Cónica cultureta

Javier Camarena, delirio más allá del do de pecho

El tenor mexicano exhibe su calidad y su pirotecnia en un recital generoso y exigente que puso patas arriba el Teatro Real

Foto: Javier Camarena durante la Gran Gala 2019 del Teatro Real celebrada la noche del miércoles 13 de noviembre en Madrid. (EFE)
Javier Camarena durante la Gran Gala 2019 del Teatro Real celebrada la noche del miércoles 13 de noviembre en Madrid. (EFE)

Javier Camarena excitó a los espectadores del Teatro Real con la artillería de los sobreagudos y las canciones populares -'Siboney' incluida-, pero ya había expuesto toda su excelencia apenas comenzado el recital, una página discreta de Tommaso Giordani (1730-1806) cuya pureza melódica permitió al tenorísimo mexicano recrearse en el fraseo, la dicción impecable, la musicalidad y la técnica con que afila las notas hasta sacarles punta.

Era el calentamiento del espectáculo, el pasaje introductorio de una gala benéfica que atrajo a la alta sociedad capitalina. La representaba mejor que nadie Isabel Preysler y Vargas Llosa, aunque los paparazzi pudieron cebarse con otros muchos personajes de las finanzas, la cultura, la política y la casta mediática. Los atrajo Camarena como el flautista de Hamelin y recompensó sobre la tarima con creces el esfuerzo pecuniario de las entradas: mil euros destinados a las iniciativas sociales y solidarias del Teatro Real.

Terminaron de pie los filántropos jaleando a Camarena. Y se avinieron acompañar con las palmas la propina de 'Te quiero, morena española'. Fue la comunión de la velada. Y el momento en que Camarena atravesó el paraíso del Teatro Real con un “re” natural penetrante y dionisiaco.

El tenor mexicano Javier Camarena, acompañado por el pianista cubano Ángel Rodríguez durante la Gran Gala 2019 del Teatro Real. (EFE)
El tenor mexicano Javier Camarena, acompañado por el pianista cubano Ángel Rodríguez durante la Gran Gala 2019 del Teatro Real. (EFE)

Ya se le conoce al astro por el dominio del registro agudo, pero anoche -13 de noviembre- exploró nuevas marcas olímpicas. Se le quedó pequeño el do de pecho. Y alcanzó con extrema facilidad la plenitud de un tono superior. Erre que erre, o “re” que “re”, Camarena subió al trapecio con asombrosa superioridad. E hizo de Rossini -'Ricciardo e Zoraide'- y de Bellini -'Il Pirata'- una exhibición de virtuosismo y de superioridad que no contradijeron la pureza de la línea de canto ni su condición de tenor aristocrático.

La voz no es muy grande ni resulta siempre homogénea, pero Camarena posee un timbre cálido y se esmera con acierto en la dinámica sonora. Los graves suenan mejor que antaño. Dispone de un fiato descomunal.Y su dominio del registro agudo tanto le permite transitar hacia el pianissimo como le consiente prodigar un “filato” de la mejor escuela belcantista.

Su dominio del agudo tanto le permite transitar hacia el pianissimo como le consiente prodigar un “filato” de la mejor escuela belcantista

Hay que ponerse un poco académico y pedante porque el recital de Camarena era al mismo tiempo un desnudo integral. Comparecía con un pianista voluntarioso -el cubano Ángel Rodríguez- y se exponía a una acústica demasiado seca y hostil, probablemente porque el telón de terciopelo que lo custodiaba no hacía otra cosa que aspirar la música.

No fueron obstáculos para malograr el éxito. Camarena lo obtuvo de menos a más apelando a su hegemonía de tenor lírico. Sirva como ejemplo el escrúpulo canoro y la sensibilidad con que interpretó 'Una furtiva lagrima'.

Se sobrecogió el público del Real al adivinarse los primeros compases. Y lo aclamaron como ya había sucedido el pasado sábado en el propio escenario madrileño: Camarena cantó la ópera de Donizetti ('L’elisir d’amore') y fue constreñido a prodigar un “bis” que acredita su condición de favorito.

Es el tenor de Madrid, el hijo pródigo del escalafón. Y el artífice de un recital cuyo desenlace redundó en el repertorio de zarzuela. Qué bien cantó Camarena la 'Flor roja' de 'Los Gavilanes'. Y que valentía aportó a su versión descarada de 'No puede ser' (La tabernera del puerto), aunque el mayor vínculo sentimental y emotivo de la noche lo alcanzó en un aria de baúl.

Así llamaban las grandes figuras del settecento a las partituras que aseguraban el triunfo. Viajaban con ellas en el equipaje. Las expurgaban para alcanzar la gloria. Camarena tiene la suya: 'Malagueña salerosa', un son huapango que permitió al tenor trasladarse a México y demostrarnos que tiene aire en los pulmones para levantar el vuelo de un Zeppelin.

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