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Abyecto, pornográfico y miserable: no se lo pierdan

La serie israelí 'Our Boys' narra el conflicto palestino desde la claustrofobia, la intimidad y las contradicciones

Foto: Imagen de la serie 'Our Boys'. (HBO)
Imagen de la serie 'Our Boys'. (HBO)

Tiene trampa el enunciado de esta 'guía del ocio' porque parece concebido para recaudar clics, pero se justifica al mismo porque los términos incendiarios —“abyecto, porno, miserable”— identifican la crítica meta-sionista que el 'Hollywood Reporter' ha dispensado a la serie israelí 'Our Boys'.

No lo hubiera explicado mejor Benjamin Netanyahu. El primer ministro en funciones trató de boicotearla y ha terminado por definirla como un ejercicio intolerable de antisemitismo. Será porque 'Our Boys' desnuda el cinismo de la propaganda israelí y la injerencia capilar de los servicios secretos. O porque el retrato del conflicto palestino elude la simplificación de los vencedores y los vencidos. O porque el serial de 10 capítulos expone la convivencia de un laberinto angustioso, emocional, expuesto al sabotaje o a la tiranía de los extremismos. No, no le ha gustado la serie a Netanhayu. No les ha gustado tampoco a los prebostes de Hamás.

Son los protagonistas de la guerra de 50 días que se precipitó en Gaza en 2014, aunque la perturbadora serie de HBO se detiene en el docudrama de los antecedentes. O sea, el asesinato de tres jóvenes israelíes en la frontera, y la represalia de un adolescente árabe que fue linchado y quemado después a título ejemplarizante.

Protagonizan la venganza tres estudiantes de una Yeshiva. Y aparecen desprovistos del sentimiento de culpa o del remordimiento porque subordinan la matanza a la convicción de una misión divina. Puede decirse lo mismo del fanatismo del otro bando. Y del desconcierto que sorprende al padre de la víctima cuando trata de recuperar el cadáver del chico entre la turbamulta: “Ya no es tu hijo, es nuestro mártir”.

El acierto de los artífices de 'Our Boys' —Joseph Cedar y Tawfik Abu Wael— consiste en trasladarnos las contradicciones y desasosiegos de la coexistencia de Jerusalén. No desde la geopolítica ni desde el maniqueísmo, sino desde las complejas vivencias personales y familiares. Tan complejas que 'Our Boys' desdibuja la línea del bien y del mal. Y propone sin ambiciones enciclopédicas los matices que distorsionan la dialéctica binaria: el árabe y el judío, la derecha y la izquierda, lo religioso y lo secular, lo ortodoxo y lo laico, lo cristiano y lo musulmán, y hasta el contraste de los propios judíos en la convivencia de la tierra prometida (mizrajíes, askenazíes, sefardíes...).

'Our Boys' desdibuja la línea del bien y del mal. Y propone sin ambiciones enciclopédicas los matices que distorsionan la dialéctica binaria

La confusión sorprende al espectador foráneo, extranjero, porque cuesta diferenciar los idiomas —la fonética del árabe y del hebreo es parecida—, como cuesta distinguir los rasgos étnicos, más allá de las caracterizaciones y los estereotipos con que se identifica uno y otro bando cuando se tata de exponer la respectiva idiosincrasia.

Es la primera serie arabe-israelí que HBO fomenta en su parrilla. Y es la demostración de la pujanza de Israel en las series de referencia. Un país de ocho millones de habitantes —20% de árabes— cuyas ideas están en la vanguardia de la producción internacional —'The Affaire', 'Thrist', 'Fauda', 'The Spy'...—, no por los medios presupuestarios sino por la capacidad de contar buenas, extremas e incómodas historias.

'Our Boys' lo es porque retrata las presiones de la policía israelí y de la agencia de seguridad (Shabak) en el esclarecimiento del crimen. Y porque tanto profundiza en la violencia islamista como en los episodios de discriminación y de segunda ciudadanía en que se desenvuelve la comunidad árabe en el enjambre de Jerusalén.

De ahí las suspicacias de Netanyahu. 'Our Boys' es un bidón de nitroglicerina que escapa al control de la línea editorial. Cuestiona implícitamente la definición de Israel como Estado judío excluyente. Y expone la angustia de una sociedad tan amenazada por los cohetes de Hamás como por la sofisticación del Gran Hermano en la vulneración de los derechos elementales.

Una película

'Mientras dure la guerra' es una película fallida de Alejandro Amenábar. No por los debates extracinematográficos que ha suscitado, sino por la inverosimilitud con que el cineasta repesca la leyenda del duelo que mantuvieron Unamuno y Millán Astray en el Paraninfo de Salamanca. Se trata de una lectura superficial que caracteriza al primero como un cascarrabias y al segundo como un pintoresco e histriónico salvapatrias. Los clichés y el costumbrismo desdibujan el ejercicio de estilo. Y remarcan una megalomanía que adquiere su aspecto más evidente cada vez que aparece Franco en la pantalla. No se le pueden reclamar a Amenábar obligaciones históricas ni responsabilidades educativas. El problema de la película es la película misma.

Una novela

'Luz de guerra'.
'Luz de guerra'.

Al escritor canadiense Michael Ondatjee se le conoce por la reputación y popularidad de 'El paciente inglés', pero responde de una trayectoria literaria que suele abastecerse de la memoria y del lirismo. Es el caso de 'Luz de guerra' (Alfaguara), una introspección en la posguerra de Londres cuyas sombras reflejan la paradoja de las relaciones familiares. Qué extraños pueden resultar nuestros allegados. Y qué allegados pueden resultarnos los extraños. Es la de Ondatjee una crónica de la orfandad. Una búsqueda de la identidad. Una excursión por el zoo humano que transita entre el sentido del humor y el 'thriller' desde los presupuestos de una prosa deslumbrante.

Una tarde de toros

Torea Antonio Ferrera este sábado en Las Ventas. Y lo hace como único espada para rematar la temporada más original e inspirada de su carrera. Fue en Madrid donde se produjo la gran revelación, la gran aparición —tres orejas, puerta grande, en la feria de San Isidro—, y es en Madrid donde el diestro extremeño aspira a la consagración. No es sencillo el desafío. Seis toros en Las Ventas pesan mucho más de cuanto indica la báscula. Y así lo demuestran las experiencias frustradas de El Juli, Morante, Perera, Abellán, El Cid o Iván Fandiño, cuando se anunciaron en solitario, pero seis toros también permiten a Antonio Ferrera multiplicar las oportunidades de lucimiento. Ya lo decía Picasso: la inspiración existe... y te tiene que sorprender trabajando.

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Cultura

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