Entrevista

El Gran Wyoming: "A veces pasa un coche, baja la ventanilla y me gritan '¡Viva España!"

El 'showman' publica 'La furia y los colores', una "biografía colectiva" de sus años de juventud durante el final del franquismo y la Transición

Foto: Gran Wyoming en el estudio de 'El intermedio'. (© Roberto Garver)
Gran Wyoming en el estudio de 'El intermedio'. (© Roberto Garver)

José Miguel Monzón, El Gran Wyoming para su amplio público, lo deja claro: “Uno de mis mayores motivos para estar contento es que ya se celebra el cuarenta aniversario de muchas cosas de las que fui testigo o partícipe, y sigo haciendo lo mismo, pensando lo mismo. No he sufrido esa ‘evolución lógica’ que ha transformado a tantos intelectuales de la época en seres abyectos”.

Nacido en 1955, el cantante, actor y ‘showman’ asegura no haberse dejado domesticar por el peso de la edad o los laureles del éxito. Presenta de lunes a jueves un telediario alternativo, ‘El Intermedio’, donde hinca colmillo a la actualidad política. Y actúa en fin de semana junto a su grupo, Los Insolventes. Ambas facetas ejercitan los músculos de esa felicidad que esgrime ahora en ‘La furia y los colores’ (Planeta), su segundo volumen de memorias.

Portada de 'La furia y los colores'
Portada de 'La furia y los colores'

En él narra desde su ingreso en la facultad de Medicina hasta los posteriores bolos junto a Reverendo y el ingreso al servicio militar. Este repaso vital coincide con el final del franquismo y el periodo de la Transición, que describe como “un cambio tutelado”. Sus capítulos recorren las aventuras de un melenudo que viaja por Europa, que se brega en las barras de Malasaña o ‘La Prospe’, su barrio madrileño, y que termina metido en la farándula cuando estalla La Movida.

Todo envuelto en las circunstancias sociales del momento: la implosión del movimiento jipi, los estertores de la dictadura o el auge del Partido Socialista en una democracia cimentada en la amnistía. Se cuelan anécdotas personales con examen político y se filtran continuos paralelismos con el presente, lamentando la persistencia de la censura o la pérdida de aquel magma cultural. El Gran Wyoming hace gala de su verbo ágil para escribir una “biografía colectiva” y afilar sus reflexiones sobre este “peculiar” país.

PREGUNTA: Inició sus memorias en 2016 con ‘De rodillas, Monzón’, que trataban de la infancia. Ahora se centra en la juventud. ¿Por qué detenerse en esa etapa?

RESPUESTA: Es una continuidad. Tanto en el pasado como en el presente, la gente ve las cosas de distinta manera. Quería contar un periodo tal y como yo lo vi y lo viví. En este caso, los años 70. Me planteé hacer una biografía colectiva, no una autobiografía. Porque mis logros o mis hazañas, aparte de que no existen, carecerían de interés. No tengo una historia que merezca ser contada pero, con la excusa de algunas anécdotas, puedo contar un ambiente. Y aprovecho el punto de vista de un testigo, yo, que siempre estaba ligado a la cosa artística y que ha tenido mucho tiempo para ver, comentar y redimirme. Lo he querido analizar con cierta frialdad y distancia.

El Gran Wyoming durante su primera incursión en el cine, en el corto 'Érase dos veces', de Íñigo Botas
El Gran Wyoming durante su primera incursión en el cine, en el corto 'Érase dos veces', de Íñigo Botas

P: Se dibuja un país atrasado socialmente o en apartados como el reciclaje, en comparación con países del norte de Europa. ¿Continúa esa diferencia?

R: Somos un país muy especial. Muy paradójico y muy extraño dentro de nuestro entorno. Por un lado, estamos separados por un estrecho de otro mundo, del continente africano. Y por otro tenemos los Pirineos, que nos incomunican con Europa. Nuestra historia nos ha aislado de la modernidad, de la democracia, de la apertura, del respeto al distinto, de que la autoridad respete... Con Fernando VII ya perdimos la posibilidad de los ilustrados. Y más tarde, con la dictadura: hay que tener en cuenta que España fue el único sitio donde el fascismo triunfó. En toda Europa se derrotó, pero aquí aún sufrimos las consecuencias. Somos un país singular en todo. Aquí, la corrupción -por ejemplo- forma parte del sistema. Y la justicia no hace nada. No está a la altura y estamos pagando un precio muy alto, como es el desprestigio total de la clase política y, por tanto, de la democracia.

P: También se habla de la censura. Incluso de cuando afectaba a los propios censores, como Cela. En su caso, se dio con 'El Peor Programa de la Semana' y recientemente con 'El Intermedio'. ¿No hemos mejorado en este aspecto?

R: Está habiendo una regresión consentida. Hay un bufete de abogados que tiene un gran negocio: a través de ‘crowdfounding’ lleva a cabo juicios por la ofensa de sentimientos religiosos. Que es tan estúpido como si yo planteara ‘ofensa del sentimiento político’ porque no me gustan las frases que dice un señor. Es algo completamente fuera de toda norma constitucional, pero se acepta. Estos señores dicen: “Hay un señor que se está cagando en Cristo, hay que pararle” y ganan mucho dinero. Pero los jueces, de alguna manera, les siguen el juego. A mí me consta que una de las dos veces que hemos ido recientemente a los juzgados (por una broma sobre el Valle de los Caídos), el juez no lo quería admitir, pero le obligaron desde las altas instancias. Yo cuento que nunca antes en mi vida he ido a los juzgados y llevo dos veces en los últimos años. Pero no solo yo: mi amigo Javier Krahe tuvo que ir por un corto casero de hacía 40 años que no se exhibió jamás. Me parece vergonzoso. Estamos viviendo unos momentos delirantes.

Está habiendo una regresión consentida. Yo cuento que nunca antes en mi vida he ido a los juzgados y llevo dos veces en los últimos años

P: Hace poco, dijo en una entrevista que le odia la mitad de España. ¿Tenemos esa división ancestral, que afecta hasta a los presentadores de televisión?

R: Sí, porque las dos Españas que anunciaba Machado están absoluta y radicalmente vigentes. Y, desde mi punto de vista, una es la España de la intransigencia. Porque en una cabe todo el mundo, pero en la otra no. Esto es lo que marca la gran diferencia. Una es una España intransigente, cainita y cruel. Basada en una ambición desmesurada, en querer ser dueños de la finca. Lo vemos con el desahucio de familias de pisos de protección oficial en Madrid, vendidas a un fondo buitre por Ana Botella. Es uno de los casos que mejor representa a la derecha de este país. Una derecha sin alma. Religiosa, pero desalmada y de una crueldad extrema. Tal es así que hasta el alcalde de Madrid ha negado la sentencia. Y encima se silencia, porque el exceso de concentración de los medios de comunicación colabora mucho en que esto pase desapercibido. Otra cosa que pasó desapercibida es que Rajoy pagó con dinero público la defensa de la Gürtel. Incluso a gente que no era del partido, como Correa.

P: En el libro se cuenta que en cuanto cruzó una línea de grises para entrar en la Universidad tuvo claro quiénes eran los buenos y quiénes los malos. ¿Sigue clara esa línea?

R: No tanto. Por desgracia, la ideologia pesa mucho. De ahí que mucha gente de la clase trabajadora y en paro esté votando a sus propios verdugos.

P: Otra contraposición es la del título, que enfrenta la furia de los tiempos y los colores de la farándula o las drogas. ¿Cómo convivían estos dos mundos en aquellas décadas?

R: Pues eran vidas paralelas. Yo vivía en el mundo de los colores, siendo testigo y padeciendo la furia. Pero estaba fuera de ese ámbito. Tenía muy claro que no iba a pertenecer. Por eso, ahora me sorprende que se hable del auge de Vox. En realidad, Vox siempre estaba ahí. Es una escisión del PP. Si acaso es para quien quiere matizar un poco su voto, pero en lo esencial están de acuerdo en todo. Cuando se acusa a Vox de machista, el PP es igual: acaban de dejar de celebrar el día de la violencia de género sin poner pegas. Cuando se habla de xenofobia, es que el PP también está en contra de la inmigracion. Si ves lo que pasó en Tarajal, con lanchas patrulleras disparando contra gente en el agua, ves que que ni siquiera respetan la ley del mar, la de echar una mano para ayudarlos. Les dejan ahogarse, y eso va más allá de Vox.

La cuestión en Vox son las formas. Gobernar a través de datos falsos, etcétera, es igual: no me sorprende. Lo que me sorprende es el regreso a la puesta en escena de un ideario: las banderas, el himno, el Cid Campeador... No creía que fuera a volver todo este facherío tan rancio, este nivel de soplapollez. Ahora lo pueden hacer, porque ser facha mola y se pueden mostrar como son. Antes había que disimular. Porque, en realidad, entre Aznar y Esperanza Aguirre o Abascal no hay diferencia. De hecho, Aguirre le puso un chiringuito con, por cierto, dinero público malversado.

P: Bueno, también sirvió para que se diera cuenta de que no servían para nada y ahora los quiera eliminar.

R: Claro, ahí se dio cuenta de que no había que robar… Lo que pasa es que oculta una cosa: no fueron cuatro meses sino tres años. Y no lo cerró cuando vio lo que pasaba sino cuando lo publicó 'El País'. Qué casualidad que quiera cerrar chiringuitos cuando él ha vivido en ellos. En cualquier caso, habría que hablar menos de lo que dicen y más de los hechos.

Wyoming en su juventud
Wyoming en su juventud

P: Llama la atención que coinciden hasta las tribus en la universidad: pijos, jipis, o ‘progres’, que se usa de nuevo peyorativamente…

R: Bueno, se usa ‘progres’ y se vuelve a usar la palabra ‘rojo’ como un insulto. O el ‘Viva España’ como un grito de agresión. A mí me ha pasado. A veces pasa un coche por mi lado, baja la ventanilla y gritan ‘¡Viva España!’. No lo hacen para celebrar el hecho de ser españoles, sino como insulto. Me recuerda al refrán falangista que decía “Quien al grito de ¡Viva España! con un viva no responda, si es hombre no es español y si es español no es hombre". Eso ha vuelto. Y lo que me sorprende es la liturgia, no el contenido. La llama siempre ha estado.

P: Tiene relación esta continuidad con lo que llama la “mitología de la Transición” o “cambio tutelado”.

R: Sí. En entrevistas o en debates me niegan que fuera así. Los defensores de la Transición lo tildan como algo de concordia. Pero luego se contradicen porque dicen eso de que no se pudo hacer mejor con unos militares apuntando con la pistola. Y yo digo, pues cuéntalo así: ‘La Transición fue un proceso que se hizo con militares apuntando con pistolas’ y se entenderá mucho mejor. Lo que no puedes decir es que es un hecho perfecto e inamovible y que responde a un gesto de conciliación y, a la vez, tenerlo tutelado por uno señores que te apuntan. Nadie desde el perdón y la conciliación apunta a otro con una pistola. Ese es el mejor resumen.

P: De ese contexto opresivo pasamos a la vida en los bares. ¿Quedan sitios como La Aurora, donde tocó durante años?

R: Supongo que sí. Lo que pasa es que antes el ambiente era en cada sitio. La gente pasó de la nada al todo. Y como hubo esa posibilidad, se aprovechaba. Si en un sitio no pasaba nada, se iba a otro. Como si quitas la música de un bar: la gente se asoma y se va. En aquellos años había uno con un tipo recitando a Lorca, otro con un travesti contando su vida, otros con un grupo de jazz, de flamenco... Tenías que tener algo en un escenario. Así surgieron muchos músicos y artistas. Empezaron desde abajo. Ahora la gente va a un casting, y se la juega del cero al diez.

El Reverendo era muy autodestructivo. Los médicos le dieron la mitad de vida de lo que tenía. Era un personaje muy auténtico, pero muy 'destroyer'

P: Con Paracelso tuvo esa evolución, siempre junto al Reverendo. ¿Cómo lleva su ausencia?

R: Bueno, era algo anunciado porque El Reverendo era muy autodestructivo. Los médicos le dieron la mitad de vida de lo que tenía. Aparte, él no tenía propósito de enmienda. Era un personaje muy auténtico, pero muy ‘destroyer’. Lo llevamos como lo de tantos amigos que se han quedado. La vida es así: la gente se va quedando.

P: Recorre todavía escenarios con Los Insolventes, algo que concuerda con lo que dice de que ‘la pasión no te abandona si tú no la abandonas’. ¿Ha seguido alimentándola, siguiendo eso de ‘vivir de la utopía para no morir del hastío’?

R: Creo que sí. Es que uno vive más tiempo y con mucha más calidad cuando se parece a quien realmente es. Hay gente que no puede permitirse ser. Probablemente porque, en muchos casos, para comer tiene que meterse en un proyecto que ni le va ni le viene. A veces incluso en contra de lo que debería ser. Eso te lleva a un nivel de frustración que te va minando. Uno es lo que hace y, en mi caso, con unas aficiones claras que he podido mantener toda la vida, es mucho más feliz.

P: ¿Implica no sentar la cabeza, como había que hacer al acabar la mili, según cuenta?

R: Más o menos. Yo tenía un asidero económico para ir tirando y me permitió darme tiempo para ver cómo iban las cosas o, mejor dicho, dejar que las cosas decidieran por mí. Dejar la canoa a la deriva y que te lleve a donde quiera.

Madrid en los años ochenta
Madrid en los años ochenta

P: ¿Tiene nostalgia de aquella época o del pasado?

R: No. No tengo nostalgia de ninguna época porque estamos en un proceso evolutivo y, francamente, hay que vivir en consonancia a los tiempos. En todos los sentidos. En lo que no hay que caer es en el pesimismo o el derrotismo, sino vivir cada momento en el espacio que nos toca. Por eso nos han hecho animales con un instinto de supervivencia que tenemos que explotar. Como decía Einstein: 'Nunca hagas nada en contra de lo que piensas, ni aunque te lo ordenen'. Eso hay que mantenerlo, sobre todo si te lo puedes permitir.

P: Ese vivir en el tiempo que toca también hace padecer lo que ocurre alrededor. De hecho, narra cómo Krahe hablaba de marcharse a la Provenza para dejar de sufrir por lo que le rodeaba y menciona la vida de los ácratas, que pasaban de ir a las manifestaciones. "Para que me partan la cara ya está mi madre", decían. ¿Hace falta una actitud así?

R: Hay una parte buena en esa actitud pasota. En esa época había dos formas de enfrentarse al entorno. La de los que querían transformar la sociedad desde dentro y la de los anarquistas, cuya revolución era un proceso revolucionario propio, personal. Ellos, en sus pequeñas comunidades, hacían sus revoluciones. Como pasó en el movimiento jipi. Decían eso de 'do the revolution', pero no apuntándose a un partido revolucionario sino como viviendo acorde a tu revolución personal, sin colaborar con la maldad del sistema que te toque.

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