entrevista

Camilo de Ory, autor de los chistes de Julen: "La ley está al servicio de los tontos"

El fiscal le pide 18 meses de cárcel por la catarata de chistes relacionados con el niño accidentado. Hablamos con él para averiguar cuál es el motivo por el que escribe lo que escribe

Foto: Camilo de Ory (Patricio Alvargonzález/EFE)
Camilo de Ory (Patricio Alvargonzález/EFE)

Era cuestión de tiempo que Camilo de Ory pasara por el banquillo. Esto es, al menos, lo que pensábamos muchos de sus seguidores: un grupo variopinto de personas que acudimos a sus páginas de Twitter y Facebook para que nos saque unas carcajadas en los momentos más tensos. Camilo de Ory es un personaje singular: en una democracia mediática como la nuestra, ocupa un lugar necesario, similar a una válvula de escape de presión. La crueldad de su humor negro pone ante el espejo los sentimientos elevados que todos soltamos muchas veces en las redes sociales. Sea cual sea el tema de actualidad, Camilo siempre dispara. Ahora, el fiscal le pide 18 meses de cárcel por la catarata de chistes relacionados con el niño Julen. Hablamos con Camilo de Ory para averiguar cuál es el motivo por el que escribe lo que escribe.

PREGUNTA. Tu cara y tu nombre están saliendo en los telediarios y los grandes medios de comunicación estos días. Dicen que el fiscal pide 18 meses de cárcel para ti. ¿Te han llamado los medios para hablar contigo antes de sacar esas noticias?

RESPUESTA. El hecho es que no lo sé. Puede parecer una broma mía o del Destino, pero el domingo perdí el móvil en las calles de Malasaña y no puedo recibir llamadas. Trataré de arreglar eso esta tarde. Lo que sí sé, a través de mi abogado, es que el escrito de Fiscalía ha llegado a los medios de comunicación antes que al juzgado, algo que me parece sorprendente. De todas formas, en general, y desde que comenzó esta pesadilla, han sido contadísimos los medios que me han llamado antes de dar cualquier tipo de información sobre mí.

P. Hablemos de ese escrito de la fiscalía. A ti te denunciaron hace unos meses por unos tuits. En ellos, según han interpretado los que te denuncian, te mofabas de la tragedia de Julen. ¿Es eso lo que hacías en esos tuits?

R. Creo que para cualquiera que leyera los tuits dentro del contexto en que fueron escritos está claro que no. Los textos buscaban, por un lado, señalar e hiperbolizar el circo mediático que se había formado alrededor de un caso completamente artificial. A nadie le cabía duda de que el pobre niño no podía estar vivo pasadas unas horas desde que cayó al pozo, y aun así el chicle se estiraba obscenamente por la audiencia, es decir, por el dinero. Por otro lado, y ante todo, apuntaba a la hipocresía de los bondadosos de salón, que sin tener la menor relación con el crío fingían sentidísimas lágrimas de dolor, que se tornaban amenazas de muerte en cuanto leían algo de lo que había escrito. Es decir, el objeto del chiste no era Julen, ni su familia ni nadie cercano a ellos, sino el propio receptor del chiste. Puedo entender que alguien se tomara los tuits de manera literal y sintiera herida su sensibilidad, pero no voy a escribir pensando en el efecto que hará lo que digo en la cabeza del menos despierto del barrio.

El poeta Camilo de Ory. (EFE)
El poeta Camilo de Ory. (EFE)

P. Sin embargo, esos tuits terminaron llegando a la familia de Julen. ¿Era un riesgo que hubieras asumido cuando los publicabas?

R. Llevo más de diez años haciendo humor negro en redes sociales, abordando los casos más espinosos y haciéndolo desde el día en que salta la noticia, y jamás había tenido ningún problema con esto. Como señala el teórico Martín Rodríguez Gaona en su ensayo 'La lira de las masas', Twitter no es una red social, sino un conglomerado de microrredes con escasa permeabilidad entre ellas. Los miembros de mi círculo conocen lo que hago y al personaje que imposto, saben cuál es el tono que empleo y el propósito último de mis textos. Era difícil, por no decir imposible, que la familia Roselló llegara a ver en su TL nada de lo que escribí, porque su microrred de contactos es otra, poco relacionada con la mía. De hecho, me consta que tuvieron noticia de los tuits por capturas de pantalla que les hicieron llegar terceras personas, con intenciones que desconozco pero que puedo intuir.

P. Es algo que pensaba cuando OkDiario y otros medios así publicaban tus tuits. ¿Responsabilizas a los medios y a los supuestos ofendidos de haberlos llevado hasta la familia de Julen?

R. Sin ninguna duda, así fue cómo les llegaron los tuits. Así, además, lo manifestó la abogada de la familia.

P. ¿Por qué siempre que hay alguna noticia escabrosa se te ocurren chistes?

P. Se me ocurren siempre, haya noticia escabrosa o no la haya. Vivo haciendo chistes, la mayor parte de ellos espantosamente malos, lo cual es una maldición para amigos y familiares. Lo que ocurre es que ante el horror uno tiende, al menos yo lo hago, a utilizar el humor como escudo de defensa. Es una manera de abstraerse de la realidad, de relativizarla, de ficcionalizarla, de tomar una distancia con ella que permita que la soportemos. No habría podido soportar los dramas que a todos nos toca vivir, la enfermedad, la muerte de seres queridos, sin refugiarme en el humor.

Mi intención no es herir. Yo hago ficción. Porque ahí está la clave: un chiste es ficción

P. ¿Crees que tu humor hace daño?

R. No debería hacerlo. Es decir, el único filtro que me impongo a la hora de hacer un chiste es el considerar quién hay delante en ese momento. Evidentemente, no se me habría ocurrido plantarme en Totalán con una pancarta que contuviera los chistes en mayúsculas y una trompetilla de pregonero. El lector de mis tuits, como el de mis libros, sabe qué es lo que pretendo con ellos. Tangencial e involuntariamente, puedo tocar el nervio sensible de alguien sin quererlo, pero ese alguien, si conoce mi trabajo, sabe que la intención no es la de herir. Sabe que estoy haciendo ficción. Porque ahí está la clave: un chiste es ficción.

P. La diferencia entre "hacer chistes sobre" y "burlarse de", ¿cuál es?

R. Ahí surge la confusión que hace que se esté judicializando el humor. El objeto de un chiste, desde el momento en que se convierte en ello, pasa a ser un personaje ficticio al que se aplican todas las leyes literarias correspondientes. Hacer un chiste en el que esa persona, ahora personaje, aparezca no implica burlarse de ella, sino reírse con una situación irreal, o con una situación real sobre la que se hacen razonamientos no derivados lógicamente de ella.

P. ¿Puedes aclararlo, poner algún ejemplo?

R. Sí. Nadie cree que los vecinos de Lepe piensen que lo que hay encima del helicóptero es un ventilador mal puesto. El lepero de los chistes no es un lepero real, se ha convertido en un personaje literario. Algo levemente distinto es, por ejemplo, la sátira política, en la que la burla sí se dirige directamente a la persona a la que se critica, pero en calidad de cargo electo. Es decir, se critica mediante el humor su desempeño público, o idealmente así debería ser. Entender esta distinción entre humor y burla es esencial, no todo el mundo tiene la preparación o la inteligencia para hacerlo, y así nos pasa lo que nos pasa.

Nadie cree que los de Lepe piensen que encima del helicóptero hay un ventilador mal puesto. El lepero de los chistes es un personaje literario

P. Imagina que tus chistes sobre Julen, sin embargo, sí que hubieran hecho daño a los padres. ¿Serían 18 meses de cárcel una pena proporcional?

R. En primer lugar, dudo que, con lo que esta pobre familia estaba pasando en ese momento, un chiste pudiera hacer la menor mella en su ánimo. En segundo lugar, la intención de los chistes no era la de injuriar. Existía 'animus iocandi', no 'animus iniuriandi', y ese 'animus iocandi' además estaba impregnado de un propósito crítico. Para terminar, pensemos que al dueño de la finca le piden tres años por homicidio imprudente. Al chico de Estepona le pidieron dos años por matar a un hombre. A mí, año y medio por hacer un chiste. Lo cual constituye otro chiste en sí.

P. Siempre me ha sorprendido que ofendan más los chistes de un poeta que un tratamiento mediático morboso, masivo y lleno de sensiblería, como el que nos regalaron los programas matinales durante la excavación.

R. El hecho es que a alguna gente le resulta difícil captar un mensaje elaborado, y un chiste, necesariamente, incluye varias capas de lectura. Si a duras penas puedes entender la capa más formal, ¿cómo vas a comprender el subtexto? La democratización de los medios da lugar a que cualquiera tenga acceso a toda la información del mundo, lo cual es muy bueno, y a que pueda opinar sobre ella, lo cual no lo es tanto, porque el zoquete que no ha entendido la mitad de lo que ha leído tiene el mismo peso que el hombre que sí.

P. Y todos tienen voz, los tontos y los ilustrados.

R. Eso es. Para este receptor poco avezado, una manifestación siempre es una manifestación literal. Si es un chiste, lo tomará como un insulto o una exclamación de alborozo ante una desgracia, y reaccionará con furia. Si es un lloriqueo de periodista amarillo de televisión, lo tomará como una expresión de sincero pesar, en lugar de como la operación mercantil que es, y se sumará al coro de voces dolidas. Es, por un lado, un problema de alfabetización. Por otro, algo mucho más oscuro.

El ofendido promedio ante este tema es alguien que exhibe su carné de buena persona ante el grupo para sentirse aceptado y respaldado

P. De todas formas, ¿crees que la ofensa que te ha estado llegando durante estos últimos meses es sincera? ¿Crees que les duelen tanto tus palabras a los que te insultan por tus chistes?

R. Habrá quien se haya sentido realmente dolido, no lo dudo, y puedo llegar a lamentarlo aun sin asumir que soy responsable de ello, pero creo que el ofendido promedio ante este tema es alguien que exhibe su carné de buena persona ante el grupo para sentirse aceptado y respaldado por este. Es decir, me cuesta ver como una persona sensible y empática a alguien que está amenazando de muerte a un desconocido segundos después de expresar su dolor infinito por una tragedia que no le incumbe. Es un comportamiento tribal muy común, pero no por ello menos preocupante.

P. En los debates que han proliferado alrededor de tu caso, una de las líneas maestras parece intentar dirimir la cuestión en si tú eres buena o mala persona.

R. Bueno, la gente se entretiene con lo que le apetece, pero mi bondad o maldad no debería tener la menor relevancia a la hora de juzgar unos hechos.

P. En un juicio hay que probar hechos, pero en juicios que toman como pruebas de un delito el humor o la ficción esto parece muy difícil, cuando no imposible. ¿Temes que, de alguna forma, se vaya a juzgar tu moral?

R. Espero que las consideraciones morales no afecten al juez, porque, por un lado, no son el objeto de su labor, y por otro nos harían entrar en un terreno subjetivo y muy pantanoso. Pero sí, juzgar intenciones es complicado y para hacerlo uno dispone de pocas herramientas más allá de la intuición. También espero que, en caso de duda, alguien recuerde que yo soy el reo.

P. Llevas años haciendo chistes en las redes y has publicado una novela y varios libros de poesía. El hecho de que no hayas aparecido en telediarios y grandes medios de comunicación por tus libros, y aparezcas ahora porque te piden cárcel, también parece un chiste.

R. Además, estos chistes eran malísimos. Tengo otros mucho mejores que han pasado desapercibidos. La presión mediática me parece absolutamente desproporcionada. Son unos chistes, por Dios, sobre un caso terrible que uno tiene la impresión de que se trata de estirar hasta el infinito para conseguir audiencia y clics. Que en esas condiciones el cuestionado moralmente sea yo es muy revelador. Hoy me han llamado individuo y sujeto varias veces.

Son unos chistes, por Dios, sobre un caso terrible que uno tiene la impresión de que tratan de estirar hasta el infinito por audiencia y clics

P. Cuando denunciaron a Facu Díaz o a Zapata hubo mucho apoyo. ¿Has recibido tu parte de los defensores de la libertad de expresión? ¿Se ha manifestado alguna organización, algún político?

R. No de momento. Las muestras de apoyo que he recibido han sido por parte de amigos o desconocidos sin peso político, y de algunos escritores y periodistas especialmente comprometidos con la libertad de expresión. Facu y Zapata, además de ser dos personas que gozaban de una altísima visibilidad antes de que estallaran sus casos, están muy ligados a un determinado partido, que es el que impulsó el movimiento de solidaridad con ellos. No tengo claro que el apoyarme a mí pueda darle réditos políticos a nadie.

P. Parece fácil defender la libertad de expresión de quien ha dicho algo que te ha gustado, pero mucho más difícil cuando te toca defender a alguien que no te gusta. Dado que disparas a izquierda y derecha, ¿te sientes en tierra de nadie ahora que hay problemas?

R. Sí, el no rendir pleitesía a un bando concreto puede ser problemático. De todos modos, veremos cómo evoluciona todo esto. Aún confío en que termine reinando algo parecido a la cordura.

P. ¿Qué piensas de los delitos de odio?

R. Está mal incitar al odio, qué duda cabe, pero no creo que lo mío encaje en ese epígrafe ni empujando con un martillo.

P. Te pregunto ahora por el arte del aforismo, que tú cultivas tanto como el chiste y, a veces, de manera unificada. El aforismo es un atrevimiento intelectual, pero parece que, en medio del linchamiento mediático, se exija al aforista que sea moral. Oscar Wilde también fue juzgado por la inmoralidad de sus aforismos. ¿Qué piensas sobre esta clase de exigencia?

R. Pedir moralidad a un aforista es condenarlo a escribir frases para los semáforos de Carmena o las tazas de Mr. Wonderful. A veces tengo la sensación de vivir en una novela distópica en la que todo el mundo está obligado a sonreír, padecer o indignarse cuando toca, bajo pena de prisión. Wilde aprovechó la cárcel para escribir 'De profundis', que es una obra estremecedora, pero no creo que yo vaya a ser capaz de hacer algo igual. Obviamente, no soy Wilde, y Alcalá-Meco o Estremera son lugares menos inspiradores que la cárcel de Reading. En todo caso, ahí dentro podría tratar de escribir un guión de cine quinqui, que es un género que se ha vuelto a poner de moda.

Pedir moralidad a un aforista es condenarlo a escribir frases para los semáforos de Carmena o las tazas de Mr. Wonderful

P. No conozco a nadie que haya perdido su trabajo porque hicieron un chiste sobre él, pero David Suárez perdió el suyo por hacer un chiste.

R. Lo de David es una barbaridad que hace unos años nos habría parecido inimaginable. Privar de su sustento y su vocación a alguien por un chiste. Hemos importado la mojigatería norteamericana, que antes nos resultaba risible, y la hemos convertido en un arma para arruinar la vida de los que nos caen mal. Porque detrás de estos casos siempre hay alguien que denuncia o expone el chiste ajeno con la intención de cargarse a su autor. La ley al servicio de los frustrados, los envidiosos, los tontos.

P. ¿Por qué debería ser legal que hagas chistes o aforismos con un niño caído en un pozo mientras se busca su cadáver? ¿Cuál es el motivo por el que esto debería permitírsete?

P. Es que creo que es legal. Un chiste, lo decíamos antes, es ficción, un acto de creación, si apuramos, literaria. Puede tener una intención crítica con lo que está sucediendo o simplemente tomarlo como punto de partida para conseguir el efecto humorístico. El humor no se utiliza sólo para hacer reír. Si el chiste consigue que la sonrisa se te hiele en la cara, está apelando a otros sentimientos. Y ese no deja de ser el objetivo último de la creación, conmover de cualquiera de las maneras posibles. No creo que debamos judicializar la creación y no creo que debamos judicializar la risa.

P. ¿Cómo te imaginas el juicio? ¿Leerán los fiscales en voz alta tus chistes?

R. Lo harán. De hecho, el juez y la abogada de la acusación lo hicieron durante mi declaración, lo cual es razonable, ya que son el objeto del juicio. Eso me pondrá en la tesitura de ir explicándolos o justificándolos uno a uno, algo que puede resultar complicado si nos abstraemos del contexto en que fueron hechos originalmente. La clave de la cuestión, creo, más que en apelar a la libertad de expresión, que también, está en contextualizar los chistes dentro de la situación en que los publiqué y mi trayectoria en general.

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