CRÓNICA CULTURETA

Amin Maalouf y la rutina del Apocalipsis

El ensayista y novelista francés anuncia el naufragio de las civilizaciones con más nostalgia que pruebas

Foto: Detalle del cuadro 'Visión del Apocalipsis', de El Greco. (Wikimedia)
Detalle del cuadro 'Visión del Apocalipsis', de El Greco. (Wikimedia)

India ha celebrado el 150 aniversario del nacimiento de Gandhi anunciando que la patria ya está libre de defecaciones al aire libre. No es una frivolidad escatológica. Es una expresión de progreso que concierne al segundo país más poblado del planeta, que resuelve los mayores problemas de salubridad y que ha supuesto la construcción de 100 millones de cuartos baño en apenas un lustro.

No ha podido incluir esta revolución Amin Maalouf en su último ensayo, 'El naufragio de las civilizaciones', ni puede que lo hubiera hecho de haber llegado a tiempo. Se hubiera deslucido el pronóstico apocalíptico. Y se hubiera contrariado un diagnóstico más sentimental que científico. El mundo que se viene a abajo es el del propio Maalouf.

Y no es un mundo cualquiera el suyo. Madre de El Cairo, padre libanés. Cultura árabe. Tradición católica. Residencia parisina. Pasaporte comunitario. Y espíritu levantino, pues el sabio Maalouf, Maalouf el sabio, se refiere a la abstracción de Levante como un espacio mitológico, geográfico y cultural, de Algeciras a Estambul, de Marsella a Palmira, cuyos cimientos dialécticos y materiales se han desmoronado como una profecía de Cavafis.

Amin Maalouf, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2010, posa a las puertas de la Casa Árabe de Madrid. (Efe)
Amin Maalouf, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2010, posa a las puertas de la Casa Árabe de Madrid. (Efe)

La razón del naufragio estriba en el fundamentalismo religioso y en el oscurantismo. O en la intolerancia. O en el cinismo occidental. O en la concepción restrictiva de la identidad. Maalouf observa con nostalgia y lirismo la podredumbre del gran árbol de la sabiduría mediterránea, aunque puede que su mirada retrospectiva se resienta a la vez de una concepción del pasado excesivamente idealizada o de una concepción del futuro excesivamente apocalíptica.

Hay razones para preocuparse. Y Maalouf las expone con cierto desorden y superficialidad en un buen libro de memorias que finaliza con un mal inventario de desgracias: Trump, el populismo, la voracidad capitalista, el terrorismo islámico, la xenofobia, el Brexit, el cambio climático, la desigualdad, la tiranía china, los fantasmas totalitarios, el monstruo de la robotización... Viaja la humanidad a bordo del Titanic, sostiene el ensayista francés.

Maalouf: "Todas las sociedades humanas salen perdiendo con derroteros cuyo rumbo se extravía y saldrían ganando si se enderezase ese rumbo"

Y sorprende que recurra a una metáfora tan manida -el Titanic tendría que estar prohibido en cualquier discurso ambicioso- pero más todavía desconcierta la vacuidad de la solución: "Tengo la convicción, por lo demás, de que sigue siendo posible una reacción. Me resulta difícil que la humanidad vaya a resignarse dócilmente a la destrucción de todo cuanto ha construido. Todas las sociedades humanas y todas las civilizaciones salen perdiendo con derroteros cuyo rumbo se extravía de esa forma y todas saldrían ganando si se enderezase ese rumbo. El día que tomemos conciencia de ello, las conductas cambiarán radicalmente, se enmendará la deriva y aparecerá una dinámica saludable".

Mossos controlan una calle del Raval mientras los bomberos apagan una barricada de fuego. (EFE)
Mossos controlan una calle del Raval mientras los bomberos apagan una barricada de fuego. (EFE)

La ingenuidad del mensaje podría haber tenido en cuenta otros síntomas que contradicen el milenarismo rutinario que sacude nuestro tiempo. No mencionaremos otra vez los retretes, pero sí los progresos en la alfabetización, los derechos de las mujeres, los avances en sanidad y la conciencia medioambiental. Hay menos guerras que nunca y menos hambre. Hay más democracias y más aseadas. Menos pobres, menos dictaduras. Más información, más cultura, más tecnología aplicada y más comunicación.

A los humanos nos caracteriza la capacidad de crear comunidades. Internet se ha convertido en una fabulosa herramienta de intercambio. Para bien. Para mal, pero ilustrativa de una globalización que ha alejado el planeta Tierra del caos y de la implosión, por mucho que la percepción de la realidad sobrentienda que debamos construirnos un búnker en el sótano.

Hay más democracias y más aseadas. Menos pobres, menos dictaduras. Más información, más cultura, más tecnología aplicada...

Diría Steven Pinker, sociólogo de Harvard y apóstol de la buena nueva, que estamos en el mejor momento de la historia. Puede que no sea del todo verdad porque no siempre las estadísticas definen las entrañas de la humanidad o porque no siempre la historia y el progreso caminan de la mano, pero nos encontramos bastante lejos del fin del mundo y del naufragio de las civilizaciones que pronostica Maalouf travestido de Casandra.

Donald Trump en un acto el 18 de octubre. (Reuters)
Donald Trump en un acto el 18 de octubre. (Reuters)

El Apocalipsis es un género literario o cultural. Y, por tanto, un ejercicio de ficción. Conviene escuchar a los jinetes porque sus trompetas nos tienen alerta, pero si la humanidad ha sobrevivido a la II Guerra Mundial, seguro que puede sobrevivir al mayor periodo de paz de ha conocido Occidente. Y quien dice Occidente dice la civilización occidental, de Boston a Bilbao, de Sidney a Santiago de Chile, de Oslo a Palermo.

Una película

No sé si Vince Gilligan ha hecho la mejor serie de nuestro tiempo -creo que sí-, pero desde luego sí ha hecho el mejor último capítulo conocido. El desenlace de 'Breaking Bad' lleva a la cima de la tensión, del suspense y de la estética la idiosincrasia perturbadora de un serial cuya homogeneidad y redondez no requería de prolongaciones.

Gilligan discrepa. Y ha concebido para Netflix la secuela de 'El camino'. Que no es tanto una buena película de dos horas, un plan de fuga, como el último episodio de 'Breaking Bad'. De hecho, la “proyección” empieza con un resumen de los capítulos anteriores y predispone la peripecia hacia la salvación de Jesse Pinkman.

Jesse Pinkman, en una escena de 'El camino', la película de 'Breaking Bad'
Jesse Pinkman, en una escena de 'El camino', la película de 'Breaking Bad'

Ha cogido años y kilos el cómplice de Heisenberg. No es un adolescente irresponsable ni vehemente que fabrica metanfetamina, sino un adulto atormentado que ha sobrevivido a la tortura y la esclavitud, como si fuera el conde de Montecristo en Albuquerque.

La película se atiene al canon de la serie: violenta, tragicómica, feroz, pero le falta el centro de gravedad. Se resiente de la ausencia que arrastran la personalidad y el carisma de Bryan Cranston. Y no colma este vacío el placebo de unas imágenes evocadoras.

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