El exciclista escribe 'Mi Lucha'

Dekker, el ciclista que pudo ser Indurain pero reventó su carrera en el Tryp Barajas

Uno de los mayores talentos jóvenes de las últimas décadas, un campeón en la época más oscura del dopaje que se malogró por la falta de controles en el ciclismo profesional

Foto: Dekker en 2011, en su intento fallido por volver al ciclismo profesional. (EFE)
Dekker en 2011, en su intento fallido por volver al ciclismo profesional. (EFE)

Thomas Dekker (Dirckshorn, Holanda, 1984) siempre quiso ser Miguel Indurain. De pequeño lo veía en televisión y se desesperaba hasta el punto de irse a la cama sin cenar cuando Miguel, ya en sus últimos coletazos, cedía ante ciclistas de menor entidad como Bjarne Riis o Eugeny Berzin. Thomas se veía reflejado en Indurain porque eran muy parecidos: ambos eran especialistas en contrarreloj y, pese a rozar el 1,90, podían pasar los puertos junto a los mejores del pelotón. La receta para ganar carreras de tres semanas.

Dekker e Indurain tenían otra cosa en común: se hincharon a ganar carreras antes de llegar a profesionales. Todo el mundo les decía que harían historia en el ciclismo, que no había nadie en el mundo capaz de mover tanto desarrollo durante tanto tiempo. Pero, mientras Indurain se retiró con cinco Tours, dos oros olímpicos y dos Giros, Thomas a los 25 años ya era un juguete roto que no quería ningún equipo.

Dekker no debería haberse dopado porque era un superdotado, pero no podía competir contra los que sí lo hacían

Todo empezó a torcerse el 10 de febrero de 2006 en el Tryp Diana, hoy conocido como Senator, un pequeño hotel a dos kilómetros del aeropuerto de Barajas. Allí citaba Eufemiano Fuentes a sus clientes internacionales para someterles a procesos dopantes: les metía en una habitación, les extraía sangre, se la reinfusionaba, y salía solo del cuarto como si nada hubiera sucedido. "Además de las autotranfusiones, Fuentes ofrece todo tipo de dopaje. Puedes pedirle EPO, hormonas de crecimiento o testosterona. Puedes solicitarle que te planifique una programación exhaustiva en la que te describe día a día y semana a semana qué sustancia tienes que tomar y en qué momento", escribe Dekker en 'Mi lucha', un libro-confesión que, después de arrasar en Holanda y el mercado anglosajón, ha sido recientemente traducido al español.

En teoría Dekker nunca tendría que haberse dopado. La primera vez que se encerró en un hotel con Fuentes, con 22 años, ya había ganado un Tour del Porvenir, dos campeonatos nacionales de contrarreloj y un Tour de Romandía, un palmarés que muchos ciclistas firmarían el día de su retiro. Como aficionado ganaba más de la mitad de las carreras en las que participaba; una medalla de plata era para Dekker un disgusto.

Pero Thomas llegó al ciclismo profesional en su época más oscura, cuando el dopaje estaba tan extendido que no se podía correr limpio. El holandés lo descubrió en el Giro de 2005, donde apenas era capaz de seguir el ritmo del pelotón. "En los años anteriores todo me había ido como la seda; no tenía que contentarme con ocupar un lugar en el grupo de escapados, y mi carrera profesional iba hacia lo más alto; pero, en el Giro, lo único que puedo hacer es intentar progresar (...) Estoy decepcionado, busco explicaciones. Y en el dopaje veo una de las principales razones por las cuales me pasan en la montaña. Allí, en Italia, se cimenta mi convicción de que no puedes aspirar a premios de verdad sin sustancias prohibidas", dice Dekker.

Dekker, en 2008, durante su estancia en Rabobank. (EFE)
Dekker, en 2008, durante su estancia en Rabobank. (EFE)

Cuando el holandés quiso informarse sobre dopaje, no encontró quien le contara una sola palabra. En su equipo, Rabobank, una de las mayores estructuras deportivas que haya conocido el ciclismo, los directores hacían como que el dopaje no existía. Algo parecido sucedía con sus compañeros, siempre dispuestos a compartir whisky y prostitutas con Dekker, pero ni una sola palabra sobre EPO. Fue Jacques Hanegraaf, exdirector de Bianchi y Unibet metido a agente ciclista, quien le presenta a Eufemiano Fuentes, a quien conocía de su época dirigiendo a Jan Ulrich. "Jacques conoce el mundo del dopaje. Sabe qué sustancias existen en el mercado y cuáles funcionan y cuáles no. Y sabe qué tipo de dopaje conlleva las menores posibilidades de ser cazado: las bolsas de sangre. Me dice que los grandes corredores del pelotón las usan desde hace años, que el mismo experimentó con ellas en su época de corredor en el Panasonic".

El paciente número 24

Dekker fue el paciente número 24 de Eufemiano. Como tantos otros corredores de todo el mundo, el holandés volaba a Madrid solo para doparse. Aterrizaba en Barajas, se metía en un taxi y llegaba al Tryp Diana. Escogió las autotransfusiones porque eran, en aquel momento antes de la implantación del pasaporte biológico, el único sistema indetectable para la UCI. La primera reinfusión fue unos días antes de la Tirreno-Adriático de 2006, que finalmente ganó: "Tengo un poder inmenso en las piernas. Me resulta tan fácil correr que casi me da miedo. Me tengo que contener para no escalar con toda la tranca cada pequeña subida. Me digo a mí mismo: 'Calma, calma'", escribe Dekker.

Dekker fue gregario de Michael Rasmussen, del que nadie esperaba que pudiese ganar un Tour

La Tirreno fue el mejor momento de Dekker como profesional. Todo comenzaría a desmoronarse el 23 de mayo, cuando Eufemiano Fuentes fue detenido en la famosa Operación Puerto. Es un momento de enorme paranoia para el pelotón: junto a Fuentes, la Guardia Civil ha incautado las bolsas de sangre que, pese a estar anonimizadas, en ocasiones son fácilmente relacionables con ciclistas concretos. Dekker recibe la noticia de la detención en un restaurante y cree que lo van a detener allí mismo. "Vivo con el temor de que en cualquier momento me llamen para decirme que han descubierto mi nombre. Me corroe la incertidumbre, que no me permite dormir ni entrenar (...) Me arrastro en la Dauphiné y durante las cenas estoy taciturno. No puedo confiarle a nadie mis pensamientos y mi angustia. La dirección del equipo no parece tener interés en mí, ni en lo que me pasa", lamenta.

Agotada la vía Fuentes, la mayoría de los ciclistas se pusieron en manos de un manager austriaco llamado Stefan Matschiner. Él proveerá a los principales espadas del Rabobank: Denis Menchov, Michael Boogerd y Thomas Dekker. También su compañero Michael Rasmussen, con quien nadie contaba para una vuelta de tres semanas y que dominaría con mano de hierro el Tour 2007. Su equipo, presionado por el patrocinador, Rabobank, y la organización del Tour, retiró a Rasmussen cuatro días antes de llegar a París, cuando lucía el maillot amarillo, por las sospechas de dopaje. Eran tiempos del Dynepo, una nueva modalidad de EPO que se presumía indetectable y que finalmente acabó con la carrera de varios corredores, entre ellos Thomas Dekker.

En aquel momento Dekker, así como sus compañeros de equipo —entre los que no menciona apenas a Freire y Flecha, y desde luego no los vincula con el dopaje— recurrían a la EPO y a la cortisona habitualmente. El holandés estaba complemente desmelenado: circulaba a alta velocidad en su Porsche, se emborrachaba todos los días que no tenía carrera y frecuentaba a menudo prostíbulos. También recurría a drogas recreativas, como el éxtasis, se metía en peleas y desobedecía las órdenes de equipo. Tanto es así que en Rabobank, aterrados por el mal comportamiento de Dekker y conocedores de su relación con la EPO, optaron por pagarle lo que le restaba de contrato con tal de que estuviese fuera del equipo cuando su escándalo explotase. Era cuestión de tiempo.

Dekker recaló en el Silence-Lotto con un contrato importante. "Este es un equipo limpio, no queremos cosas raras", le dijeron, y Michael lo tomó como su última oportunidad para correr limpio, aunque para eso tuviese que reajustar su ambición. "Me tendría que olvidar de ganar el Tour, pero un par de etapas y una clásica también estaban bien", escribe. Pero era demasiado tarde; su pasado estaba a punto de cortarle el paso. El 1 de julio de 2009, a media mañana, recibió una llamada con prefijo de Suiza:

—Buenos días, ¿hablo con Thomas Dekker?
—Sí.
—Soy Anne Gripper, de la comisión antidopaje de la UCI.
—...
—Te llamo para decirte que has dado positivo.
—¿Positivo? ¿Positivo en qué?
—Dynepo.
—¿Dynepo? Eso es imposible.
—Se le ha practicado una nueva prueba a una muestra antigua. Hemos hallado Dynepo en una muestra de orina de hace un año y medio.
—¿De cuándo?
—Del 24 de diciembre de 2007.
—Tienes hasta las cuatro de la tarde para contárselo a tu equipo, a tu familia y a tus amigos. Después lo haremos público.
—Gracias por arruinar mi vida.

Y ya está. Miles de horas de entrenamiento, bajo la nieve y la lluvia, acaban de irse por la borda tras una llamada de 20 segundos. El Lotto le despidió inmediatamente y fue suspendido por dos años para la competición. A los 25 años se había convertido en un ciclista radioactivo, alguien que nadie quería contratar. Tras un breve paso por el Garmin de Jonathan Vaugthers e intentar batir, sin éxito, el récord de la hora, Dekker abandonó el ciclismo en 2015, con la misma edad que Indurain ganó su quinto Tour. "No estoy orgulloso de mi carrera como ciclista, ni tampoco de las decisiones que tomé. Cuando tenía 20 años, no podía ni imaginar que la historia de mi vida se desarrollaría como narra este libro. Pensaba que ganaría carreras importantes y que se grabaría mi nombre, con letras mayúsculas, en la historia del ciclismo. No ha sido así. He capitulado ante todas las tentaciones que se me han ofrecido. Da igual que fuese dopaje, dinero, sexo o alcohol: era insaciable. Era demasiado joven, demasiado inmaduro, demasiado impaciente, demasiado autodestructivo y tenía demasiada confianza en mí mismo como para darme cuenta de que iba directo hacia el abismo", concluye Dekker.

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