HISTORIA

La "guerra de las cruces": cuando judíos y católicos se enfrentaron en Auschwitz

En 1979, hace cuarenta años, Juan Pablo II visitó el campo de exterminio donde murieron más de un millón de personas, levantó una cruz... y comenzó la batalla

Foto: Auschwitz. (Reuters)
Auschwitz. (Reuters)

Aún resuenan los ecos de la conmemoración de los 80 años del comienzo de la 2ª Guerra Mundial. También hay disputas que nacieron de aquel conflicto y que todavía permanecen abiertas. La llamada “guerra de las cruces” de Auschwitz es, por su carga emotiva, histórica y religiosa, una de las polémicas que mejor muestran hasta dónde pueden llegar la intolerancia y la falta de entendimiento. Incluso en un lugar así, donde solo cabe estremecerse y desear que la historia jamás se repita, han seguido apareciendo el odio, los insultos, las provocaciones y el uso interesado de la memoria de quienes dejaron su vida allí.

La historia comienza en 1979, cuando Juan Pablo II visitó el campo de exterminio donde murieron más de un millón de personas. Es difícil imaginar lo que significó que por primera vez un papa, además polaco, cruzase la puerta coronada por el infame “arbeit macht frei” (“el trabajo libera”, en alemán). En medio de una expectación silenciosa, Karol Wojtyla recorrió a pie el lugar ante el que, dijo, se había “pisoteado de un modo tan horrendo la dignidad humana”. Para conmemorar aquella visita, se erigió una cruz de unos ocho metros de alto en el lugar donde cientos de miles de personas asistieron a una misa al aire libre. Al ver que pasado el tiempo la cruz permanecía allí, la comunidad judía protestó y pidió que se retirase. Pero no se hizo.

En 1984, el arzobispo de Cracovia avivó la polémica al anunciar que se iba a establecer un convento de monjas carmelitas en un edificio cercano al muro del campo que, aunque originalmente era un teatro, los alemanes usaron durante la guerra como almacén. Allí se guardaba el terrorífico gas “Zyklon”, empleado para asfixiar a los prisioneros en las cámaras de la muerte. Con el convento llegaron nuevas protestas. Tras unas negociaciones en Suiza que duraron varios años y a las que asistieron cuatro cardenales y varios rabinos, se acordó trasladar el convento antes de dos años. Sin embargo, al aproximarse el final del plazo -ya en 1989-, las monjas alegaron que les era imposible completar el traslado porque el otro sitio que les habían asignado aún no estaba listo.

La tensión entre la comunidad judía y católica era ya tal que solo hacía falta una chispa para que la situación explotase. Y de eso se encargó Avraham Weiss, el rabino de Nueva York. “Avi” Weiss se desplazó hasta Polonia junto a seis cómplices para, vestidos con el conocido pijama a rayas que llevaban los prisioneros de Auschwitz, escalar los muros del convento y agredir verbalmente a las monjas. Estas se encerraron en una habitación mientras unos trabajadores que estaban pintando expulsaban a “Avi” y a los suyos con cubos de agua y pintura, mientras los gritos de “nazis”, “antisemitas” y “sacrílegos” resonaban en la estancia. En los días siguientes, grupos de judíos llegados de varios países se congregaron en la puerta del convento para reivindicar la acción de “Avi” y, en respuesta a esta campaña, el cardenal de Cracovia suspendió los planes del traslado. El enfrentamiento estaba servido.

En Czestochowa, la pequeña ciudad donde nació Juan Pablo II y no muy lejos de Auschwitz, el arzobispo de Varsovia decía poco después ante 100.000 personas que “no pueden hablarnos como una nación superior ni dictarnos órdenes que no pueden ser cumplidas (…) Vuestra fuerza está en los medios de comunicación, que controláis en varios países”. Lech Walesa calificó de despropósito estas palabras y los moderados pedían calma, pero los acontecimientos se precipitaban y estaban ya fuera de control.

A la cruz que recordaba la visita del papa, en los alrededores del convento se unían muchas más, cerca de 200, puestas allí por vecinos y peregrinos polacos. Banderas, carteles y velas eran colocadas justo al lado del muro por donde asomaba la silueta del siniestro “bloque 11”. En uno de los muros de aquel edificio de ladrillo se fusiló a más de 150 católicos, muchos de ellos curas, y en sus sótanos estaban las celdas donde se mataba de hambre, sed y frío a un prisionero cada vez que se escapaba otro, como represalia. En la carretera de Cracovia al campo, las pintadas llenaban los muros durante kilómetros, advirtiendo al visitante que se acercaba a una “zona de guerra”: la “Guerra de las Cruces”.

El hecho de que estas cruces estuviesen cerca de los muros de Auschwitz resultaba inaceptable para los judíos, que consideran el campo como un gran cementerio suyo. En efecto, la mayoría del millón de víctimas eran judíos. De ellos, más de 400.000 llegaron desde Hungría, 140.000 desde Cracovia y alrededores. También había unos 70.000 franceses, 60.000 holandeses, 55.000 griegos y hasta 23.000 alemanes. Los números aportados por algunas fuentes distinguen, sin embargo, entre judíos y polacos, cuando cientos de miles de los judíos que terminaron en Auschwitz eran de nacionalidad polaca. La confrontación de la “guerra de las cruces” se originó al identificar a todos los polacos como católicos y a todos los judíos como miembros de una nación diferente.

Al final, las posturas se enconaron y la situación derivó a un enfrentamiento entre religiones que resucitó rencores de hace siglos. Para los polacos, Auschwitz es suelo polaco y es perfectamente legítimo erigir un templo o levantar cruces que recuerden a los católicos asesinados en Auschwitz, dos de ellos declarados santos. Para los judíos, la carga simbólica del campo es tal que no creen apropiado que existan símbolos no hebreos ni dentro ni cerca de Auschwitz, y ni siquiera debe ser visible ningún símbolo religioso no judío en los alrededores.

Finalmente, y tras presiones directas llegadas del mismísimo Vaticano, en 1993 se trasladaron el convento y sus 14 monjas, siete de las cuales prefirieron abandonar aquella congregación. Para evitar nuevas tensiones, cuando el papa Benedicto XVI visitó el campo en 2006 evitó en su recorrido el edificio del antiguo convento e incluso prefirió no hablar en alemán para no herir sensibilidades. De la “guerra de las cruces” ya solo queda el memorial del paso de Juan Pablo II y cierto resquemor entre algunas gentes de la cercana ciudad de Oswiecim, donde se está reconstruyendo una antigua sinagoga con donativos de los vecinos.

Jan (nombre supuesto) es un taxista de Cracovia que cada verano lleva a decenas de turistas a Auschwitz. Su madre vive en Oswiecim y piensa que está bien que Auschwitz sea “un sitio judío”, pero él no se muestra de acuerdo: “No sé por qué hay que hacer diferencias entre las víctimas, si no es para hacer una macabra competición por ver quién "sufrió más" o tiene un pasado más sangriento. Nadie tiene más derecho que nadie a reivindicar el sufrimiento de sus antepasados. Reivindicar el monopolio de este sufrimiento es obsceno”, dice.

Auschwitz ha sido adoptado como símbolo del Holocausto que costó la vida a unos seis millones de judíos, aunque no fue ni mucho menos el grupo que tuvo más víctimas durante la Segunda Guerra Mundial: la mayoría de los 27 millones de soviéticos que murieron eran civiles, así como de los 20 millones de chinos. En el macabro recuento que suma 55 millones de muertes, Alemania aportó más de 7 millones de vidas, Polonia seis, Indonesia cuatro, la India más de dos e incluso en naciones, como Etiopía, que no suelen figurar en las listas de mártires ni héroes perdieron la vida cientos de miles de personas.

En Cracovia hay otros lugares cargados de significado e historia, pero no gozan del mismo favor que Auschwitz. En el cercano campo de trabajo de Plaszow, donde murieron cientos de personas ejecutadas o extenuadas, las lápidas resquebrajadas e invadidas por la vegetación están rodeadas de centros comerciales, carreteras y bloques de viviendas. En el barrio judío de Cracovia, una de las sinagogas más antiguas ha sido alquilada por la comunidad judía a una empresa que ha montado un bar en ella. En la “Plaza de los Héroes del Gueto”, donde unas sillas de metal recuerdan el expolio nazi de la población judía, es frecuente ver grandes grupos de turistas israelíes tumbándose en el suelo y acompañados de agentes de seguridad armados, intimidando a los vecinos y a los demás turistas.

Hoy, Auschwitz-Birkenau es, con diferencia, el lugar más visitado por los turistas de toda Polonia. Situado en las afueras de la pequeña ciudad de Oswiecim, a unos 80 kilómetros de Cracovia, la entrada al recinto da una impresión mucho menos solemne de lo que cabría esperar. Cientos de autobuses, microbuses y taxis vierten sin cesar un torrente de turistas cuyo número supera los dos millones por año. Los comportamientos van desde quienes creen una buena idea hacerse 'selfies' frente al cartel de la entrada, los barracones, las montañas de cabello o el horno crematorio, hasta quienes sufren un impacto emocional casi insoportable y lloran sin cesar, pasando por los numerosísimos grupos de estudiantes judíos, muchos de ellos venidos de Israel, que por número y actitud se apropian del lugar por donde pasan y a veces avasallan al resto de visitantes.

Además, como denunciaba el diario polaco “Gazeta Wyborcza” recientemente, el poco eficiente sistema de venta de entradas al campo propicia que unos pocos grandes operadores turísticos se hagan con casi todos los tickets disponibles y los visitantes particulares o pequeñas empresas tienen que conformarse con la reventa a precios inflados. Algunas agencias de Cracovia llegan a pedir el equivalente a 100 euros por un viaje cuyo precio en transporte público no llega a 3,5. Los “extras” ofrecidos por los avispados agentes son cosas como un paraguas en caso de lluvia, una botella de agua en caso de calor y el cobro de servicios que en realidad son gratis para todos los visitantes.

Al bajar del microbús, un turista pide que le esperen mientras corre para recoger una piedra, que se guarda en el bolsillo. “Al menos este 'souvenir' es gratis”, dice.

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