicción al alcohol. Cuando lo terminó la propia autora también dejó de beber; o 'Hasta que puedas quererte solo' (Alfaguara, 2017), del argentino Pablo Ramos, en el que cuenta El Programa de los Doce Pasos de Alcohólicos Anónimos.

En los últimos tiempos se han publicado varios libros sobre la adicción al alcohol y cada vez aparecen más artículos sobre dejar de beber

A estos libros se unen no pocos artículos sobre cómo dejar de beber, muchos de ellos publicados en medios anglosajones como ‘The New York Times’ o ‘The Guardian’. Hay una especie de subsección que establece una poderosa relación entre el alcohol y el sexo. Noches que hubiera sido mejor no tener y una gran mayoría que es preferible olvidar. Muchos de estos artículos están firmados por mujeres. Por otro lado, también han crecido los reportajes que informan sobre un cierto rechazo de las generaciones más jóvenes al consumo del alcohol. Y luego están todas las confesiones de famosos que han hablado de su problema con el alcohol como Brad Pitt, Bradley Cooper o Lana del Rey, entre otros. Justo además cuando se cumplen cien años de la Ley Seca en EEUU, la única enmienda en la Constitución estadounidense que, por cierto, ha sido revocada.

¿Hay un movimiento de la sobriedad? ¿En qué momento cambió el discurso del ebrio glamuroso por el del sobrio glamuroso?

“Mi opinión es que si existe este movimiento es una reacción de los jóvenes al daño que ven en la generación de sus padres y abuelos. Todos pensamos que la adicción es algo marginal, pero la realidad es que es mayoritaria. En los países europeos occidentales la gente bebe cuatro veces más que en los años cincuenta. El alcoholismo se ha extendido tanto como la diabetes y tiene incluso peores consecuencias para la salud como el cáncer, enfermedades del hígado y cardiovasculares”, responde Schreiber. En su libro recoge, a su vez, un estudio elaborado por médicos británicos a comienzos de la pasada década en la que se constata el daño en la salud, el daño psicológico, social y económico de las drogas a la largo plazo. Y la conclusión es que el alcohol está en la cima de todas las drogas y a larga distancia del resto.

Si existe este movimiento de la sobriedad es una reacción de los jóvenes al daño que ven en la generación de sus padres y abuelos

Pero este escritor tampoco quiere caer en la trampa moral. En el libro aborda cómo comenzó a ir a las charlas de Alcohólicos Anónimos intentando quitarle esa pátina moralista que tiene esta asociación. El periodista insiste en que si bien, cuando alguien tiene una adicción a drogas como la cocaína, la heroína o el cannabis, se ve lógico, normal y bueno que siga un programa de desintoxicación, por qué todavía eso no sucede con el alcoholismo. Es más, él mismo se pregunta por qué un exfumador es felicitado por haber dejado su adicción mientras que a un ex bebedor se le mira con cierto rechazo.

“La reflexión sobre la dependencia no tiene nada que ver con la moral sino con la enfermedad que muchas personas tienen. Culturalmente siempre ocurre que las enfermedades que no entendemos son un problema moral, algo que pasó con la tuberculosis y ocurre el cáncer. Pero cuanto más sabemos sobre esas enfermedades, cambia esa perspectiva y experimentamos ese proceso como una dependencia al alcohol”, reflexiona poniendo como ejemplo el libro de Susan Sontag 'La enfermedad y sus metáforas' en el que la escritora criticaba que muchas personas entendieran el cáncer como algo “malo” que te había tocado porque quizá algo habías hecho (o estabas psicológicamente predeterminado para ello).

Ni disciplina ni debilidad de voluntad

De esta manera, el periodista insiste, “la neurobiología ha demostrado desde hace muchos años que la dependencia no tiene mucho que hacer con la disciplina o la debilidad de la voluntad”. Algo que más o menos sucede también con el tabaco. “Cuando una persona bebe regularmente se provocan cambios neuronales en el cerebro. Dependiendo de la predisposición que uno tenga esto sucede a los dos meses, años o décadas. El cerebro se programa para que uno tenga ganas de beber, aunque en realidad no lo desee. Es como montar en bici, que es algo que no se olvida. Cuando una persona bebe mucho no se puede imaginar una vida sin alcohol”, añade. Él mismo adorna estas explicaciones con sus propios intentos para dejar la bebida: dos, tres semanas sin beber, una autoorganización para beber como mucho cuatro copas de vino a la semana. Nunca le sirvieron de nada hasta que no decidió dar el último trago.

Schreiber se pregunta por qué un exfumador es felicitado por haber dejado su adicción mientras que a un ex bebedor se le mira con cierto rechazo

Pese a estas afirmaciones sombrías, 'La última copa' intenta ser un libro luminoso. “La gente ha bebido siempre y siempre se hará. En mi libro solo resalto que un porcentaje de ellos son enfermos, incluido yo. Y ese porcentaje no es pequeño. El libro es una conversación con ellos, con las personas que a menudo piensas que ellos podrían tener esa enfermedad, con sus amigos y familiares, con aquellos que quieren vivir de forma sobria. Mi objetivo era escribir un libro bonito, ser honesto, compartir los nuevos descubrimientos neurobiológicos en torno al alcohol y aclarar los clichés”, explica. Pero aun con todas esas cosas bonitas, cuando se termina de leer quedan pocas ganas de tomarse una copa.

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