¿El comienzo de una nueva especie?

Los cíborgs ya están aquí: ingenieros contra filósofos en el fin de los tiempos

Los implantes cibernéticos en el cuerpo humano son una realidad. El objetivo: mejorar el cuerpo humano a través de la tecnología. ¿Dónde nos llevará el transhumanismo?

Foto: Implante de un órgano cibernético diseñado por Fénix Binario en el cíborg Joe Dekni. (Cedida por Carlos Pareja)
Implante de un órgano cibernético diseñado por Fénix Binario en el cíborg Joe Dekni. (Cedida por Carlos Pareja)

Gracias a un dispositivo instalado detrás de su cabeza, Manel Muñoz puede “escuchar” la atmósfera. El aparato recoge los cambios de temperatura, presión y humedad, y transmite vibraciones al oído a través de conducción ósea. “Es como una especie de prótesis auditiva. El cráneo sirve de membrana y así Manel puede ‘escuchar’ el estado de la atmósfera. Aunque no es exactamente escuchar, sino ‘sentir’ el sonido”, explica Fénix Binario, el ingeniero que construyó este órgano tecnológico. Como Manel, otros se han implantado sus diseños para percibir la contaminación del aire o los rayos ultravioleta. Esta tecnología integrada en el cuerpo humano amplía los cinco sentidos, permite escoger nuevas formas de percibir el mundo. Y la persona que recibe el implante deja de identificarse como un organismo. Se convierte en algo que, para muchos, sigue atrapado entre líneas de ciencia ficción: un cíber-organismo o cíborg.

Fénix es ingeniero mecatrónico y dirige el Cyborg Foundation Labs en Barcelona, donde las ideas y proyectos de la Cyborg Foundation "bajan a tierra firme". Hace nueve años, los artistas cíborg Moon Ribas y Neil Harbisson, la primera persona que fue reconocida como cíborg por un gobierno, crearon esta entidad para “ayudar a los humanos a convertirse en cíborgs, defender sus derechos y promover el arte cíborg”. Según Fénix, la fundación es un punto de encuentro para artistas, ingenieros, filósofos, abogados, médicos... “Tenemos un mismo objetivo: la conquista del transhumanismo, del poder diseñarnos a nosotros mismos”.

El dispositivo de Manel Muñoz. (Fénix Binario)
El dispositivo de Manel Muñoz. (Fénix Binario)

No se trata de una quimera futurista, ni siquiera de un movimiento reciente. En el siglo pasado, biólogos y filósofos soñaban ya con una humanidad soberana, liberada de la tiranía de la evolución biológica para tomar las riendas de su desarrollo. Algunos, incluso, encuentran en el superhombre nietzscheano un empoderamiento que pudo ser germen del movimiento transhumanista. El término fue acuñado en 1957 por Julian Huxley, biólogo y hermano del autor de ‘Un mundo feliz’. El desarrollo de la tecnología y la ingeniería genética que se presenta aterrador en la novela era, para el hermano del escritor, el cultivo de una nueva existencia. En su utopía, evitar la miseria y las enfermedades sería una cuestión de voluntad. El sufrimiento, las limitaciones y el dolor se erradicarían gracias a una especie de Ilustración tecnológica.

Muchas de las propuestas del transhumanismo actual están ligadas a la transformación tecnológica del cuerpo, lejos de lo que Huxley pudo imaginar. “La tecnología que queremos crear es de relevo. Venimos recogiendo la labor que iniciaron Neil Harbisson y Moon Ribas, y es probable que la próxima generación cíborg recoja lo que estamos desarrollando nosotros. Queremos cambiar la interacción de los humanos con la tecnología y que el propio cíborg genere un nuevo paradigma económico, que sea dueño de todo. Esto abre muchos campos de pensamiento. Creo que es lo más cercano a la libertad. Dejaremos de llevar o usar tecnología para ser tecnología”, opina Fénix.

El artista cíborg Neil Harbisson, con una antena implantada en la cabeza que le permite 'escuchar' la luz. (EFE)
El artista cíborg Neil Harbisson, con una antena implantada en la cabeza que le permite 'escuchar' la luz. (EFE)

“Lo que hoy es una casa domótica o inteligente puede acabar siendo una extensión de nuestro cuerpo. Igual que existen fábricas robotizadas, el trabajador autónomo pueda manejar un brazo robótico como una extensión de sí mismo. Al final, se podrían suplantar las economías que utilizan a personas como mano de obra barata o desechable. Además, intentamos que nuestros diseños sean accesibles en todos los sentidos. Implantarse un chip, conectarse a un brazo robótico, generar tu propio modelo de negocio y no depender de nadie”.

Este ingeniero cuenta que uno de los retos de la Cyborg Foundation es el consumo energético de los implantes. Buscan un sistema que pueda mantenerse en funcionamiento con la temperatura corporal. “Una vez que esto esté validado y se pueda colocar en el cuerpo, nos gustaría lanzar un glucómetro no invasivo. Se trata de un medidor de glucosa en sangre que pueda desarrollar un algoritmo para regular las inyecciones de insulina. El objetivo es evitar los picos de glucosa que dañan el organismo de las personas diabéticas. En su última fase, la idea es que el glucómetro implantado tenga conexión 'bluetooth' para comunicarse con un móvil. Se podría observar la curva de la glucosa en sangre, compilar datos sobre el tipo de absorción del cuerpo y prever cuándo será necesaria una inyección de insulina. Así, las variaciones serían menos pronunciadas. Creo que la sociedad entera verá este tipo de tecnología tan útil como un teléfono móvil. Al principio, puede parecer invasiva o dar miedo. Pero si el receptor sabe qué se está implantando y tiene un control total, da muchísima libertad”.

"Implantarse un chip, conectarse a un brazo robótico y generar tu propio modelo de negocio"

Algunos de los órganos cibernéticos encuentran inspiración en la naturaleza, como el sentido de orientación de las aves. “La compañía Cyborg Nest creó un prototipo, pero todavía está en fase experimental. A través de una glándula y de un mineral llamado magnetita, los pájaros pueden percibir el campo magnético del planeta. Esto les ayuda a orientarse en sus movimientos migratorios. Un dispositivo con esta función podría implantarse en personas invidentes, por ejemplo”.

La mejora física o cognitiva del ser humano a través de la tecnología ha encontrado detractores en la filosofía, la bioética, la religión o en distintos puntos del espectro político. Francis Fukuyama aseguró que la igualdad podría ser “la primera víctima del transhumanismo”. La idea de una dignidad humana, individual pero compartida, funda las bases del liberalismo político. Y, según el politólogo de origen japonés, modificar esa esencia está en el núcleo del proyecto transhumanista. “Si comenzamos a transformarnos en algo superior, ¿qué derechos reclamarán estas criaturas mejoradas y qué derechos poseerán en comparación con los que quedan atrás? Si algunos avanzan, ¿alguien puede permitirse no seguir?”.

¿Cuál será la esencia de lo humano, y cuáles las líneas rojas para protegerla? Desde el punto de vista religioso, el transhumanismo supone una conquista peligrosa de la divinidad. En 2002, la Comisión Teológica Internacional expresó sus inquietudes respecto a “los límites del hombre para recrearse a sí mismo”. Concluía que el ser humano, como “creación de Dios”, no tiene derecho a “disponer plenamente de su naturaleza biológica”. Fénix reconoce que algunas críticas provienen de colectivos religiosos. “Algunos hablan incluso de ‘la marca del diablo’”. También menciona casos puntuales de comentarios negativos o actos vandálicos hacia los que se identifican como cíborg. “Gente que intenta arrancar el órgano por pura mofa… A mí no se me ocurriría asaltar a alguien para quitarle los pendientes, las gafas o el gorro que lleve. Dejando a un lado a esta gente irrespetuosa, creo que tenemos mucha aceptación”.

Cubierta de 'Transhumanismo'. (Herder)
Cubierta de 'Transhumanismo'. (Herder)

En un contexto religioso o no, la preservación de la naturaleza humana suele estar en el centro de las críticas al transhumanismo. “No creo que apelar a la dignidad humana sea acertado ni resuelva este debate”, opina Antonio Diéguez, catedrático de Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Málaga y autor del libro ‘Transhumanismo: la búsqueda tecnológica del mejoramiento humano’ (Herder, 2017). “Hay modificaciones del cuerpo o de nuestra condición biológica que sí podrían suponer una instrumentalización del ser humano o un ataque a nuestra dignidad, pero hay muchas otras que no. Yo mantengo una posición de crítica moderada, apuesto por estudiar los casos concretos”.

Diéguez se muestra escéptico respecto a algunas promesas del transhumanismo, como la intervención en la evolución de la especie o su “autodiseño”: “Se utilizan términos grandilocuentes para hacer un poco de publicidad, pero la realidad es mucho más compleja y menos brillante de lo que se nos presenta. Para poder decir que hemos tomado el control de nuestra propia evolución tendríamos que poder modificar la línea germinal de los genes, la presente en óvulos y espermatozoides, y poder hacerlo de forma segura. Nadie lo ha conseguido de momento. Además, tendríamos que hacer estas modificaciones genéticas de forma masiva. Si no, no es posible afirmar que cambiaremos la naturaleza humana”.

El filósofo encuentra herencias del pensamiento religioso en las facciones más radicales del movimiento transhumanista. “En Estados Unidos, sobre todo, se ha convertido en un sustituto de la religión porque algunos están prometiendo nada menos que la inmortalidad. De hecho, ya hay una iglesia transhumanista que se reúne y, para mucha gente, se ha convertido en una teoría que puede sustituir algunas de las esperanzas que proporcionaba la religión”.

"Algunas propuestas del transhumanismo pueden sustituir las esperanzas que proporcionaba la religión"

“También hay una influencia del gnosticismo. La vieja teoría religiosa que separa radicalmente el cuerpo del alma y condenaba el primero como fuente del mal. Hay un dualismo implícito que tiene una concepción negativa del cuerpo, como si sólo fuera fuente de limitaciones y de sufrimiento. De ahí la pretensión de acabar con el cuerpo biológico y sustituirlo o completarlo con uno mecánico. Esa me parece una de las propuestas más preocupantes del transhumanismo”.

Pero Diéguez no ve una novedad radical en los implantes cibernéticos, como los diseños del Cyborg Fountation Labs. “Ya teníamos instrumentos que nos permitían percibir ultrasonidos u ondas de luz no visible. Esta tecnología existía previamente. Lo único que ha ocurrido es que ahora podemos establecer una conexión más directa con el cuerpo. ¿En qué se diferencia que llevemos un aparato para captar infrarrojos dentro de nuestro cuerpo o fuera de él? ¿Qué avance supone frente a un implante coclear o un marcapasos? ¿Convierte un implante coclear a los sordos en cíborgs? Yo reservaría ese término para modificaciones más profundas del cuerpo, para integraciones mucho más estrechas y fluidas”.


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Los diseños destinados a sustituir o reparar órganos dañados, a mejorar la calidad de vida, invitan a imaginar las últimas consecuencias del transhumanismo. ¿Los implantes y la ingeniería genética acabarán con el homo sapiens para dar paso a una especie posthumana y mejorada? Ray Kurzweil, director de ingeniería de Google y filósofo futurista conocido por sus predicciones audaces, promete una especie de trascendencia digital, una fusión completa entre las máquinas y el cuerpo humano. Según Kurzweil, en 2045 la muerte del cuerpo no supondrá la muerte de la mente, que perdurará en un más allá tecnológico. ¿La inmortalidad? “Si algún día fuera posible una consciencia humana completamente desligada del cuerpo, estoy seguro de que eso ya no sería humano. Y no estoy seguro de que fuera deseable. Algunas propuestas me parecen ingenuas, las que piensan que el ser humano es básicamente su mente, que el cuerpo es algo negativo del que vamos a desprendernos a través de la tecnología”, opina Antonio Diéguez.

Fénix coincide con el filósofo: “Veo más factible que podamos crear nanotecnología o tecnología atómica para reparar nuestro cuerpo a nivel celular, y que aumentemos la esperanza de vida hasta los 150 o 200 años. Eso no es exactamente la inmortalidad, pero me parece lo más cercano. También dudo que podamos hacer funcionar nuestra mente fuera del cuerpo humano. Y en el caso de que podamos mantener una conciencia en un soporte digital, no tenemos la capacidad energética ni de cómputo para mantener un solo cerebro. La naturaleza ha creado un órgano tan fantástico que apenas consume 20 vatios. Nosotros no somos capaces ni de mantener un ordenador por debajo de la ratio de energía que usa el cerebro”.

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