entrevista

Use Lahoz: "Sólo hay algo más difícil que escribir, dejar de escribir"

El escritor barcelonés publica 'Jauja', una novela formidable con ecos chejovianos sobre los perdones pendientes

Foto: Use Lahoz. (Foto: Esther García Llovet)
Use Lahoz. (Foto: Esther García Llovet)

Es posible trazar un surco en la tierra de las letras entre los finales shakesperianos y los chejovianos. En los primeros, según señaló Amos Oz, vence la justicia poética pero su luz ilumina un escenario atestado de cadáveres. En los deudores del escritor ruso, sin embargo, los personajes pueden parecer tristes, cansados, doloridos, tal vez incluso melancólicos... pero siguen vivos. Ocurre en el inolvidable final de 'El jardín de los cerezos' cuando Liuba se despide de su bello jardín, pero también de todo un mundo que queda atrás: "mi vida, mi juventud, mi felicidad... Adiós". Un final que, como todos los grandes finales, brinda también nuevos y poderosos comienzos. Porque es ahí donde arranca 'Jauja' (Destino), la formidable novela de ecos chejovianos sobre el encuentro con el pasado y los perdones pendientes de Use Lahoz (Barcelona, 1976).

Novelista, poeta, viajero, Lahoz atesora ya un periplo literario de altura con novelas como 'Los Baldrich', 'La estación perdida' o 'Los buenos amigos' pero, aunque una púdica timidez le hace dudar antes de calificarla así, sin duda 'Jauja' se expone como su más ambicioso trabajo novelístico hasta la fecha. Por sus páginas, en un vertiginoso juego de espejos entre el pasado y el presente, entre la memoria, el perdón y la nostalgia, se abre la historia de la actriz María Broto quien, al filo de los 40, a la salida del estreno de 'El jardín de los cerezos' en el que encarna precisamente a Liuba Andreievna, recibe la noticia de que su padre, Teodoro Broto, ha muerto. Y a partir de ese momento los recuerdos hacen de las suyas, los lugares despliegan sus encantos en una mágica danza deliciosamente descrita entre lo rural y lo urbano y las emociones desbordan los cauces.

'Jauja' (Destino)
'Jauja' (Destino)

Cuando nos encontramos con Use Lahoz en un animado restaurante de Malasaña y le preguntamos por el germen de 'Jauja', los fogonazos restallan: "Tenía veintitantos cuando me fui a ver 'El jardín de los cerezos' en el Llirure de Barcelona, y aún sin entenderla muy bien, me quedé fascinado. Las novelas no se empiezan a escribir cuando pones la primera palabra sino que se van gestando lentamente en tu interior. Y hace unos años vi 'Sils Maria', de Olivier Assayas en la que se traza una analogía entre la obra que interpreta Juliette Binoche y su personaje. Ahí la memoria, me dio un toque: "¡Use! ¿Te acuerdas de 'El jardín de los cerezos'?" Y entonces decidí que, cuando terminara 'Los buenos amigos', mi libro anterior, escribiría una novela sobre una actriz. Por último, cuando viví en Uruguay, conocí a una judía europea que me contó cómo, cuando era pequeña, iba con su padre huyendo por los pueblos. Y esa imagen de una niña escapando se quedó conmigo y acabó convirtiéndose en la María Broto de mi novela. Mis personajes siempre son hijos de nadie y huyen a ninguna parte".

PREGUNTA. Te confieso una cosa: es casi un alivio hoy leer hoy leer una novela en la que el autor no hable de sí mismo. ¿Por qué tantos escritores se dan a la autoficción? ¿Moda? ¿Pereza? ¿Falta de imaginación?

RESPUESTA. Hay escritores que no distinguen entre ficción y no ficción, para quienes todo es literatura. Pero a mí, que me gusta mucho la no ficción, sí que creo que existen diferencias. Soy lector de ambos. Hay libros de no ficción impresionantes, y como profesor los hago leer habitualmente. No obstante, me he educado fundamentalmente con novelas. Puede que la autoficción esté de moda, sí, creo que animada por los tiempos que vivimos, tan propicios para el yoismo. Supongo que las redes sociales, tan utilizadas para el autobombo y el yo yo yo a tiempo real, han contribuido a animar el género. Pero a mí me cuesta mucho escribir sobre mí. O autopromocionarme. Lo que me gusta es fabular.

Use Lahoz. (Foto: Esther García Llovet)
Use Lahoz. (Foto: Esther García Llovet)

P. Tú eres alguien que disfruta urdiendo historias, personajes y ambientes.

R. Sí, pero hay algo más. Chéjov escribió: "Las imágenes generan pensamientos pero los pensamientos no generan imágenes". Y eso es verdad. Veo a una pareja haciendo el amor o a un señor pidiendo en la calle y pienso en la líbido, en la bondad... pero si quiero hablar de la traición y yo no he traicionado, no puedo crear imágenes sobre ello. Evidentemente no soy un escritor de autoficción, aunque en mis libros hay muchas cosas que he vivido. Pero sí doy prioridad a la fabulación siempre con una ilusión de realismo.

P. Hablando de ambientes, vuelves aquí al Valdecádiar de ‘La estación perdida’. Siempre he pensado que de pocas cosas puede estar más orgulloso un autor que de forjarse un territorio imaginario consistente, piso franco para toda su trayectoria literaria. Un Macondo, un Yoknapatawpha... Sueles explicar que en Valdecádiar has fusionado varios pueblos de Aragón, incluido el de tu infancia. Y sin embargo, así ha nacido algo que puede tener partes de otra cosa pero también es completamente original.

R. Es original porque se trata de un escenario que me hago a mi medida. Por ejemplo, en 'La estación perdida' no aparecía una presa y en 'Jauja', sí porque ahora la necesitaba. Así que para a mí es un ambiente muy cómodo, lo he creado yo. Es verdad que pasé muchos veranos de mi infancia en un pueblo aragonés y, aunque entonces no me daba cuenta, fueron veranos de formación. Ya mayor, cuando me hice escritor, me vinieron todas aquellas vivencias del pueblo distintas a las de mi vida en Barcelona, toda esa memoria. Porque el escritor es memoria sobre todo. Para mí, la escritura es un oficio autodidacta, nadie sale de ninguna universidad licenciado como escritor, lo puede hacer cualquiera. Es muy difícil que un escritor se jubile para hacerse médico pero no al contrario.

Al escribir confío más en la improvisación que en la inspiración. Como dice Simic: 'Salí de casa para ir a misa y acabé en el canódromo'

P. La estructura de la novela es evidentemente compleja y sin embargo no se aprecian los engranajes. Los sucesivos y constantes cambios de perspectiva, por ejemplo. ¿Cómo trabajas?

R. Confío más en la improvisación que en la inspiración. Como dice Simic: "Salí de casa para ir a misa y acabé en el canódromo". Pues yo igual. Sabía que quería escribir una novela sobre una actriz pero no sabía que me iba a salir una novela sobre los perdones pendientes. Para mí es muy cómodo explicar una novela cuando la he terminado porque, mientras la termino, no sé de qué va. Otra cosa es que una novela no se pueda prever pero sí se pueda modelar. También te digo que esta puede ser mi novela más ambiciosa y trabajada en cuanto a la estructura. Y el andamiaje de una novela es tan importante como el estilo o la creación de personajes. Me ponía contar una historia hacia atrás y de manera no lineal. Porque lo que hay en estas páginas es un viaje al pasado. No puedo evitar acordarme de Jay Gatsby diciendo "Y así seguimos, navegando barcos a contracorriente, avanzando sin cesar hacia el pasado".

P. Dice la tía Gracia en ‘Jauja que “el pasado no tiene tiempo, que siempre viene con ganas de molestar”. ¿Qué te interesaba aquí mostrar u ocultar acerca del tiempo y la memoria?

R. Yourcenar contaba que, cuando era niña, las novelas le servían para explicarse el mundo pero que, al llegar a vieja, era la vida la que le servía para entender las novelas. Mi principal arma es la experiencia, la memoria. Y aquí buscaba que, desde la atalaya de sus cuarenta años, mi protagonista María se enfrentara a su memoria para descubrir que el pasado es más imprevisible que el futuro. Porque ella en el pasado fue muchas 'Marías' distintas con las que no coincide ahora. A mí no me gusta esa gente que dice que no se arrepiente de nada. "¡Volvería a hacer lo mismo!", dicen. Alucino. Todos tenemos tantas cosas de las que arrepentirnos. La memoria no siempre es luminosa. Puede ser muy oscura.

Use Lahoz. (Foto: Esther García Llovet)
Use Lahoz. (Foto: Esther García Llovet)

P. Hay un corte temible en la novela entre la infancia y la vida adulta de María Broto. La felicidad como un tiempo verdadero y feliz y la madurez como el advenimiento de la falsedad y la decepción. Porque 'Jauja' no es el futuro paraíso que nunca tendremos sino el paraíso pasado que sí tuvimos, que perdimos y que ya nunca recuperaremos.

R. Te respondo con un poema de Cernuda que me encanta: "Adolescente fui en días idénticos a nubes, / cosa grácil, visible por penumbra y reflejo, / y extraño es, si ese recuerdo busco, / que tanto, tanto duela sobre el cuerpo de hoy. / Perder placer es triste / como la dulce lámpara sobre el lento nocturno; / aquél fui, aquél fui, aquél he sido; era la ignorancia mi sombra". Ese último verso es la clave: "¡Era la ignorancia mi sombra!" 'Jauja' es estar a salvo de la verdad y del porvenir, cuando no sabes nada, cuando te crees cosas como querer es poder, cuando la ignorancia es tu sombra. Porque querer no es poder. Cuando el futuro queda muy lejos parece 'Jauja'... y de pronto, 'Jauja' es el pasado. La novela es un viaje al pasado, de acuerdo, pero no deja de ser la historia de amor desdichado entre un padre y una hija, con sus momentos luminosos y sus momentos oscuros, y por todo ello aflora una pregunta pendiente, cuya respuesta ya será imposible, ¿por qué se quisieron tan mal?

Hay aquí la historia de amor desdichado entre un padre y una hija y una pregunta pendiente de respuesta, ¿por qué se quisieron tan mal?

P. Cuando publicaste ‘Los buenos amigos’ en 2016 una reseña alababa tu novela como demostración de que el realismo no ha muerto. Es curioso porque todo el mundo señalaría a Balzac, Flaubert, Tolstoi o Galdós como las cumbres históricas de la novela pero hoy nadie parece querer escribir como ellos.

R. Es que también desde el realismo se puede innovar. Si nos fijamos en los últimos premios nacionales, Pisón, Grandes, Aramburu, se trata de tres autores realistas muy diferentes. No puedo entender que se hable del realismo como algo despectivo porque además el realismo enfrentas cosas distintas e intemporales. Mi novela, por ejemplo, habla de la lucha de clases y de las desigualdades. Y no hay tema más contemporáneo que la desigualdad. El realismo no tiene que ser algo añejo. Piensa en que nuestra gran novela de posguerra, 'La plaza del diamante', de Rodoreda, es una novela realista, ¡en forma de un monólogo interior! Sinceramente, me cuesta entender el realismo como algo obsoleto.

P. En un entorno de atroz competencia por la atención como el de hoy en el que vivimos esclavizados por las notificaciones de las pantallas de nuestros móviles o embrujados por las series de Netflix, la lectura es un reducto asediado, una especie en vías de extinción. ¿Por qué sigues escribiendo?

R. Supongo que lo hago porque no me puedo ganar la vida de otra manera. Jajaja. Pero, en fin, hay algo más difícil que escribir, dejar de escribir.

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