80 años del exilio republicano

Amarga derrota: Besteiro y los 'traidores' que se quedaron a esperar a Franco

Ahora que una exposición rinde tributo en Madrid a los exiliados de la II República tras la guerra civil, recordamos a los olvidados de aquella derrota, los que se quedaron y qué les pasó

Foto: Julián Besteiro, junto a Casado, difunde por radio el bando del golpe contra Negrín
Julián Besteiro, junto a Casado, difunde por radio el bando del golpe contra Negrín

"Ahora el problema es el sitio al que me destinen. Yo creo que a mí me corresponde un hospital o sanatorio, pero me dicen que, por ejemplo, El Niño Jesús está bien pero el personal acogido a él es terrible. No sé; otros me hablan de campos de concentración y citan el ejemplo de Albatera. Ya veremos. Supongo que habrá tiempo". No lo hubo. Julián Besteiro consolaba así a su mujer con su proverbial optimismo desde la cárcel madrileña del paseo de El Cisne el 12 de julio de 1939, derrotado tras el fin de la guerra civil, pero no saldría nunca vivo. ('Cartas desde la prisión', Biblioteca Nueva)

El socialista moderado Besteiro había quedado preso tras encabezar la trama política del golpe del coronel Segismundo Casado en marzo de 1939 contra el presidente del gobierno de la República, Juan Negrín, y entregar Madrid a Francisco Franco, poniendo fin a la guerra. Sólo se quedaron él y el anarquista Melchor Rodriguez, el Ángel Rojo, que fue el último alcalde del Madrid republicano. En el complot participó también Wenceslao Carrillo, padre de un Santiago Carrillo que lo desaprobó. El resto de los máximos dirigentes huyeron al extranjero antes de que entraran las tropas nacionales.

[Paracuellos: sangre y mentiras en la catedral de los mártires]

Besteiro nunca iría a un hospital, a pesar de su delicada salud. La piedad de su captor, Franco, consistió en dos traslados carcelarios más, la última, Carmona, Sevilla, en donde el que fuera presidente de las Cortes de la II República ni siquiera tuvo un colchón el primer mes: dormía en el suelo. La rendición fue sin condiciones para humillación de Segismundo Casado, que mantuvo la ilusión de negociar entre militares y que trataba de Excelencia a Francisco Franco en sus cartas previas a la rendición -Jesús Palacios, 'Las cartas de Franco', (La Esfera)-. Con todo, se salvaron más vidas que en la debacle de Barcelona.

Besteiro en la prisión de Carmona.
Besteiro en la prisión de Carmona.

Mientras el Ministerio de Justicia celebra los 80 años del exilio republicano español con una exposición en Madrid para "sacar de las fosas de la desmemoria a los exiliados" como expresó su promotora la ministra Dolores Delgado, Julián Besteiro, el "traidor" del PSOE sigue esperando el reconocimiento del partido que presidió*. El actual presidente del CIS, Tezanos, encargó un busto de él en 1990: ningún secretario de organización del PSOE decidió que se culminara, como publicó Antonio Salvador en El Independiente. El escultor falleció hace unos años y el molde sigue en el taller esperando la financiación que permita rellenarlo de bronce: un tercer puesto es mejor que nada.

En la izquierda pocos han perdonado la "traición" de Casado y Besteiro, responsables de la rendición a las tropas de Franco, pero falta una parte del drama

En la izquierda pocos han perdonado la "traición" de Casado y Besteiro; responsables de un final que supuso una rendición sin condiciones a las triufantes tropas de Franco. El drama, sin embargo, es incompleto, porque le falta el primer acto. Exactamente un semana después de que Besteiro escribiera desde la cárcel a su mujer Dolores Cebrián, confiando en la piedad de sus enemigos, el ex presidente de la República, Manuel Azaña, relataba los entresijos de lo que fue el hundimiento del estado republicano, en otra carta, a Angel Ossorio, con fecha del 28 de junio de 1939, desde el exilio francés. Azaña se negó en rotundo a quedarse porque "no quería pasear con una soga al cuello por la calle Alcalá". Tuvo tiempo de ajustar cuentas con Negrín y de matizar la 'traición' de Besteiro:

"El gobierno en boca de su presidente dijo que estaría dispuesto a hacer la paz bajo tres condiciones: garantías de que España conservaría su independencia, no sometiéndose a tutela extranjera; que los españoles serían consultados para decidir libremente sobre su régimen político y que no habría represalias. A tales alturas las tres condiciones representaban a lo vivo el cuento del portugués caído en un pozo. Para acabar con lo que quedaba de la República, los enemigos no necesitaban aceptarla". ('Diarios Completos', Crítica).

Pánico en Barcelona

Azaña se refería a un consejo de ministros reunido en Figueras, Gerona, con las tropas nacionales bombardeando la posición, el día 5 de enero de 1939: dos meses antes de que el coronel Segismundo Casado y Julián Besteiro se rebelaran contra Negrín para poner fin a la guerra. Tiene su importancia porque se discutía ya entonces una rendición, tal y como forzarían Casado y Besteiro después. No escatimó detalles:

"En realidad, esos tres puntos, reducidos tardíamente a uno, respondían, quisiérase o no, a la condición tácita de que la guerra estaba perdida (...) Ahora bien proponer las dos primeras era una extravagancia: porque ambas en su contenido político, habían sido el mismo objeto disputado en la guerra y a la hora de perderla, parecía puramente caprichoso esperar que nuestro vencedor renunciase a su propósito principal, o lo pusiera de nuevo en litigio. Como si los alemanes, al pedir el armisticio de 1918, hubieran puesto la condición de que se les reservaría la Alsacia y Lorena".

"Las condiciones de Negrín para la paz con Franco equivalían a que el Imperio alemán hubiera exigido en 1918 que le devolvieran la Alsacia y Lorena·

Lo verdaremente relevante para el caso de Besteiro es que incluso Negrín había accedido en enero a estudiar una rendición después de que le fuera propuesta por el propio presidente de la República y secundada por el jefe del ejército, el general Vicente Rojo: "Se ve pues claro que mi propuesta del 28 de enero (buscar la suspesión de las hostilidades y la paz mediante condiciones de humanidad y piedad para los vencidos) no fue desestimada, por lo que 48 horas después me dijo el Presidente del Gobierno [Juan Negrín] sino porque su política y la de su gobierno era muy otra, más ambiciosa. Tal política tenía como gran inconveniente su enorme retraso".

Juan Negrín, con gabardina beige y Manuel Azaña, con abrigo negro.
Juan Negrín, con gabardina beige y Manuel Azaña, con abrigo negro.

En realidad, con el desmoronamiento total del frente de Cataluña ante la ofensiva de los nacionales en enero, el ejército popular había quedado deshecho. El estado republicano se vino abajo también y con él cundió el pánico en Barcelona. Basicamente, comenzó un sálvese quién pueda. En ese momento la disputa entre los moderados del PSOE como Besteiro, Indalecio Prieto o el propio Azaña con Juan Negrín y su gobierno se hizo insostenible. El presidente de la República, que deambulaba por pueblos de la frontera francesa hasta recalar en La Vajol, había convocado ese 28 de enero una reunión con Negrín y el general Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor Central, para tratar la cuestión de la simple capitulación ante el caos.

La puñalada militar

Según Rojo ocurrió lo siguiente: "Señalé que en Cataluña el estado estaba hundido verticalmente y que en el terreno militar estábamos deshechos y, ni la calidad de los hombres que venían a filas ni ni la cantidad de medios que disponíamos permitían confíar en que el esfuerzo sobrehumano que había de pedirse al ejército para asegurar la detención de la maniobra enemiga, se produjese". Cuando alude al material, el general se refiere también a la zona centro, es decir Madrid. Es una vieja herida: dos meses antes el general Miaja se negó a ejecutar una ofensiva en el sector centro planeada por Rojo, con la excusa de no disponer de medios. Enemistó a ambos, pero cuando llegó enero, hasta el propio Rojo estaba de acuerdo: reconoció que carecían incluso de munición. Su diágnostico era aplastante: "Íbamos a estar en pocos días sin industria, sin aviación, sin red hospitalaria, sin zonas de maniobra, con todo lo que quedaba en Cataluña del Estado sometido diariamente a la a la tiranía de la aviación enemiga y a la aún más dolorosa del pánico" (Vicente Rojo, 'Alerta los pueblos', Ariel).

El mensaje era claro y en palabras de Azaña, aún más: "La conclusión de Rojo era: no hay nada que hacer". El jefe del Estado mayor en sus memorias corrobora en lo esencial la impresión del presidente de la República. Lo más inquietante es que tras la reunión en la que prácticamente se acuerda buscar una solución de paz previo conformidad del resto del gobierno, Negrín se desmarca, según Rojo y le pide que en su exposición a los ministros evite los comentarios "radicales".

Segismundo Casado y Melchor Rodríguez.
Segismundo Casado y Melchor Rodríguez.

Negrín quería prolongar la guerra contra la indicación militar: confiaba en sostener la lucha a la espera de un giro de acontecimientos en el escenario internacional que les favoreciese: la Segunda Guerra Mundial. Aún así, cumplió su palabra de plantear la posible rendición: la ilusoria reunión de Figueras que relata Azaña. El gobierno no fue menos ingenuo, ni menos incauto de lo que sería después Segismundo Casado con el cuartel general de Franco. Lo que parecía fuera de dudas era el absoluto desamparo de la población civil ante la imposibilidad de contener la marea humana que se agolpaba hacia la forntera con Francia. Caían bombas, morían mujeres y niños y apenas había autoridad o servicios que garantizasen un orden. Este es el cuadro del desenlace final.

Besteiro había intentado en 1937, por encargo de Azaña, la mediación de Gran Bretaña para estudiar un armisticio con el gobierno de Burgos

Mientras, en Madrid, cuya máxima autoridad militar era Segismundo Casado, que coordinaba el Ejército Centro, comandado por el general José Miaja, se propone evitar un hundimiento como el de Barcelona y planea rebelarse contra el gobierno de Negrín. Las versiones sobre el complot florecen en este punto. Según el historiador Paul Preston, uno de los promotores de la "traición", Julián Besteiro, estaba influido por los quintacolumnistas, al igal que Casado.

Evidentemente existía una trama política que involucra al dirigente socialista, totalmente desafecto con el gobierno Negrín, pero sus lazos con la quintacolumna franquista en Madrid, más que endebles, eran ya irrelevantes. Besteiro había intentado un año antes, por encargo del mismo Azaña, sondear una mediación de Gran Bretaña para un armistico con Franco. Acudió a Londres como representante de la República en la coronación de Jorge VI y aprovechó para hacer gestiones, todas infructuosas. Negrín, ya presidente del gobierno, ni siquiera las valoró.

Batalla del Ebro.
Batalla del Ebro.

Con la derrota de la batalla del Ebro, sería él mismo el que iniciara gestiones con Francia, para las que tampoco hubo tiempo. Fue el mayor drama: ante el fracaso del gobierno republicano, en inferioridad notable frente a sus enemigos, no había prácticamente nada que hacer. Ni el material de guerra podía trasladarse ya a la zona centro, al estar su territorio partido en dos, ni tampoco los soldados, que estaban aprisionados entre las tropas enemigas y una frontera hostil puesto que no se había conseguido la colaboración de Leon Blum en Francia.

Francia, a pie

Las acusaciones de derrotismo, apelativo de serie de los comisarios políticos comunistas que habían infiltrado el gobierno, se multiplicaron. Negrín no era comunista pero se apoyó en ellos para su particular hundimiento. Tras desoír a Azaña y al resto de críticos, incluyendo la valoración técnica militar de su jefe del ejército, el general Vicente Rojo, decidió continuar. Rojo, dimitió.

El presidente del gobierno acompañó a pie a Azaña que también había renunciado y a Martínez Barrio, su sucesor, en la penosa caminata para cruzar la frontera a Francia y regresaría después a la zona centro para proseguir una lucha que en la opinión del general Rojo, su mano derecha durante la guerra, no tenía ya sentido. En el camino de vuelta se encontró a las nutridas delegaciones del gobierno catalán y vasco, a las que Azaña había dado esquinazo para no cruzar la frontera juntos. La República había perdido la guerra. La caída de Barcelona y de toda Cataluña fue un caos y las últimas tropas del ejército popular en la zona centro no tenían apenas con qué combatir. Las renuncia de Azaña y Rojo y el desmoronamiento del estado obligó a Negrín a declarar el Estado de Guerra para mantener la autoridad. Una ley marcial para resistir como fuera con el único apoyo de los comunistas. Fue el fin.

J. Besteiro: "No te he dejado fortuna, pero sí un nombre respetable que algún día, creo yo, habrá de imponerse a la consideración de las gentes"

Besteiro y Casado interpretaron que el gobierno había perdido la legimitad, lo que sirvió de justificación política para el golpe. Todavía se derramó sangre: en Madrid hubo dos semanas de lucha en las calles entre las fuerzas casadistas, apoyadas por los anarquistas de Cipriano Mera, y las comunistas, leales a Negrín. Eran diferentes causas y motivaciones que en Cataluña en 1937 pero la misma lucha interina en el bando republicano. Entonces ganaron los comunistas. En Madrid, perdieron. Cuando Casado dominó la ciudad, Besteiro se quedó en los sótanos del ministerio de Hacienda esperando la llegada de los nacionales, que le detuvieron.

Para entonces, el presidente del gobierno había salido de España y la población civil se agolparía en el puerto de Alicante hasta el último embarque en el carguero Stanbrook con destino a Orán, que había botado el socialista Rodolfo Llopis, a la postre el último superviviente del PSOE histórico en el congreso de Suresnes. A los exiliados les esperaba otro campo de concentración, como los de Gurs o Argéles Sur le Mer en Francia, tras la caída de Cataluña.

La desmemoria

Con el exilio y la distancia de miles españoles a los que rinde homenaje ahora la exposición '80 aniversario del exilio republicano', llegaron también las memorias, las justificaciones, las acusaciones y las cuitas. Julián Besteiro, en cambio, apenas apeló a su desdicha, ni arremetió contra sus rivales. En sus cartas -una edicón seleccionada de su sobrina- no se queja prácticamente nunca. Quizás del "Sr. Amable", el apodo con el que designó a su letrado en el juicio sumarísimo de guerra que le condenó a 30 años de cárcel. Era la segunda vez. En 1917 le leyeron la misma sentencia tras liderar junto a Pablo Iglesias, Andrés Saborit, Largo Caballero y Anguiano la huelga general contra Alfonso XIII.

En la prisión de Carmona, donde moriría a causa de una complicación infecciosa, escribió a Dolores: "Nunca hubiese podido dejarte cuantiosos bienes de fortuna, pero te dejo en cambio un nombre respetable que algún día, creo yo, habrá de imponerse a la consideración de las gentes". Besteiro no cargó con el peso de Juan Negrín y la enorme dificultad que supuso presidir el último gobierno de la República, pero sí con la derrota que no eludió. Nunca se retractó ya que consideraba que fue la única decisión correcta. Es innegable que asumió las consecuencias, aunque confiara, como en 1917, en un perdón que nunca llegaría. El histórico del PSOE pasó a formar parte, también, de la desmemoria de un bando.

* Corregido

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