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La increíble guerra de los aristócratas de Franco en la isla holandesa de Ameland

Mientras España se desangraba durante la Guerra Civil ellos vivieron a cuerpo de rey: alojamiento, comida y extras, todo lo que quisieran, pagado por el gobierno

Foto: Refugiados españoles en Ameland
Refugiados españoles en Ameland

Mientras España se desangraba durante la Guerra Civil ellos vivieron a cuerpo de rey: alojamiento, comida y extras, todo lo que quisieran pagado por el gobierno holandés. Un festival de sonrisas, buenas maneras y gran acogida para unas 120 familias de la España del bando nacional que habían evitado los fusilamientos de Madrid en el 36. Muchos de ellos aristócratas como el primo del rey, Carlos de Borbón, o miembros de los Sartorius, familiares del conde de San Luis, además de otros refugiados de menos alcurnia, pero que gozaban también de muy buena posición.

Los desconocidos ‘nazis de Franco’ como los denominaron en Holanda sin reproche aparente, fueron queridos en el país sin muchas preguntas, menos suspicacias y casi nulas exigencias, haciendo añicos la experiencia habitual de todos los refugiados de guerra en el mundo que ha habido.

“Venían casi todas las semanas”

- ¿Necesitan ustedes algo?

- Pues yo necesito una gabardina, y otro “yo unos zapatos, yo un sombrero…"

Y sin más te lo compraban y te lo daban. Pero no sólo eso, nos proporcionaban dinero, por supuesto nos daban de comer y en fin, todo lo que necesitabas: ¡Pues Viva la Pepa!". El testimonio de uno de los refugiados que recogió la televisión holandesa en el documental 'Los refugiados españoles en Ameland' (1936-39), es uno de los pocos recuerdos que quedan de la extraordinaria aventura en los Países Bajos. Uno de los entonces niños que fueron acogidos por Holanda, M. Gonzáñez-Arnao recuerda "nos metieron en un coche y nos llevaron directamente al número 14 de Fernando II el Santo que es donde tenía uno de los refugios la embajada holandesa (...) fuimos los primeros con la familia Sartorius, del conde de San Luis, el padre era el conde de San Luis y fue más o menos en la primera semana de noviembre de 1936". Sin embargo, El Confidencial ha preguntado a varios miembros de la familia Sartorius, que no han podido aportar datos.

Los españoles refugiados sólo tenían una única prohibición para seguir en el paraíso; podían ir donde quisieran menos a España. Varios la incumplieron. Un primer grupo se fugó y aparecieron en la zona nacional para unirse a la lucha en la Guerra Civil, lo que ocasionó un disgusto a las autoridades holandesas, que se habían fiado de la palabra de los refugiados.

Era indefendible diplomáticamente. El gobierno de los Paises Bajos no podía servir como medio para liberar a la ‘Quinta Columna’ de Madrid y devolverles al campo de batalla al lado de Franco. Al tercer intento los holandeses tomaron medidas. ¿El castigo? Les recluyeron en una pequeñísima isla, Ameland. ¿Una isla del diablo? Más bien otro paraíso: hotel gratis, tenis, billar y flirteos con las lugareñas, una apacible estancia gratis lejos de las penurias de la guerra.

Terror Rojo

Aunque entre ellos estuvieran personalidades de la talla de Carlos de Borbón, apenas hay unos pocos datos sobre la increíble historia de las 120 privilegiadas familias que primero se refugiaron en los edificios de la legación holandesa en Madrid y de las que unas 70 acabaron en la idílica isla de Ameland después.

Todo había comenzado durante el otoño de 1936, cuando se desató el 'Terror Rojo'. Las tropas de Franco avanzaban sobre Madrid después de la liberación del Alcázar de Toledo. En noviembre estaban ya en la Ciudad Universitaria con una línea de frente a tan sólo unos cientos de metros de la cárcel Modelo, precisamente una de las prisiones en las que más supuestos simpatizantes nacionales estaban detenidos y desde donde se comenzaron a ‘evacuar’ a los presos con destino a Paracuellos, donde fueron fuilados y enterrados en fosas.

Las sacas de noviembre en Madrid fueron un sistemático plan de ejecuciones a gran escala bajo la responsabilidad de Santiago Carrillo

“Como la principal prisión de la capital se encontraba entonces extremadamente cerca del frente hubo bajas de reclusos, al igual que de otros no combatientes, debido a los bombardeos aéreos y de la artillería” -Julius Ruiz, ‘El Terror Rojo’, (Espasa)-. Las sacas de noviembre y diciembre en Madrid, un sistemático plan de ejecuciones a gran escala bajo la responsabilidad del entonces consejero de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid, Santiago Carrillo, no pasaron desapercibidas a los diplomáticos extranjeros. El gobierno republicano se había trasladado a Valencia ante la inminente ofensiva y la matanza se cernía sobre los presos de las cárceles de San Antón, Porlier y Ventas, además de la Modelo.

Exhumación de cadáveres en Soto de la Aldovea
Exhumación de cadáveres en Soto de la Aldovea

Antes de la ofensiva franquista sobre Madrid, entre octubre y noviembre de 1936, los asesinatos en la zona republicana eran frecuentes, pero en noviembre el plan se recrudeció con las sacas de Paracuellos. La actividad de la diplomacia fue intensa. La embajada de Chile y la de Noruega, principalmente, se volcaron en conceder asilo para evitar la muerte segura de muchos considerados falangistas o simpatizantes del bando nacional.

Durante esos meses, la legación holandesa estaba en realidad prácticamente desierta, porque el enviado y su secretario fueron llamados a los Países Bajos inmediatamente después del estallido de la Guerra Civil. Holanda no disponía estrictamente ya de una misión diplomátcia en España, que estaba en manos de los representates de la Alemania nazi, una práctica común entre países aliados.

El encargado de atender en Madrid los asuntos de Holanda era el agente alemán Schlösse. La legación estaba representada por el III Reich

En concreto, el encargado de atender en Madrid los asuntos de Holanda era un agente temporal, el alemán Schlösser, según la investigadora holandesa Laura van Hasselt. No dejaba sin embargo de ser una situación delicada para los Países Bajos. Los súbditos holandeses fueron inmediatamente admitidos en la embajada, pero los partidarios franquistas que intentaban huir del ‘Madrid Rojo’ podían poner en peligro la neutralidad del país en la Guerra Civil.

Vista aérea de Ameland,
Vista aérea de Ameland,

Al principio los diplomáticos fueron reacios a ofrecer protección, pero tal y como quedó registrado en 1937 en los archivos de exteriores de Holanda, “Llegó un momento en que se produjo la terrible disyuntiva: una gran mayoría de los que no eran protegidos acababan asesinados así que tuvieron que dejarles entrar para librarles de una muerte segura”. Otro embajador alemán, aunque a cargo de la legación Noruega, Felix Schlayer, lo detalló con minuciosidad en ‘Diplomático en el Madrid Rojo’:

“El derecho de extraterritorialidad de las misiones extranjeras ofrecía el único remplazo posible a aquella praxis medieval del asilo. ¿Qué hombre compasivo que tuviera autoridad sobre aquellos lugares libres, podía negárselos a hombres para los que en la mayoría de los casos, esa negativa hubiera significado la muerte?”.

Evacuación humanitaria

El gobierno republicano de Valencia, consciente del peligro de las milicias anarquistas y de la Junta de Defensa de Madrid, no sólo respetó el derecho internacional, sino que ya en 1937 permitió que los refugiados de las embajadas pudieran salir del país. Los españoles de Ameland en concreto abandonaron la capital el martes 23 de marzo de 1937.

En total, el traslado lo constituía un grupo de 430 refugiados que partieron de Madrid con camiones hacia Valencia, desde donde navegaron a Marsella en barco. Había 250 refugiados de la embajada belga, 40 de los polacos y 140 de los holandeses. En Marsella se quedaron atrás principalmente mujeres y niños, que no se podían considerar combatientes y que regresaron a zonas ocupadas por los franquistas.

El hotel donde se alojaron los españoles.
El hotel donde se alojaron los españoles.

Entre los que quedaron en Marsella estaban la cuñada de Franco y el antiguo enviado con su familia. El resto continuó en tren. Varios españoles permanecieron en París y Bruselas, de modo que el grupo que finalmente llegó a Roosendaal el 30 de marzo de 1937 estaba formado por 75 refugiados españoles. Setenta hombres, cuatro mujeres y una niña. Eran abogados, médicos, estudiantes y algunos soldados entre otros.

La mayoría de los habitantes de Ameland acogieron bien la llegada de los refugiados españoles según Laura van Hasselt. España estaba lejos y a nadie le preocupaba demasiado si aquellos extranjeros educados eran fascistas o no. La isla, que todavía hoy vive del turismo, atravesaba una mala racha y los nuevos habitantes eran una agradable distracción exótica.

Eran unas vacaciones eternas: jugaban a las cartas, paseaban por la playa, practicaban tenis y coqueteaban con las atractivas jóvenes

Llenaron las cervecerías, animaron el pueblo y reportaron beneficios, un lenguaje universal que rompía la barrera del idioma. Para rematar la estampa, a los españoles no se les permitía trabajar, por lo que consumían los días en unas vacaciones eternas: jugaban a las cartas, paseaban por la playa, practicaban tenis y fútbol y por supuesto, coqueteaban con las atractivas jóvenes de Ameland.

Pasaron toda la guerra en la distante jaula de oro pero nadie se quedó cuando Holanda reconoció al régimen de Franco y terminó la Guerra Civil con la victoria del bando nacional. Tampoco les olvidaron: Nes, la capital de Ameland tiene un pequeño museo en el que se rememora la presencia de aquellos españoles que escaparon del Terror Rojo, se libraron de la guerra y fueron queridos y agasajados en un paraíso onírico.

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