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Leonardo: observar el mundo y tratar de comprenderlo

El Louvre traslada el genio y el ingenio de un humanista que se topó con la muerte de tanto buscar la vida

Foto: Exposición sobre Leonardo Da Vinci en el Museo del Louvre de París
Exposición sobre Leonardo Da Vinci en el Museo del Louvre de París

Leonardo da Vinci era antes un filósofo presocrático que un artista. Y era un artista, claro, pero la abrumadora y exhaustiva exposición inaugurada en el Louvre con motivo del 500 aniversario de su muerte -diez años de trabajo y de presiones geopolíticas- antepone la dimensión polifacética de un demiurgo cuyos lápices nos trasladaron una estética y una concepción del universo. Leonardo fue pintor y pensador. Científico y visionario. Ingeniero y arquitecto. Escritor y biólogo. Matemático y escultor.

Se trata, pues, de plantear la figura de Leonardo desde la unidad del saber, de encontrar en una gota de agua toda la percepción del océano, aunque el viaje del Louvre entre códices, lienzos y tratados también alude a la pintura como arte supremo y camino de la verdad.

El sabio toscano escrutó la dialéctica del arte y la ciencia. Por la intuición y la inventiva que requieren tanto la una como la otra. Y porque la observación de la naturaleza se había convertido en un recurrente camino de inspiración, fuera desde la fascinación del cuerpo humano fuera desde la concepción idealista o caótica del paisaje.

Leonardo buscó con el lápiz el “aleph” de Borges, principio y fin de todas las cosas. Y la búsqueda, en sí misma, proporcionó a la humanidad un acontecimiento fabuloso y acomplejante.

No es que Leonardo fuera pintor. También fue pintor. Él mismo anteponía otros intereses profesionales cuando presentaba las credenciales en busca de trabajo. Por eso se ofreció a la familia Sforza en Milán como constructor de artilugios militares. Y por la misma razón persiguió el hallazgo de una fórmula nuclear desde la que poder explicar el mundo.

Los filósofos presocráticos la llamaban el “arché”, principio y origen de todas las cosas que Da Vinci buscó y rebuscó entre sus papeles como la prolongación absoluta de la divina proporción de Vitruvio.

La búsqueda colocaba al hombre en el centro. No sólo como reivindicación del humanismo y de reproche dialéctico a la oscuridad del medievo, sino como medida y proporción de las cosas. Que habrían de estar relacionadas entre sí, las partes y el todo, a medida de una armonía anatómica. Leonardo comprendió que sólo podría descubrirse la unidad del saber eliminando las barreras, advirtiendo la existencia de leyes implícitas que también se verificaban en los fenómenos naturales.

Era un hombre de ciencia y accedió privilegiadamente a las novedades astronómicas, pero el itinerario del Louvre, tiranizado por la meta-pintura de La Gioconda, también subraya una cierta predisposición a la astrología y la quiromancia, de forma que las supersticiones definían la transición de una edad a la otra.

Y Da Vinci ejerció de barquero. Con sus proyectos de ingeniería megalómanos, con sus artefactos bélicos, con sus maquinarias de coser o de volar, y hasta con la construcción del “carro semovente”, prototipo visionario del automóvil que Leonardo había diseñado con una caligrafía conmovedora. La misma que utilizó para escribir:

“Mientras pensaba que estaba aprendiendo a vivir, he aprendido cómo morir”.

Observar el mundo, tratar de comprenderlo. Esta pretensión estimulo la relación de Da Vinci con el empirismo. Y predispuso su posición de pionero en ciencias que hoy nos parecen tan convencionales como la paleontología y la anatomía, más allá de sus incursiones en la zoología, la botánica y la fisiología.

De ahí el interés que revisten sus dibujos con las perspectivas de un feto en el útero, del mismo modo que impresionan sus autopsias de los corazones y hasta los cerebros, pretendiendo descubrir en las arterias y en las neuronas un principio de organización universal, como si el hombre hubiera sido concebido desde una ley natural suprema.

Quizá sea una manera de mencionar a Dios sin mencionarlo. Y de tomar distancias con la inmortalidad del alma. La razón y la ciencia no se concilian con la fe, aunque la intuición sí le permitió proclamar a Leonardo que “el sol no se mueve nunca”, antes de que Copérnico y Galileo alcanzaran a probarlo.

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