52 EDICIÓN DEL FESTIVAL DE SITGES

'Sesión salvaje': tetas, sangre y terror para hacer madurar a una España triste

El documental 'Sesión salvaje' repasa los clásicos del cine de explotación que marcaron a varias generaciones de españoles en los sesenta, setenta y ochenta

Foto: El cine de explotación ha sido parte de la educación sentimental de varias generaciones.
El cine de explotación ha sido parte de la educación sentimental de varias generaciones.

En 'Zeroville', la última carta de amor y esquizofrenia que James Franco ha dedicado a la industria de Hollywood, Soledad Paladin, una actriz joven y guapa, pero en horas bajas —interpretada por Megan Fox, otra actriz joven y guapa, pero en horas bajas— hace un repaso a su carrera, exigua y discreta. Por la pantalla desfilan fotogramas en los que aparece más o menos desnuda, más o menos ensangrentada. Hasta que aparece una cartela: 'Vampyros Lesbos'. Franco elige a otro Franco, que no fue caudillo pero sí figura inapelable de la historia del cine, para honrar a esa cara B de la industria, la de la extraña alquimia del bajo presupuesto, nulos complejos, poco tiempo y mucha imaginación aguzada por el hambre. Jesús Franco, favorito —entre muchos otros— de Tarantino, el motor más rápido del cine de explotación español, llegó a rodar hasta dieciséis títulos en un año.

Cuenta Antonio Mayans en 'Sesión salvaje', el documental de Paco Limón y Julio César Sánchez que acaba de presentarse en el Festival de Sitges, algunas de las genialidades de Franco para rodar al mismo tiempo varias películas. Y sin que los actores lo supieran. ¿Se acuerdan de 'Bowfinger'? Pues existió y era madrileño. Franco y Klaus Kinski, el terror del cine europeo, colaboraron en 'Paroxismus' (1969) y 'El conde Drácula' (1970). Resulta que, como desvela Mayans, el bueno del 'tío Jess' mandaba a Kinski caminar hacia un lado, lo rodaba, y "cuando volvía andando grababa un plano que luego usaría para otra película". "No hubiese tenido ningún pudor de engañar a su padre o a su madre. Hubiese hecho cualquier cosa, y de hecho lo hacía, con tal de estar rodando", apoya Carmen Carrión, una de las musas del director. Profesaba un "amor al cine como una profesión que no necesariamente da dinero, que no necesariamente da fama", añade el productor Enrique López Lavigne. "Con todo su aliento hasta el último segundo rodando; murió con la cámara en las manos".

Cartel de 'Sesión salvaje'
Cartel de 'Sesión salvaje'

Jess Franco murió sin excesivas holguras, pero vivió haciendo lo que le salió de los huevos. En sus propias palabras: "El Rolls Royce me toca los cojones". El director de 'Mil sexos tiene la noche' fue el más prolífico de los cineastas de ese cine español sin pretensiones que alimentó las sesiones dobles de los cines de barrio y que ha sido parte de la educación sentimental de una España con hambre de fantasía y evasión. Esa otra carta de amor que es 'Sesión salvaje' está dirigida a los Eugenio Martín, los Joaquín Romero Marchent, los Paul Naschy, las Aurora Bautista, Lina Romay, Esperanza Roy, Chicho Ibáñez Serrador, Eloy de la Iglesia, Juan Piquer Simón y todos aquellos que driblaron a la censura para enseñarles a los niños españoles (y a sus padres) del tardofranquismo el primer pezón, el primer hombre lobo, el primer chute de heroína. Es decir, quienes dieron la bienvenida al mundo adulto a un país entero.

Hasta hace poco, este cine de explotación se ha considerado "diversión de baja estofa", recuerda Nacho Vigalondo, niño de finales de los setenta, cineasta de referencia hoy. Eran títulos como 'Antes llega la muerte', de Marchent o 'El precio de un hombre', de Eugenio Martín. Monjas conduciendo un dos caballos y Christopher Lee con cara de Fu Manchú. Pero más allá de la travesura, era cine con la piel en el ahora, que hablaba de represión, de muerte y de una realidad cambiante disfrazada de fantaterror, western o policíaco. Muchas eran coproducciones con dobladas. Muchas veces los actores se limitaban a interpretar gestualmente mientras recitaban "uno, dos, tres; cuatro, cinco, seis": otro actor extranjero les prestaría la voz.

"Nos veían con muy bajo nivel. Casi preguntaban si había teléfono"

Los actores extranjeros que aterrizaban en nuestro país llegaban acompañados de la idea de una España tercermundista. "Nos veían con muy bajo nivel. Casi preguntaban si había teléfono", contó Álvaro de Luna para 'Sesión salvaje'. Había pocos actores que supieran hablar inglés, aunque fuese macarrónico, así que las caras rotaban de una coproducción a otra. "En dos sesiones yo me ganaba lo que me ofrecían por un protagonista [en una producción española cien por cien]", confiesa Mayans.

Un fotograma de 'Pánico en el transiberiano', de Eugenio Martín.
Un fotograma de 'Pánico en el transiberiano', de Eugenio Martín.

Pero es que antes de Sergio Leone existía Romero Marchent. Y antes de que los italianos —Damiano Damiani, Sergio Corbucci, Duccio Tessari, Leone— llegaran a Almería, ya estaba Romero Marchent localizando allí. "En Roma decían que era tan bueno como Sergio Leone y que tenía fama de ser el mejor", recordaba Álvaro de Luna.

También eran producciones que aprovechaban los decorados para rodar dos versiones al mismo tiempo. "La doble versión era que tú estabas en bikini o en ropa muy bonita, bañándote, y en la versión para el extranjero no llevabas nada. Cruzabas las piernas para que el vello púbico no quedara tan feo, pero vamos, que íbamos en bolillas", se ríe Loreta Tovar, actriz de 'La residencia'. Porque aquí "no sabían lo que era un pecho ni lo que era una pierna ni lo que era un muslo ni lo que era un culo ni lo que era nada. Eran bobadas de niños chicos", apoya Esperanza Roy.

Un fotograma de 'El ataque de los muertos sin ojos', de Amando de Ossorio.
Un fotograma de 'El ataque de los muertos sin ojos', de Amando de Ossorio.

Con la muerte de Franco —esta vez el Caudillo— se abrió la veda y llegó el destape. "Se pasó del cero al infinito, porque era ‘buenas tardes’ y ‘quítese usted la ropa’. Realmente no lo justificaba el guión, en absoluto", continúa Roy. Aunque no se dilató demasiado en el tiempo, el cine 'S' del destape fue un revulsivo traumático para un país sometido a la castidad oficial. Emilio Linder, actor de 'Slugs, una muerte viscosa', recuerda que después de todo el sexo fingido que ocurría delante de la cámara, el destape real ocurría al terminar la sesión de rodaje. "Ahí es donde se montaban los fiestorros y las orgías, porque, claro, habíamos estado todo el día poniéndonos cachondos".

Era un cine salvaje, un cine libre, hecho con cuatro perras pero con mucha víscera. Como el cine quinqui de Eloy de la Iglesia, cine del extrarradio, del lumpen, retando la ley y el buen gusto. Un cine arrebatado, apasionado, de cabezas pensantes y cuerpos sangrantes que se sacrificaban por rescatar a los espectadores de la grisura del mundo real. Era un cine de niños-adultos y de adultos-niños, un cine-juego, un trampantojo que además escondía transgresión codificada más sofisticada de lo que aparenta a primera vista. Un cine que desapareció con las sesiones dobles, pero que permanece en la memoria colectiva de varias generaciones que se hicieron hombres y mujeres en la butaca de una sala a oscuras.

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