CINE

Albert Serra: "Rebelarse contra lo políticamente correcto te lleva al ostracismo"

El cineasta catalán ha estrenado en salas 'Liberté', Premio del Jurado de Un certain regard en Cannes y que acaba de pasar por el Festival de Cine de Xixón

Foto: Albert Serra durante la presentación de 'Liberté' en el pasado Cannes. (Efe)
Albert Serra durante la presentación de 'Liberté' en el pasado Cannes. (Efe)

El primer recuerdo que quien escribe tiene de Albert Serra fue de la presentación de 'Història de la meva mort' en el Museo Reina Sofía. Acababa de ganar el Leopardo de Oro en Locarno con este cruce barroco protagonizado por Casanova y Drácula y se reivindicaba como "uno de los mejores directores vivos". La proyección de su película se dividió entre el goteo de refunfuños y aspavientos que salían indignados y a tientas de la sala y los fans enfervorecidos que se dejaron las palmas en carne viva al final de las dos horas y media de proyección. Serra era —y sigue siendo— uno del selecto y reducido grupo de cineastas españoles competidores reincidentes del Festival de Cannes y llevaba —y sigue llevando— la provocación de su cine, heterodoxo narrativa y formalmente, también a los titulares de prensa: "Soy el único que hace cine de autor bueno y honesto en España", le aseguró a Astrid Meseguer en 2016. "Soy el mejor montador del mundo. Un director de los cinco mejores. Un productor normal y un guionista bueno", se describió ante Brais Romero en 2017.

Y todavía no había conseguido el Premio del Jurado de Una cierta mirada que ganó el pasado mayo en Cannes con 'Liberté', su última película, un ensayo fílmico en el que juega con los cuerpos y las texturas, que también ha pasado por el Festival de Cine de Xixón. La película de Serra, estrenada en salas españolas el 15 de noviembre, sólo había recaudado 4.614 euros procedentes del bolsillo de 683 espectadores.

"Este tipo de películas funcionan más tranquilamente. No son de explosiones el primer fin de semana, como pasó con ‘La muerte de Luis XIV’, a pesar de que aquella era más comercial y mucho menos difícil. Pero no sé, qué quieres que te diga. Mis películas se venden en todo el mundo y su recorrido es diferente a las películas comerciales que parecen iluminar a todo el mundo", responde el cineasta banyolés al otro lado del teléfono, a punto de embarcar en un avión. Con 'La muerte de Luis XIV', donde reconstruyó con una inteligencia soberbia los últimos días del 'Rey Sol', apenas llevó al cine en españa a 3.313 espectadores, con una recaudación de taquilla de 22.395 euros. ¿Por qué el público español da la espalda a uno de los cineastas más reconocidos dentro de los festivales internacionales?

"Creo que la mente de los espectadores se ha formateado tanto con distracciones como el móvil o internet, sobre todo en el último tiempo...", justifica. "Esto dificulta las propuestas que moral o formalmente se contraponen a este tipo de narrativas más simples y directas. Para acabar con este formateo tendrían que hacerse más películas como la mía, que realmente ofrecen una experiencia completamente diferente que trasciende una proyección pública de una manera mucho más densa que cualquier otra propuesta cuya centralidad es el argumento y los diálogos son mucho más funcionales. Mi película ofrece una experiencia física, moral, filosófica, cinematográfica a todos los niveles. Es un tipo de emoción, un tipo de placer que no pueden tener en ningún otro sitio por más dinero que se tenga".

Una imagen de 'Liberté', de Albert Serra.
Una imagen de 'Liberté', de Albert Serra.

Multidisciplinar, inquieto, jornalero tanto de la ironía más gruesa como de la auscultación intelectual, Serra representa sin duda una voz única dentro del panorama del cine español, aunque la vocación como la producción de sus películas sea más bien internacional. 'Liberté', ambientada en el siglo XVIII, cuenta —en realidad no cuenta, más bien sugiere—, la huida de una pareja de libertinos franceses de la corte puritana de Luis XIV hacia Prusia y su intento de implantar el libertinaje y sus juegos sexuales en la corte de Federico el Grande. Dentro del retablo viviente de un paisaje rococó, Serra, nocturno y silencioso, pasea sus tres cámaras entre los cuerpos extenuados de hombres y mujeres con casacas, pelucas y caras empolvadas practicando sexo, sadomasoquismo, 'pissing', 'rimmjobs' e incluso masturbación con muñones. En definitiva, un film tan provocador como su autor que en su primer pase en Cannes dividió al público entre entusiastas y detractores horrorizados.

"Hay una voluntad, como la hay en el Marqués de Sade, de reafirmar que el placer o de que algunas facetas del deseo tienen su singularidad y cada uno encuentra su placer a su manera", explica Serra. "Al mismo tiempo la normalización puede llevar a la estandarización. Por eso, el Marqués de Sade, por más injustas o más abyectas que ean estas prácticas, al final todos sus personajes acaban encontrando una forma singular de placer. Por eso los contrastes entre el morbo y la monstruosidad, sobre todo en un contexto simpático y decorativo, incluso rococó, sin perder esta elegancia aparente, aunque sea superficial o puramente plástica. Es paradójico que se vayan incluyendo elementos ‘trash’ poco a poco sin escapar de un escenario decorativamente perfecto que se va consumiendo muy sutilmente. Estos mundos entre la heterosexualidad y la homosexualidad masculina y femenina se intercambian de forma arbitraria y poco normativa, con lo que hemos visto tradicionalmente en la representación".

Albert Serra el pasado agosto en Locarno. (Efe)
Albert Serra el pasado agosto en Locarno. (Efe)

Los rodajes de Serra son singulares. Además de utilizar tres cámaras simultáneas, el director apenas se comunica con los actores. "Hasta el mismo día nunca nadie sabe quién va a entrar a rodar ni con quién”. En este hecho ya hay cierta tensión suplementaria. Hay una espera indefinida que le va muy bien a la película. Mis rodajes son muy cortos para que, cuando los actores pueden empezar a tener esta complicidad y pueden, alarmantemente, tomar el control de la película, el rodaje se acaba. Intento que no sean más de tres semanas".

Si el siglo XVIII al que se retroatrae sufrió una corriente puritana, el director de 'Liberté' cree que actualmente, en este sentido, el mundo vive un momento de regresión de las libertades. "Con la libertad sexual creo que ocurre lo mismo que con la libertad de expresión. Veo un paralelismo. Creo que, por primera vez en la historia, se sufre un tipo de censura y de opresión, sea más o menos latente, en pro de una tolerancia que niega la posibilidad de la fricción o del mal, como existe en la realidad. Negar esta fricción en pos de un mundo perfecto que no existe provoca una normativización contra la que no te puedes enfrentar abiertamente. El problema de la negación del mal y lo que provoca es esta censura difusa. Ahora que no hay nada que escandalice a nadie y todas las películas con contenidos ofensivos están permitidas en todo el mundo, lo políticamente correcto establece una censura mayor a la que podía ejercer la censura tradicional, entendida esta última como la defensa de una moralidad estricta".

Posicionarse contra lo políticamente correcto es más dudoso y le puede conducir a uno al ostracismo

"Antes, rebelarse contra la censura dotaba de cierto prestigio. Ahora, posicionarse contra lo políticamente correcto es más dudoso y le puede conducir a uno al ostracismo", lamenta. "La consecuencia más natural es la autocensura previa. Y mucha creatividad muere por este lado. La libertad de expresión, sobre todo en la ficción, es un valor absoluto. Y no sé cómo se puede compatibilizar con este clima de corrección política. La recompensa es saber estar haciendo lo correcto, pero a corto término ya te puedo asegurar que no hay satisfacción.".

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